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30 de julio de 2021

Carlos Monzón

Carlos Monzón
Sábado 30 de julio de 1977.

Habían pasado algunos minutos desde el final de la pelea y el dramatismo continuaba en el Estadio Louis II de Mónaco, en el número 7 de la Avenue des Castelans, en la comuna de Fointvieille.

En ese escenario ya acostumbrado Carlos Monzón acababa de vencer por segunda vez al colombiano Rodrigo Valdés, y si era el adiós, como él estaba seguro que era, lograba retirarse de algún modo invicto. Invicto como campeón.

Tres derrotas muchos años atrás sólo eran una anécdota, y además habían sido vengadas.

Catorce defensas exitosas. Es récord. Ya está, no se lo quita nadie.

Del ring instalado en el centro de la cancha de fútbol, en el estadio monegasco construido en 1939, al camarín de Monzón, mediaban sesenta metros, que fueron recorridos como exhalación por el grupo del campeón nomás terminado todo en el cuadrilátero incluyendo los saltos y los abrazos inmediatos al anuncio del ganador.

Al cuartucho que era ese camarín entraron los que pudieron, y una que pudo fue la Condesa Branca, del Fernet muy afamado, el de la receta secreta, inveterados patrocinadores del santafesino.

Yo llegué antes que nadie al vestidor gracias a que el promotor italiano Rodolfo Sabbatini me había dado una acreditación para un lugar infame, muy lejos de las luces del ring y muy cerca de las duchas. Era yo un jovencito y mi peso como periodista, aunque fuera de Santa Fe, la tierra del campeón, era irrelevante, y a Sabbatini la gente irrelevante no le interesaba.

Ahí aparecieron, en ese pequeño hoyo caótico y tumultuoso, el inolvidable Ernesto Misray, de la revista Goles, y Cacho Fontana. No sé cómo llegaron ellos. No recuerdo a nadie más del grupo argentino. Los periodistas compatriotas no tuvieron acceso porque una vez que entró Monzón el lugar se cerró con el hermetismo de un búnker de guerra.

Monzón desnudo, sudoroso, sofocado a perpetuidad, boca arriba, echado todo lo largo de su humanidad en una camilla de madera, dura, más indicada para recibir masajes que para el descanso de un guerrero, lloraba sin control y le decía una y otra vez a su hijo “no vuelvo a pelear, Abel, no vuelvo a pelear”.

En un silencio imperfecto, y perplejos, atestiguábamos la Condesa Branca y los demás. El aire era denso y asfixiante, el momento una puesta teatral irrepetible. La podría haber pintado El Greco que pintó hombres desnudos en El Tormento del Laocoonte.

“No vuelvo a pelear, hijo, Abel, no vuelvo a pelear…”

Y el llanto de la emoción crispada, el asombro de haber sobrenadado una vez más el sacrificio del ring.

Era la cima de la curva de la vida para un sobreviviente. El triunfo a su manera, seco y rabioso, sin diplomacia y sin garbo, despiadado. Había nacido en la periferia del mundo, en esos arrabales que paren a los marginados de la sociedad, había sido un condenado al desamor de los hombres, e inopinadamente, por sus méritos y atributos, trascendido en lo suyo hasta convertirse en el mejor.

“No vuelvo a pelear… no vuelvo a pelear…”

A los 35 años, que cumpliría una semana más tarde, ya no es lo mismo… el cuero duele donde antes no dolía.
La curva comenzaba a recorrer su descenso ahora. La curva que un día, como a todos, lo convertirá en polvo y lo desaparecerá de la memoria de la humanidad. Los hombres somos olvido, y de olvidar nos encargamos siempre.


Pero fatalmente hubo un antes y hubo un después.

Carlos Monzón había nacido hacía 35 años en la alcantarilla. No hay abogados ni médicos ni arquitectos boxeadores. Es una tarea reservada a los desheredados de la sociedad, a los que no encuentran ninguna puerta abierta, a los que no hallan atajos para evadir el dolor del vivir. El que fue a la escuela no es un cliente del ring. El boxeador es el único hombre al que le pegan mientras trabaja.

Nadie está más solo. Nadie.

Trepó hasta el cielo, acarició el infinito, porque a diferencia de otros pibes compañeros de su primera infancia en San Javier o en Barranquitas Oeste, a él lo aguardaba un trueque gigantesco del destino, un cuento de hadas, un milagro difícil de creer.

Algunos boxeadores son deportistas y otros son personajes. Marvin Hagler y Archie Moore fueron guerreros solemnes, implacables, pero nunca crearon un alter ego que los representara allende el cuadrilátero. Sólo unos pocos logran ese arrebato triunfal que reúne al gran peleador con una personalidad que permea en el ánimo de la gente: Jack Dempsey, Muhammad Ali, Roberto Durán, Julio César Chávez, Mike Tyson, Manny Pacquiao, Carlos Monzón fueron de esos. Deportistas y tipos seductores, militantes del deporte pero también de la mundana vida.


El día de 1970 cuando en Roma el réferi alemán Rudolf Drust le levantó el brazo triunfador contra Nino Benvenuti, estaba marcando un hito en su vida, seguramente el más importante porque se convertía en campeón del mundo, pero nadie imaginaba que su historia de peleador estaría entrelazada perenne con su historia personal, y su historia personal sería conmoción, vesania e incesante agonía.

Monzón fue un hombre sin brújula.

Monzón fue un hombre sin paz.

¿Sería acaso un pacto entre Dios y el diablo compartiendo una criatura? ¿O de qué modo pueden entenderse estas vidas ora sacudidas por el más cruel destino, ora adornadas con placeres, dinero, popularidad, euforia, desenfreno? Quizá porque los humanos acabamos muriendo siempre en el escalón social en que nacimos, nos deslumbran tanto los cuentos de los pocos que habiendo sido lumpen se convierten en estrellas de su propio firmamento.

Monzón fue al boxeo argentino lo que Gardel fue al tango, y lo que Borges fue a la literatura, y lo que Maradona fue al fútbol.

Monzón fue la carne y la entraña de un campeón sin límites y exhibió que sobre un ring de boxeo para un argentino también todo es posible. Fue lo que fue sin proponérselo.

No programó ni lo bueno ni lo malo porque esos protocolos no formaban parte de su esencia agreste y hostil.


Hay siempre mucho para decir sobre una vida así de errática e intensa. Dejo aquí sólo unas pinceladas de memorias de veinte años compartidos con el mayor pugilista de Sudamérica.

Me gustaría señalar, eso sí, por si no queda claro en otras líneas, que Carlos Monzón fue el más utilitario de los boxeadores, entendiéndose con esto que no desperdiciaba nada. De haber sido cocinero hubiera aprovechado las cáscaras de huevo. No tiraba un solo golpe que no llegara a destino, estaba en la distancia siempre correcta. La famosa distancia para pelear que es un concepto caro a la ortodoxia del boxeo. Monzón se orientaba con un radar infalible. Véalo usted en cualquier video y hecha esta advertencia quedará sorprendido. ¡Carajo! fallaban golpes Robinson y Willie Pep, pero Monzón no fallaba jamás.

Esa fue quizá su característica personal exclusiva, y compartió otras con otros. La disciplina y preparación de Marvin Hagler, el desmadre y la temeridad de Stanley Ketchel, la determinación de Bernard Hopkins, la durabilidad de Harry Greb, el valor de Jake LaMotta, la perspicacia de Charley Burley y la dureza de Mickey Walker, por citar a algunos pesos mediano inmortales, como él.

En agosto de 1979 asistió a una despedida que me hicieron en Santa Fe -porque yo venía a vivir a México- en el célebre ‘Quincho de Chiquito’, el comedor de pescado que era la casa de la gente del boxeo. Lo acompañaba su flamante pareja, Alicia Muñiz, la uruguaya a la que los amigos conocimos esa noche. Después sería su esposa y madre de Maximiliano. El 14 de febrero de 1988 ella murió en Mar del Plata. En una riña de una madrugada de alcohol y locura, cayó desde el balcón de un primer piso. Monzón fue acusado de homicidio y encerrado en la cárcel de Batán, cerca del lugar de los hechos.

Lo visité pronto en Batán, y no le pregunté nada, porque las noticias decían que él no hablaba con nadie de lo sucedido. Nunca sabré por qué, sentados solos los dos en un banco color naranja del ancho pasillo que mentía espacios que no eran, me contó todo con una minuciosidad que habría envidiado el juez de la causa. Se mantuvo en que su intención no había sido matar, que tuvieron una pelea como cualquier pareja y que accidentalmente ella cayó para morir.

Tenía una tristeza infinita y el rostro lóbrego y final.

En 1995, tres días antes de su muerte, comí con él en la cárcel, de la que le faltaban pocos meses para salir. Fue conmigo el periodista Ricardo Porta, quien llamó por teléfono a la radio LT 9 y juntos le hicimos la última entrevista de su vida. No se grabó, se perdió. Cuando Monzón murió se pidió por ese documento a los oyentes, pero nadie lo tuvo.

Tres días después de ese encuentro en la ardiente Santa Fe de aquel enero de 1995, yo regresaba a México. Fui a Ezeiza para viajar y lo hice con Amilcar Brusa, quien a su vez volaba a Colombia, donde residía. Al llegar a mi casa en el Distrito Federal oí desde afuera que sonaba el teléfono. Abrí presuroso y atendí. Era alguien de la agencia Télam para preguntarme qué opinaba sobre la muerte de Carlos Monzón. Así me enteré.

Llamé a Brusa a Colombia, y no tuve respuesta durante más de dos horas interminables, hasta que por fin.

- Brusa, malas noticias, le hablo para decirle que murió Monzón.
- ¡Se pegó un tiro! me contestó Amilcar, en un desgarrado grito de sorpresa…
- No, Brusa, se mató en un accidente…


Ser boxeador no es un destino, es una fatalidad. No se busca ni se estudia, simplemente se abraza si la vida aprieta. Se procura torcer el sino a puñetazos cuando de otro modo no se puede. La mayoría de las veces, como en cualquier lotería, se fracasa, o se obtiene un pequeño éxito. Otras ocasiones, pocas, el triunfo es total, desmedido. Por algunos años fue el caso de Carlos Monzón, que se subió a un cohete espacial para recorrer su existencia. No supo qué hacer con el éxito. Con frecuencia sintió que todo lo que le pasaba era un tormento, y los momentos felices no fueron de goce sino sólo una revancha.

Mil veces deseó dar por soñado todo lo vivido.

¿Por qué acabó así una historia que tenía todo para terminar mejor? Será porque empezó tan mal, quizá. O por la fidelidad a ese credo idiota y suicida de vivir pensando 'La Ley soy Yo.´

Monzón siempre estuvo solo, por su actitud inhóspita, por su guisa inconquistable, porque le era más fácil recibir golpes que recibir amor.

"Monzón lo que quiere lo toma, -escribió el periodista Ernesto Cherquis Bialo- no sabe que debemos pedir lo que no nos pertenece."

Estuvo solo cuando nació y cuando creció, cuando luchó y cuando triunfó. En París, en Buenos Aires y en Nueva York. No hay aplausos ni multitudes que llenen el vacío cuando muerde por dentro, cuando desgarra la carne hace siglos.

Tarde o temprano, a alguna hora de algún día se le debe haber cruzado un espejo, y entonces fue imposible mentirse y escapar. Poner una mortaja de olvido a tantos fantasmas acechantes.

El niño aquel que nació en San Javier en 1942 eligió vivir esa vida. O quizá no fue así y la vida lo eligió a él. Viajar al cielo sin abandonar el infierno. Sufrir buscando no sufrir. Perdurar como una cádava sin entender su tragedia personal.

Todo fue vertiginoso y abrupto. Un grito. Un estallido. Un irrespirable torbellino.

Hace cuarenta y siete años el mundo le quedaba chico. Hace veintidós años se fue al silencio de la nada. Siguió el derrotero inexorable del paso de los hombres por este mundo. Y poco a poco comenzó a dejar de ser.

4 de febrero de 2020

Óscar De La Hoya es mexicano

oscar de la Hoya mexico
La nacionalidad es para los seres humanos una condición de identidad que reúne, agrupa, fortalece y dignifica a ciudadanos que tienen asuntos en común, generalmente el haber nacido en un territorio determinado. Se adquiere de varias formas, dos de ellas son el nacimiento y la naturalización.

Oscar de la Hoya se naturalizó mexicano el 11 de diciembre de 2002 en una ceremonia en el Consulado Mexicano de Los Angeles, en la que estuvo acompañado de su esposa Millie Corretjier y recibió la matrícula consular número 200,000 que lo acredita como nuestro connacional. La ley pone algunas restricciones a los no nacidos en territorio nacional, pero no dice que unos mexicanos son de primera y otros son de segunda.

La inclusión de Oscar de la Hoya en la lista de los mejores boxeadores mexicanos de todos los tiempos desató preguntas, aprobación, dudas, quejas y en algunos casos, pocos, indignación.

Cuando pregunté a algunas personas por qué se resisten a aceptar a De la Hoya como mexicano genuino me contestaron que porque no vivió nunca en México.

Recuerdo a Oscar subiendo siempre al ring, desde que era amateur, con la bandera mexicana, y no me parece que lo hubiera hecho con intenciones aviesas entonces, cuando su gran futuro era aún incierto y lejano. Recuerdo también que el comité olímpico de los Estados Unidos lo amenazó por no desentenderse de la enseña tricolor, y Oscar no hizo caso.

César Vallejo es la figura cumbre de la literatura peruana, y prácticamente no vivió en Perú. Nadie le niega su peruanidad.

"Hay golpes en la vida tan fuertes...

Yo no sé...

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo...", decía el peruano maravilloso, ¿se acuerdan?

En contraste, a Gabriel García Márquez son muchos los colombianos que le reprocharon severamente que haya dejado su tierra por décadas. Pero nadie se atrevió a decir que no era colombiano.

Somos peculiares los hombres para manejar nuestros afectos, nuestros amores, la aceptación de los demás.

México es un país en el que no he notado, nunca, ni una triza de xenofobia, por lo que la actitud de los que aceptan a Oscar de la Hoya como nacional, me parece correcta y buena.

Imagínense si a Mantequilla Nápoles o a Ultiminio Ramos no los hubiéramos aceptado como mexicanos. En la historia del boxeo cubano no están. Si en la de aquí tampoco... habría que concluir que no existieron.

"Quien considera que los buenos extranjeros no son extranjeros en su patria, engrandece su nación hasta igualarla al mundo", escribió el uruguayo Constancio Vigil.

Tomémoslo en cuenta.

27 de mayo de 2019

El cáncer de los malos fallos

Los dos jueces que dieron empatada la pelea entre Jackie Nava y la Tigresa Acuña no la vieron empate, solo la anotaron empate.

Verla empate era imposible y por eso no hay ningún otro observador en el planeta tierra que sostenga tan infausto desatino.

Marcela Acuña debió ser declarada ganadora.

El cáncer de los malos fallos es la más cruel enfermedad del boxeo y lo fue siempre, hace cien años pasaba lo mismo. Era 1887 cuando a Patsy Cardiff le robaron la victoria que merecía en su pelea vs John L Sullivan en Mineápolis.

Sin embargo las anotaciones equivocadas deberían ser ya una antigualla, archivada y olvidada, tomando en cuenta que hace medio siglo el boxeo está más o menos organizado en un mundo de comunicaciones inmediatas y baratas, que exhiben a los depredadores de las tarjetas.

Cuando oímos la palabra juez sabemos que se refiere a una persona que tiene autoridad y potestad para juzgar y sentenciar. Pensamos que su tarea tiene algo que ver con la justicia. Confiamos en que su trabajo se encargará de aquello que nos enseñaron nuestros maestros en la infancia: dar a cada uno lo que merece.

Pero en el boxeo pareciera que ser juez es otra cosa. Individuos que van con una tarjeta prevista, la que se ha de acomodar sobre la marcha para ajustar a los avatares de la pelea.

En el boxeo los boxeadores no tienen miedo, pero los jueces tienen terror. Los espanta la posibilidad de una controversia, el quedar mal y no ser nombrados en la próxima gran pelea. Votan por el famoso, por el favorito, por el local o por el del promotor. Y en el peor de los casos, la más grande estupidez, votan por su compatriota.

Sería de risa loca, si no fuera tan grave.

Me pregunto ¿por qué lo hacen? ¿Por qué?

¿Por qué?

¿Pensarán que un designio divino los puso ahí para salvar a la patria?

¿Los jueces de anoche creerán que ayudaron a Jackie Nava?

Los torpes ayudando solo consiguen joder.

¿De qué tamaño es la pequeñez de seres que tendrían que ser los más libres y sin ataduras de la arena para señalar a un ganador, y son los únicos esclavos de su estulticia y pusilanimidad.

Con una pizca de dignidad una persona designada para ser juez tendría que sentirse orgullosa del encargo recibido, porque durante 40 o 50 minutos va a ser dueña de la vida y del destino de los combatientes, comprometida en cada pensamiento a hacerlo bien, ser alguien donde el destino la puso esa noche, pero observamos azorados que eligen ser menos que nada, un estorbo, cochambre.

Hay buenos jueces, que hacen su trabajo silencioso siempre bien. Yo tengo una lista de 100 en mi escritorio. Pero los organismos internacionales prefieren trabajar con una lista mucho más numerosa porque hacen política con los nombramientos.

El boxeo está herido por los aventureros y por los advenedizos. No hay escuelas para jueces. Juez es cualquiera. Y así nos va. Para ser un juez competente primero hay que ser un ser humano íntegro, con formación, con principios, con códigos.

Recuerdo a don Arturo Hernández, el genial Cuyo Hernández que tenía una inteligencia muy por encima del promedio. Me decía: “Señor Lamazón -con su ritmo de hablar martillado-, el boxeo es tan sencillo que el que no lo aprende en dos meses no lo aprende nunca, pero eso sí, no es para pendejos.”

Los jueces veniales se miran en el espejo equivocado. Los enloquece el ‘to belong’. Necesitan pertenecer a algo, usar escudos y distintivos. Se saben poca cosa, por eso quieren ser de marca. Entonces votan para que no se enoje el señor fulano de tal, o el promotor zutano.

Los grandes jueces en la historia del boxeo, digamos el inglés Harry Gibbs, el californiano Chuck Hassett, el mexicano José Juan Guerra (y puedo nombrar otros cien) eran personas honorables, inconquistables, incorruptibles, que daban rutinariamente una anotación indiscutible y que jamás eran cuestionados por nadie. Eran respetados, eran señores.

¿Es tan difícil darse cuenta que ese es el espejo correcto?

23 de mayo de 2019

Recordando la tablita

Publico una lista de mis 12 mejores libra por libra y me llegan toda clase de comentarios, algunos de ellos interesantes y buenos.

Otros no.

Que uno que puse en 4 debía estar más arriba por sus títulos y unificaciones…

Para elegir los mejores hay que dejar que trabaje nuestra conciencia, con libertad y sin corsés, de modo que enlistemos a los candidatos según su calidad, y prescindiendo de engañosos títulos nobiliarios.

Ni títulos ni unificaciones sirven para el caso. Que el campeón sea el mejor es una búsqueda permanente, pero es un destino al que jamás se llega. La búsqueda es eterna, los hallazgos son pasajeros. Un campeón debería ser el mejor, pero no siempre lo es. El mundo irreal del deber ser.

Durante 24 años hice cada mes las clasificaciones mundiales en el CMB (con el aporte de un equipo de varios expertos), y aprendí muchas cosas con los golpes del camino. La ardua obsesión por no cometer injusticias es un acercarse a la locura.

En la respetable y eficiente AMB (Asociación Mundial de Boxeo) de hace 40 años, al Dr. Elías Córdova se le ocurrió un día crear una tablita, con algunas reglas para clasificar según méritos y puntajes.

Córdova era muy mi amigo, un hombre conocedor y un dirigente excepcional, al que le dije “suerte con la tablita pero creo que no te va a funcionar”.

Sucedió que pelearon Sugar Ray Leonard y Tommy Hearns, ganó Leonard por KOT, y la tablita decía que al que perdiera por KO, campeón o retador, se lo ubicaría en la siguiente clasificación en el número 7. Córdova me llamó y me dijo: “Lamazón tenías razón, tengo que poner a Hearns en 7 pero él noqueó a todos los que están del 1 al 6”.

Entendió el Dr. Córdova, que era un hombre inteligente y razonable, que su invento acababa de morir.

Si algo he aprendido en tantos años les quisiera decir que cuando se trata de hacer listas de mejores boxeadores, no hay en el mundo fórmula más eficaz que usar nuestro ojo clínico para seleccionarlos.

Frankie Randall le ganó a Julio César Chávez pero no era mejor que Chávez. El Topo Gigio Vázquez le ganó a Lupe Pintor siendo Pintor campeón del mundo, pero no era mejor. Quizá era mejor esa noche, era mejor por un momento, que es otra cosa.

Para muchos, entre los que me cuento, las listas son apasionantes. Hagamos listas, para debatir, para estar y para no estar de acuerdo. No usemos una tablita. Usemos la inteligencia, que nos sirva para algo.

8 de mayo de 2019

El Canelo grande que aún no aparece

Los del pesaje, esos dos encabronados queríamos ver.

Al final del décimo round yo la tenía empatada, y cuando las peleas se empatan empiezan de nuevo. Desde el séptimo había dicho y repetido en la transmisión que era hora de poner las cosas claras o Saúl peligraba en las tarjetas.

Ganó los rounds 11 y 12, y mi anotación cerró en 115 a 113. Mucho sufrimiento. Un parto.

Revisé tarjetas de muchos. Los dos rounds finales, para mi tan claros del pelirrojo, muchos los habían visto al revés.

Revisé más rounds en más tarjetas. Algunos colegas que respeto y con los que coincidí en los números finales, habían llegado a lo mismo por caminos diferentes.

Las grandes peleas parejas dividen opiniones. Otra vez cada quién vio lo que quiso, o lo que pudo.

¿Qué hacemos con todo lo que Canelo genera en cada pelea? Detona más comentarios que un disparate de Donald Trump.

Es falso que haya sido una mala pelea. No fue grandiosa, pero fue más que mediana. Peleas de esta calidad hemos visto centenares que no fueron cuestionadas por nadie.

Fue una partida de ajedrez, cada movimiento bien calculado, a cada acción una reacción.

Hablamos de una pelea incapaz, eso sí, de encender pasiones. El gran público quiere guerras, quiere caídas, quiere rodillas que se doblen tras el detonar de puños homicidas, y quiere sangre. Es obsceno, pero es así.

Yo no sé por qué Canelo pelea en una sola velocidad, tan fácil que es provocar cambios de ritmo para favorecer la estrategia, y para sorprender al de enfrente.

El de enfrente, Daniel Jacobs, ejecutó una logística correcta, cuidadosa, a la que le faltó determinación y ganas para ganar la pelea. Cuando no hay sacrificio no hay seducción en los ojos del espectador. Helenio Herrera, el mago, decía “el que no da todo no da nada”.

Jacobs cambió de guardia varias veces y el recurso le funcionó como nunca antes. A pesar de que Álvarez estaba advertido, no pudo evitar confundirse cuando lo vio al revés. El estadounidense se llevó sólo con eso un par de rounds que amenazaron el futuro inminente de Saúl.

A la pelea le faltó acción decente para estallar, a Jacobs ya dije, y a Canelo le faltó el brinco a la gloria que estamos esperando desde hace años. Le hace falta ganar una guerra. Tal vez la busca, pero no la encuentra.

Hubo una pelea tejida al crochet, pero no hubo drama, y a Canelo alguien tiene que decirle que en el boxeo el drama es indispensable.

Hoy me llamó Víctor Cota, el gran historiador: “-Lamazón, ¿el Canelo es gran peleador o es sólo buen peleador?” Le respondí: “Buen peleador, por ahora.”

- A mí siempre me gustó el Canelo –me dice Cota-.

- Sí, carajo, pero que nos dé UNA pelea con el contenido de violencia de una Barrera-Morales, o de Chávez-Taylor, ese examen no lo ha pasado.

Canelo no peleó mal, pero peleó poco. Hizo cosas bonitas con una cintura activa y mejorada, se defendió, resistió dos o tres golpes que hubieran hecho llorar a Marvin Hagler, pero fue escaso en la producción. Tiró poco, y en el boxeo la batalla se gana con muchas balas.

Yo también sueño con ver un Canelo trenzado en intercambios de golpes para ver qué pasa. Un toma y daca prolongado que nos provoque un ulular de gargantas en un coro repentino y tumultuoso. ¿Pero debe cambiar el Canelo para complacer a la masa? No puedo reclamárselo. Es un profesional y tiene que seguir el guión acordado con Chepo y Eddy Reynoso para ganar sobre el ring.

Ganar o gustar es un eterno dilema cuando las dos cosas juntas no se pueden conseguir.

Por citar algunos anotadores respetables, Juan Manuel Márquez se inclinó por Daniel Jacobs 115 113, Fernando Barbosa y Roberto Sosa dijeron empate, Lance Pugmire (de Los Ángeles Times) la dio a Canelo 116 112 y con mi 115 113 para Canelo coincidieron The Guardian, Carlos El Zar Aguilar, Víctor Cota y Kevin Lole.

Lo de siempre. Veinte expertos por acá vieron ganar a Canelo y otros veinte igual de expertos por allá vieron ganar a Jacobs.

Saúl Álvarez mantiene latiendo la gran interrogante que lo acompaña. ¿Dónde está en el boxeo de hoy y dónde quedará para la historia?

Siempre decimos que la próxima pelea dirá mucho al respecto. Y así vamos de pelea en pelea.

Yo creo que la próxima será la tercera con Golovkin. En las anteriores dos tampoco hubo acuerdos, sólo opiniones encontradas.

Hombres juzgando a otros hombres. Desventura. Una travesía sin destino.

11 de agosto de 2018

Canelo, operación 15 de septiembre

Tiene 28 años de edad y quince años en el ring. Muchos de esos años vividos en la histérica controversia que su nombre provoca, en el transitar la vida a centímetros del precipicio. Siempre en guardia. Siempre observado y juzgado con rigor. Nunca del todo sobreseído.

El Canelo Álvarez es un boxeador, y es también una tempestad.

No hay en el boxeo mexicano memoria de alguien tan controvertido.

Chávez, Olivares, Arizmendi, Sánchez, Barrera, Román, Saldivar, Montiel, Morales. Todos son amados por el gran público. Aun Miguel Canto y Ricardo López, dueños de ese otro boxeo estético y refinado, menos frecuente aquí.

Canelo vuelve al ring el 15 de septiembre en Las Vegas. Es desempate con Gennady Golovkin pero Canelo no viene de la pelea anterior, viene del infierno del clembuterol y del draconiano escrutinio de la opinión pública que nunca le ha dado paz.

El porqué de la ardua relación de Álvarez con la gente es un misterio mayor que el destino de Amelia Earhart.

Canelo es parco, serio, seco, económico en sus expresiones. No se parece en nada a un publirrelacionista. Es imposible adivinar si esto que comento, o cualquier otra cosa, lo preocupa o le importa un cuerno.

He visto a Canelo en los Estados Unidos salir de una conferencia de prensa y no poder caminar por muchos minutos, seguido y ahogado y aclamado por mareas humanas, mientras en las arenas y en las redes sociales recibe embestidas de críticas sin misericordia.

En la pelea de septiembre del año pasado le pregunté por qué tanto odio contra Álvarez a un mexicano que desde las gradas le gritaba anatemas como si hubiera matado a su madre, y me respondió: “- ¡Porque es mamón!

A esa gente que lo debate no le gustaba que Saúl había peleado siempre con tipos físicamente más chicos, y repetía que “cuando pelee con Golovkin ya van a ver lo que le va a suceder”.

Pues no le sucedió nada cuando finalmente peleó con Triple G. Si hubiera enfrentado a un niño no le habrían hecho menos daño. Golovkin había noqueado a 31 en 37 peleas y no le hizo nada. Ya no podemos reclamar que no se las haya visto con uno de su tamaño. Contendió al mejor del mercado, y no perdió.

No sólo no perdió. Para mí ganó la pelea. Hace un año que lo explico y hace un año que recibo imprecaciones variopintas por lo que defiendo.

Blasfemias que son de la mitad que no lo vio como yo lo vi. Ayer le respondí a un lector furioso que si él vio ganar a Golovkin está bien, pero que si cree que todos vieron ganar a Golovkin, está mal.

* * * * *

Todas las peleas cerradas dividen opiniones. Todas. Incluso entre los expertos. Tráiganme diez muy conocedores que defiendan el triunfo de GGG y les traeré otros diez igualmente entendidos que vieron ganar a Álvarez.

Han pasado los años y el mundo sigue discutiendo quién ganó entre Leonard y Hagler o entre Emile Griffith y Luis Manuel Rodríguez.

Si el Canelo ya peleó con Golovkin hace un año, ¿qué no les gusta ahora? ¿Qué es de tono rojizo y los mexicanos no somos rojos?

La segunda pelea puede ser parecida a la primera. Yo sacaría a Saúl de ese permanecer tanto en las cuerdas porque nadie entendió por qué lo hizo.

Hay momentos en las peleas en que un boxeador siente que tiene un buen control de lo que está ejecutando. Canelo puso espalda a las sogas demasiadas veces para hacerse el macho. “Me pega y no me hace nada” era el mensaje. Canelo subió la guardia para protegerse la cabeza que es lo más vulnerable y se dejó atacar. Al estar quieto ni siquiera había un riesgo cercano de cometer un error como el de Pacquiao contra Márquez y que se colara una mano noqueadora de parte de Golovkin.

Pero la gente no lo entiende, y los jueces lo entienden mucho menos porque los jueces del boxeo no entienden de boxeo.

Canelo ganó los tres primeros rounds y los dos últimos rounds con cierta claridad (los tres jueces le dieron al rojo los últimos tres rounds). Entre el cuarto y el décimo están los millones de desencuentros en las opiniones. Para mí ganó también los rounds 6 y 7 y eso explica mi tarjeta.

Todo esto que comento no garantiza una victoria de Saúl en la segunda edición del duelo. Dije de aquella pelea lo que ahora debo decir de ésta: será ‘la’ pelea para Canelo (más que para Golovkin), es esa pelea esencial que decidirá su destino y su historia. Si gana continúa su derrotero a una edad en la que tiene espacio para construir. Si pierde, depende de cómo pierda, será ripioso para él remontar los amores de la gente y convivir con las secuelas del affaire clembuterol.

* * * * * *

¿Puede perder Canelo?

Los dos pueden ganar y los dos pueden perder.

Canelo debería hacer un esfuerzo algo mayor.

Con lo de la primera pelea alcanza para la esperanza pero no abastece certezas de triunfo. Un mexicano nunca es local en Las Vegas (para los tipos que anotan en las tan temidas tarjetas). La pelea tendrá rounds cerrados y repetirá las complejidades matemáticas conocidas.

Gennady Golovkin es un raro boxeador que pelea sólo con una mano, la izquierda. Su brazo derecho está amarrado al cuerpo y el observador imagina que algo le impide pistonear. Peleó con una mano al Canelo y así es como pelea siempre. Sólo ejecuta con la derecha cuando ve una oportunidad de convertirla en letal. Una mano derecha que amenaza siempre y cumple de vez en cuando, pero que cuando cumple causa estragos.

Es pelea para reconstruir presentes y futuros. La suspensión de Canelo desordenó su vida y sus planes, y le impidió ganar muchos millones de dólares. Perjudicó más, sin embargo, a Gennady Golovkin, porque Canelo tiene tiempo que él no tiene. Su futuro se acota a una angustiante próxima caducidad.

Golovkin perdió con la suspensión de mayo la bolsa más grande de su vida, y el insuceso lo llevó a una pelea con Vanes Martirosyan con la que cosechó más críticas que aplausos, por la vaguedad del rival.

La confirmación de la pelea, hace algunas semanas, arrancó las apuestas con GGG marcadamente favorito, lo que atribuyo al daño que hizo al mexicano el escándalo del clembuterol.
No olvido que en las apuestas los que saben apuestan primero, pero se cuentan por millones quienes sospechan que Saúl “con clembuterol rindió en la primera pelea (asumen que lo estaba consumiendo para tomar ventaja) lo que sin clembuterol no podrá rendir en la segunda.

Gennady Golovkin es un buen peleador, pero no es Hagler, ni es los diez campeones mejores que Hagler que ha tenido la división de los pesos medio. Su oposición ha sido humilde. Creo que perdió con Jacobs. Él también tiene que reconstruir su presente para caminar a lo que le queda de futuro.

“A los 36 los boxeadores debemos retirarnos”, dijo Muhammad Ali, y GGG tiene 36.

Seguiremos conversando.

23 de julio de 2018

Sobre Jaime Munguía

Un niño peleando contra un hombre.

Así vi a Jaime Munguía en el ring del Hard Rock de Las Vegas donde el sábado le ganó al inglés Liam Smith en una pelea eruptiva y anárquica. El triunfo fue legítimo pero la actuación del joven campeón confundió a todos.

La promoción y los comentadores habíamos prometido sólidos resultados de la evolución en el ring del peleador de Tijuana, y lo que hizo en combate no pasa la prueba de la lupa.

¿Nos equivocamos en el pronóstico tan optimista?

No lo creo.

Munguía se sobrepuso a la adversidad después de perder los tres primeros rounds, y ganó con lo mejor que tiene: una voluntad indomable y el espíritu de un triunfador. Su mejor arma es la actitud.

Me hace acordar a esos valientes de raza, como Margarito, como Monzón, como LaMotta, tipos que con la mirada te decían: “Deja que primero me muero peleando y después vemos.”

Munguía no había peleado en primera división, ni en segunda, cuando le llegó la oportunidad titular contra Sadam Ali, en mayo, y ganó porque lo de Ali fue torpe y mediocre, y ejecutarlo sin piedad no representó mayor complicación para el bisoño aspirante hambriento de gloria. Después, brincó a lo que vimos el sábado en Las Vegas.

Es decir que Munguía se salteó la etapa de aprendizaje que correspondía a su edad y a su derrotero.

Jaime es todavía un muchacho, un jovencito. En el boxeo la historia recoge el nombre de dos que fueron campeones mundiales antes de cumplir los 18 años, Abe Atell y Wilfredo Benítez, pero esto es excepcional y lo cito sólo porque es pertinente. 21 años, que son los de Munguía, son muy pocos años para haber madurado cuanto es menester.

Sin embargo, no hay nada que lamentar.

Munguía va a ser un buen campeón si hace lo que mandan los preceptos de un deportista triunfador. Aceptó con humildad que tiene que mejorar, y que va a trabajar para lograrlo. Lo que sigue es que sepa qué se debe hacer, y no estoy seguro de que lo sepa.

Hay detallitos y detalles groseros que enmendar.

Munguía perdió los tres primeros rounds de la pelea, que eran los menos perdibles si él llegaba con una estrategia definida, es decir sabiendo exactamente a qué iba al arranque del combate. En cambio se paró en el centro del ring y comenzó a saltar y saltar de un modo bobo y pueril que resultaba desesperante. Todo movimiento innecesario en el ring consume energías y pone en riesgo.

En cuanto a su brazo izquierdo, tiene atrofiado el golpe de jab, que lanza mal y que mucho necesita para aprovechar sus brazos largos, para ponerle el ritmo a su trabajo y para mantener a su enemigo atrás de un imaginario valladar.

Incomprensible también que su equipo tenga contratado a Roberto Alcázar y no haya sido el de la voz en la esquina. Dirigió el padre de Munguía, a quien no juzgo ni conozco en esas tareas, pero no tiene las credenciales de Roberto. Mister Alcázar es Pep Guardiola, no se lo puede tener y no usar.

A este combatiente bravo y pendenciero, capaz de enfrentar buenos desafíos, hay que ponerle ahora un boxeador que no ande a la buena de Dios sobre el ring cuando sube a pelear.

En el circo romano Jaime Munguía hubiera sido un campeón, ahí donde sólo se necesitaban arrojo y testículos, pero en el boxeo moderno hay que agredir y defenderse con eficacia, para prosperar.

Otra vez, no creo que hayamos equivocado el pronóstico. Munguía va a crecer. Lo avala su carácter desafiante y eso es con lo que se va a la guerra.

De Alejandro Magno: “No temo enfrentarme a un ejército de leones comandados por una oveja; temo enfrentarme a un ejército de ovejas liderado por un león.”

28 de agosto de 2017

El legado de Floyd Mayweather

Ni los más optimistas se atrevían a asegurar que no sería un engaño.

El genio mal portado que es Floyd Mayweather decidió enfrentar a un no-boxeador en su despedida -si es su despedida-, y el anuncio de semejante desatino puso en guardia a los aficionados al boxeo.

Era un espectáculo revestido de una pátina de cosa boxística, pero espectáculo al fin porque no podía combatir exhibiendo las artes del boxeo Conor McGregor que nunca había peleado.

¡McGregor!, para colmo contra un genio del ring y de la defensa, con alguna posibilidad, por reducida que fuera, de conectar un golpe y ganar.

¡Imagínense! El boxeo milenario, la primera disciplina del hombre sobre la tierra, porque en los orígenes sólo sobrevivieron los más fuertes, humillado por un externo, por un paria de lo nuestro, por un aventurero hocicón y atrevido llegando a la cima sin subir la montaña.

Un ejército de intolerantes con afectar al pugilismo, entre los que me contaba, esperaba el final de la pelea, el fiasco, el engaño, lo fraudulento, para descargar la artillería contra Mayweather, la promoción, los comentaristas, Dios y María Santísima, y así vengar la afrenta.

Pero no sucedió. Fue poco, según desde donde se mire, pero pudo ser cien veces peor.

Fue una peleíta. Mayweather rindió por debajo de su promedio histórico y McGregor fue un advenedizo, patético como boxeador.

Pero no fue una estafa.

No fue una estafa porque nadie esperaba otra cosa.

De lo que se podía esperar sucedió lo mejor.

Los peores vaticinios no se cumplieron. Si alguien compró boleto para ver algo diferente, desconocía cuál era la oferta. No había forma de ver algo mejor. Fue un espectáculo, no fue boxeo de academia, no podía serlo.

Esta variante grosera de nuestro querido boxeo, lo lastima, especialmente al haber resultado un negocio tan próspero, porque podrían multiplicarse los intentos de repetirla, y si las taquillas se mueven con parecidos disparates, vamos a terminar haciendo pelear al Canelo con un oso, o a un hombre contra una mujer, o a Jackie Nava contra una monjita.

No puede ser. Las autoridades del boxeo, tan incompetentes, tan predispuestas para participar del circo, deberían poner límites, deslindando al boxeo de la farándula.

Redimo a Mayweather y a McGregor porque su peleíta no cayó en lo prostibulario que tanto temíamos. Mayweather caminó hacia adelante buscando al rival, cosa que no le habíamos visto nunca, y lo hizo por la pelea, por el resultado, por ganar y por ganar bien. Julio César Chávez, lo hizo pedazos en nuestra transmisión de televisión, insistiendo una docena de veces sobre su mal desempeño.

Yo tengo otra opinión. A la salida de la T-Mobile un aficionado me preguntó que qué le faltó a Floyd para lucirse, y le respondí: -‘Nada, no podía lucir mejor contra el estilo cucaracha del irlandés-‘ - ‘¿Qué estilo es ese Don Lama?’ – ‘Uno que no habíamos visto nunca.’

Que se entienda, no es Floyd Mayweather el que tiene la obligación de proteger al boxeo, aunque sería deseable que lo hiciera, la obligación es de las autoridades.

Yo no estoy de acuerdo con estas excentricidades, con torcer la costumbre para exacerbar el morbo del gran público, pero no debo culpar a los peleadores por algo que creíamos que iban a hacer y no hicieron. Redimo a los dos porque su peleíta fue peleíta pero no pudimos gritar fraude, estafa.

McGregor que se vaya a las MMA y que no vuelva al boxeo, y Money que se vaya al retiro porque del boxeo hay que irse cuando no se puede agregar nada a lo que hay atrás.

Fue una peleíta, aunque George Foreman haya dicho que fue una gran pelea, aunque haya sido una delicia ver a Mayweather después del tercer round. El boxeo serio y grande es otra cosa. Esto no puede compararse con Tunney-Dempsey, con Graziano-Zale, con Alí-Foreman, con Hagler-Durán, con Chávez-Camacho.

50 - 0 es el récord de Floyd Mayweather y tiene un enorme mérito. Otra vez comentaristas grandes y pequeños hablaron del 49 0 de Rocky Marciano, el mito americano que desde Nat Fleischer no quieren reconocer que es falso. ¡Qué va! Para ellos Marciano fue un campeón blanco invencible en un mundo de negros triunfadores. El récord de Marciano, que perdió con Collie Wallace (el mismo que interpretó a Joe Louis en la película biográfica) y con Bob Girard, fue 52-2.

Floyd Mayweather es un prodigio de la defensa en el ring. Cosas como las que él hace parece que sólo las hicieron Young Griffo y Charley Burley, aunque del primero sólo lo sabemos por haber leído la historia y del segundo hay pocas imágenes en los archivos.

Algunas veces me reclaman que no le doy a Floyd todo el crédito que merece, porque digo que carece de uno de los atributos fundamentales de un boxeador: la ofensiva. Es mi forma de verlo y en materia de opiniones ya sabemos que hay de muchas.

Como todos Mayweather tiene virtudes y defectos. Él ha elegido el mundo del oropel y la ostentación y lo demás le importa poco. Es tan grande que no tiene tiempo para las cosas terrenales. Es cuánto tiene, vale lo que su cuenta bancaria. Pertenece al mundo de los egoístas del boxeo. Floyd y Don King son imbatibles en mezquindad. Se quieren un poco ellos y mucho a su dinero, y no quieren a nadie más.

Cada cuál elige por qué quiere ser recordado.

15 de junio de 2017

Roberto Durán

Roberto Durán está entre los diez primeros en todas las listas de mejores boxeadores que se han publicado los últimos años. En ninguna es el primero.

El héroe panameño, sin embargo, encabeza la mía. Encaja con precisión en el molde de lo que considero un boxeador perfecto. O casi perfecto, concediendo que no hablamos de robots y que en todos los hombres del ring ha habido flaquezas y errores. Mike Tyson también dice que 'Manos de Piedra' es su boxeador preferido.

De gallo a crucero, de 52 a 80 kilos, durante 33 años, se batió con rivales de doce categorías; en seis de esos pesos peleó con los mejores de su tiempo. Hizo 119 peleas, ganó 103. Despreció lo que más cuida un boxeador que se cuida, el equilibrio en el peso con el enemigo. Ken Buchanan, Esteban De Jesús, Carlos Palomino, Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Davey Moore e Irán Barkley son las referencias de sus grandes noches.

Hay siempre mucho de gusto personal en la confección de listas. Durán es el que más me gusta en el grupo de los que cualquiera puede ser elegido; el de los excepcionales, los semidioses. Ponga usted en número uno a Willie Pep, a Ray Robinson, a Jack Dempsey, a Henry Armstrong, a Benny Leonard, a Muhammad Alí y no le diré que está loco. Le diré “Está bien, puede ser, eligió usted a un inmortal”.

Desde siempre parece obligación decir que el mejor fue Sugar Ray Robinson. Es una gran elección, pero si Robinson es un buen candidato Durán también lo es, y es el mío. No olvido que existe el pasado, y sé que entre 1,400 campeones mundiales que ha habido son muchos los que pueden competir en cualquier discusión. Jack Johnson y Joe Louis entre los pesos completo; Harry Greb, Stanley Ketchel, Mickey Walker y Carlos Monzón en peso medio; en welter Barney Ross; en superligero Julio César Chávez; en ligero Joe Gans y Carlos Ortiz; en pluma Terry McGovern.

Roberto Durán se bajó del ring en la segunda con Leonard, no peleó, se fue a su casa. Algunos no se lo perdonan e interpretan esa catástrofe deportiva como un signo de cobardía, que yo no veo. Se necesitaba ser más valiente para dejar el ring, que para quedarse. Lo que hizo en la noche aciaga de Nueva Orleáns fue producto de la locura, no de la cobardía. Sucedió después de haber bajado 12 kilos en un sacrificio demencial, los últimos cinco en 72 horas de tomar diuréticos y no comer, ni beber.

No tengo que defenderlo, ni quiero. Hablo de un momento culminante en el boxeo de todos los tiempos, que manchó su carrera. Se bajó del ring sin medir lo que hacía, prescindiendo del menor compromiso con los millones que lo estaban viendo. Era Durán.

¿Cómo se elige entonces a quién es mejor peleador? Cuenta el de sus mejores noches, y algunas consideraciones periféricas que aportan al criterio. Robinson no podía perder con Paul Pender y perdió las dos veces que pelearon. Gene Tunney le ganó dos veces a Jack Dempsey, pero perdió una pelea con Harry Greb a quien aventajaba mucho en peso.

A los boxeadores se los mide por la oposición que tuvieron y los resultados logrados. Vemos el mejor que fueron, su máximo nivel, y lo ensamblamos con la trayectoria . Hay varios Durán que recordar. El primero fue el que en 1972, con 21 años e invicto en 28 peleas, se coronó campeón de peso ligero ganándole a Ken Buchanan en el Madison Square Garden. De ese título el 'Manos de Piedra' hizo 12 defensas exitosas, ganando 11 por nocaut. Fue su tiempo glorioso en el que unificó opiniones como el mejor peso ligero de la historia, superando lo imposible, relegar a Benny Leonard, a Tony Canzoneri y a Joe Gans.

Después vino el delirio, cuando apaleó y ganó la decisión a Sugar Ray Leonard en Montreal. Subió no favorito 5 a 1. Me gusta decir que ganó Durán “la única vez que pelearon”, porque en las otras dos peleas Durán no era Durán. Perdió con Leonard como Leonard perdió años más tarde con Terry Norris.

En 1983 Roberto Durán, de 32 años, 12 kilos arriba de su peso natural, peleó con Marvin Hagler, de 29, por el título medio. Hagler ganó por 1, 1 y 2 puntos en las tarjetas, tras 15 rounds. Al final del round 12 Durán iba ganando, pero las peleas todavía eran a 15. Casi seis años después conquistó ese título venciendo a Iran Barkley con comodidad.

Al final, ya se sabe, perdió 5 de sus últimas 15 peleas, por seguir en el ring a los 50 años de edad. No está mal si pensamos que Kid Gavilán fue un inmortal y de las últimas 15 perdió 9, yéndose a los 32. Y Robinson de las 15 del adiós también perdió 5, a los 44. Olivares perdió 6 en ese último tramo, y se fue a los 41.

A golpes Roberto Durán se convirtió en leyenda. Sobre el espasmo sin final que es su hazaña deportiva se yergue la figura del coloso que mira a la inmortalidad.

8 de marzo de 2017

Tiempo de mujeres

La mítica actriz Jeane Moreau ingresó los primeros días del año 2001 a la Academia de Bellas Artes de Francia como miembro de pleno derecho, y fue la primera mujer en conseguirlo después de que los miembros de la augusta institución habían rechazado invariablemente a las mujeres en perjuicio discriminatorio que no respetó ni siquiera a Madame Curie.

Sirva este ejemplo, entre millones de ejemplos posibles, para hacer referencia hoy al Día de la Mujer.

Moreau ingresó aquel día libre, retadora, contestataria, con la actitud que siempre la caracterizó. Altiva dijo al recibir el nombramiento: “No pienso llevar la espada de académica, prefiero un broche de Van Cleef.”

El suceso fue la primera victoria de la revolución femenina del siglo XXI, y causó conmoción en Europa y en medio mundo.

El logro de la desenfadada e inolvidable protagonista de ‘Jules et Jim’ es sólo comparable al ingreso de Marguerite Yourcenar a la Academia Francesa de Letras en 1980.

Los últimos cien años fueron y no fueron, al mismo tiempo, tiempo de la mujer. Sí porque atestiguaron un despertar del ostracismo que ya no se detendrá, que se hará grandioso hogaño y en adelante. No, porque fue una centuria de dolor y calvario, de un rezago estúpido y protervo en contra de las féminas, lapidadas por el sometimiento. Por cada mujer destacada hubo mil hombres, diez mil.

Mis mujeres del siglo XX y hasta hoy fueron (sin orden de importancia): Sofía Loren, María Callas, Ana Pavlova, Jane Adams, Jane Fonda, Sarah Bernhardt, Edith Piaf, Marie Curie, Irene Curie, Simone de Beauvoir, Oriana Fallaci, Alfonsina Storni, Golda Meir, la Madre Teresa, Indira Gandhi, La Pasionaria (Dolores Ibárruri), Nahui Olín (Carmen Mondragón), Eva Perón, Ana Frank, Brigitte Bardot, Chavela Vargas, Benazir Bhutto, Simone Weil, Alicia Moreau, Susana Rinaldi, Virginia Woolf, Anna Magnani, Greta Garbo.

También Elaine Page, Libertad Lamarque, María Elena Walsh, Gertrude Stein, Tina Modotti, Gaby Brimmer, Delmina Agustini, Jessy Norman, Karen Armstrong, Rosario Castellanos, Johanna Simon, Ella Fitzgerald, Martina Navratilova, Nadia Comaneci, Lina Wertmüller, Romy Schneider, Josephine Baker, Frances Farmer, Joan Baez, Leonora Carrington, Madonna, Juana de Ibarbourou, Chabuca Granda, Jane Champion, Yelena Isinbayeva, Coco Chanel, Ute Lemper, Marlene Dietrich, Inge de Brujin, Billie Jean King, Agatha Christie, María Zambrano, Ikram Antaki.

La lista es arbitraria. Faltan mil mujeres notables. Marilyn Monroe, Frida Khalo, María Izquierdo, Katy Jurado, María del Pilar Roldán, Elvia Carrillo Puerto, Matilde Montoya, Consuelito Velázquez, Amparo Montes, Rita Levi-Montalcini…

Jeane Moreau cumplió 73 años el 23 de enero de ese año 2001, apenas 13 días después del ingreso a la Academia. Ni su magnetismo de tiempos idos, ni sus mejores días permanecían con ella, lo que no fue obstáculo para que en la ceremonia de investidura dijera: “La idea de que la vida sea como una montaña que se sube hasta los 40 años para luego empezar el descenso se me antoja una estupidez. La vida es la escalera de los ángeles, la del sueño de Jacob. ¡Hay que subir, subir siempre, hasta el último de los días… Por mi parte, no me arrepiento de nada!”

No fue un paradigma de belleza física, aunque sí de femineidad incomparable, y sólo la llegada de Brigitte Bardot pudo desplazarla como la diva de Francia.

Pierre Cardin la presentó a sus nuevos colegas académicos aquel 10 de enero, y lo hizo de una manera que sólo ella, Jean Moreau, podía aceptar y consentir. Cardin, que adaptó especialmente para la actriz el traje verde bordado tradicional de los académicos, la recordó “en Venecia, en el hotel Danieli, en esa gran habitación en la que vivieron George Sand y Musset, y en la que nosotros hacíamos el amor, entrelazados nuestros cuerpos, calientes la sangre y la cama. No creo que haya razón más hermosa para explicarse la vida”, enfatizó el modisto.

Durante su intervención en la Academia ella prefirió recordar los alejandrinos de la ‘Ifigenia’ de Jean Racine, y los recitó. “Gracias a esa escena fui admitida en el conservatorio, en 1947, y gracias a ella hoy estoy aquí.” La actriz hizo un elogio de su madre inglesa y de su padre arruinado, de su abuelo navegante y de su abuela amiga, y se remitió a esos otros desconocidos que le permitieron ser ella. “Mi profesor de dicción, Monsieur Laurencin, y mi profesor de interpretación, Monsieur Denis d’Ines, decano de la Comédie Francaise.”

Y habló de los actores de los que aprendió y admiraba –Jean Levret, Jean Meyer, Robert Hirsch-, y con énfasis confesó que quedó deslumbrada, en 1944, cuando asistió, a escondidas, a un ensayo de Antígona de Anauilh. “Ese día –dijo, enorme declaración de principios- supe que quería estar ahí, bajo los proyectores, ser la intransigente, la rebelde que se enfrenta a los dioses, que habla por aquellos que no se atreven o que no pueden hacerlo. Esa iba a ser yo.”

Decía que la política nunca le interesó, y que la horrorizaba, pero ni ella se lo creía. En 1944, cuando la liberación de Francia, “viví una alegría loca pero no comparable con la emoción que sentí al ver a Marie Bell interpretando ‘Fedra’ en la Comédie Francaise.” Tuvo actitudes cívicas tan comprometidas como firmar la carta confesando que había abortado, delito que podía llevarla a la cárcel. “Soy una no militante militante”, aseguraba.

Jean Moreau es la ‘Eva’ de Losey, o la protagonista de ‘Los amantes’, una mujer-actriz cuyo entusiasmado orgasmo escandalizó a los espectadores del festival de Venecia, sin que le importara un rábano. “Yo estaba entonces muy enamorada de Louis Malle y él un poco menos de mí. Me escribía con Ingmar Bergman, que me parecía que era el único hombre que podía comprenderme, y él me respondía larguísimas cartas en sueco. Adónde caramba iba yo a encontrar un traductor en sueco al que pudiera confiar mi intimidad…”

Orson Wells descubrió para ‘El proceso’ y para ‘Una historia inmortal’ su voz ronca y sensual, de señora que sabía beber y fumar como un hombre, sin dejar de ser mujer.

Sigue viva Jean Moreau, y dicen que a sus 89 años a veces fuma todavía. Como nunca le ha temido a nada no le teme ni siquiera a la amenaza de reaparecer del cáncer que estuvo a punto de costarle la vida un tiempo atrás. Continúa negándose a que la llamen madame Moreau: “¿Acaso estoy casada con mi padre?”

Hizo cine hasta 2012.

Bajo la cúpula de la Academia la recibieron los tambores de la Guardia Republicana. Pero ha pasado mucho tiempo. Sigue subiendo, por la escalera de los ángeles que es la vida, mientras pueda.

“Se siembra durante años –declaró-, años que se van como inviernos. Llegas a creer que no existe la primavera y de pronto, de golpe, aparece el sol.”

Es de un tiempo de mujeres.

Soy feminista.

1 de marzo de 2017

El boxeo

El boxeo es la más descarnada representación del drama de la vida. Es el hombre y su lucha, desde que nace hasta que muere. Suele no haber atajos para evadir el dolor del vivir. No es el deporte de la ternura, ya se sabe, pero lejos del ring también hay más golpes que caricias.

Confrontar, caer, levantarse, cambiar el rumbo de las cosas, ganar y perder, gozar el abyecto placer de la venganza, mentar madres, sobreponerse a la adversidad, conjurar el mal fario de un destino malhadado, matar o morir. Igual arriba del ring que abajo de él.

No se boxea para destruir al adversario, a pesar de la metáfora. Se boxea para vencer.

El pugilato ha sido vilipendiado con largueza por un ejército de intolerantes que condenan la violencia que su práctica conlleva. Son ciegos a la realidad del mundo, la utopía con la que sueñan no existe. No hay abogados ni arquitectos boxeadores, la del ring es tarea de los más desabrigados por la sociedad.

Cuatro quintas partes de la humanidad viven en condiciones deplorables. La Organización Mundial de la Salud reveló que en el mundo hay mil cuatrocientos millones de hambrientos sin esperanzas. Esto es el estadio Azteca de la Ciudad de México catorce mil veces lleno. Miles perecen de inanición cada hora. Dos mil millones de seres sobrenadan estar vivos con un dólar por día. Otros hombres, más afortunados, al mismo tiempo, impúdicamente, se empeñan en cerrar las pocas puertas que tienen abiertas los que no tienen nada. Negarles la sola oportunidad que encontraron para apostar una ficha en la ruleta de su existencia, es lisa y llanamente matarlos.

"Combata la pobreza, mate un mendigo", decía una pinta irónica en una universidad europea, exhibiendo las soluciones que algunos tienen para hacer del mundo un mundo mejor. Siempre ha habido señores de cuellos y puños almidonados, incapaces de sentir piedad, pero, eso sí, muy educados, acicalados con prurito aristocrático, que se horrorizan por la práctica del boxeo. ¿Cómo será el mundo aséptico y pudoroso que proponen? Tal vez un mundo de conmovedora armonía con gente pintando cuadros y leyendo libros, visitando museos y oyendo música siempre suave. ¡Nada de dolor! Me pregunto de qué escribirían los poetas, qué pintarían los pintores, en qué se inspirarían los músicos si en este mundo no hubiera prostitutas, borrachos, boxeadores.

El boxeo puede gustarle o no, a usted, lector. Pero nadie podrá menospreciar la calidad de artístico en lo que fue capaz de hacer --pongamos por ejemplo-- Sugar Ray Leonard sobre un ring. Boxeo aprendido en conservatorio, que se envuelve en papel de seda. Rudolph Nureyev hubiera aplaudido embelesado, viendo tal demostración de señorío, de dominio del cuerpo, un himno a la estética. Nadie le ha pedido a Julio César Chávez que cante como Beniamino Gigli, pero tampoco nadie hubiera esperado del portentoso tenor italiano que tirara un gancho con la perfección del peleador mexicano.

Algunos llaman arte a lo que ellos hacen y vulgaridades a lo que hacen los demás.

No hay exaltación del individualismo mayor que las del boxeador y del artista. Éste es un condenado a no compartir nada con nadie porque la creación sólo es posible en soledad; aquél se sublima en una forma de locura que lo hace creerse dueño del mundo.

"Cuando se es tan grande como yo, es imposible ser humilde", sentenció Muhammad Alí cuando estaba en el cenit de su gloria. "Todos queremos ir al cielo pero nadie quiere morir", dijo Joe Louis. "Mi causa soy yo", advirtió un día Joe Frazier; y el inefable Macho Camacho nos dejó conocer el más grande de sus anhelos: "¿Mi sueño? Es morir en mis propios brazos".

Cine, literatura, pintura, fotografía, teatro, música, se han enriquecido con este deporte. El arte nace casi nada del motivo inspirador y casi todo de lo que anida en el alma del artista. La sensibilidad de muchos que rozaron la monumental historia del boxeo, y la de sus hombres de calzón corto, ha producido emociones profundas.

Veamos el boxeo con un poco de indulgencia. Cuando un boxeador se abraza al rival, para no caer, es la vida lo que abraza, para no morir. Porque mayor que el temor de caer es el miedo a no levantarse. El boxeador sabe que si no se para a pelear el amor del mundo se esfuma.

El ring es el teatro y el boxeador es un actor muy escrupuloso, intérprete trágico, exégeta de la máscarada de existir.

14 de enero de 2017

Canelo vs Chávez Jr

Tengo problemas para explicar las peleas donde hay diferencias de peso, porque las diferencias no me gustan y me gustan.

El boxeo es un deporte en el que pelean dos iguales, pero conceder ventajas en la balanza tiene mucho mérito.

Hubo grandes peleadores que nunca se movieron de su división, o que fracasaron al subir, como Carlos Monzón o Wilfredo Gómez, pero es admirable lo que a través de la historia consiguieron otros que con la misma estatura, los mismos huesos y la misma carne engordaron para retar a rivales más grandes. Pensemos en Bob Fitzsimmons, en Harry Greb, en Evander Holyfield, en Roberto Durán o en Henry Armstrong.

He explicado muchas veces que el ‘catchweight’ (o peso pactado) ha existido siempre y es una herramienta buena para facilitar algunos pleitos. Lo demuestra con claridad la pelea que se acaba de anunciar entre Canelo Álvarez y Julio César Chávez. No pueden pelear dentro de los límites de una categoría tradicional por la razón contundente de que no pertenecen a una misma categoría. Canelo es superwelter, Chávez es supermedio.

Sin embargo la ventaja que dará el Canelo se enmarca en el nicho respetable de otras peleas entre grandes y chicos que registra lo mejor de la historia. ¿Quién en su sano juicio puede menospreciar la hazaña de Stanley Ketchel cuando con su físico de peso medio, dando 15 kilos de ventaja, subió a pelear con el campeón de peso completo Jack Johnson y logró ponerlo en la lona?

Del Canelo se han dicho muchas cosas, buenas y malas, pero hoy toca decir que por fin aceptó a un enemigo más grande y nadie podrá señalarle que en este renglón otra vez se aprovecha. Era demasiado visible el detalle de que desde años sus rivales eran más chicos, pero Chávez es más grande.

Hace pocos días, mientras estaban en negociaciones para sellar la pelea, hice mi propia encuesta en redes sociales y hallé que las mismas personas que decían que la pelea no era posible por la diferencia de peso, decían que si pelean gana Álvarez. ¿Cómo entonces la pelea no era posible por representar demasiada ventaja para Julio.

La pelea del 6 de mayo será el acontecimiento más grande del boxeo entre dos mexicanos y dejará atrás aquella locura popular que fue el enfrentamiento entre Carlos Zárate y Alfonso Zamora en 1977.

No digo que en lo boxístico el choque pueda dar tanto como peleas memorables entre mexicanos de las que vienen a la mente las Barrera-Morales o Rafael Márquez – Israel Vázquez, pero además de ganar ambos tienen que mostrar valor indestructible, por lo que es posible esperar una guerra, la que hasta hoy ninguno de los dos ha tenido.

La mejor pelea entre dos mexicanos que recoge la historia es aquella fabulosa y tal vez inigualable entre Rafael Herrera y Rodolfo Martínez, la de Monterrey, en 1973, la segunda de las tres que sostuvieron estos gallos enormes de lo mejor de la historia del boxeo mexicano.

Sé que para algunos aficionados será una herejía que yo ponga esta pelea -la Canelo-Chávez- a la altura de otras del pasado del boxeo entre peleadores aztecas –las que mencioné y más—pero nadie podrá negar que para el 6 de mayo puede haber muertos para conseguir boletos, y el número de observadores en el mundo entero dejará atrás cualquier registro previo.

Ni va a morir el más chico ni es seguro que gane el más grande, que no se escandalicen los que a todo le encuentran un pero. Desde Chávez-Macho Camacho, hace 25 años, no hay una pelea que interese más a México.

Recuerden que siempre digo “al boxeo hay que ponerle historias”. Dos desconocidos peleando no interesan a nadie, sin importar si son buenos o malos peleadores.

Esta pelea tiene historia. Se ha calentado durante años y demasiadas veces creímos que no la veríamos nunca. Dos del mismo tamaño (hace algunos años así era) que pugnaban por el liderato en el boxeo mexicano, dos apellidos del boxeo, dos televisoras, dos cervecerías, Sinaloa y Jalisco, una familia de boxeadores, y otra familia igual.

Hoy, lejana todavía la fecha y el ring, sabemos qué Canelo vamos a ver, el de siempre, el que no comete errores; y no sabemos qué Chávez vamos a ver. Uno se prepara con fervor religioso, el otro es un desmadre con sus emociones. Canelo es confiable, Chávez se hizo imperdonable cuando tras una pelea tan importante como la de Maravilla Martínez registró trazas de marihuana en su orina.

Pero tan cierto como que Julio es variable es cierto que a Julio le sobra inteligencia, de esa inteligencia que se necesita para resolver este asunto casi de vida o muerte. Prepararse como Dios manda y construir una actitud que le permita pelear el 6 de mayo. Es su vida de deportista, es su dignidad y su orgullo, es su futuro como hombre. Ganar o perder es una consecuencia, siempre. Puede perder, pero no puede ser humillado. Él lo sabe.

El Canelo será favorito cuando las luces se apaguen y se encienda el ring.

Y el dilema de los Chávez. El Gran Campeón Mexicano me dijo hace pocos días: “Lamazón, mi hijo puede perder con cualquiera, me vale madres, pero no puede perder con este cabrón…”

19 de septiembre de 2016

El difícil camino del Canelo

Está cansado de oír infamias. Burlas e insultos. Cualquiera lo estaría. Canelo vive atormentado por las críticas que recibe de un sector del público mexicano que lo rechaza y le niega jerarquía de gran peleador, y lo acosa. Canelo está harto y se le nota.

Si digo infamias es porque no se entiende el odio. A cualquiera puede no gustarle como boxeador este mexicano que en todas las listas de mejores boxeadores del momento hechas fuera de México aparece alrededor del número 5. Es decir, reconocido en el mundo y negado en casa.

Le ganó bien a Liam Smith en Arlington, en una pelea digna, e hizo un trabajo pulcro y eficaz.

¿Quién es este muchacho enigmático, serio como una estatua, impenetrable como un cadáver, boxeador esforzado con once años de carrera, con 48 peleas ganadas, capaz de meter 51 mil personas en el estadio cerrado más grande del mundo, que es el taquillero mayor de estos días y que no puede convencer del todo a sus propios paisanos?

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“El asesino del cabello del color del fuego”, dice de él el Daily Mail en Londres.

“Álvarez poderoso, preciso e inteligente”, titula el Daily Star en la capital inglesa.

“Canelo, el hombre más peligroso del boxeo”, sentencia el influyente The Guardian.

Lo pondera Los Ángeles Times.

Desde Nicaragua me dice Carlos Alfaro León, del Canal 4 de Managua: “Bien el Canelo, especialmente en la ofensiva, mejor que cuando peleó con Khan.”

En la misma Managua El Nuevo Diario publica: “A Smith podían haberle contado hasta mil.”

Desde Argentina me llega mensaje del especialista Celso Ludueña: “Me gustó mucho el Canelo.”

Le pido por mensaje a Daniel Alonso, de Lo Mejor del Boxeo en Panamá, que me diga en una línea, si vio al Canelo bien, regular o mal. Me responde: “Definitivamente, lo vi bien”.

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Le duele el alma al Canelo sabiendo que lo llaman fraudulento, mediocre y cobarde, porque, paradójicamente, ninguno de estos adjetivos provienen de aficionados o especialistas que no sean mexicanos.

Y por mexicanos –no todos, claro- está reducido a un azacán como si no fuera un campeón.

Al Canelo hay que compararlo con el Canelo. Mejor o peor que antes. Es demencial reclamarle que no tenga la precisión de Tommy Hearns, la velocidad de Sugar Ray Leonard o el boxeo eminente de Wilfredo Benítez.

Pensemos en esto: si Canelo hubiera vencido a Gennady Golovkin en su pelea anterior, esta pelea con Liam Smith no se cuestionaría. Sería una victoria notable de un campeón notable confirmando su valía ante un esforzado enemigo como el inglés que resistió, se sacrificó por el combate y peleó lo que pudo.

El problema consiste en dos supuestos que el público percibe: que evita a Golovkin y que pelea siempre con rivales físicamente más pequeños, o no elige al mejor adversario disponible.

Las dos son medias verdades. A Golovkin no lo evita. Quiere pelear con él. Pero como la pelea no se ha hecho esa cuenta pendiente con la gente no está saldada. Las peleas a veces se demoran o no se hacen nunca, y no es por miedo, sino por factores parásitos que interfieren en las negociaciones. El Ratón Macías no peleó nunca con el Toluco López aunque la pelea era obligada en los años cincuenta. Ricardo López y Chiquita González no lograron enfrentarse y Julio César Chávez y Macho Camacho se hizo seis años después de que empezó a planearse.

Lo de los rivales más pequeños es un hecho a la vista. De las últimas 27 peleas del Canelo sólo en una su rival pesó un poco más, el argentino Carlos Baldomir que por su veteranía no representaba ningún peligro.

A lo anterior hay que agregar que Saúl no ha pasado por una guerra, y no habrá nunca la consagración total para un boxeador que no haya estado en una guerra en el ring y haya salido vivo domeñando las dificultades que una guerra conlleva.

Mis argumentos quedan al escrutinio del lector, a algunos les gustarán y a otros no, dentro del marco de lo razonable, que es lo que importa. Es decir, desterremos la basura de todo lo que se le dice a Saúl: ‘tiene miedo’, ‘es un fraude’, ´no le ganó a nadie’, ‘nos da vergüenza’, ´le arreglan las peleas’, ‘tiene que cambiar de entrenaodres’, ‘lo infló Televisa y ahora TVAzteca’, ‘es del montón’, ‘un circo barato’. Esto no, no puede participar de un debate serio. La caterva de estúpidos que jode en redes sociales apesta.

En cualquier caso la presión de estos días para Saúl se manifiesta de todas las formas posibles. Si en algunos meses enfrenta a Golovkin –cosa que inexorablemente debe suceder- y pierde, será un deportista millonario y resentido porque sus detractores vociferarán que todo lo que habían señalado es verdad.

Sólo le queda ganar, y el desafío es monstruoso porque el GGG de estos días parece indestructible.

A Álvarez le han creado problemas los rivales hábiles y elusivos, con vastos recursos boxísticos, como Floyd Mayweather y Miguel Ángel Cotto. Cuando se trata de músculo contra músculo el de Guadalajara suele llevar ventaja, porque es de acero. Golovkin va a romper esta costumbre porque es de confrontación y con el mexicano van a protagonizar un choque de trenes.

Saúl ha mejorado relativamente su defensa en las peleas recientes. Bloquea, acompaña los golpes que se pueden acompañar para minimizarlos, desplaza los pies mientras se cubre con los brazos cerrados. Pero contra Liam Smith tuvo pasajes adversos al quedarse en las cuerdas. Mis compañeros de transmisión, Julio César Chávez y Marco Antonio Barrera, ponderaron –y yo mismo lo hice- cómo se quitaba golpes en las acometidas del inglés, pero como en televisión nunca hay tiempo para nada, no me fue posible precisar: se quitaba tres golpes, pero otros tres no se los quitaba.

Le fue bien porque Smith no es Gennady Golovkin. A esto francamente no le veo una solución porque enmendarlo requiere mucho trabajo, y la pelea con el kasajo no ha de estirarse tanto en el tiempo. Ese viaje a las cuerdas, si Saúl lo hace contra GGG, será un suicidio inevitable por torpeza cometida.

Se acusa a Canelo, en fin, de ser portador de un éxito grande conseguido con peleas chicas, y el murmullo incesante de los murmuradores lo ha convertido ya en el más controvertido de los 153 campeones mundiales que ha tenido el pugilismo mexicano.

Se lo acusa de disfrutar un éxito conseguido artificialmente.

Es injusto, porque para subirse cincuenta veces al ring, para ser campeón varias veces y cuanto hay, se requiere tener las agallas de un trapecista que trabaja sin red de protección, pero por aquello de que al público hay que darle lo que pide, el Canelo debería hacer algo a propósito.

¿Podemos ver otro Canelo? Eso es una quimera. A los 26 años, con 50 peleas, este es el mejor Canelo posible. Ya no mejorará en recursos boxísticos. Si le va bien podremos ver chispazos de algún recurso nuevo, que depende más del estilo del adversario de turno que de él. Y cambiará lo que cambia el paso del tiempo porque la gente y las cosas y el mundo cambian. Lo dijo Heráclito hace 2,500 años: “no volveremos a ver el mismo río…”

La pelea con Gennady Golovkin es posible, aunque de negociaciones ripiosas, porque por cada Pago por Ver que vende GGG el Canelo vende cuatro. Saúl tiene que ganar en proporción 80-20, a menos que sacrifique algo para facilitar los trámites de la pelea que es peligrosa pero que puede obsequiarle la gloria.

Se acerca la hora de enfrentarse a su destino. Ignorando el miedo antes y los lamentos después.

29 de enero de 2016

Lo que viene en el boxeo

El anuncio de Juan Manuel Márquez sobre hacer dos peleas antes del retiro sacudió favorablemente los ánimos del público de boxeo en México.

El próximo mes de mayo, fecha en la que podría estar regresando al ring, se cumplirán dos años desde su última pelea, cuando le ganó con facilidad a Mike Alvarado en Inglewood.

La escasez de figuras notables, la despedida de las que había y se van, hace especialmente traumático para nuestro boxeo el cercano adiós de Márquez. No se esperaba tanto de él, cuando algunos creemos que es un boxeador mentalmente retirado y pensábamos que sólo planeaba una despedida sin grandes sacrificios. Pero habla de pelear con Miguel Ángel Cotto, y eso sí sería regresar en serio al ring.

Es admirable en Juan Manuel su buena disposición al entrenamiento y al rigor que significan meses de sufrir para estar a punto cuando llega una pelea, como acostumbra. Él es un hombre rico, que si sabe administrar lo ganado tiene su vida asegurada, y es muy cansado levantarse a correr a las 3 y media de la madrugada cuando no se tiene ninguna necesidad de hacerlo.

Si pelea lo hará dignamente, porque no conoce otra cosa. Se prepara para una guerra cada vez que ha de subir al ring.

Manny Pacquio se despedirá en abril, para ser un ex boxeador y programarse una vida nueva. Con sorpresa noto que unos cuantos aficionados se inconforman con la tercera pelea que el filipino sostendrá con Timothy Bradley. Esto sucede siempre en el boxeo, y me pregunto por qué en el tenis cada quince días se enfrentan una y otra vez los mismos competidores y los espectadores del mundo renuevan el interés. Están por dirimir la final de Australia Novak Djokovic y Andy Murray, y el planeta entero está pendiente, sin importar que ya se enfrentaron 25 veces.

Pacquiao podría haber ofrecido menos. Es cierto que en las dos peleas anteriores Manny ganó unos 8 o 9 rounds en cada una, pero el tiempo pasa más rápido para el más viejo, y esto agrega esperanzas a Tim para el 9 de abril.

El Gallo Estrada debe pelear más seguido. Bueno sería que tuviera fecha para una nueva presentación, ya que 2015 pasó para él sin pena ni gloria con dos peleas chicas que no le aportaron ni brillo ni dinero. Es un prodigio de boxeador que queremos ver escalar hasta el cielo en los meses por venir.

El Canelo Álvarez vive el mejor momento de su carrera si pensamos en popularidad y en dólares, y lo aprovechará este año con dos peleas que le permitirán caminar tranquilo mientras espera un acontecimiento grande. Apueste usted a que no subirá a un ring a pelear con Gennady Golovkin este año. Esa pelea es segura para un poco más adelante.

Chon Zepeda y Oscar Valdez tienen que mostrar este año de qué son capaces, igual que el Alacrán Berchelt.

Carlos Cuadras y el Bandido Vargas están en condiciones de hacer que 2016 sea un gran año para ellos.

Una victoria de Gilberto Ramírez sobre Arthur Abraham sería casi un milagro, pero los milagros se dan de vez en vez. Deseo equivocarme; la oportunidad que tiene adelante el zurdo de Mazatlán la veo difícil para convertirla en victoria.

En este apretado panorama están muchas de las esperanzas del boxeo mexicano para lo que se avecina. Que les vaya bien a nuestros peleadores. El esfuerzo, la aspiración genuina por ser mejores, la búsqueda de un horizonte cada vez más lejano y no por lejano imposible, deben estar acompañados por los mejores augurios.

La suerte es el promedio exacto entre lo que buscamos y lo que encontramos en la vida.

7 de noviembre de 2015

Carlos Monzón, a 45 años del título

Hace 45 años el mejor de los boxeadores argentinos se convertía en campeón del mundo. Carlos Monzón hacía añicos los pronósticos noqueando en Roma al ídolo local Nino Benvenuti. Iniciaba el camino a la leyenda.

Para mí Monzón es el cuarto mediano de la historia, detrás de Harry Greb, Ray Robinson y Mickey Walker. Para el historiador mexicano Víctor Cota es el séptimo, siguiendo a Robinson, Leonard, Greb, Walker, Ketchel y Cerdán.

Para el profesor Marty Mulcahey Carlos Monzón es el mejor peso mediano que se haya visto jamás, "con la derecha más inteligente de la historia del pugilismo". Ángelo Dundee me decía con frecuencia que su debilidad por Monzón la explicaba porque Monzón era un peleador completo, que tenía todo y todo lo hacía bien. Sin embargo Ángelo, el gran gurú del boxeo en los últimos mil años, decía "pero el mejor peso medio de todos los tiempos fue Charley Burley".

En cuanto a Burley, estoy de acuerdo con que fue algo especial (vean el lugar que ocupa en mi libro de historia del boxeo), pero sólo los que nos hemos metido hasta el fondo en los intersticios de la historia sabemos quién fue. Si cualquiera lo menciona en una mesa de amigos se le van a reír. El aficionado común piensa 'a ese wey no lo conozco pero Hagler era mejor'. Aquí lo insólito es que lo dijo Dundee, y por eso se los doy a conocer.

Con Bert Sugar Randolph nunca me puse de acuerdo del todo sobre los méritos de Monzón, aunque para mí Bert es el dios de los historiadores de boxeo.

Como pueden ver en materia de opiniones hay muchas, demasiadas.

En cualquier caso Carlos Monzón está contenido en el puñado de los mejores peleadores de latinoamérica: Roberto Durán, Julio César Chávez, Alexis Argüello, Rubén Olivares, Wilfredo Gómez y Pascual Pérez lo acompañan. Hay otros inmortales, pero de este nivel de elegidos del cielo, sólo los mencionados.

Monzón fue mi amigo y ahora, en este aniversario, no se me ocurre nada novedoso para decir sobre él. Todo parece dicho. Diré que nunca conocí a un deportista con tanta aversión a la derrota. No hubo otro capaz de sobreponerse así a la adversidad. Capaz de resistir tanto para no perder, a nada, que hoy me pregunto cómo es que no volvió de la muerte.

24 de octubre de 2015

Golovkin buenísimo, pero no vende

Hay boxeadores como Gennady Golovkin. Hay vinos, hay ropa, hay películas, hay cantantes y hay personas de calidad indiscutible que no enamoran ni seducen a grandes colectivos.

El kazajo Gennady Golovkin le ganó hace pocos días a David Lemieux y vendió 150 mil pagos por ver. El Canelo vende un millón, Manny Pacquiao vende dos millones y Floyd Mayweather vendía tres millones o más.

Lo de Golovkin me recuerda lo de Larry Holmes, nunca apreciado en su tiempo, ni después, a pesar de su calidad y de la presunción de invencible que lo distinguía. Holmes, como Golovkin, era agresivo, de modo que ni siquiera entran en el departamento de los que pelean sin mucha acción como los Miguel Canto, los Nicolino Locche, o los Hilario Zapata.

La calidad y la seducción van por caminos separados. Acorralado por su edad, 33 años, Golovkin no tiene una década por delante. Quizá tenga 2 o 3 años para hacer fama y dinero, que suelen ser los objetivos principales de quienes están en este oficio. En México la pelea González-Viloria fue vista por un auditorio más numeroso que la GGG - Lemieux. Que no me digan que el triple G vende poco porque no es gringo, porque el Chocolate tampoco lo es, y si éste llama la atención por una segura pronta pelea con el Gallo Estrada, el kazajastano también la llama porque podría vérselas con el Canelo.

El futuro del gran peso medio (campeón o no campeón no importa, porque el reparto de títulos en esta época es infame) se constriñe a cotejar con el ganador de Cotto - Canelo, y no mucho más. Nada sólido, nada planetario y loco. No hay una pelea que se espere como en aquellos tiempos se esperó Chávez - Macho Camacho o, más cerca, el fiasco Mayweather - Pacquiao.

"No siempre el número 1 es el mejor", titula hoy mismo en La Nación de Buenos Aires el gran Osvaldo Príncipi hablando de este tema, y cuestionándose, como yo, la inexplicable levedad de Gennady Golovkin en el estrellato. Tiene razón Osvaldo, el número uno, el campeonato, el título, es una búsqueda. El mejor en cualquier actividad puede no ser el circunstancial número 1. Por eso la importancia que tenían las clasificaciones, los famosos rankings, en el boxeo, hace años, cuando la búsqueda y hallazgo del mejor era una labor de inteligencia inclaudicable. De buenas clasificaciones, e ineludibles, salió por ejemplo Julio César Chávez.

Eso ya no existe, claro, porque las limitaciones de los dirigentes de los sacrosantos organismos es proverbial, porque los boxeadores grandes deciden ellos con quién pelear, sin hacer caso a las clasificaciones, y porque para algún pinche organismo que ya ni quiero recordar ahora hay 'supercampeones' con lo que le pusieron un superlativo al superlativo para estafar.

El futuro de Gennady Golovkin dirá si logra romper la inercia y confirma su calidad convenciendo a las multitudes. Parece que lo merece, atendiendo a sus logros. Hoy, todavía, su escasa popularidad está en deuda con su calidad.

Triste pero real. Como que un periódico vende más con una cabeza dedicada al Chapo Guzmán que a un estudio minucioso de la poesía de Alfonso Reyes.

22 de octubre de 2015

Pesos, catchweaight y el Canelo

El Canelo Álvarez declaró que una eventual pelea suya con Gennady Golvokin será en un peso pactado de 155 libras (70,306 kilos), o no será. Explicó que su constitución física no le permite pelear más arriba sin dar ventajas.

Lo anterior causa ahora un tremendo revuelo en las redes sociales, un poco porque no todos entienden cómo funcionan los 'catchweight', que se han puesto de moda, y otro poco porque muchos dicen que el Canelo primero debe ganarle a Miguel Ángel Cotto y después pensar en Golovkin.

Los púgiles actuales son muy celosos del gramaje que deben dar y exigir en las peleas, y tal vez tengan razón porque el asunto peso es fundamental para decidir los resultados de las peleas, y en la élite del boxeo los resultados favorables o no se juegan millones de dólares.

Nadie recuerda que hubo otros tiempos y otros hombres del ring, y que Stanley Ketchel le dio 17 kilos de ventaja a Jack Johnson (Stanley era peso medio) y no halló obstáculo para depositar en la lona al gigante de Galveston. Después Johnson se levantó y le arrancó la dentadura, pero esa es otra historia.

El público cuestiona por qué Canelo y Golovkin pelearían en 155 si el límite es 160, ignorando que no hay que pelear en el límite sino dentro de la división, y que 155 es peso medio.

Los pesos pactados son sólo una herramienta del boxeo y no interfieren con las parcelas reglamentarias que dividen los pesos establecidos. Corre por cuenta de los interesados pelear en tal o cual marca siempre y cuando no se excedan de lo permitido. Yo no les puedo responder a los muchos que me preguntan si GGG puede dar 155, o si lo perjudica hacerlo, porque no estoy cerca de su preparación, ni soy su médico, ni su entrenador.

No habría objeciones reglamentarias para lo que pide el rojo boxeador de Guadalajara, pero se trataría de un 'catchweight', es decir un peso pactado, que ya queda a lo que resuelvan las negociaciones entre las partes. El kazajo Golovkin jamás ha registrado menos de 158 libras.

Las noticias que recibió GGG tras su reciente pelea con David Lemieux fueron especialmente malas, si de pensar en una futura pelea con Álvarez se trata, porque éste es el mayor vendedor del boxeo y él no vendió casi nada. A la hora de sentarse a negociar el fuerte para exigir será el mexicano.

13 de octubre de 2015

Gennady Golovkin entre los pesos medio

Gennady Golovkin es hoy una sólida promesa de boxeador histórico entre los pesos medio, una categoría insigne en el boxeo profesional. Marvin Hagler y Bernard Hopkins han quedado atrás y la división reclama un nuevo héroe.

Golovkin tiene 33 años y no es todavía ni Hagler ni Hopkins, pero podría llegar a ser sobresaliente si no se desvanece en el camino. El sábado enfrentará a David Lemieux, un canadiense interesante pero no muy convincente, y todo parece indicar que si gana lo que sigue para él es apuntar al ganador de Cotto-Canelo.

El zurdo Hagler sigue siendo un gran punto de referencia para la gente cuando se trata de hablar de los medianos, aunque lo es por cuestión generacional. El gran público no recuerda con facilidad a Harry Greb (que fue el mejor), a Robinson, a Mickey Walker o a Tony Zale. Marvin Hagler no entra entre los mejores diez pesos medios de la historia, ni siquiera admitiendo que fue fenomenal, no por limitación alguna sino por la inmensa gloria que habitó esta división.

Delante y detrás de Hagler hay inmortales si hacemos una lista de los mejores 160 libras. En mi opinión él aventaja a Jake LaMotta, a Gene Fullmer, a Joey Giardello, a Tommy Ryan, a Tiger Flowers, a Jack Dempsey y a Bob Fitzsimmons, y queda rezagado contra Carlos Monzón, Stanley Ketchel, Marcel Cerdán, Rocky Graziano, Carmen Basilio, Freddie Steele y los que nombré en el párrafo anterior.

Pero el pasado es pasado, y el mundo gira. Vendrán nuevas figuras, porque vienen siempre. No sabemos con precisión cuál es el techo de Gennady Golovkin, que un día le ganó a Martín Murray y otro día venció al Veneno Rubio. Los parámetros no son rigurosos y por eso lo seguimos observando.

Es imprescindible ver su pelea del sábado y volver a ajustar el juicio que nos merece. Sobre todo porque si después, en unos meses, va en peleas mayores, el mundo se hará un solo observador planetario para decidir si Gennady es otro inmortal del cuadrilátero. Y si lo es, bienvenido sea.

24 de julio de 2015

Andrés Guardado y el dilema moral

Que en las opiniones de la gente haya dudas sobre lo que Andrés Guardado debió hacer con el penal de ficción contra Panamá, es una radiografía del mundo en que vivimos y de la degradación moral y falta de valores de las mayorías.

Guardado y el equipo mexicano ignoraron la oportunidad de rechazar el obsceno regalo recibido, de hacer justicia, de echar el balón afuera de la portería, y de pasar a la historia con una lección inigualable de decoro. Eligieron un triunfo sin gloria que sólo aporta bochorno y desventura a un equipo que hace ya tiempo no encuentra el rumbo.

¿Qué es el deporte y para qué se compite? Si sólo importa ganar lo que sigue es preguntarnos cuál es el límite de la desvergüenza por el éxito: ¿es aceptable un infiltrado que envenene los alimentos de los contrarios? ¿qué tan inmoral sería secuestrar a la hija del portero enemigo para que se deje hacer algunos goles?

He leído y he escuchado en esta hora cansina de tristeza futbolera los "me vale madres", los "que se chinguen", los "hemos estado del otro lado muchas veces", y los "así es el futbol", de comentaristas y aficionados. Comprendo que las pasiones se alimentan del fulgurante resplandor de una llama, del estallido más que de la reflexión, y que la mayoría de los hombres no nacen con la grandeza --ni la aprenden-- que se necesita para renunciar a la caricia de la victoria, pero pienso con pesadumbre que a personas así no las quiero cerca, o de socios, o de amigos, porque si por una victoria sacrifican la decencia, eso es exactamente lo que van a hacer conmigo tan pronto como yo sea el obstáculo para sus pinchurrientos objetivos.

El discurso que los identifica dice muchas cosas. Dice por ejemplo que si el cajero del banco les entrega un billete de más, ellos no lo devuelven. Y así en esa cadena sin final nos vamos estafando todos. Hoy estafo yo, mañana estafa el otro, y al día siguiente estafa el de al lado.

Millones se apasionan con el futbol, y millones lo ven jugar, ya lo sabemos, pero no todos se dan cuenta de que esos individuos, los que acabo de señalar, elementales, burlones, ganadores fuleros, impenetrables a razonamientos que abonen a una convivencia civilizada, no son una entelequia en las tribunas, son el policía de la esquina, el burócrata que decide nuestro trámite, la enfermera que nos cuida, el maestro de nuestros hijos y el mecánico del carro. Es fácil adivinar que la misma actitud egoísta anidará en ellos cuando nos los encontremos en la vida, y al vernos, en un silencio perverso y vil se dirán "me vales madres" o "conmigo te chingas".

En el boxeo, que es lo mío, las cosas no andan mejor, y es de lo que hablo cada día. Me rebelé con pasión juvenil cuando Mike Tyson mutiló a Evander Holyfield y busqué espacios donde opinar que aquél no debía volver a boxear, y me sentí un estúpido perdido cuando fue el propio Holyfield el que dos días después pidió otra pelea con el criminal que había sido capaz de cercenarle una oreja. A Mike Tyson el mundo del boxeo, casi sin excepciones, lo protegió, y Evander también, porque ¿qué vale una oreja que no se pueda sacrificar por un dinero?

Desde ese tiempo infame, cuando Tyson era el mochaorejas y el negocio fue incapaz de castigarlo, el boxeo no ha mejorado, ha empeorado, con decisiones espantosas, títulos en exceso y peleas millonarias insoportables por malas.

Una competencia, de lo que sea, debe preservar lo elemental, que es el juego limpio. De otro modo no tiene sentido. El ganar irracionalmente, la manía del hombre inferior que lo impele a "romper madres", debería estar confinado al territorio de las guerras, donde no perece ni pierde necesariamente el que está equivocado.

Esta victoria del futbol mexicano no significa nada, pero echar la pelota afuera, que era también echar a México afuera de la final, nos hubiera dado otra clase de victoria, valiosa y buena, generosa y mejor, irreemplazable: la de la honorabilidad y la decencia, y tal vez el ejemplo brutal de mágico pudor, exhibido a un mundo de tantas maneras pestilente, esa forma contundente de decir que todavía vale la pena vivir por ideales, habría sido aplaudido por millones de personas de aquí a la eternidad.

Pero a nadie le importa nada, y a nadie le importa nadie. Olvidan que las mejores sociedades de la historia fueron las que descansaron sobre los pilares de la solidaridad y el bien común.

Ganamos el partido, perdimos la ocasión.

¿Cómo no lo vio Andrés Guardado? Era la inmortalidad.

Para hacer lo que hicieron no se necesitaba nada, sólo ser hombres comunes, con aspiraciones silvestres y deseos mundanos. Para echar la pelota afuera se necesitaba una portería más chica o un alma más grande.


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