18 de septiembre de 2017

El mejor Canelo que hemos visto

La pelea entre Canelo Álvarez y Gennady Golovkin, resuelta por los jueces con un empate, deshizo varios presupuestos.

Yo mismo había dicho que no debíamos esperar un combate sangriento y bárbaro porque Canelo trataría de enfriarlo a tono con su costumbre, de especular minimizando riesgos y peleando como peleó contra Miguel Cotto, por ejemplo. Sangriento no fue porque no hubo cortadas importantes, pero la dureza de las acciones alcanzó alturas admirables.

Tiraron a la basura, además, las ideas acerca de la mandíbula de cristal del mexicano, su supuesta cobardía y la cantinela del poder devastador de GGG que lo iba a despedazar tan pronto se lo propusiera.

La fiera no era tan fiera y el torpe no era tan torpe.

Hicieron esa guerra que durante varios años les reclamé a los dos. Nunca ninguno de ellos había recibido semejante castigo.

Es más, Canelo se arriesgó como un suicida tocando dinteles de muerte y desafiando al infierno en varios pasajes de la pelea. Se apoyó en las cuerdas y aceptó recibir golpes innecesarios mostrando que es muy macho.

Mala jugada esta exposición al peligro porque los planes eran que ganara el más inteligente, no el más insensato.

Pero le salió bien.

Nunca ha sido un gran negocio en el boxeo pelear caminando hacia atrás (por eso de los jueces, que no entienden nada), y nunca ha sido gran negocio empezar fuerte los rounds para terminarlos a media máquina por lo mismo. Los jueces que debieran entender todo no entienden nada y califican el último minuto del round olvidando los dos primeros.

Quizá estas fueron las omisiones más a la vista en el trabajo de Álvarez, que por lo demás se presentó en la mejor versión de su carrera. Lúcido siempre, ora combativo, ora inteligente, con actitud triunfal.

Recorrió caminos de dolor y drama en las catacumbas de esa lucha hombre a hombre, como los duelos cuerpo a cuerpo de los soldados en el campo de guerra, cuando saben que no hay más alternativa que matar o morir, que triunfar o perecer porque están viviendo la hora del día que puede ser el día final.

Tras la pelea Golovkin escribió un mensaje, una falacia que no me explico por qué mucha gente reenvía. Dice: “Los verdaderos mexicanos no corren en la pelea más importante de su vida.” Le hubiera contestado: “Los verdaderos mexicanos no son idiotas para hacer la pelea que te conviene, hacen lo que les conviene a ellos.”

Golovkin, que en 37 victorias había noqueado a 33 enemigos no sólo no noqueó al Canelo sino que para muchos perdió con el Canelo. Para otros Golovkin ganó, pero nadie dice que lo de Saúl sea algo menos que una proeza.

Canelo peleó a morir, para vivir. Tenía que callar los abucheos mexicanos porque ni en esta noche triunfal cesaron las demandas de los inconquistables que lo fueron a ver perder.

Al final de la pelea le pregunté a uno: ‘¿Por qué tu enojo con el Canelo?’ ‘-Porque es un mamón’, me dijo.

Me gustó mucho Canelo. Por su calidad y compromiso. El mejor que hemos visto.

Gennady Golovkin peleó muy bien con la mano izquierda y muy mal con la derecha. Ese Golovkin esperado, temido, el de las combinaciones de cinco golpes, el que sorprende repitiendo la izquierda arriba y abajo o viceversa, el que termina su apuesta ofensiva con una derecha letal que te manda al otro mundo, no se vio en la pelea.

El talento originario del asiático le alcanzó para poner en aprietos a Saúl, ni duda cabe. Sí llevó al ring de Las Vegas su primoroso jab de izquierda con el que conduce tramos de la pelea como si el puño fuera el timón de un barco. La derecha no, la derecha de Golovkin tuvo falta injustificada. Golovkin fue más que en su pelea anterior contra Jacobs, pero fue menos que en muchas de sus otras noches.

En el boxeo no gana el que coloca más jabs en la nariz del otro, sino en tercera instancia. Lo primero es el poder de los golpes. En el boxeo gana el que provoca un daño mayor que el daño que recibe. Canelo fue el más poderoso en el golpeo, el que causó mayor daño, y el mejor de los dos.

Los tres primeros y los dos últimos rounds fueron para el Canelo, creo que más allá de dudas. Lo demás, el segmento medio de la pelea, entre el cuarto y el décimo round, para la polémica. Rounds cerrados, rounds que dividieron opiniones. Como sucede de rutina en este tipo de peleas.

Me parece demencial pensar en corrupción para explicar el empate. Yo hago tarjetas todos los días y les puedo asegurar que es muy difícil programar cometer el crimen. La jueza que estaba dormida y que dio 118 110 para Canelo hubiera dado dos puntos y todos tan tranquilos.

Fíjense, los tres jueces le dieron los últimos tres round al Canelo, para llegar Don Trella a un empate y Dave Moretti a una ventaja mínima a favor de Golovkin. Cuando haces la tarjeta y la pelea está en proceso, no sabes qué va a pasar en el próximo round, y por eso es imposible una situación de cohecho.

¿Cómo iban a saber los jueces al final del noveno round qué iba a pasar en los tres rounds finales? Podrían ser unos descarados y anotar al revés, pero una caída, por ejemplo, les arruinaría tan grande y supuesto negocio.

Un sector del público, sin embargo, tiene presuntas verdades inamovibles: la corrupción, que Oscar De la Hoya influye en la comisión de box, que los casinos determinan los resultados.

Yo no me puedo imaginar a nadie convenciendo al Canelo o a GGG que no vayan a noquear al otro porque la pelea tiene que terminar en un empate preestablecido; y en cuanto a la comisión de box soy el primero en decir que es de una ignorancia enciclopédica y de una incapacidad oceánica, pero me niego a creer que manipulen el resultado.

Que cada quien siga creyendo lo que quiera. En 40 años son muy pocas las peleas titulares que terminaron en empate, y en una infinidad de casos hubo revanchas aun cuando la primera pelea haya arrojado un ganador.

Si algunos van a seguir tirando mierda a Saúl, si planean seguir profiriendo anatemas “porque es mamón”, no es mi asunto. Nunca dije que Canelo sea mejor que Hagler o que Durán. Que haya habido un Frank Sinatra no quiere decir que nadie más tenga derecho a cantar.

Canelo ha vivido 12 años en el ring. Es un muy buen peleador y el presupuesto de que contra Golovkin se iba a desenmascarar la impostura de un boxeador fabricado a la mala por Televisa y por TV Azteca no se comprobó, se desmintió.

28 de agosto de 2017

El legado de Floyd Mayweather

Ni los más optimistas se atrevían a asegurar que no sería un engaño.

El genio mal portado que es Floyd Mayweather decidió enfrentar a un no-boxeador en su despedida -si es su despedida-, y el anuncio de semejante desatino puso en guardia a los aficionados al boxeo.

Era un espectáculo revestido de una pátina de cosa boxística, pero espectáculo al fin porque no podía combatir exhibiendo las artes del boxeo Conor McGregor que nunca había peleado.

¡McGregor!, para colmo contra un genio del ring y de la defensa, con alguna posibilidad, por reducida que fuera, de conectar un golpe y ganar.

¡Imagínense! El boxeo milenario, la primera disciplina del hombre sobre la tierra, porque en los orígenes sólo sobrevivieron los más fuertes, humillado por un externo, por un paria de lo nuestro, por un aventurero hocicón y atrevido llegando a la cima sin subir la montaña.

Un ejército de intolerantes con afectar al pugilismo, entre los que me contaba, esperaba el final de la pelea, el fiasco, el engaño, lo fraudulento, para descargar la artillería contra Mayweather, la promoción, los comentaristas, Dios y María Santísima, y así vengar la afrenta.

Pero no sucedió. Fue poco, según desde donde se mire, pero pudo ser cien veces peor.

Fue una peleíta. Mayweather rindió por debajo de su promedio histórico y McGregor fue un advenedizo, patético como boxeador.

Pero no fue una estafa.

No fue una estafa porque nadie esperaba otra cosa.

De lo que se podía esperar sucedió lo mejor.

Los peores vaticinios no se cumplieron. Si alguien compró boleto para ver algo diferente, desconocía cuál era la oferta. No había forma de ver algo mejor. Fue un espectáculo, no fue boxeo de academia, no podía serlo.

Esta variante grosera de nuestro querido boxeo, lo lastima, especialmente al haber resultado un negocio tan próspero, porque podrían multiplicarse los intentos de repetirla, y si las taquillas se mueven con parecidos disparates, vamos a terminar haciendo pelear al Canelo con un oso, o a un hombre contra una mujer, o a Jackie Nava contra una monjita.

No puede ser. Las autoridades del boxeo, tan incompetentes, tan predispuestas para participar del circo, deberían poner límites, deslindando al boxeo de la farándula.

Redimo a Mayweather y a McGregor porque su peleíta no cayó en lo prostibulario que tanto temíamos. Mayweather caminó hacia adelante buscando al rival, cosa que no le habíamos visto nunca, y lo hizo por la pelea, por el resultado, por ganar y por ganar bien. Julio César Chávez, lo hizo pedazos en nuestra transmisión de televisión, insistiendo una docena de veces sobre su mal desempeño.

Yo tengo otra opinión. A la salida de la T-Mobile un aficionado me preguntó que qué le faltó a Floyd para lucirse, y le respondí: -‘Nada, no podía lucir mejor contra el estilo cucaracha del irlandés-‘ - ‘¿Qué estilo es ese Don Lama?’ – ‘Uno que no habíamos visto nunca.’

Que se entienda, no es Floyd Mayweather el que tiene la obligación de proteger al boxeo, aunque sería deseable que lo hiciera, la obligación es de las autoridades.

Yo no estoy de acuerdo con estas excentricidades, con torcer la costumbre para exacerbar el morbo del gran público, pero no debo culpar a los peleadores por algo que creíamos que iban a hacer y no hicieron. Redimo a los dos porque su peleíta fue peleíta pero no pudimos gritar fraude, estafa.

McGregor que se vaya a las MMA y que no vuelva al boxeo, y Money que se vaya al retiro porque del boxeo hay que irse cuando no se puede agregar nada a lo que hay atrás.

Fue una peleíta, aunque George Foreman haya dicho que fue una gran pelea, aunque haya sido una delicia ver a Mayweather después del tercer round. El boxeo serio y grande es otra cosa. Esto no puede compararse con Tunney-Dempsey, con Graziano-Zale, con Alí-Foreman, con Hagler-Durán, con Chávez-Camacho.

50 - 0 es el récord de Floyd Mayweather y tiene un enorme mérito. Otra vez comentaristas grandes y pequeños hablaron del 49 0 de Rocky Marciano, el mito americano que desde Nat Fleischer no quieren reconocer que es falso. ¡Qué va! Para ellos Marciano fue un campeón blanco invencible en un mundo de negros triunfadores. El récord de Marciano, que perdió con Collie Wallace (el mismo que interpretó a Joe Louis en la película biográfica) y con Bob Girard, fue 52-2.

Floyd Mayweather es un prodigio de la defensa en el ring. Cosas como las que él hace parece que sólo las hicieron Young Griffo y Charley Burley, aunque del primero sólo lo sabemos por haber leído la historia y del segundo hay pocas imágenes en los archivos.

Algunas veces me reclaman que no le doy a Floyd todo el crédito que merece, porque digo que carece de uno de los atributos fundamentales de un boxeador: la ofensiva. Es mi forma de verlo y en materia de opiniones ya sabemos que hay de muchas.

Como todos Mayweather tiene virtudes y defectos. Él ha elegido el mundo del oropel y la ostentación y lo demás le importa poco. Es tan grande que no tiene tiempo para las cosas terrenales. Es cuánto tiene, vale lo que su cuenta bancaria. Pertenece al mundo de los egoístas del boxeo. Floyd y Don King son imbatibles en mezquindad. Se quieren un poco ellos y mucho a su dinero, y no quieren a nadie más.

Cada cuál elige por qué quiere ser recordado.

15 de junio de 2017

Roberto Durán

Roberto Durán está entre los diez primeros en todas las listas de mejores boxeadores que se han publicado los últimos años. En ninguna es el primero.

El héroe panameño, sin embargo, encabeza la mía. Encaja con precisión en el molde de lo que considero un boxeador perfecto. O casi perfecto, concediendo que no hablamos de robots y que en todos los hombres del ring ha habido flaquezas y errores. Mike Tyson también dice que 'Manos de Piedra' es su boxeador preferido.

De gallo a crucero, de 52 a 80 kilos, durante 33 años, se batió con rivales de doce categorías; en seis de esos pesos peleó con los mejores de su tiempo. Hizo 119 peleas, ganó 103. Despreció lo que más cuida un boxeador que se cuida, el equilibrio en el peso con el enemigo. Ken Buchanan, Esteban De Jesús, Carlos Palomino, Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Davey Moore e Irán Barkley son las referencias de sus grandes noches.

Hay siempre mucho de gusto personal en la confección de listas. Durán es el que más me gusta en el grupo de los que cualquiera puede ser elegido; el de los excepcionales, los semidioses. Ponga usted en número uno a Willie Pep, a Ray Robinson, a Jack Dempsey, a Henry Armstrong, a Benny Leonard, a Muhammad Alí y no le diré que está loco. Le diré “Está bien, puede ser, eligió usted a un inmortal”.

Desde siempre parece obligación decir que el mejor fue Sugar Ray Robinson. Es una gran elección, pero si Robinson es un buen candidato Durán también lo es, y es el mío. No olvido que existe el pasado, y sé que entre 1,400 campeones mundiales que ha habido son muchos los que pueden competir en cualquier discusión. Jack Johnson y Joe Louis entre los pesos completo; Harry Greb, Stanley Ketchel, Mickey Walker y Carlos Monzón en peso medio; en welter Barney Ross; en superligero Julio César Chávez; en ligero Joe Gans y Carlos Ortiz; en pluma Terry McGovern.

Roberto Durán se bajó del ring en la segunda con Leonard, no peleó, se fue a su casa. Algunos no se lo perdonan e interpretan esa catástrofe deportiva como un signo de cobardía, que yo no veo. Se necesitaba ser más valiente para dejar el ring, que para quedarse. Lo que hizo en la noche aciaga de Nueva Orleáns fue producto de la locura, no de la cobardía. Sucedió después de haber bajado 12 kilos en un sacrificio demencial, los últimos cinco en 72 horas de tomar diuréticos y no comer, ni beber.

No tengo que defenderlo, ni quiero. Hablo de un momento culminante en el boxeo de todos los tiempos, que manchó su carrera. Se bajó del ring sin medir lo que hacía, prescindiendo del menor compromiso con los millones que lo estaban viendo. Era Durán.

¿Cómo se elige entonces a quién es mejor peleador? Cuenta el de sus mejores noches, y algunas consideraciones periféricas que aportan al criterio. Robinson no podía perder con Paul Pender y perdió las dos veces que pelearon. Gene Tunney le ganó dos veces a Jack Dempsey, pero perdió una pelea con Harry Greb a quien aventajaba mucho en peso.

A los boxeadores se los mide por la oposición que tuvieron y los resultados logrados. Vemos el mejor que fueron, su máximo nivel, y lo ensamblamos con la trayectoria . Hay varios Durán que recordar. El primero fue el que en 1972, con 21 años e invicto en 28 peleas, se coronó campeón de peso ligero ganándole a Ken Buchanan en el Madison Square Garden. De ese título el 'Manos de Piedra' hizo 12 defensas exitosas, ganando 11 por nocaut. Fue su tiempo glorioso en el que unificó opiniones como el mejor peso ligero de la historia, superando lo imposible, relegar a Benny Leonard, a Tony Canzoneri y a Joe Gans.

Después vino el delirio, cuando apaleó y ganó la decisión a Sugar Ray Leonard en Montreal. Subió no favorito 5 a 1. Me gusta decir que ganó Durán “la única vez que pelearon”, porque en las otras dos peleas Durán no era Durán. Perdió con Leonard como Leonard perdió años más tarde con Terry Norris.

En 1983 Roberto Durán, de 32 años, 12 kilos arriba de su peso natural, peleó con Marvin Hagler, de 29, por el título medio. Hagler ganó por 1, 1 y 2 puntos en las tarjetas, tras 15 rounds. Al final del round 12 Durán iba ganando, pero las peleas todavía eran a 15. Casi seis años después conquistó ese título venciendo a Iran Barkley con comodidad.

Al final, ya se sabe, perdió 5 de sus últimas 15 peleas, por seguir en el ring a los 50 años de edad. No está mal si pensamos que Kid Gavilán fue un inmortal y de las últimas 15 perdió 9, yéndose a los 32. Y Robinson de las 15 del adiós también perdió 5, a los 44. Olivares perdió 6 en ese último tramo, y se fue a los 41.

A golpes Roberto Durán se convirtió en leyenda. Sobre el espasmo sin final que es su hazaña deportiva se yergue la figura del coloso que mira a la inmortalidad.

9 de mayo de 2017

Después de la pelea

En 1923 Jack Johnson fue bajado de un ring en La Habana por falta de acción en una pelea. Jack Johnson es, con seguridad, uno de los diez mejores peleadores de la historia.

Lo de Jack en aquel combate que refiero debe haber sido una mentada de madre, pero hay una diferencia importante con esta mentada similar ahora protagonizada por Julio César Chávez Junior el sábado: a la pelea de Johnson la vieron sólo 1,200 personas.

El daño que hoy hace el fracaso de una superpromoción, es monstruoso. Lastima al deporte, a los aficionados, a la industria de esta actividad y a decenas de miles de muchachos que viven o se superan o encuentran un destino en un boxeo sano y creíble.

Los reyes, los presidentes, los sacerdotes, los médicos, los arquitectos, los futbolistas, todos en esta vida tienen una responsabilidad. Chávez también la tenía, pero posiblemente no se hizo cargo. No hay nada a la vista que nos permita disculparle el valemadrismo de Las Vegas.

Fue fiel a su costumbre. Contra Maravilla Martínez, una vergüenza; contra Andrzej Fonfara, otra vergüenza; contra Brian Vera, otra vergüenza. Ahora, un espectáculo obsceno de impericia y deshonor.

Le habíamos perdido la confianza, hace mucho, está dicho en mi comentario anterior a la pelea en estas mismas páginas del ESTO. Pero la vida le daba con esta pelea una oportunidad última y generosa para reivindicar su pasado y construir su futuro.

Ya había sufrido el boxeo la explosión de una bomba con la mojiganga que escenificaron Floyd Mayweather y Manny Pacquiao hace dos años. Esto, lo del sábado, no era necesario.

La desilusión de la gente es una epidemia que corroe el universo de un deporte noble que tiene a cada paso ejemplos de mejores actores en sus entrañas.

Es fácil encontrar exponentes de combatientes suicidas que dieron y dan aliento, sangre y sacrificio a sus peleas. Hubo la Canelo-Chávez, que fue un ácido desacuerdo, pero hubo también la Salido-Vargas que fue una joyita y un ejemplo de entrega de dos valientes.

Sin embargo el enfado es tan grande que leyendo columnas y expresiones de los fanáticos parece que en el boxeo todo fuera timo y corrupción.

Cualquier peleador puede perder, y no hay nada que se señalarle si lo hace con honor. Pero lo que no se perdona es no entregar todo lo posible. Si Chávez no podía hacer nada más sobre el ring, si su cuerpo no le obedecía, mala suerte para él, porque está visto que nadie le soporta otra excusa. Pudo, en todo caso, poner la cara por delante y jugar la suerte final, echar el cuerpo encima como una lápida, buscar un solo golpe milagroso que no buscó, o de perdis un gesto de rabia que nos mostrara que esa muerte deportiva que estaba sufriendo le importaba algo más que un rábano.

Su padre, pobre padre, me imagino que hoy todavía piensa que mejor hubiera sido no haber nacido. Imagínense, ser Chávez, el Gran Campeón Mexicano y caminar por la vida observado, señalado y preguntado: “¿Qué le pasó a tu hijo?” En su rostro vimos, tras la pelea, una congoja incurable.

Su hijo no tuvo, no tiene lo que él soñaba.

El boxeo no es un deporte blando, ni una actividad para indecisos, timoratos o indolentes. Sólo la fusión de cuerpo y alma en plenitud logra resultados extraordinarios en el ring. El boxeador es el único hombre al que le pegan mientras trabaja.

Le volvimos a creer a Chávez. ¡Qué ilusión! Que estaba preparado como nunca, que buscaría la victoria y que casi seguramente la conseguiría. No hay en sus declaraciones de promoción del combate una sola expresión que se compadezca con lo que fue su desempeño en el ring. Y el espectáculo de la esperada gran pelea, el asunto global, planetario, fue una pandemia de tristeza y desencanto.

Cuando se habla más de lo necesario se dice más de lo conveniente.

Toda lucha conlleva el deseo esencial de ganar. Si no se desea ganar, la lucha no tiene sentido. Es elemental porque si no fuera así se consumaría el más perfecto de los contrasentidos: el de proponerse lograr algo haciendo mucho para no conseguirlo.

Ojalá que Julio César Chávez, el Junior, encuentre un camino en su vida incierta. Ahora es blanco de críticas impiadosas, y ha de creer que el mundo lo rechaza. El boxeo, sin embargo, le ha dado muchas cosas, fama y dinero, y un lugar en el mundo donde a sus 31 años puede enmendar y corregir.

Fue feo lo del sábado pero muchos hombres se han redimido de peores desatinos.

Tiene que haber en este mundo algún remedio para su crisis de fe. Su semblante dice que para él todo está signado por el paradójico triunfo del fracaso. Y el problema no es que así no se puede boxear, es que así no se puede vivir.

Queda de la pelea la frustración y nada más.

Canelo ganó 88,236 dólares por golpe lanzado.

Canelo lo hizo bien, sin partenaire.

A Canelo le faltan dos cosas: una guerra y ganarle a un grande.


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