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22 de agosto de 2021

Fecha de caducidad: 21 de agosto 2021

Pacquiao vs Ugás
Llega a traición, como la muerte, el día fatal.

Más vale nunca que tarde, Manny.

Dan ganas de llorar.

¿Manny Pacquiao perdiendo con Yordenis Ugás? Pocos se atrevieron a presagiar semejante desatino. Ugás era un desconocido, antes de reemplazar a Errol Spence , uno de esos campeones tibios de estos tiempos, de esos que no conoce la gente.

Ali se acabó a los 35, igual que Ray Robinson, Henry Armstrong a los 31, Chávez a los 33, Olivares a los 31, Dempsey a los 28, Durán a los 37,Sugar Ray Leonard a los 33, Carlos Zárate a los 29. A Pacquiao la jubilación le llega a los 42. No está mal.

Le pasó lo que a casi todos. A los del ring y a los que estamos debajo. Nadie quiere apearse de la vida, cancelar los brazos en alto, abandonar los sueños, silenciar el amor de las multitudes, oír que te repitan que eres lo que sigue de Dios.

Dejar de ser es dejar de servir. Y dejar de servir es empezar a sentirse solo, cada día más solo, cada día menos vida pendiente. Hace 30 años Sugar Ray Leonard volvió al ring a perder con Terry Norris. Su ego no soportó que la figura de Julio César Chávez creciera y ocupara las marquesinas que antes le pertenecían.

En el ring del T Mobile estuvo ayer el Pacquiao-hombre, pero no estuvo el Pacquiao-boxeador. Tal vez el tren partió con Manny irresoluto en el andén.

A nadie se le puede pedir que entregue lo que no tiene, a los boxeadores sólo se les exige que den en el ring todo su inventario, con el alma, en cada movimiento. Lo perdido está perdido.

Dos piernas desvaídas transportaron imprecisas al guerrero de otrora. Un buen primer round, un poco de esperanza. Pero pronto comprendió que la tarea sería formidable, mayor de lo que había calculado.

¡Menos mal que vino Ugás, que no vino Spence!

¡Carajo! ¿Por qué no nos dimos cuenta?

Hace cuatro días hablé con Quinito Henson, ese gran periodista de la televisión filipina, y me preguntó “Eduardo, ¿cómo ves la pelea?” Y le respondí “Ugás es respetable y digno, puede crear problemas, pero no sabe lo que es pelear con un Pacquiao, que no se va a parar como otros rivales.”

Para no pararse Pacquiao necesitaba piernas vigorosas, que no tuvo.

La producción del cubano (campeón mundial #16 que da la isla) fue calculada y ejecutada siguiendo el manual del buen boxeador. La de Manny fue modesta si recordamos sus grandes noches.

En el quinto round de la pelea dije en la transmisión que Ugás era digno y respetable con independencia del resultado que tuviera la pelea. Ugás fue un hombre haciendo lo que tenía que hacer, y a veces los hombres boxeadores tienen que hacer cosas crueles. Le pasó a Marciano retirando a Joe Louis, le pasó a Oscar de la Hoya derrotando a Julio César Chávez.

Es posible que no volvamos a ver a Manny Pacquiao en un ring de boxeo. Se desaconseja consumir productos que sobrepasaron la fecha de caducidad.

Me parece haber visto un Pacquiao triste, abatido, antes y durante la pelea, cierta laxitud, menos sonrisas. Eso inasible que presagia borrascas.

Se está yendo el boxeador más deslumbrante de dos décadas. Él es más que Mayweather. Conquistó el mundo si ser estadounidense. Ganó mucho y perdió poco, respetando a ultranza las leyes del boxeo.

Es vital, Pacquio. No comprará pantuflas para ponerse a mirar la tele.

Seguramente lo veremos en la lucha política que es también lo suyo.

Enfrentado ahora gravemente con el tirano de su país, el impresentable Rodrigo Duterte al que acusó de corrupción y que promete destruirlo.

El periódico Inquirer, de Manila, dice ahora “Sigue siendo el campeón del pueblo.” El PhilStar titula: “Pacquiao es de otro tiempo, la edad lo alcanzó.”

Si es el final, si es todo, que te vaya bien, Manny Pacquiao. Eres un tipo bueno. Muchas gracias por todo.

22 de julio de 2019

Manny Pacquiao, joven atleta de 40 años

Manny Pacquiao esperó la pelea cumpliendo sus actividades y rituales acostumbrados, en paz.

Los boxeadores que van a un compromiso de gran porte suelen ser insoportables las horas previas, malhumorados e irritables.

El León de Manila parece blindado, no le penetran congojas.

Cuando terminó el pesaje, el viernes, me dijo Sean Gibbons, el agente de negocios que no se despega de Manny, “la tarde de ayer (el jueves) conté 70 personas en su suite, tocó el piano y cantó, él no conoce la soledad.”

La pelea de la noche de sábado en el Grand Garden del MGM fue un derroche de talento más emparentado con las habilidades de un veinteañero que con los achaques de un veterano de guerra.

A este tipo no le duele nada.

Henry Armstrong se acabó a los 31, Robinson a los 35, Ali a los 35, Jack Dempsey a los 28, Carlos Zárate a los 29, Rubén Olivares a los 31, Chávez a los 33, Flash Elorde a los 31. Son excepciones las de quienes llegan a los 40 años en buena forma. Archie Moore, Bernard Hopkins y alguno que otro que pueda agregarse.

Pacquiao es de esos inmarcesibles. Dorian Gray es filipino.

Una vez más el humilde venciendo al bocón, como Frazier a Ali en la primera, como Sánchez a Gómez, como Barrera a Hamed, como Maidana a Broner, como Chávez a Camacho.

Manny Pacquiao tiene en común con otros grandes que se toma en serio su oficio, se prepara como Dios manda, compromete toda su voluntad y ejercita con alegría lo que sabe hacer.

Algún día, tal vez, alguien nos dirá cómo y por qué evolucionó la anatomía del filipino. Con qué ingeniería invisible a los buscadores de los laboratorios se lo apoyó para un crecimiento desmedido. Aquel alfeñique peso mosca que hace veinte años provocaba mucha pena y ninguna admiración, se convirtió en un superhombre.

Su victoria del sábado provocó estallidos de entusiasmo en sus seguidores, porque el público es de expectativas cada vez más prudentes conforme el tiempo pasa. Desean que el final del ídolo esté lejos, pero quién sabe.

Fallo dividido porque Glenn Feldman escribió una puntuación que merecería cárcel en un universo más exigente con estas imprecisiones.

Keith Thurman fue un oponente de buena calidad porque atacando es peligroso, y no permitió que pensáramos en momento alguno que Manny estaba asaz seguro mientras la acción.

Al comenzar el combate dije en la transmisión de TVAzteca: “Miren los brazos de Pacquaio pero miren sobre todo las piernas de Pacquiao.”

Y las piernas funcionaron. Nos sorprendió otra vez. Un bólido, un Fórmula 1, un coloso. Ni Thurman ni nadie esperaba ver a un Pacquiao así de veloz, así de preciso y así de eficiente.

El Messi del boxeo.

Keith Thurman no es mejor que en su momento fueron Juan Manuel Márquez, Marco Barrera, Tim Bradley o el Terrible Morales, pero es mejor de lo que fueron Brandon Ríos, Chris Algieri, Tony Margarito o Jeff Horn.

Manny Pacquiao ha peleado en su vida con cinco inmortales: Oscar De la Hoya, Márquez, Barrera, Morales y Floyd Mayweather. Es suficiente. Con esta actuación deslumbrante a los 40 años de edad, se confirma en un lugar destacado de la historia grande.

No es cierto que haya sido campeón en ocho diferentes divisiones, lo ha sido en seis: mosca, supergallo, superpluma, ligero, welter y superwelter. Cuando se dice ocho se abona a este universo abyecto de confusión del boxeo de estos días que es víctima de la barbarie impune de dirigentes obtusos.

La mayoría de los aficionados ignoran que en la vida de Pacquiao-boxeador hay más de diez peleas que ellos creen que fueron de título mundial pero se pelearon fuera de título: dos con Barrera, dos con Morales, con Héctor Velázquez, con Oscar Larios, con Jorge Solís, con Oscar de la Hoya, con Ricky Hatton, con Brandon Ríos y una con Bradley.

El boxeador cuando es grande es más importante que el título, y Bob Arum no se dejaba extorsionar. No compraba franquicias.

Manny Pacquiao brilla en tiempos difíciles.

El ínclito Gilbertico, ese intelectual venezolano que maneja la AMB, creó ahora los títulos Oro, un nuevo cachondeo. Hay exceso de títulos y este individuo crea nuevos en lugar de cancelar los supercampeonatos que creó su papá y con los que comenzaron a asesinar al boxeo.

Yo entiendo que usted, estimado lector, no comprenda por qué suceden estas cosas. Es muy difícil imaginar por qué lo harán.

Pero disfrute esta realidad, porque dentro de un tiempo será peor y entenderemos menos.

Pensemos en Manny Pacquiao.

15 de julio de 2018

Manny Pacquiao: una gran noche a pesar de Matthysse

Nadie esperaba más de este Manny Pacquiao de 39 años.

Algunos esperábamos menos. No hay muchas hazañas deportivas por hombres de 39.

A los 39 Muhammad Ali perdió con Trevor Berbick y se retiró dando pena. A los 39 Durán perdió con el modesto Pat Lawlor. A los 39 Larry Holmes, otrora invencible, fue avergonzado por Mike Tyson.

Pacquiao fue ahora una buena recreación del de antes, algo más lento. No sabemos mucho sobre el estado de sus piernas, sobre sus reflejos y sobre cambios de ritmo porque no fue exigido. La pelea fue una escenificación fallida de una obra de dos actores porque uno faltó a trabajar.

Antes de la pelea, en la transmisión de televisión, dije “Matthysse es un gran boxeador que ganó todas sus peleas excepto las importantes, en esas se quedó en el umbral sin atreverse a dar el último paso.” Nikefobia se llama el miedo a triunfar.

Pero lo de anoche… ojalá lo de anoche hubiera sido eso. No hay memoria en el boxeo argentino de una vergüenza semejante. Matthysse rehusó pelear. Fue fraudulento. Me acuerdo de cómo se batían Galíndez, Monzón, Maidana, Vásquez, Lausse, Coggi, Bonavena y me dan ganas de llorar.

A ningún deportista se le exige que dé lo que no tiene, pero a todos se les demanda sin concesiones que se entreguen generosamente al límite de lo posible.

También Jack Dempsey era mucho más que Firpo, pero Firpo se rifó y peleó y sacó al gigante del ring antes de ser masacrado en Polo Grounds en 1923.

Firpo perdió con dignidad.

Algunos están pensando lo de Lucas Matthysse de una pobreza deportiva monumental; yo creo que es aun peor, de pobreza intelectual.

He aquí un sujeto –Lucas- que no entiende el peso histórico y universal de un acontecimiento deportivo de alcance planetario, no entiende tampoco que durante 47 minutos pactados de pelea –por lo menos- él es Argentina en el corazón de millones que sufriendo con la pelea se hacen su propia piel en combate.

Tiene Lucas atrofiada la sagrada virtud de la vergüenza y es cínico al declarar que hizo una buena pelea, para terminar escupiendo un exabrupto intolerable digno del infierno, no del lugar donde él estaba: “La c…. de tu madre.”

Peor, imposible. ¿Cómo entender a un combatiente que está en una lucha en la que no muestra ni el menor deseo de ganar? Eligió rendirse sin luchar y exhibió su impudicia como un trofeo. Hay cosas grandes y cosas chicas en este mundo. Lo de Matthysse fue microscópico.

Manny Pacquiao fue despojado hace un año del triunfo que merecía vs Jeff Horn, y ahora reivindica su vigencia con esta pelea absurda en la que se dio el lujo de revivir sus movimientos de noches inolvidables. Ese que vimos es Manny, no puede ser otro, él no se parece a nadie.

Pacquiao contesta a regañadientes cuando se le pregunta por su retiro. Dijo después de la pelea que piensa en Horn, en Crawford, en Lomachenko.

Hay Matthysses, pero hay Pacquiaos.

Qué parias, qué pobres, qué desamparados nos vamos a sentir cuando el legendario León de Manila ya no esté en el boxeo. Afortunados somos, el proveedor mayor de las glorias del boxeo de estos días, aún no se va.

4 de mayo de 2015

Ganó Floyd Mayweather y el desencanto se apoderó de todos

Parece desencanto, pero es la verdad revelada. Un malestar impreciso, un sueño no cumplido.

El mundo quería que ganara Manny Pacquiao y Manny Pacquiao perdió. Solo, escaso, una sombra de lo que había sido en noches felices, gestor de un esfuerzo absurdo y sin destino, perdió. Floyd Mayweather se quedó con una victoria merecida, aunque renovó la indignación de la gente por su soberbia insoportable y su valemadrismo, por su tacañería, por su decisión inquebrantable de no ir jamás a la guerra. Pelear sí, a su manera; morir en batalla, jamás.

La pelea no fue buena y no fue mala. Fue común, y no pudo satisfacer las expectativas desmesuradas que había creado.

El que paga mucho quiere mucho. Si usted compra una bicicleta, pongamos por ejemplo, en $ 3,000, y con ella pasea hasta la glorieta de la esquina, se divierte y hace ejercicio, la compra ha sido satisfactoria, quizá esté feliz con lo adquirido, pero si por la bici paga un millón apenas quedará satisfecho si con ella puede llegar a la luna.

La pelea del sábado fue mejor que las de Floyd Mayweather con el Canelo Álvarez, o Manny Pacquiao con Brandon Ríos, pero éstas no prometieron ni costaron tanto, ni un motor publicitario sin precedentes intentó convencer al mundo de que se trataría de una conflagración épica y legendaria.

Ganó el malo, y un tumultuoso coro de desencanto recorre aún una geografía inimaginable. El deporte tiene que hacer justicia para que actúe como un bálsamo bendito, si no es un salto al vacío que suma a nuestras congojas en lugar de endulzarnos la vida.

Finalizada una pelea, resueltos los interrogantes, nadie se acuerda de lo que se dijo antes, y por previsible que haya sido el trámite de lo sucedido, la rebelión de las masas es un estallido: ganó Mayweather pero muchos querían que ganara Pacquiao, y vieron ganar a Pacquiao.

No hubo dudas entre los entendidos: ganó Floyd. Dos o cuatro puntos, da igual. No hay polémica, hay un desmadre entre los aficionados belicosos que juzgan con con el corazón.

Manny Pacquiao muestra síntomas de decadencia, por primera vez. Ejercitó durante 9 o 10 minutos una estrategia bien elaborada. Los rounds 2, 3 y 4. Fuera de eso algunos chispazos aislados en otros pasajes. No tuvo reservas para más. Sin piernas, ni aire, ni inspiración divina, tampoco mostró gran voluntad.

A los boxeadores, a los hombres, se les perdona perder, pero no se les perdona que no dejen todo lo que tienen para evitar el fracaso. Fue una noche infeliz para el filipino a quien la juventud comienza a abandonarlo.

Miles de aficionados preguntan: "¿Por qué gana Floyd Mayweather si no pelea, sólo corre?" Los dos presupuestos son erróneos. Su boxeo no gusta, pero no es correcto decir que no pelea. Lo hace a su modo, con sus códigos inalterables, con su indiferencia a las quejas del espectador. Contragolpea, marca, responde, engaña, enloquece, y eso cuenta. Jamás he dicho que corre, porque afirmarlo confunde. No aplica el término aunque gente respetable como Roberto Durán me ha dicho que estoy equivocado. Trasladarse en piernas con maestría y velocidad inigualables no es correr, es poner en acción engranajes para que funcione lo que él es: una máquina de pelea indescifrable y eficaz. No sirve para encantar, pero sirve para ganar.

Si a la manera de Floyd Mayweather no se pudiera ganar en el boxeo, no habría en la historia Willie Pep, o Nicolino Locche, o Young Griffo, o Wilfredo Benítez, o Packey McFarland, o Benny Leonard, o Miguel Canto, que siguen siendo faros encendidos, defensores célebres, a ultranza.

Yo he sido el más crítico de Floyd, especialmente cuando voces inocentes o irresponsables han sugerido que puede ser el mejor de la historia, y seguiré siéndolo si tengo que recordar una vez y otra vez que en 48 peleas no ha pasado por una guerra, que rehuye el sacrificio.

Mayweather no es un boxeador de crisis, o no lo sabemos. Tiene la virtud de que no le pegan, con lo que ignoramos qué sucedería si lo golpearan con contundencia. Eso es a su favor, y no en su contra, pero un boxeador que no ha sufrido no está terminado de evaluar. Es irracional todavía creer que pudiera haberle ganado a Henry Armstrong (en ligero), o a Ray Leonard (en welter), o a Durán (en ligero), o a Robinson (en welter).

No habrá una segunda pelea entre ellos, porque en principio carece de interés, y aunque el interés pudiera crearse artificialmente (especialidad de los promotores), no habría forma de pagarles otra vez estas cantidades absurdas, y no pelearían por menos.

Pase lo que pase es el fin de una época. Pacquiao se fue o se está yendo. Si sigue, ¿qué podría buscar? Muy poca cosa y este es un deporte del que hay que retirarse cuando ya no se puede aportar nada a los activos. Es un héroe del ring y un héroe de la vida. Su condición de triunfador es inconmensurable si pensamos de qué pobrezas viene y qué privilegios ha alcanzado.

Floyd Mayweather es algo difícil de descifrar. Cuando otros piensan en la gloria él piensa en el dinero, su esencia, su Dios. Seguirá en el boxeo muy poco más. Si no pudo vencerlo Manny no puede hacerlo nadie.

El último duelo grande de este tiempo ha terminado, y las tensiones se relajan. El boxeo mira de reojo al futuro porque se va quedando sin propuestas seductoras.

El paso del tiempo nos dirá si Pacquiao se confirma como el más grande filipino de todos los tiempos o habrá que volver a revivir las glorias de aquel portento llamado Flash Elorde.

Habrá otros días y habrá otros hombres en el ring, dispuestos a procurar la gloria inmarcesible que entregan las multitudes de tiempo en tiempo.

Lo que acabamos de ver cierra la narración de una etapa del boxeo moderno, con un capítulo final sin lustre, que se lleva con nosotros emociones murientes a un sitio sin retorno. Damos vuelta la página con la sensación angustiosa de que las luces mortecinas de un ring imaginario y difuso se van apagando lentamente hasta desaparecer.

23 de noviembre de 2014

Manny Pacquiao vs Chris Algieri, para pelear se necesitan dos

"Rien n'est stupide comme vaincre ; la vraie gloire est convaincre". Víctor Hugo (1862, Los Miserables)

Nada es tan estúpido como sólo vencer, la verdadera gloria está en convencer. La frase del insigne escritor francés es con frecuencia demoledora para los que tienen abundante público que los siguen.

Cuando alguien gana 30 millones de dólares en una presentación, como Manny, la ejecución de su trabajo tiene que ser perfecta.

Manny Pacquiao superó en cada segundo de la pelea (pelea, es un modo de decir) a Chris Algieri en Macao, no corrió riesgo alguno y sumó un resultado, pero se sintió incómodo. Transitó del empeño a la frustración, de la frustración al enojo, del enojo al fastidio y del fastidio a la resignación.

Una característica del filipino es la felicidad. Cuando pelea juega, se divierte, está contento y se le nota. Anoche, no.

Ganó, lo hizo con suficiencia sobrada, en varios pasajes nos produjo la sensación de que se quedó a un golpe de noquear, pero no pudo redondear una gran noche (un mediodía, habría que decir, porque la pelea fue a la una de la tarde), confirmarse como el zurdo más vistoso de la historia, departamento en el que hace rato superó a Marvin Hagler.

Leo una docena de comentarios en la mañana del domingo, analistas de varios países que tratan de explicar los pormenores de una noche sin gloria. Lo tratan bien a Pacquiao, casi sin excepciones, ("It was a masterful showing of boxing from Manny Pacquiao", dice el Inquirer de Manila) y sé de todos modos que hubo aficionados inconformes. Es fácil tomar el pulso de la gente en estos tiempos de redes sociales. En México influyó en las opiniones el golpeteo de Julio César Chávez que en la transmisión poco menos que crucificó a Manny Pacquiao.

Yo fui condescendiente con el León de Manila. Vi la pelea de anoche pensando en la pelea anterior, con Tim Bradley, para compararlo, y en la pelea que viene --ojalá se dé--, con Floyd Mayweather, para proyectarlo. Manny fue veloz, que es lo que importa para juzgarlo hoy. Lo demás, las habilidades, las sutilezas, están instaladas en él. Mientras pueda acelerar hasta donde en sus mejores noches, seguirá vigente.

Chávez dice que recibió demasiados golpes, y yo creo que recibió los inevitables cuando buscaba provocar la pelea. Se esforzó, trató, hizo por que hubiera hostilidades. Si no lo hacía nos dormíamos todos.

Relevo de culpas a Manny, el problema fue Chris Algieri. Cada pelea es diferente para un boxeador. Las cuatro de Pacquiao con Juan Manuel Márquez fueron de trámites parecidos, en la antípodas de lo de ayer. Márquez se esconde un poco con su defensa. Pero vuelve, contragolpea, se faja, pone el pecho a la metralla, está siempre ahí, es un enemigo honesto, que acepta el duelo. Algieri lo rehuyó.

Para colmo, instalaron en Macao un ring de casi 7 metros por lado, dentro de cuerdas. No me pregunten por qué Manny Pacquiao lo permitió. Le facilitaron al retador la huida pertinaz que conspiró contra el espectáculo. Parece que estos detalles, de importancia suprema, no se cuidan, ni siquiera en este nivel. Con un ring del tamaño que usamos en México (6 metros por lado), la pelea de ayer era otra.

Antes de una pelea usted y yo, todos, tenemos una idea sobre lo que debe suceder, que a veces se confirma y otras veces no. Ningún peleador da exactamente lo que habíamos pensado, da un poco menos o un poco más, y en eso se van los destinos de un combate. Cuando un aspirante a campeón llega a su gran noche, como Algieri ayer, puede quedarse corto (como Tony De Marco contra Jessie Vargas, pongamos por ejemplo), o sublimarse y lograr una hazaña (Muhammad Alí contra Sonny Liston, Carlos Monzón contra Nino Benvenuti, Sal Sánchez contra el Colorado López). No esperábamos que Chris Algieri estuviera llamado a ser Alí o Monzón, por supuesto, entre otras cosas porque a los 30 años de edad era de suyo imposible, pero algunos creímos que podía dar una buena pelea.

Algieri se fajó contra Ruslan Provodnikov, lo hizo con determinación y coraje. Tuvo el rostro sanguinolento en un estallido y un ojo a punto de abandonar su órbita, y siguió peleando, lo que auguraba una entrega digna frente a Pacquiao, suficiente para crear una batahola sobre el ring, a despecho de sus limitadas habilidades, no comparables con los recursos de Manny. Pero sufrió (y era imposible adivinarlo, pronosticarlo) lo que en psicología y en jurisprudencia se llama "temor reverencial", que es el que siente un individuo frente al jefe, un soldado frente al coronel, en fin, el que se somete en sumisión ante lo que acepta a priori como alguien o algo superior.

Como el Canelo cuando peleó con Floyd, Algieri se entregó sin luchar, se conformó temprano, no quemó nunca las naves, cambió deseos de triunfo por la modesta aspiración de terminar de pie.

En otras palabras, la pelea le quedó grande a Chris. Dedicó todos sus esfuerzos a defenderse y caímos en lo que sentencia el viejo adagio de que si uno de los dos no quiere, no hay pelea.

Pero dejemos al neoyorquino, que en lugar de convertirse en historia se convirtió en pasado.

El fantasma de Floyd Mayweather estuvo también anoche en el ring de Macao. La permanencia de Manny Pacquiao en el boxeo tiene valor mientras sea imaginable una pelea entre los dos.

Las últimas semanas se sucedieron una serie de situaciones que permiten sospechar que la pelea es posible. Parece deliberado el reclamo repetido de Pacquiao indicando que Floyd no quiere pelear, y el silencio de éste que crispa la ansiedad de los que esperamos una respuesta. Bob Arum hizo su mayor apuesta al decir que ofrece 250 millones de dólares para que se los repartan ambos, y cristalizar el acontecimiento deportivo más caro de la historia.

Pacquiao interesa mucho vs Floyd, e interesa muchísimo menos contra Terence Crawford, Danny García o Jessie Vargas.

Sabemos que hay que resolver un asunto comercial severo. Floyd Mayweather pelea para CBS/Showtime y Manny Pacquiao para Time Warner/HBO. Las dos corporaciones se unieron en promoción en 2002 para hacer posible Lennox Lewis vs Mike Tyson y lograron (en ese momento) la pelea con mayores ingresos de todos los tiempos. Ahora tienen más motivos para asociarse.

Las veleidades que conocemos de Floyd Mayweather no son de alguien que está loco, sino de uno que se hace el loco. Sería incomprensible que quisiera irse del boxeo sin aceptar este reto. El puede abandonar el deporte, pero no se irá del mundo. Le será muy difícil caminar por la vida como promotor, como actor, como empresario, cargando el estigma de no haber enfrentado a Manny Pacquiao.

El filipino ya peleó, ayer. Son libres. Será grandioso si en las próximas semanas se confirma la pelea esperada.

28 de marzo de 2014

Pelea Manny Pacquiao y, como siempre, se trata de un gran aconteicimiento

El 12 de abril pelea Manny Pacquiao, y es de los dos el que importa, para que la pelea sea histórica, aunque no sea el campeón. Tendrá enfrente a Tim Bradley, que podrá resultar su redentor o su verdugo.

Manny Pacquiao, el que me acusaron de no querer (algunos, otros me acusaron de quererlo demasiado porque como ustedes saben yo “favorezco descaradamente a los peleadores de Televisión Azteca”).

Cuando se tienen cuarenta años de comentar el boxeo ya se han recibido todas las acusaciones.

No hay razón para que alguien me haya ubicado en una actitud descalificadora de Manny, porque lo admiro más que el que más lo admira, aunque no lo pueda colocar hoy en número uno entre los libra por libra dado que Floyd Mayweather no recibió como él el golpe letal de Juan Manuel Márquez que le procuró el nocaut más espectacular de la historia.

Tuve que poner las cosas en orden --y por eso creyeron que combatía a Pacquiao—cuando algunos insensatos dijeron que era el mejor boxeador de todos los tiempos. Que lo haya dicho Bob Arum vaya y pase, porque para Arum Pacquiao es un producto que vende, y porque Bob hace muchos chistes con tono de estar hablando en serio.

La verdad es que la gente dice muchas cosas, y se nos va un tiempo precioso en clasificar las verdades por aquí los dislates por allá, etcétera, por lo que no acostumbro a responder tantas iniquidades y sandeces. No son pocos los que afirman, por ejemplo, que no deberíamos hablar de boxeo los que no nos hemos subido a un ring, que es como decir que no deberían comer los que no saben cocinar, o que el cardiocirujano que nos opera del corazón debe haber sufrido antes un infarto para saber de qué se trata.

Nada nuevo, se los aseguro, si recordamos que Platón promovía que sólo los filósofos fueran reyes, y han pasado 2,500 años. A Platón le contestaron (y la respuesta vale un millón) que si la opinión pública demanda niveles de moralidad demasiado altos de parte de los hombres de gobierno, puede derivarse una consecuencia extremadamente desagradable: que el surtido de hombres capaces de conducir los asuntos públicos con eficacia se agotará. A los que piden que callemos los que no hemos boxeado yo les digo que el Cuyo Hernández y Nacho Beristáin nunca se subieron a pelear y han podido enseñar a muchos de los deslumbrantes héroes del ring que tanto respetan los que nos descalifican.

De Manny Pacquiao lo que suelo decir es que es el dueño de esta época, como antes tuvieron las épocas suyas Muhammad Alí, Sugar Ray Leonard, Julio César Chávez o Mike Tyson, y que poder verlo en vivo (aunque sea por televisión) es un privilegio de dioses.

La emoción de hacer contacto con la historia es irreemplazable. En cierta ocasión, sería por 1990, me enteré de que se presentaba en México el bailarín Rudolph Nureyev, y aunque yo no sé de ballet, decidí ir a verlo, (como vale siempre la pena ver a los mejores en su materia, hagan lo que hagan) a despecho de los consejos de algunos amigos que me decían que el ruso estaba viejo y ya no era el que había sido. “¿Qué importa?”, yo les respondía, con la emoción y la certeza de que un día podría contar que vi bailar al mejor que ha dado la humanidad, y se los estoy contando.

Ver a un histórico, ser de su tiempo, resulta en una conmoción inigualable que es más que enterarse de su existencia por una enciclopedia. Así, otros días vi a otros inmortales como Alicia Alonso, Jimmy Connors o Frank Sinatra, o toqué la mano del cadáver de Raisa Gorbachov un día de 1999.

El caso de Pacquiao, no es el del Nureyev arcaico que les acabo de mencionar, pero están los que dudan sobre las aptitudes del filipino que tiene 35 años de edad. Es cierto que ha entrado en zona de riesgo no por lo que sabemos (porque no sabemos nada que lo denuncie) sino porque es muy obvio que el recogimiento a que obliga el paso del tiempo lo alcanzará uno de estos días.

Manny Pacquiao se mostró entero contra Brandon Ríos, y no hay nada que obligue a derrumbarse a los 35. Roberto Durán estaba en buena forma a los 37 y Daniel Zaragoza se proyectó bien hasta los 39.

Manny tiene su lugar asegurado en la página central de la historia del boxeo con independencia de lo que pase el 12 de abril, y es válido creer que ya no podrá sorprender con nada, pues lo conocemos demasiado bien. Sin embargo todavía puede demostrar alguna cosa, como de qué tamaño es su voluntad, para estar a tono con la voluntad de los inmortales, que por mandato divino es prodigiosa. Sin voluntad de acero la inmortalidad no es posible.

Cuando Manny y Tim pelearon hace dos años en el Grand Garden del MGM de Las Vegas, ganó Pacquiao y se la dieron a Bradley, y desde entonces muchas cosas han pasado. Timothy, que hoy tiene 30 años, se consolidó como campeón venciendo en dos duras batallas contra Ruslan Provodnikov y contra Juan Manuel Márquez. Pacquiao recibió el golpe de su vida de parte de Juan Manuel Márquez en la definición que en EL BOXEO EN NÚMEROS puse como la número uno más dramática en la historia del boxeo tras revisar quince o veinte veces una por una las definiciones que siempre se habían tenido como las máximas: Marciano-Walcott, Weaver-Tate, Cooney-Norton, Foster-Tiger, Louis-Schmeling, Johnson-Ketchel.

Hoy sería pueril creer que las cosas en la pelea que viene van a ser iguales que el 9 de junio de 2012. Bradley ha crecido, está en buena edad para una guerra total, y conserva su velocidad electrizante en las piernas. Para Pacquiao el tiempo corre más rápido, inexorablemente, y habrá que ver cuáles son los daños que en él va sembrando. Se mostró bien contra Brandon Ríos, pero Tim es mucho más que Brandon.

La pelea será conmovedora y trascendente, por lo que significa para los anales del boxeo situar en su lugar a Manny Pacquiao, después de ser abrumado por su sino desde 2012. Manny se viste de boxeador otra vez. Nunca sabremos con precisión qué pensamientos habitarán su cabeza y su alma al ponerse las botas, el vendaje, los guantes. Será ecléctico y austero al razonar, porque nunca ha sido amigo de desbordes ni de gritos. Será reflexivo, severo, genial, porque es un superhombre como veinte, treinta, cincuenta que ha dado el boxeo.

Yo, --“el que no lo quiere”-- creo que a Pacquiao menos que a nadie podríamos encerrarlo o reducirlo a un puñado de números, medirlo con estadísticas. Manny es infinitamente más que razonar “perdió con Márquez, Márquez perdió con Floyd, por lo tanto Manny debe ser menos que Floyd”. Eso es una disquisición matemático-insoportable que quizá se aplica a esas entelequias que no tienen nada que ver con el arte, no un análisis de un peleador tan complejo, tan grande, un deportista tan minucioso como Manny Pacquiao. Pacquiao es la ciencia para ganar, Floyd es la destreza para no perder. No se pueden comparar, a menos que peleen.

No sabremos jamás si en este nuevo día D, antes del ring, Manny recordará cómo evolucionó su figura esmirriada y sombría desde hace 20 años cuando empezaba como profesional, a este guerrero sólido y total que es hoy, dueño del músculo, en control de sus emociones, trasminante su sedosa luminosidad y con un cerebro alerta y combativo, y listo, como en cada pelea, como casi siempre, que si no fuera por el golpe de Márquez creeríamos que no sabe fallar.

Por eso les decía al principio. Lo que ofrece esta pelea es suficiente para que no me pregunten si Manny Pacquiao es el ciento por ciento de lo que fue, o sólo el noventa y cinco, o el noventa. Ni siquiera él lo sabe. No sé si Dios lo sabe.

Lo que importa es que vamos a vivir una vez más su época, que es la nuestra, felizmente. Si no somos capaces de vivir nuestro tiempo, no somos capaces de nada.

4 de enero de 2014

Pacquiao, Mayweather y la lista negra de las grandes peleas que nunca se hicieron

Manny Pacquiao y Floyd Mayweather podrían pelear o podrían no pelear. La pelea es la más grande del mundo pero si no se hace –y quizá sólo queda 2014 para hacerla-- irá a la lista de otras iguales que los aficionados soñaron pero jamás vieron. Estos dos tipos creen que tienen derecho a escoger lo que les plazca, yo creo por el contrario que tienen la obligación de darle esa pelea a la gente, a la que deben tanto.

Ayer Sugar Ray Leonard –se me adelantó por unas horas—dijo lo que estoy diciendo. “Les ruego a Floyd Mayweather y a Manny Pacquiao que peleen. No es por ellos, es por el público, que tiene a derecho a decir un día ‘yo recuerdo esa pelea’”.

Sepan ustedes, queridos amigos, que esto ha pasado ya en el boxeo, y ha pasado mucho. En México sufrimos un vacío existencial cuando en su momento Humberto González ‘Chiquita’ y Ricardo López hicieron historia grande cada uno por su lado sin llegar a subirse al mismo ring.

Muchos años antes el público había esperado infructuosamente una pelea entre el fabuloso ‘Ratón’ Macías y el ‘Toluco’ López. Ellos pelearon, en realidad, como amateurs. Ganó el ‘Ratón’ y obtuvo el derecho a viajar a los Juegos Olímpicos de Helsinski, pero una nueva confrontación en condición de profesionales era obligada, y no se dio.

Algo parecido puede decirse de una confrontación nunca lograda entre Rubén Olivares y Vicente Saldívar, porque ‘el Negro’ Pérez que cuidaba los intereses de este último nunca se animó.

La indeseada historia de estas famosas no-peleas no tiene, sin embargo, cincuenta o sesenta años, tiene cien. Hace una centuria, efectivamente, podemos situar el primer ejemplo de dos gigantes que no se encontraron, con Jack Dempsey y Harry Wills. Dempsey era blanco, quizá el mayor campeón de la historia de peso completo, y Wills era un coloso negro nacido en Nueva Orleáns a quien nunca se le permitió chocar con el gran Jack por la barrera racial que existía.

Y hubo otras a través de los años. Jack LaMotta no peleó con Rocky Graziano, Rocky Marciano no peleó con Floyd Patterson, George Foreman no peleó con Earnie Shavers, Riddick Bowe no peleó con Lennox Lewis, Mike Tyson no peleó con David Tua y el propio Leonard no peleó con Aaron Pryor.

¿Cómo? ¿cómo? ¡¿cómo?! los buenos aficionados vamos a digerir tanta iniquidad si de sólo pensar que esto no lo vimos nos provoca la desolación de un amor no correspondido.

Imagínense ustedes la historia del boxeo si Dempsey y Tunney o Leonard y Hearns no hubieran peleado. O Chàvez y Camacho.

Hubo intentos por hacer la pelea entre Mayweather y Pacquiao, pero no se llegó a acuerdos por el reparto del dinero, por los exámenes antidoping especiales que solicitó Floyd Mayweather y ahora, en semanas recientes, porque los socios de Floyd, Golden Boy Promotions, le piden a Manny Pacquiao que para montar el pleito deje a su promotor Bob Arum.

El filipino sabe que un gran campeón no acepta condiciones especiales, y mucho menos absurdas (los exámenes fuera de los que se hacen después de cada pelea son especiales, y que deje a Arum es absurdo) entre otras cosas porque cuando se negocia se está peleando el round cero de la pelea, que es tan importante como los otros doce, o más.

Se puede negociar y ceder en la marca de los guantes, en el tamaño del ring, en el acolchado, en la hora del pesaje y otros veinte ingredientes de lo que se disputa. Una buena negociación entre las partes es aquella en que se reparte a mitades lo que está en juego. Pero todo buen administrador de un gran campeón sabe desde siempre que cualquier demanda no acostumbrada en el negocio debe ser rechazada sin consideraciones.

De lo anterior se desprende que Mayweather ha puesto más obstáculos que Pacquiao.

Estos son días de negociaciones de las próximas peleas de los dos, que seguramente no será una entre ellos. Pueden pelear antes Floyd con el Chino Maidana, por ejemplo, o Manny con Tim Bradley o Ruslan Provodnikov, pero la posibilidad de que contiendan después, permanece.

La reciente victoria de Marcos Maidana sobre Adrien Broner fue una bomba que estalló en el boxeo y puso al argentino en la trinchera como una buena propuesta para ver si puede hacer lo que muchos creen que no puede hacer nadie: ganarle a Mayweather. La inopinada victoria sobre Broner le da al Chino por lo menos un voto de confianza.

En cuanto a Pacquiao, es posible que de un momento a otro conozcamos quién será su rival en abril. El ruso Provodnikov hizo algo parecido a lo que hizo Maidana, es decir, puso la nota dejando en claro en sus últimas peleas (contra Bradley y contra Alvarado), que es elegible y atractivo para cualquier pelea grande. Si es Tim Bradley, sabemos desde que Edmundo Dantès salió de las mazmorras, que la venganza es una pasión siempre viva y a veces irrenunciable para los seres humanos. Tiene siempre el poder de llamar la atención y más en la que busca Manny que fue atracado vilmente en la primera pelea.

Mayweather se ha empeñado en hacernos creer que Pacquiao lo necesita, y yo creo que se necesitan ambos. Floyd porque no ha combatido todavía en el rigor de una guerra del ring, como lo han hecho todos los grandes, y si no lo hace se va a quedar rezagado en el escalafón de los mejores de todos los tiempos, mucho más atrás del sitio al que puede aspirar. Manny, porque aun habiéndole puesto su nombre a una época, habiendo pasado por guerras y exámenes suficientes para la excelencia, no puede prescindir del detalle de que en su época, que no ha concluido, también existe Floyd, y no han peleado

24 de noviembre de 2013

Pacquiao vuelve con actuación impecable

Manny Pacquiao tiene casi 35 años, que cumplirá dentro de pocos días. Volvió anoche al boxeo despejando dudas. Nadie pudo apreciar ninguna secuela de aquella definición traumática y brutal a que lo sometió Juan Manuel Márquez hace un año.

A Brandon Ríos le sobró corazón y le faltó cerebro. Hay que tener la cabeza vacíapara creer que se tiene alguna oportunidad contra un genio del cuadrilátero como Manny sin exhibir otra cosa que fortaleza y valor.

De la pelea se puede decir que fue una pelea entretenida, pero no fue una gran pelea.

Para que un tiragolpes le gane a un dechado de facultades –pensemos por ejemplo en Giovani Segura doblegando a Iván Calderón—tiene que arrasar, asfixiarlo, robarle el aire, caerle encima con una tormenta de golpes que le resulte insoportable, y rendir su voluntad. Brandon Ríos no lo supo o tal vez lo supo y no pudo ejecutarlo porque el filipino en buenas condiciones, estaba escrito, era demasiado más que él.

Puede ser de conclusión engañosa la evaluación de este Manny Pacquiao de anoche, considerando que el rival no fue Márquez ni fue Bradley. Todo lo contrario, Brandon Ríos al atacar como un muñeco programado para chocar contra una pared, facilitó el trabajo del filipino y lo ayudó a lucirse. Digamos que no le creó problemas, no lo puso en riesgo y ofreció siempre a disposición del tagalo su cara, para que le pegara, haciéndolo rebotar una y otra vez, hasta el infinito.

Una sola de las características del mejor Pacquiao estuvo ausente: su aptitud enorme para salir de la línea de fuego después de atacar. No tuvo que hacerlo porque las réplicas de Brandon eran conmovedoramente inofensivas. Brandon peleó hasta la distancia de su largo de brazos, no abrió caminos, y ya sabemos que sólo gana el que conquista espacios. No hay que pelear ‘acá’, hay que pelear ‘allá’.

Todos entendemos la simpleza de este análisis que no da para más aclaraciones. Estamos obligados, sin embargo, a leer lo realizado por Pacquiao desde otro mirador. Si no lo vimos solucionando problemas, porque problemas no tuvo, debemos ver cómo hizo lo que hizo en plan de gustar, de moverse, de combinar la armonía del cuerpo al poner a funcionar brazos y piernas, en administrar el aire durante 36 minutos de acción y pensar si los golpes, pocos o muchos, que pudo conectar con solidez Brandon Ríos, nos revelan alguna grieta para decir ‘Pacquiao está dañado’.
No hubo revelación, queridos amigos. Manny se presentó entero, como en sus buenas noches, él solo es toda la orquesta, echa a andar el concierto y todo el mundo observa embelesado. El boxeo lo necesita inmortal. ¿Con qué lo vamos a reemplazar cuando no esté?

Lo demás, si lo de anoche le alcanza para derrotar a, digamos, un Floyd Mayweather, no lo sabemos, ni lo sabe Dios. Ganar los 100 metros no garantiza ganar la maratón, y menos mal que así son las cosas porque si conociéramos lo que hay por delante no habría ningún interés en examinarlo.

Tras la pelea Manny admitió que en el último round tuvo consideraciones hacia su fugaz enemigo, y lo dejó vivir, llegar de pie al final del combate. Brandon había pagado el precio recibiendo golpes y Pacquiao, como un general que conoce el honor y respeta los códigos de los hombres grandes, procedió escuchando a su conciencia.

“El boxeo no se trata de matar a tu adversario, sino de divertir a la gente”, dijo, y yo recojo la frase y la aplaudo y espero que la recoja la posteridad y dentro de cien años alguien le recuerde a los aficionados que hubo una vez un guerrero colosal llamado Manny Pacquiao capaz de decir estas cosas y de caminar con dignidad en el violento mundo del boxeo, hablando como un ser humano de conciencia elaborada. A ver si aprenden los que no aprenden nunca.

"Me suelo preguntar de dudas lleno --escribió el poeta (Campoamor)-- ¿son mejores los buenos o los justos?, y la elección va en gustos, yo doy todos los justos por un bueno".

De estos deportistas necesitamos muchos, para poner un contrapeso a tipejos infames que dan patadas en la sala de entrenamiento y se expresan en coprolalia defendiendo supuestos espacios y derechos y privilegios que ni tienen ni merecen.

Hay que saber elegir, señores, y es un imperativo moral. Lástima que del boxeo no se expulsa a nadie. Después de que se le perdonó a Mike Tyson mutilar impunemente a Evander Holyfield, hay que perdonar todo lo demás.

La pregunta obligada tras el combate de Macao es qué sigue para Manny Pacquiao, y para mí hay una sola pelea atractivísima que excluye a todas las demás, la pelea con Floyd Mayweather. La pelea más grande del mundo. Ya sé que no se pudo hacer a pesar de muchas negociaciones que se prolongaron por años. Pero hay un nuevo amanecer. Si Floyd mira hacia delante, no hay nada. Si Pacquiao mira hacia delante, no hay nada. Nada comparable a un choque entre los dos que haría para el boxeo un momento inigualable, una más de tantas grandes noches que hemos vivido sólo con lo irreemplazable.

Una pelea Manny Pacquiao Floyd Mayweather es necesaria e irreemplazable. Amén.

12 de noviembre de 2013

La pelea Pacquiao-Ríos a escena

La gran pelea del resto del año es la que sostendrán Manny Pacquiao y Brandon Ríos el próximo día 23 en Macao. Este punto del territorio chino, el lugar más densamente poblado del mundo, a 70 kilómetros de Hong Kong, cobra relevancia como destino turístico con la premura con que sucede todo en el vertiginoso presente de ese país, y se señala también en el mapa del boxeo. Las peleas que ofrece Macao son algunas que estarían en Las Vegas si Macao no existiera. Nevada legalizó el boxeo en 1897. China, en su estafeta Macao, pretende erigirse como un sucesor que revolucione todo en este deporte, 116 años después.

Los peleadores que le han puesto su nombre a una era, como Manny Pacquiao, no tienen peleas fáciles ni compromisos de segunda calidad. A los 34 años (casi 35) nos mostrará si puede seguir o está de salida, como a esa edad se acabaron Muhammad Alí o Sugar Ray Robinson.

No hay estadísticas concluyentes que revelen si se regresa o no de un golpazo, de una conmoción brutal, desoladora, como la que sufrió Manny en la última pelea con Juan Manuel Márquez. Nino Benvenuti no se repuso nunca del nocaut que le aplicó Carlos Monzón en la primera pelea que disputaron, pero Antonio Avelar , contra Prudencio Cardona, sufrió un atontamiento igual o peor que Pacquiao y regresó a vencer a Gilberto Román.

Hay asuntos para los cuales las respuestas sólo están en las peleas. Ni Pacquiao sabe a ciencia cierta cómo podrá responder en la guerra que se avecina. No hay entrenamiento que arroje claridad sobre la blandura o fragilidad que un día insospechado puede hacer presa de un boxeador, por importante que sea.

Miren a Nonito Donaire. Una vez más en el boxeo falló el que era favorito 10 a 1. No me digan que Nonito ganó la pelea, porque ya lo sé. Señalo que le estaban dando hasta debajo de la lengua cuando logró la inopinada victoria sobre Vic Darchinyan el sábado. A Pacquaio no le va a pasar eso de llegar mal preparado, como Donaire, porque Pacquiao no comete errores en el entrenamiento, pero no sabemos si es el mismo. Lo que estoy diciendo es que en el boxeo nunca se sabe. La última gran noche de Pacquiao fue contra Margarito hace tres años y la más reciente actuación aceptable –aunque no gloriosa—fue la que perdió con Bradley, hace año y medio.
En cuanto a Brandon Ríos, yo no veo un rival que pudiera ser mejor escogido para este retorno del filipino. Ríos es torpe, frontal, previsible, insensato, espectacular y pelea como un loco que invita a llamar a una ambulancia para que venga en su auxilio, a ponerle una camisa de fuerza. Puede provocar que Manny lo reciba como recibió a Margarito, en la carnicería de Arlington, haciéndolo rebotar una y otra vez hasta el infinito, y teñir la noche de rojo sangre.

Pero Brandon Ríos es peligroso para cualquiera que sea humanamente capaz de cometer un descuido. Tiene muchas balas y las dispara como un orate dispararía una metralleta. La pelea esquemáticamente sencilla para Pacquiao es al mismo tiempo una pelea que Pacquiao puede perder si no logra encender la llama que durante diez años lo llevó de la nada del comienzo al pedestal que alcanzó y que todavía no abandona.

En otras palabras Manny Pacquiao está obligado a redescubrir al que fue, para volver a ser el atleta formidable que conocimos y que no estamos seguros de que aún exista.

Brandon Ríos subirá con esperanzas de hacer valer su juventud (más de siete años más joven), su espíritu imbatible y su condición física que es probablemente la mejor del mundo. Es un hombre de entrega obsesiva al gimnasio. Cuando termina de entrenar, entrena otra vez, y cuando vuelve a terminar le apagan las luces, lo corren para que se vaya a su casa.

Lo que los diferencia es la calidad, que hace a Pacquiao infinitamente superior, y lo que acorta distancias es el momento exultante de Brandon, su actitud ganadora, con la que puede empujar a Manny a un precipicio si acaso la incertidumbre que hay a su alrededor no puede ser conjurada con eficacia total.

Siempre escribo ‘pongámosle historias a las peleas’, para que valgan la pena. Por mi parte quiero ver a este Manny Pacquiao histórico y conflictuado. Su vida no es una vida, es varias. Transita entre una silla en el parlamento filipino y un ring de boxeo en cualquier lugar alejado del mundo. No siempre funciona este vértigo de existir. No siempre es lo mejor y yo no lo quisiera para mí. Manny se ha subido a un cohete espacial y ha renunciado a lo cotidiano simple, al placer de lo anodino, a la alegría sin porqué de las pequeñas cosas de la vida.

En fin, hace todo lo que hace porque es extraordinario, y hay que verlo, porque es extraordinario.

13 de junio de 2012

Los fallos no se modifican

¡Ayyyy!

¡Que no suceda lo que podría suceder!

Dos jueces robaron a Pacquiao y violentaron al boxeo. Que no pretendan arreglar lo estropeado con un cambio de decisión.

Como la tormenta no cesa, en un viraje de timón la OMB dice que revisará la pelea, y el director ejecutivo de la comisión de Nevada, Keith Kizer, declara algo parecido, que “podrían intervenir”, después de que al final del combate opinaron que no había nada que investigar.

Me curo en salud porque los grandes dirigentes del boxeo parecen una especie en extinción, y no falta ni cinco minutos para que alguien blasfeme que hay que cambiar el resultado. No, señores, los fallos no se revocan, porque sería un remedio peor que la misma enfermedad.

Ningún caso, por grave que sea, por injusto e indignante que nos parezca, amerita la modificación de un resultado. La irrevocabilidad de los fallos es algo sagrado, la esencia del boxeo, la más segura garantía de respeto al espectador.

No sé si ustedes saben que en algunos países del mundo existe en universidades la cátedra “Historia y técnica del boxeo”. Bien, si yo fuera profesor enseñaría el primer día: “Las peleas se deciden por nocaut o por puntos, si se deciden por puntos los fallos no se modifican, tengo más cosas que enseñarles pero ninguna más importante que esta”.

Todo lo que vale en este mundo, tiene un precio.

El precio de esta regla de oro, una de las conquistas fundamentales del boxeo organizado, es que ocasionalmente puede avalar una injusticia.

Aun así, los fallos que se dan al final de las peleas no se modifican, por las siguientes razones:

Entre dos males hay que escoger el menor. Y el menor es la no posibilidad de cambiar decisiones.
Las protestas se multiplicarían hasta el infinito, y tras cada pelea el perdedor iría a pedir el cambio del fallo.
Es peligroso dejar una puerta abierta para que lo peleado y lo juzgado, se pueda cambiar más tarde con motivo de otras apreciaciones.
Es demencial que los aficionados vean ganar a uno el sábado, y se enteren el martes que en la reunión de la comisión de box se decidió… que ganó el que perdió.
Ya no habría garantías de nada.

Terminada una pelea empezaría la lucha de presiones, padrinos, influencias (reverdecería la corrupción), y cien opiniones en un terreno en el que encontrar dos expertos a veces es difícil.

En la historia del boxeo están algunos fallos revocados como un oprobio, como algo que no debe repetirse.

Una de las mayores sinrazones se registró cuando Abe Atell peleó con Jack Dempsey, un peso pluma de Colorado, el 3 de septiembre de 1901 en Pueblo, California; precisamente un poco antes de que Atell ganara el título mundial a George Dixon. El primer veredicto del réferi (era el único que decidía) favoreció a Dempsey al final de los veinte rounds, pero poco después dijo que se arrepentía y que mejor declaraba un empate. Como el descontento del público no menguaba, más tarde se dio la victoria a Atell.

Otra perla que nos aporta la historia la hallamos en la pelea entre Jack McAuliffe, el invicto campeón ligero, y el welter Tommy Ryan. Fue en Scranton, Pensilvania, el 30 de noviembre de 1897. La pelea estaba arreglada, pero el réferi Pat Murphy entendió mal las instrucciones y le dio la decisión a Ryan a pesar de que lo mejor lo había hecho McAuliffe. El acuerdo era que se daría un veredicto de empate. McAuliffe había aceptado no presionar a su rival que era notoriamente inferior en calidad. Por alguna razón el réferi entendió que la decisión sería de Ryan si terminaba de pie.

Cuando después de la pelea se armó un alboroto monumental, Murphy cambió de parecer y le adjudicó el triunfo a un furioso McAuliffe que no cesaba de protestar y decir que en el segundo round dejó vivir a Ryan después de tenerlo noqueado, sólo para respetar lo acordado.

Este insólito enredo terminó siendo el primer cambio de una decisión que se recuerda.

Después, hubo muchos. Willie Lewix vs Dixie Kid en Francia en 1911; Packey O’Gatty vs Roy Moore en Nueva York en 1921; Mike McTigue vs Young Stribling en Georgia en 1923; y hasta una pelea de Ray Robinson vs Gerhard Hecht en Berlín en 1951.

En México en los años cincuenta, en la arena México, se le dio una decisión a Kid Anahuac sobre el venezolano Sony León, pero como fue una ignominia la comisión cambió después el fallo y decretó que el ganador había sido León.

Comportamientos bárbaros y arbitrarios. El tiempo no se puede echar atrás y decir que no pasó lo que pasó. La inviolabilidad de los fallos es una conquista del público y de los boxeadores, del boxeo.

Estoy recordando a los maestros reglamentaristas que ha tenido el boxeo, desde la semilla que sembró John Chambers en 1865. El boxeo ha evolucionado hasta tener reglas casi perfectas. Algunos de esos maestros pertenecen a las últimas décadas y me enseñaron lo que sé. Los recuerdo con respeto y con devoción. Aprendí que cada palabra de un reglamento se pesa, se desmenuza, se estudia, y cuando se aprueba se santifica. Aquí sus nombres: Eddie Eagan, Piero Pini, W.A. Gavin, Ícaro Frusca, Angel Auzzani, Julio Vila, Chuck Hassett, Arthur Mercante, Frank Gilmer, John Grombach.

Nótese que este es un artículo que no está dedicado a lo ocurrido en la pelea entre Manny Pacquiao y Timothy Bradley, sino anudado a sus posibles consecuencias. El boxeo necesita buenos boxeadores pero también buenos dirigentes conductores.

Se quita la gripe fusilando al enfermo, pero es mejor tratarlo para que se recupere.

Sabremos pronto si Nevada y la OMB saben cómo proceder para salir de este laberinto.

12 de junio de 2012

Pacquiao es Pacquiao

Con menos amor que antes vamos a ver a Manny Pacquiao el sábado, cuando se enfrente a Timothy Bradley defendiendo el campeonato mundial de peso welter. La relación del filipino con los mexicanos quedó dañada desde que se llevó una victoria que no merecía en la pelea de noviembre con Juan Manuel Márquez.

Este sábado, como cada vez que pelea, lo volverá a ver medio mundo, porque es extraordinario y porque es el boxeador de este tiempo. Sin embargo nunca una de sus peleas ha despertado más interrogantes que ésta, porque el Pacquiao-boxeador devino ahora en otro personaje de muchas facetas. A Pacquiao la vida lo atropella, su popularidad es un torbellino que lo empuja y que él no es capaz de detener. No es culpable de que le hayan dado el triunfo contra Márquez, ni es culpable de nada antimexicano que se le pudiera señalar. Algunos aficionados románticos o poco informados esperaban que Manny renunciara al resultado que lo premió en la pelea pasada, lo que no es posible, ni en sueños. Cuando una persona es tan importante hace mucho que ha dejado de ser dueña de sus decisiones. Hay contratos de publicidad, de promoción, de ventas de televisión, que dejarían en la ruina a alguien que en sus circunstancias dijera “lo acepto, yo perdí esa pelea que me dieron ganada”. No está mal, no está bien, las consideraciones morales no cuentan. Simplemente, así es.

El motor que mueve al boxeo es la presencia de sus ídolos, que se dan por épocas, y que desaparecen con el paso del tiempo o son reemplazados. Si no hay un ídolo del momento el boxeo entra en un irremediable letargo. El futbol, a diferencia, vive del amor a la camiseta, que los aficionados adoptan en su infancia y conservan toda la vida. Manny Pacquiao se ha adueñado de este tiempo boxístico, por su capacidad de seducción. Si algo habría tenido que compartir con Floyd Mayweather, éste se encargó de que no hubiera disputa. Manny tiene el encanto de una estrella de cine, Floyd el de un sepulturero. Una pelea entre ellos podría haber hecho mucho por la supremacía de Floyd, si ganaba, pero los últimos meses han precisado que no quiere pelear la gran pelea, con lo que se condena.

Hoy existe un Manny Pacquiao en el mundo del boxeo, dueño de todos los amores, dueño de todas las miradas. En otros tiempos este monopolio de idolatría fue sucesivamente de Jack Dempsey, de Jack Johnson, de Henry Armstrong, de Joe Louis, de Muhammad Alí, de Sugar Ray Leonard, de Julio César Chávez, de Mike Tyson y de Oscar de la Hoya. Podría mencionar a algunos más. Con matices, pero hubo idolazos e ídolos menores, los hubo de todos los tamaños. Hubo también los que valían más que nadie, pero que no permearon en el gusto de la gente, y se mantuvieron lejos del delirio, como Larry Holmes.

Timothy Bradley ha trabajado intensamente, se sabe desde hace un par de años que anhela ser él quien reemplace al formidable tagalo. Nadie sabe si tiene mucha o poca oportunidad de conseguirlo. Las peleas dan las respuestas, no los llamados especialistas. No se deje sorprender por la mentira de los pronósticos, o pregúnteles a los que pronostican quién predijo que Alí le ganaría a Liston, o que Pender le ganaría a Robinson, o que Tunney vencería a Dempsey. Los resultados se dan por una serie tan grande de factores que intervienen (especialmente en los deportes individuales), que nada está dicho antes de que suene la primera campanada. La gente se forma una idea de los peleadores, y cree que siempre va a ver al mismo, y la verdad es que nunca ve al mismo. Si un futbolista no está del todo bien en un partido, con un poco de talento pasa el balón y disimula, quizá nadie se da cuenta. A ver si un boxeador puede disimular cuando no tiene una buena noche. Este deporte es en serio. No digo que los demás no lo sean. Digo,porque lo sé, que en el boxeo no se juega. Si te distraes medio segundo te abollan la nariz, o te matan.

Voy a decir más, la pelea más reciente de Bradley, contra Joel Casamayor (victoria por KOT en 8) no fue la de sus mejores hechuras. Tuvo baches de imperfección exasperantes. Pero eso no significa nada, siempre es el rival más capaz el que saca lo mejor de un boxeador, y el gran acontecimiento lo hace crecer, como es posible que suceda en la pelea que se avecina. No cuenta gran cosa que contra el cuarentón Casamayor tuviera grietas de insuficiencia. Lupe Pintor perdió con el Topo Gigio Vázquez(que venía de perder 14 combates), y en su siguiente aparición, dos meses después, le ganó a Alberto Sandoval en gran pelea por el campeonato mundial gallo.

Hay razones para que creamos que este sí, Timothy Bradley, va a dar más pelea que otros. Margarito equivocó la estrategia (porque planeaba empezar a pelear a partir del quinto, y en el quinto ya no había pelea) y encontró a Pacquiao en su mejor noche, Joshua Clottey se mareó en esas alturas y Shanne Mosley fue un descarado que ya no buscaba nada más que dinero. Pero Bradley, ¿por qué podría no estar a la altura del compromiso? Yo creo que sí lo estará.

De Manny Pacquiao no me pregunten. Yo no sé. Nadie sabe. Ni siquiera él lo sabe. Va a intentar regresar a ser el que fue por orgullo personal, por dignidad, porque nadie se niega la posibilidad de ser mejor, pero a veces se puede y otras veces no se puede, y eso sólo lo prueban las peleas. No hay entrenamiento capaz de revelar la verdad. Pacquiao es una maquinaria de suma complejidad, un mecanismo de relojería, un alquimista de ingenios infinitos. Tiene que ponerse a funcionar y que no falle nada, ni los brazos, ni las piernas, ni la velocidad, ni la precisión, ni la inteligencia, ni el alma.

Veremos en la pelea. A Pacquiao los que escribimos de boxeo lo hemos estado retirando, diciendo que está harto y muy distraído, pero los peleadores son impredecibles, y muchas veces hacen otras cosas, no las que predijimos en nuestras sesudas elucubraciones. Cuando Larry Holmes tenía 32 años, dijo “cuando tenga 38 no haré la estupidez de seguir en un ring para que me sigan pegando, voy a ver las peleas y cómo se pegan otros en la comodidad de un buen sofá en mi casa”. A los 38 peleó con Mike Tyson que le puso una golpiza feroz y a los 52 seguía en el ring, no en el sofá.

Otra vez, el tinglado está bien armado. Los hombres proponen y Dios dispone. Recuerden, para que haya cuarta pelea con Juan Manuel Márquez los mexicanos el sábado estamos con Manny Pacquiao. ¿Sí? ¿Estamos?

11 de junio de 2012

¡Policííía! ¡Ladrones!

La escalada de podredumbre alcanzó su punto más alto y no nos deja respirar. Es inimaginable que los jueces de Las Vegas puedan producir algo más adulterado que la decisión de la pelea entre Timothy Bradley y Manny Pacquiao que vimos el pasado sábado. Los malos fallos han existido siempre en el boxeo pero esto no tiene nada que ver con tarjetas equivocadas como algunas que se recordarán por siempre (Louis-Walcott, Alí-Norton III, Lara-Williams, por ejemplo), es algo mucho peor. El boxeo de Las Vegas ha sido secuestrado por gente que no es del boxeo.

El estado de Nevada pone los jueces, es ley federal, nadie puede inconformarse. O lo respetas o peleas en otro lugar. El aficionado promedio no entiende algunas complejidades y tantea buscando culpables donde no los hay. Ni Robert Arum ni Francisco Valcarcel tuvieron que ver con el robo, en todo caso podría decirse que están entre las víctimas, pero Valcarcel (presidente de la OMB ) tenía la obligación de pronunciarse. Estába viendo que su deporte era herido de muerte y en entrevista posterior al insuceso no fue capaz de decir algo más responsable que: “esto hace interesante al boxeo”. Su declaración provoca náuseas. Tenía que decir “no avalo lo ocurrido”, pero no lo dijo.

Manny Pacquiao peleó redivivo, fuerte, eficiente, y me animo a decir que cómodo. No corrió peligro relevante y hasta administró el ritmo con que dominó a Bradley a lo largo de la pelea. Así fue a los ojos de los 14,206 espectadores con boleto pagado en el MGM, y de millones de telespectadores. Esta vez todos estuvimos de acuerdo, excepto sólo dos que –milagrosa casualidad—eran jueces de la pelea. No se puede digerir. No pasa. No es creíble.

Yo di 117-111; Benny Ricardo, de la televisión inglesa, 118-111; Los Angeles Times 117-111; Joaquín Henson, de la televisión filipina, 117-111; Harold Lederman, de HBO, 119-109; el diario Las Vegas Review Journal del domingo tituló “Bradley gana por obsequio de los jueces”, y su columnista Ed Graney escribió: ‘Bradley ganó el primer round. Después quizá ganó los rounds 10 y 12 (esa fue mi tarjeta Lamazón). No hay modo de aceptar que haya ganado más’. Cameron Dunkin, manejador de Bradley, dijo a la TV, antes de conocerse la decisión: ‘Ganamos cuatro rounds, perdimos ocho’. Y Tim Bradley se disculpó con Arum sobre el ring: ‘Lo intenté, pero no pude con ese salvaje’.

Y vino la decisión, que enardeció a un público de coctel, nada boxístico. A mi lado una muchacha mexicana, feliz sin por qué, le decía a su pareja: “¡Qué padre pelea, güey, y tú qué onda güey, ¿quién ganó?!”, ajena a que el mundo se estremecía por sus cimientos.

Nigel Collins, el reputado comentarista de ESPN, ex editor de The Ring, respetado como pocos, escribió pocos minutos después en twitter una frase devastadora: “A tragic night for Pacquiao and boxing. It was perhaps the worse decisión I’ve ever seen. Anybody who thinks it was incompetence is a fool”.

Lo que más subleva es la impunidad. En un mundo ideal la comisión de Nevada debió declararse en emergencia y llamar a la policía, iniciar una investigación prometiendo que algunos irán a la cárcel. Pero no harán nada, porque el sistema se ha envilecido, no hay instancia de apelación ni corte suprema donde inconformarse. El juez que crucifica a un boxeador no rinde cuentas a nadie por su felonía. Simplemente, puede hacerlo. Sabemos bien que cuando los hombres pueden hacer lo que les da la gana sin rendir cuentas, provocan tragedias.

El boxeo está inserto en un mundo patas arriba, gobernado por las bolsas de valores, por los bancos, por la especulación y por el dinero sucio, ¡tanto tienes tanto vales!, ¿de qué nos sorprendemos tanto? Abra usted el diario, cualquier diario, cualquier día, y lo verá. Yo trabajo en la televisión donde hace algunas semanas nos censuraron una grabación porque en la mesa de comentaristas había una botella de vino a la vista. Ya sabe “la botella no puede verse, se graba de nuevo”. Y en el noticiero del mismo canal, el mismo día, aparecen catorce cuerpos mutilados hallados bajo un puente, o veintitrés, o treinta y cinco. No pasan otras noticias porque otras no hay. ¿Cómo, cómo, queremos que sea el boxeo? ¿Limpio y transparente? No puede ser porque el ser humano ha evolucionado a un estado de ingobernabilidad. O alguien duda de que a Mike Tyson había que retirarle la licencia para siempre cuando mutiló a Evander Holyfield. Eso fue lo que muchos dijimos al día siguiente del acto criminal, pero poco más tarde el propio Holyfield le restó importancia a lo ocurrido: ‘no fue tan grave, quiero la revancha’. Con esta actitud ética no viajamos al cielo, viajamos al infierno.

Eso también es corrupción, es descomposición moral, la de los que viven devotos de la religión del dólar. Su Vaticano es Wall Street. Lo del sábado es peor. El boxeo fue violentado. ¿Para qué necesitaba jueces esta pelea? ¿Para qué necesitaba esos jueces? Yo no sé nada de apuestas, pero me obligan a pensar mal, y no quiero pensarlo. Si estamos en manos de los fulleros y la mafia, todo ha terminado para el boxeo. Habrá que voltear a ver las funciones de pueblos, si es que la élite se ha corrompido hasta alcanzar su fecha de caducidad.

No me imagino a Bob Arum comprando a los jueces, eso no sucede, y sería imposible. Los jueces no podrían salirse de madre con esta flagrancia sin el beneplácito de la comisión local. Pero parece que la comisión no hará nada, porque su indiferencia tiene nombre y no me atrevo a decir cómo se llama. Y la OMB dice: “¡Qué divertido! ¡Qué interesante!” (Valcarcel dixit). Es de una gravedad que da calambres.

Nada se ha investigado, nada se ha probado a pesar de tantas dudas, pero da la impresión de que algo muy grande y terrorífico permanece escondido detrás de estas decisiones. Yo creo, con Nigel Collins, que no sospechar es pueril, una estupidez.

En la conferencia de prensa que sigue a todas las peleas, Arum gritaba: ‘¿dónde están los miembros de la comisión de Nevada? No hay ninguno aquí, siempre se esconden, no veo a uno solo que dé la cara. Esos jueces que pusieron son viejos, no saben calificar una pelea, y esa mujer (refiriéndose a la jueza Ross, de la pelea)… ¿habrá visto una pelea de boxeo en su vida?’ No se fue de largo con el lenguaje, aunque no le cuesta mucho, cuidó lo que decía, para no pronunciar ofensas que en los próximos días desvíen de lo sustancial una polémica que va a continuar.

Quizá el sistema de calificar peleas es obsoleto. Da vueltas la idea de cinco jueces (como en los clavados) para que de las puntuaciones se eliminen las dos extremas, pero es impráctico y caro. Otra cosa, como medida de emergencia, si yo fuera el organismo que reconoce al campeón (la OMB), ya en la mañana del domingo hubiera anunciado ‘que Nevada ponga sus jueces, nosotros vamos a poner en el lugar un jurado internacional neutral y competente que haga público un fallo no oficial. Es experimental. Vamos viendo en qué sitio queda Nevada que con su cotidiana arrogancia no acepta jueces que no sean los de casa’.

Esperaremos que en el transcurso de la semana que empieza hablen todos los que tienen que hablar. El silencio es cómplice, no es una opción. Los organismos del boxeo deben pedir a las autoridades de los Estados Unidos una investigación. Bob Arum fue el primero, ayer domingo llamó a la fiscalía de la nación a tomar el caso en sus manos. Si el atraco del sábado no lo amerita, no lo amerita nada. Mejor apaguemos las luces y nos vamos. O le colocamos a las arenas un cartel que diga: “Prostíbulo plus, comercio de carne humana”.

Ahora el boxeo, bien o mal, debe recomponer el tablero. Habrá revancha. En los años ochenta se logró que las revanchas quedaran prohibidas, para desbaratar especulaciones y componendas. Ahora no sé si están prohibidas en las reglas de la OMB , no me acuerdo, no me interesa. Puedo verificarlo en dos minutos, pero estoy cansado –como usted, lector—de ser estafado. Si el reglamento prohíbe o no prohíbe, da igual. Si la revancha es conveniente (conveniente quiere decir lucrativa) encontrarán la luz verde o la excepción reglamentaria que la permita.

La indignación del mundo entero les importa un cuerno a la mayoría de las autoridades del boxeo. Al fin y al cabo un poco antes de la próxima gran pelea la industria de la publicidad nos hará olvidar el pasado y nos convencerá de que lo que nos venden es imperdible. Será fácil, nadie cree que Timothy Bradley es ahora el mejor libra por libra ni que Manny Pacquiao ha dejado de serlo. Nos instalarán la necesidad de volver a creer, una vez más, con todo y los jueces de Las Vegas.

El campeón Bradley y el retador Pacquiao volverán a pelear el 10 de noviembre. Cualquier posibilidad de peleas Pacquiao-Márquez o Pacquiao-Mayweather, está muerta.

Esto sería de risa loca, si no fuera una tragedia.

25 de mayo de 2012

Pacquiao, con Dios en su rincón

Todo lo que se hable de una pelea antes de la pelea, la hace grande, y los promotores lo saben.

Que hablen, a mí no me molesta el ruido.

George Parnassus decía “No me interesa que un boxeador sea zurdo, que sea mexicano, que sea bueno, que sea invicto, que sea blanco o que sea negro, me interesa que sea taquillero”.

No puedo imaginarme una pelea grandiosa sin publicidad, sin que se haya calentado el ambiente, sin bravatas y amenazas. Los dos mejores boxeadores del mundo enfrentándose en medio del desierto, sin público, sin escándalo, sin que los vean, no estarían haciendo nada de valor, ni siquiera podrían dar la misma pelea a que los empuja el gran acontecimiento. El oropel siempre forma parte del espectáculo, en un circo todo es de colores. Un combate exorbitante es un asunto sobre el que todos tienen una opinión, y en el mar de declaraciones se dicen unas pocas cosas razonables y disparates en demasía. Hay lugar para todas las expresiones en el universo caótico del boxeo.

Comienza a oírse que el 9 de junio subirá al ring el Manny Pacquiao de ahora, es decir, no el que conocemos. El filipino se medirá con Timothy Bradley, invicto en 28, de Cathedral City, California, que es la nueva amenaza para él. ¿Amenaza real? ¿fabricada? Su promotor y consejero Bob Arum revela que Manny se ha transformado en un asceta, que mantiene una relación enfermiza de apego a la Biblia, que ha encontrado a Dios, y que él no sabe qué Pacquiao vamos a ver sobre el ring. Que está distraído, afirman muchos, que el personaje en que se ha convertido, lo devoró. Que vive en un laberinto a la vuelta de uno de cuyos engañosos recodos su esposa lo acaba de demandar, pidiéndole el divorcio.

Manny Pacquiao es boxeador, pero es además político, empresario, músico, activista religioso, asesor de cuanto boxeador filipino anda por ahí; y sus enemigos dicen que apostador empedernido en casinos, peleas de gallos y billares. Hace algún tiempo Manny demandó a cuatro periodistas filipinos por estas acusaciones calumniosas. Sabemos que lo que puede hacer un boxeador sobre el ring estriba en su estado de ánimo. El es el mayor ícono en la vida de su país. Dejó muy atrás a Pancho Villa y a Flash Elorde, a Paulino Alcántara el futbolista y a Carlos Loyzaga el basquetbolista. Un habitante promedio en su patria gana 167 dólares mensuales, él gana 40 millones en una pelea. Hoy es venerado, cuando muera será canonizado.

Hay boxeadores que comenzaron a fracasar cuando dejaron su carrera a un lado, entretenidos en otras actividades o tentaciones: Julio César Chávez, Muhammad Alí, Max Schmeling, Mike Tyson, Mantequilla Nápoles, Wilfredo Gómez, Oscar de la Hoya, Wilfredo Benítez, Miguel Lora, Kelly Pavlik, Miguel Angel González, el Gato González (el segundo, por supuesto), Joe Louis, Ray Robinson, Kid Chocolate. Lo decía uno de los versos horripilantes que componía Alí antes de sus peleas, “La ley de la verdad es sencilla, lo que siembres cosecharás”.

También hubo lo opuesto. A Willie Pep lo invitaron a mil negocios infalibles (como son los negocios que les proponen a los boxeadores) pero él siempre se negó, diciendo que mientras tuviera talento para boxear no se distraería con nada porque la concentración en lo suyo era su secreto para triunfar. Juan Zurita no hizo otra cosa más que boxear mientras permaneció activo, y juntó todo el dinero que ganó, lo que le permitió convertirse en un empresario opulento en la construcción y venta de casas.

Lo más sugerente de este tiempo previo a la pelea del 9 de junio es lo que Manny Pacquiao declaró el pasado martes en una teleconferencia, asegurando que problemas familiares lo afectaron en el choque de noviembre contra Juan Manuel Márquez, y que peleó mermado. No es una novedad porque todos vimos que no fue el mismo (sin menoscabo de los méritos de Márquez, Pacquiao fue mucho menos que contra Margarito, por ejemplo, y no logró resolver ningún problema), y porque es la norma que los grandes ídolos tienen más contrariedades y nunca menos a medida que su carrera avanza y ganan fortuna y popularidad. Los boxeadores con el dinero no compran tranquilidad, compran problemas.

Esta aseveración que hizo Manny tiene indudable importancia, porque la hizo por algo, aunque no sepamos por qué. Sólo podemos especular. Puede ser una disculpa del campeón avergonzado, puede ser una justificación del atleta obligado a no sucumbir a la presión del imperio que ha forjado y que lo asfixia, puede ser pura estrategia para la próxima pelea, o para una cuarta con Márquez, a modo de empezar a permear en el espíritu de sus enemigos. Lo peor para él sería que esté sintiendo que perdió contra Juan Manuel y hable procurando convencerse de que puede regresar a la mejor versión de sí mismo.

La pelea dará las respuestas que no tenemos. Mientras, medio mundo se pregunta si puede haber un Pacquiao mejorado como individuo y menguante como boxeador, o se trata de la usina de rumores que siempre se pone en marcha para generar interés por la pelea. O un poco de ambas cosas.

Algunos datos son evidentes, como el cansancio de Manny para hacer frente a los entrenamientos inhumanos que le programa Freddie Roach. Nada que no se sepa, porque además les pasa a todos, se hartan del sacrificio. Muhammad Alí –recuerdo-- dijo que tenía ganas de llorar y que no sabía qué hacer cuando su pelea con George Foreman en el Zaire se pospuso un mes. Los entrenamientos, cuando el boxeador es joven, son un filtro moderador del entusiasmo, cuando es viejo son una sesión de tortura.

Mientras la próxima pelea se acerca, subrepticiamente se mueven intereses muy poderosos que creen que el combate más caro de la historia, el Pacquaio-Mayweather, todavía es posible, y que podría planearse para la primavera de 2013. Es difícil entender cómo algo que debe resolverse con dinero, no se resuelve. Las mayores culpas parecen de Floyd Mayweather, a quien se le ha ofrecido negociar de todas las maneras posibles, pero siempre halla un nuevo inconveniente. La posibilidad de que los dos mejores del mundo se enfrenten ha sido un estímulo para los más delirantes sueños de los aficionados al boxeo durante varios años, y por debilitada que parezca, un pequeño pabilo de luz sigue encendido. Por algo Bob Arum acaba de decir en una reunión muy privada –un informante me lo dijo-- que si logra que la pelea se concrete, construirá un estadio desmontable en el corazón de ‘The Strip’ (la avenida principal de Las Vegas), para que peleen en la calle. Lo sabemos, están trabajando para conseguirlo.

Hay que esperar para eso. Ahora lo que viene es el 9 de junio, y desde donde se mire, esto se pone bueno. Hay que recordar que enfrente Manny Pacquiao tendrá a un invicto, ascendente, ambicioso y cinco años más joven contendiente. Se llama Timothy Bradley y no querrá dejar ir inaprovechada la oportunidad de su vida, para desplazar al histórico Manny del centro de esta historia interminable y, en tal caso, inaugurar una nueva era.