Durante décadas, Lamazón fue mucho más que un comentarista. Fue un hombre culto, sensible y profundamente humano. Quienes lo conocieron fuera de las transmisiones recuerdan también a un apasionado defensor de los animales, especialmente de los perros, a quienes dedicaba tiempo, cariño y constantes mensajes de conciencia y respeto. Esa faceta mostraba al verdadero Eduardo: un hombre de gran corazón, empático y generoso, muy distinto al tono severo que a veces imponía frente al micrófono.
Su famosa “Tarjeta de Don Lama” quedó como una marca imborrable en la historia del boxeo mexicano, pero también permanecerá el recuerdo de su calidez con la gente, su amor por la lectura, la conversación y las causas nobles. Tenía la capacidad de hablar de un combate con la misma pasión con la que defendía la vida y la dignidad de los animales.
Hoy el boxeo despide a una de sus voces más emblemáticas, pero quienes admiraron a Eduardo Lamazón saben que su legado va mucho más allá del deporte. Se queda en la memoria de quienes aprendieron a escuchar el boxeo con inteligencia, sensibilidad y humanidad.
Se fue Eduardo Lamazón, pero su voz seguirá sonando en cada campanazo.
Diez puntos para Don Lama.
