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7 de noviembre de 2021

Canelo cada vez mejor

Hace tiempo había un Canelo.

Ahora Canelo es varios individuos en un mismo envase. Es el boxeador, pero es también el personaje de la vida mundana en que se ha convertido. Un vendedor de imágenes a lo bestia, un revienta-taquillas, el hacedor de controversias operando en el vórtice del torbellino, el motivo de polémicas que no cesan, el destinado a ser mejor o peor que otro en infinitas comparaciones.

Tiene un don, cumple con sus promesas, sin procrastinar.

Éramos miles los escépticos años atrás cuando Canelo comenzó a revelar sus objetivos, ser el mejor de México, ser el mejor del mundo, ser un grande en la historia apoteósica del boxeo. El tiempo, ese intangible fullero que tiene la costumbre de poner las cosas en su lugar, ha pasado, y revela que, uno a uno, con paciencia de eremita, Álvarez sigue pateando obstáculos y caminando.

Hoy nadie afirmaría que este Canelo es el mismo que peleó con Floyd, ni diría que sabe por qué se hizo aquella batalla a destiempo.

Canelo ha mudado de piel muchas veces tras aquel insuceso.

Un día antes de su primera pelea con Gennady Golovkin alguien me preguntó qué podíamos esperar de Canelo, y respondí: “lo que conocemos de él, a esta altura ya nadie exhibe cosas nuevas”. Canelo tenía 27 años y 51 peleas.
 
Se dan cuenta que los observadores a veces tenemos que subrayar nuestros errores, para reforzar el mensaje. La capacidad de mejorar, en el caso de Saúl.

Esa primera pelea con GGG fue la que más me gustó de Canelo. Hizo cosas sorprendentes, con una cintura activa y movimientos de traslación de estreno. Un trabajo remanso de belleza en el ring, y una actitud de “mucho macho” que lo hizo recostarse demasiado en las cuerdas, enconcharse y recibir golpes en los antebrazos, un poquito en cada round. Hubo público que se confundió, creyó que a Saúl lo estaban tundiendo.

Cuando me dicen que muchos no lo vieron ganar, respondo que todas las grandes peleas que se van a la decisión, crean división de opiniones.

Según los ‘haters’ de Canelo, él nunca había peleado con nadie, y con Golovkin, más allá de cualquier duda razonable, lo iban a matar.

Después de Golovkin vino una serie de peleas más o menos controversiales para Saúl. La de Yildirin, un cuadrapléjico que llegó de Turquía, habría que borrarla de su récord. Me arrepiento de haberle reclamado que la aceptara, quizá porque tardé en advertir cuánto se la impusieron.
 
Hasta que llegó la pelea con Caleb Plant. El boxeo es imprevisible, y es al mismo tiempo exótico. ¿Un hombre de 21 peleas podía crearle problemas a Saúl? ¿Era Plant más que Kovalev, Smith o Saunders?

Me costaría explicarle a alguien que no vio la pelea, que Caleb Plant, un libra por libra menos boxeador que Canelo, le hizo una pelea pareja a Saúl, mientras hubo pelea, con un jab eficiente y piernas en constante traslación para dificultarle el blanco al mexicano.

La pelea fue de buenos intercambios y le dio al público un poco del Canelo aguerrido y rabioso que querían ver.

Canelo es pueril cuando se trata de coleccionar títulos y cinturones. Sonríe y acaricia como un niño las fajas que casi no puede cargar. Está bien, cada cual colecciona lo que quiere. Aun en esta época cuando es una obscenidad la exhibición de tantos títulos y cinturones.

Canelo no se parece a nadie. Ningún peleador ha tenido con su mundo exterior una relación como la que él tiene con la gente.

Es austero, parco, necesario. Crea empresas, se codea con millonarios, promete futuros nuevos, se viste de marcas, mejora su inglés cada día, toca la guitarra en privado, colecciona automóviles que los individuos normales sólo vemos en cine, juega al golf, vuela en avión privado y no toca a Julio César Chávez, eludiendo una polémica en la no sería favorecido.
 
Falta decir de él que es la columna que sostiene al boxeo, el que genera ríos de dinero, el que protagoniza todas las conversaciones si son de boxeo.

Es especialista en peleas de diseñador, a las guerras le sabe poco.

Con Eddy Reynoso hacen una buena mancuerna, histórica.

No están ya ni Pacquiao, ni Floyd, ni Márquez. Está Canelo, y el boxeo necesita una gran figura para vivir, una superestrella para no morir.

Para los mexicanos, cada vez más, venciendo resistencias, es el paradigma dueño sempiterno del canto popular que grita en las gradas “sí, se puede”, “sí, se puede”, sí, se puede.”

22 de agosto de 2021

Fecha de caducidad: 21 de agosto 2021

Pacquiao vs Ugás
Llega a traición, como la muerte, el día fatal.

Más vale nunca que tarde, Manny.

Dan ganas de llorar.

¿Manny Pacquiao perdiendo con Yordenis Ugás? Pocos se atrevieron a presagiar semejante desatino. Ugás era un desconocido, antes de reemplazar a Errol Spence , uno de esos campeones tibios de estos tiempos, de esos que no conoce la gente.

Ali se acabó a los 35, igual que Ray Robinson, Henry Armstrong a los 31, Chávez a los 33, Olivares a los 31, Dempsey a los 28, Durán a los 37,Sugar Ray Leonard a los 33, Carlos Zárate a los 29. A Pacquiao la jubilación le llega a los 42. No está mal.

Le pasó lo que a casi todos. A los del ring y a los que estamos debajo. Nadie quiere apearse de la vida, cancelar los brazos en alto, abandonar los sueños, silenciar el amor de las multitudes, oír que te repitan que eres lo que sigue de Dios.

Dejar de ser es dejar de servir. Y dejar de servir es empezar a sentirse solo, cada día más solo, cada día menos vida pendiente. Hace 30 años Sugar Ray Leonard volvió al ring a perder con Terry Norris. Su ego no soportó que la figura de Julio César Chávez creciera y ocupara las marquesinas que antes le pertenecían.

En el ring del T Mobile estuvo ayer el Pacquiao-hombre, pero no estuvo el Pacquiao-boxeador. Tal vez el tren partió con Manny irresoluto en el andén.

A nadie se le puede pedir que entregue lo que no tiene, a los boxeadores sólo se les exige que den en el ring todo su inventario, con el alma, en cada movimiento. Lo perdido está perdido.

Dos piernas desvaídas transportaron imprecisas al guerrero de otrora. Un buen primer round, un poco de esperanza. Pero pronto comprendió que la tarea sería formidable, mayor de lo que había calculado.

¡Menos mal que vino Ugás, que no vino Spence!

¡Carajo! ¿Por qué no nos dimos cuenta?

Hace cuatro días hablé con Quinito Henson, ese gran periodista de la televisión filipina, y me preguntó “Eduardo, ¿cómo ves la pelea?” Y le respondí “Ugás es respetable y digno, puede crear problemas, pero no sabe lo que es pelear con un Pacquiao, que no se va a parar como otros rivales.”

Para no pararse Pacquiao necesitaba piernas vigorosas, que no tuvo.

La producción del cubano (campeón mundial #16 que da la isla) fue calculada y ejecutada siguiendo el manual del buen boxeador. La de Manny fue modesta si recordamos sus grandes noches.

En el quinto round de la pelea dije en la transmisión que Ugás era digno y respetable con independencia del resultado que tuviera la pelea. Ugás fue un hombre haciendo lo que tenía que hacer, y a veces los hombres boxeadores tienen que hacer cosas crueles. Le pasó a Marciano retirando a Joe Louis, le pasó a Oscar de la Hoya derrotando a Julio César Chávez.

Es posible que no volvamos a ver a Manny Pacquiao en un ring de boxeo. Se desaconseja consumir productos que sobrepasaron la fecha de caducidad.

Me parece haber visto un Pacquiao triste, abatido, antes y durante la pelea, cierta laxitud, menos sonrisas. Eso inasible que presagia borrascas.

Se está yendo el boxeador más deslumbrante de dos décadas. Él es más que Mayweather. Conquistó el mundo si ser estadounidense. Ganó mucho y perdió poco, respetando a ultranza las leyes del boxeo.

Es vital, Pacquio. No comprará pantuflas para ponerse a mirar la tele.

Seguramente lo veremos en la lucha política que es también lo suyo.

Enfrentado ahora gravemente con el tirano de su país, el impresentable Rodrigo Duterte al que acusó de corrupción y que promete destruirlo.

El periódico Inquirer, de Manila, dice ahora “Sigue siendo el campeón del pueblo.” El PhilStar titula: “Pacquiao es de otro tiempo, la edad lo alcanzó.”

Si es el final, si es todo, que te vaya bien, Manny Pacquiao. Eres un tipo bueno. Muchas gracias por todo.

18 de julio de 2021

Apunte sobre los malos fallos. Un día después del Castaño vs Charlo

Brian Castaño boxeo
Robaron a Brian Castaño. Argentina y los buenos aficionados al boxeo lloran la infamia.

Duele. Indigna.

Hace diez años digo que el peor cáncer del boxeo son los malos fallos. Poco se ha hecho y se hace para atacar la enfermedad.

Peor que a Brian Castaño en San Antonio le fue al Archi Solís en Argentina, en las dos peleas vs. Luis Lazarte en Mar del Plata, cuando la promoción fue del Sindicato de Camioneros de un señor Moyano, apoyada por un coro de concertistas de bombo que golpearon a los mexicanos y los obligaron a hacer trinchera abajo del ring en un insuceso imborrable de los peores registros de nuestro deporte.

Descargo de cualquier señalamiento a Luis Lazarte, el correcto peleador marplatense, que aun corriendo riesgos personales abrazó a Solís para protegerlo.

Es cierto que esto pasa poco en Argentina, del mismo modo que pasa poco ver estos fallos en San Antonio.

Los malos fallos son miserables cuando nos perjudican pero también cuando nos benefician.

Muchos recuerdan cuando fui declarado persona no grata en el boxeo del estado de Texas (me sentí honrado, claro) por defender a un chico mexicano que había ganado todos los rounds de su pelea en Dallas y se la dieron perdida.

En México debemos andar mejor, estará pensando usted.

Está en un error. Los fallos que en los años recientes han dado en Chiapas y en Tijuana, en muchos casos son oprobio.

En Tuxtla Gutiérrez en 2016 le dieron una decisión imposible al Pollo López, una sucia canallada de la que fue víctima Toño Morán.

En Tijuana en 2018, la primera pelea de Joel Córdova con Briegel Quirino, que terminó en empate oficial, fue un desfalco que ameritaba llamar a la policía.

No puedo comprender la absoluta indiferencia de las mayorías frente al comportamiento de un bellaco con etiqueta de juez que impunemente arruina vidas de boxeadores, dando decisiones repugnantes por quién sabe qué motivaciones.

Era 1887 cuando a Patsy Cardiff le robaron la victoria que merecía en su pelea vs. John L. Sullivan en Mineápolis.

Han pasado 134 años. No hemos aprendido nada.

29 de noviembre de 2020

Mike Tyson modelo 2020

mike tyson vs roy jones
Podía pasar cualquier cosa y pasó lo mejor que podía pasar.

La versión urbana y presentable de Mike Tyson, la más alejada del energúmeno de otros días, cumplió su compromiso asumiendo la exhibición con seriedad. Hizo para nosotros, los espectadores, lo que más le cuesta en la vida, portarse bien. 

No habrá desencantados. Si alguien esperaba más, tendríamos que preguntarle qué diablos esperaba.
Roy Jones ayudó a ver a Tyson como un hombre bueno, al ser el antihéroe de la noche. Poco preparado, prematuramente fatigado y exhibiendo pliegues de grasa abdominal que insinúan al exboxeador que pronto será, con una figura decadente y cansada.

Lo rescatable del show en el Staples Center fue la posibilidad de ver a Tyson en acción, especialmente para los jóvenes que de él oyeron mucho y vieron poco.

A mi me hubiera gustado decir que vi en vivo a Rocky Marciano o a Marcel Cerdán, pero no alcancé.
Hace 30 años vino a bailar a México ese coloso de la danza llamado Rudolph Nureyev.
Cuando expresé mis planes de ir a verlo algunas personas intentaron desalentarme.

“-Ya está viejo… ya se fueron sus mejores días.”

Mantuve mi interés y fui a ver al ruso, yo que de danza no sé nada, y no me arrepiento, lo estoy contando tres décadas después. Siempre es un privilegio estar o ver a alguien que es el mejor en lo que hace.

Mike Tyson ganó multimillones en su vida de boxeador, y gastó lo que ganó y algo más. Cuando salió de la cárcel y estaba libre para contratarse, se lo disputaban media docena de promotores. Las labores de seducción fueron interminables, porque Mike no tomaba una decisión. Un día de esos, de angustia prolongada, de zozobra infinita, de ver quién era capaz de ofrecer más y mejor para convencerlo, Don King preguntó a un asistente: “¿cuánto pesa un millón de dólares?”

- 25 libras (11 kilos), se averiguó y le dijeron.

“ –Está bien, puedo con el peso. Pongan en tres sacos un millón en cada uno… y vamos..."

King visitó a Tyson y desparramó en el piso los tres millones… treinta mil billetes de 100… “es un regalo que te traigo, el dinero es tuyo, firmes o no firmes conmigo.”

Así King, al modo de Don King, se quedó con Mike Tyson que tenía un pasado ahíto de historias y dos puños que hacían aparecer dinero como el mejor mago de la chistera. 

Ese Mike Tyson, por esos días riquísimo, dueño de cada día una historia, de historias buenas e historias malas, peleó mucho y un día se retiró del boxeo, pero no se fue del mundo ni se fue de la vida.

Estaba acostumbrado, eso sí, a todos los excesos. Era lo único que conocía, porque las tristezas de los años viejos, ya estaban olvidadas.

Tyson continuó tomando decisiones. Se hizo actor, se dedicó a visitar teatros aledaños o lejanos contando su vida tenebrosa, y estableció en California una industrializadora de marihuana.

Y en eso de vivir, andar, sufrir, un día pensó en volver al boxeo, o en un acercamiento de senectud a la actividad que lo hizo rico y famoso.

El día fue ayer. 

Muchos años antes Mike había escogido su vida de boxeador, el oficio de la violencia, porque pensó, tal vez, que no había un modo más persuasivo de abrirse paso en la vida que no apiadarse de nadie.

Pocos dudan de que Mike Tyson continúa buscándose en un mundo demasiado grande para él, tan elemental, y no se encuentra. Ya se sabe, otros conversan con psicólogos, pero eso no es para los hombres duros de esta dureza, inexorable y fatal.

En estos días desbordados por el nombre de Maradona, pienso en lo que los pueblos hacen con los ídolos del deporte, con sus gestos exuberantes y grotescos, con sus dichos sin brújula. 

Acaso porque los hacen genios y saben que la genialidad se casa siempre con la locura.
Nadie da más felicidad colectiva a las masas olvidadas.

La exhibición de Tyson fue un movimiento de ajedrez, de alguien que instintivamente desea seguir viviendo. 
Será de interés saber qué dice a continuación, si esto fue todo o le quedan ganas de seguir.

Dice el gran Lelouch, en su película Mariage, “los mejores años de la vida son los que aún no vivimos.”

25 de febrero de 2020

El peso completo hoy

De vez en vez el presidente en turno de los Estados Unidos roza el boxeo con una declaración, una acción, o un hecho que lo acerca.

Lo peculiar en el caso de Donald Trump es que él fue promotor de grandes peleas. Varias veces lo saludé al borde del ring del Trump Plaza Hotel, en Atlantic City, a metros del imponente Boardwalk; y en 1988 cuando Mike Tyson ejecutó a Michael Spinks y lo retiró del boxeo, con el Dr. Elías Ghanem, con quien estábamos representando al CMB, conversamos algunos minutos con él.

Viene a cuento porque ayer Trump comentó que disfrutó la pelea de Fury con Wilder y los invitó a los dos a la Casa Blanca.

En mayo de 2018 este presidente concedió un perdón histórico a Jack Johnson, que fue una especie de Muhammad Ali cincuenta años antes de Ali, y que por eso de romper las reglas y provocar al sistema a cada paso fue encarcelado, perseguido y estigmatizado en su tiempo.

Donald Trump no fue el único presidente que se pronunció sobre el boxeo.

El 4 de julio de 1910, día de Independencia, Jack Johnson y James J Jeffries pelearon en Reno ante 16,528 espectadores en uno de los asuntos boxísticos más grandes de la época y de todas las épocas. El promotor Tex Rickard invitó por telegrama público al presidente en funciones, William Howard Taft, para que actuara como réferi del combate. Taft declinó la invitación pero en agradecimiento envió a uno de sus hijos a hacerse presente en su representación.

Años más tarde, es bueno recordarlo por lo que vale la anécdota, el presidente Dwight Eisenhower invitó a Rocky Marciano a una cena de gala en la Casa Blanca. En algún momento de la velada, inesperadamente, el gobernante pidió al campeón dirigir unas palabras a la concurrencia. Abrumado por la sorpresa, Rocky, que era un magnífico muchacho, más querible que un santo, dijo: “Como para mi hablar en público es muy difícil, me disculpo, pero puedo ofrecerles hacer un round con cualquiera de los presentes.”

Joe Frazier nos dijo una noche, en una cena, a varios amigos en Nueva York: “Un día llamé a la Casa Blanca porque quería saludar al presidente Nixon, me dijeron ‘véngase ahora’. Yo sabía que abrir esa puerta, la más grande de mi país, no era cosa mía, de Joe, era lo que consigue un campeón mundial de peso completo.”

Miles de historias se han tejido alrededor del boxeo y del peso máximo. El sábado Tyson Fury y Deontay Wilder pusieron una bisagra a la historia de este deporte. No se esperaba tanto. Las peleas nunca entregan justo lo prometido. A veces dan más, a veces dan menos.

El bárbaro alboroto causado por lo del sábado en el escenario inmarcesible del MGM, tiene que ver mucho con lo que semejante batalla aporta al negocio y a la competencia del boxeo.

Dos décadas una duermevela insoportable había mantenido a los pesos pesados fuera de los reflectores. Desde los adioses de Larry Holmes, de Mike Tyson y de Lennox Lewis –agreguen a Holyfield si quieren- la división fue cubierta por un imaginario y lúgubre rebozo gris. En ese hueco se divisó a los hermanos Klitschko, que jugaron con eficacia pero sin calidad. Segunda división.

Tyson Fury es un coloso y un orate. Al menos es lo que deja ver la caótica historia que presume, o actúa.Tal repercusión ha tenido su triunfo que el boxeo lo necesita. Por habilidades y por carisma. Porque no se parece a nadie.

Es pueril contar cuántos títulos ha ganado. Seis o uno, da igual. Que Fury gane este título o aquel es un asunto exclusivamente comercial, no una meta para la gloria deportiva. Campeón de la AMB o de la IBF, o franquicia, o lineal, ¿a quién le importa, si hoy los títulos son basura? Es el campeón, eso es todo.

Lo que debemos preguntarnos es si Fury tiene algo de valor para meterse a la historia de los Heavy. Lo visto sugiere que le hubiera dado batalla a cualquiera, aunque ganarles es otra cosa. No les hubiera ganado ni a Holmes, ni a Lennox, pero los hubiera puesto a sufrir.

¿A Tyson? ¿A Holyfield? ¿A Riddick Bowe? No lo sabemos, y a Fury hay que dejarlo andar, para que sepamos de qué es capaz.

La pelea del sábado estuvo más cerca del callejón que del conservatorio, pero entiendo que la estrategia fue colosal. Arruinó algo una estética más pretenciosa que podría haber tenido la pelea, pero le permitió caminar a la victoria con la seguridad de un equilibrista sobre el alambre.

Lo mismo hizo Durán para ganarle a Leonard, la única vez que pelearon.

Lo de arrojar la toalla para terminar la pelea es especial. No está permitido (o está “recomendado” no hacerlo, aunque no está escrito en las reglas), pero se hace, y cuando la toalla llega cualquier réferi detiene el combate. Con una excepción, peleaban Miguel Cotto y Yuri Foreman en 2010 en el Yankee Stadium. Cuando llegó la toalla para proteger a Foreman, saltaron al ring camarógrafos, asistentes, etc y en dos segundos había 30 personas arriba. La pelea había terminado. El réferi Arthur Mercante Jr no estuvo de acuerdo (“a mí nadie me para una pelea tirando una toalla”), le tomó casi diez minutos desalojar el ring, pero hizo seguir las acciones. Fue para la posteridad.

Fury-Wilder se erige como una redención del boxeo, no una resurrección. Para eso falta. Faltan peleadores y faltan peleas que regresen el estado de cosas a la propuesta primigenia: que el campeón mundial de peso completo sea el hombre más poderoso de la tierra.

2 de febrero de 2020

Los errores en la pelea Tadurán vs Cejitas

Para empezar, tenían que anotar el round 5 (regla 12-5-B del reglamento de la IBF) y no lo hicieron.

Si el reglamento estuviera bien redactado (que no lo está) tendría que decir que una pelea consta de 12 rounds SEPARADOS por un minuto de descanso. La palabra ‘separados’ tiene la finalidad de dejar claro que la pelea no puede terminar en el descanso, termina en el 4 o termina en el 5.

El 4 había terminado, y lo que vimos parece indicar, para mí claramente, que la decisión se tomó en el momento de iniciar el 5.

¿Cómo se califica un round que no tuvo acción? Se califica 10-10.

Me preguntan que por qué no lo dije en la transmisión de TV. Muy fácil: porque no sabíamos qué final tendría la pelea, ¿KOT o tarjetas por haberse agravado el corte?

DESDE QUE TERMINÓ LA PELEA hasta que supimos que habría tarjetas pasaron 4:57 interminables minutos durante los cuales nadie supo hacia dónde iba la decisión. PERO DESDE QUE SE PRODUJO EL CORTE a esos 4:57 minutos hay que agregarles unos 15 minutos más de absurda oscuridad, de misterio.

Hace 10, 15, 20 años digo que al boxeo le falta esa regla: la que cuando se produce un corte mande al réferi señalar de inmediato si fue cabezazo (que es una infracción) o encontronazo de cabezas (que es un accidente).

Para colmo de males debo decir que el corte, en mi opinión se produjo por un cabezazo, es decir por un foul. Tadurán no llevaba la cabeza más adelante porque se hubiera decapitado.
Fue alevoso. ¿Cómo defendería el filipino que su acción fue un accidente inevitable?

Las cabezas se rozaron, se pegaron, se estorbaron y todo el tiempo protagonizaron una guerra aparte.

¿Por qué sabemos que el réferi interpretó choque accidental? Porque si para él hubiese sido infracción y no accidente, debía descontar 2 puntos al infractor (regla 12-A-2 del reglamento) en el momento del corte antes de permitir la continuación de la pelea.

Digresión de mi parte es decir que la mañana del domingo leí algún comentario que hizo en redes José Antonio Hernández, el rincón de Cejitas Valladares, afirmando que el réferi debía descontar un punto a Tadurán cuando se produjo el corte. Permítame el querido Charro que lo corrija: eso es en el reglamento del CMB (1 punto), no en el de la IBF (es 2 puntos).

Otro día vamos a ver qué pasa cuando tras un estallido de cabezas el que sale lastimado es el cabeceador.

¿Qué procedía hacer diferente entonces? Ir a las tarjetas fue correcto bajo la premisa de un golpe accidental (lo decide el réferi y es sólo su criterio). Lo que está mal desde el principio de los tiempos es que cuando un boxeador se corta y aparece la primera gota de sangre el mundo se ponga de cabeza para todos, porque el estado de cosas se convierte en un secreto inexpugnable en lugar de que una seña simple del tercero en el ring nos diga ‘fue cabezazo’ o ‘fue choque accidental’.

Las peleas dividen opiniones. Para mi Tadurán ganó los cuatro rounds. No sólo los ganó sino que fue mucho más que el mexicano. Mi opinión en la transmisión fue también la de Julio César Chávez, Marco Antonio Barrera, Rodolfo Vargas y César Castro.

Duele que pierda el mexicano cuando el enemigo es de otra nacionalidad, pero no reconocer al visitante, traicionar lo que nos dicta nuestra conciencia, es de hombres francamente pequeños.

Votar por el local, por el favorito, por el famoso, por nuestro compatriota, si no lo merece, es abominable.

El fallo oficial en Monterrey, el empate con una tarjeta a favor de Valladares, me parece obsceno.

Las tres grandes tragedias de la humanidad han sido la peste, la hambruna y la guerra. Hay que agregar los fallos de los jueces del boxeo profesional.

8 de diciembre de 2019

Las culpas de Andy Ruiz

Ruiz vs Joshua
Los diez kilos de sobrepeso de Andy Ruiz son la explicación de todo lo sucedido. La amarga revelación de que Andy no entiende qué cosa es la relación de un hombre cabal con la vida.

Si le pregunto a cualquiera, a un niño, cuál es la fórmula para el éxito me va a responder ‘talento y sacrificio.’ El talento de Ruiz no es exagerado, tiene velocidad y valentía, que son virtudes aisladas, de modo que le quitas la capacidad de sacrificio y se convierte en poca cosa.

Poca cosa, lo que él fue en la derrota vergonzosa contra Anthony Joshua, ignorante de que millones estaban presenciando su fracaso, valemadrista de su condición de campeón del mundo del peso completo.

Un acto de irresponsabilidad insoportable.

Por eso dije en la transmisión que estaba enojado con lo que veía.

Mintió, mintió y volvió a mentir con el peso anunciado, la promesa estéril de que llegaría a la báscula en 117 kilos. Llegó en 128.

Se vale mentir por estrategia, para confundir al enemigo, para consolidar una preparación bien elaborada, pero qué va, con seguridad este no fue el caso.

Cuando transmitimos el pesaje en vivo, al conocer el registro de Andy nos quedamos petrificados, parecía evidente que se trataba de un error.

Pero no había error. Era un escándalo...

Quedaba una esperanza blandengue: ‘…si pega antes de que le peguen…’, pero estas gangas rara vez llegan en auxilio de un tipo desobligado con el esfuerzo.

Que Anthony Joshua desarrolló una estrategia correcta, no se discute. Pero el Andy ágil, peligroso, veloz, perspicaz y destructor de la primera pelea entrambos hubiera podido luchar por la victoria.

Este Andy de anoche no tuvo inventario ni para defender la dignidad del guerrero que debía ser y no fue.

El éxito lo embriagó. El desaguisado de vivir a contramano lo hemos visto en muchos. Nunca tuvieron nada y de pronto un título deportivo les impide ver la hora si no es en un reloj de 20,000 dólares.

Las personas sensatas que sufrieron carencias y de pronto la vida les da una fortuna, compran tranquilidad. Los imbéciles compran problemas.

Andy Ruiz reveló impunemente poco después de la pelea que la preparación fue una mentira, que estuvo tres meses de fiesta.Bárbaro. Se está suicidando.

Podría ir preso. ¿No es una estafa?

¿Y la responsabilidad?

¿Y el compromiso?

¿Y el ejemplo?

¿Y la bandera de la patria?

¿Y los millones que estaban viendo la prometida gran pelea?

Sólo horas antes le deseábamos ‘que le vaya bien’. Defendíamos que Andy campeón le hacía bien al boxeo, al deporte, a México. Que reivindicaba a los feos (su físico para la alta competencia) y a los gordos.
Por Dios. Llegó al ring cargando dos maletas, o lo que es lo mismo su escandalosa panza de luchador de sumo.

Por eso estoy enojado con Andy. Por lo que pudo haber sido y no fue. Porque si quería suicidarse podía hacerlo, pero no quemando la casa donde se llevaba a otras víctimas del fuego incomprensible.

Andy se llevó entre las piernas a los muchos que en él habían edificado una ilusión.

Una brutal demostración de egoísmo.

Vino, vio y perdió. En el ring, dos minutos después del indecoroso final, se reía.

Perder luchando no condena. Perder por haberse burlado de todos, sí.

6 de noviembre de 2019

El Canelo, ¿verdad o mentira?

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… así siguen pasando las peleas y el Canelo no consigue su guerra. Tal vez no la quiere, pero la necesita. Por eso de las críticas rabiosas que recibe.

El Canelo peleó otra vez en una sola velocidad, y lo monocorde aburre.

Hasta aquí lo que puedo criticar de Saúl.

Lo demás me parece una victoria valiosa producto de un gran esfuerzo sobre Sergey Kovalev y el cuarto título.

Sobre los gritos y las quejas, hoy bloqueé una docena de contactos en redes que me insultaron, aunque yo no haya peleado. No bloqueé a ninguno por estar en desacuerdo conmigo, sí por la miseria de la agresión. Quieren, algunos, que desollemos vivo al infiel, que digamos en la transmisión de televisión que todo es un fraude, hasta las luces que alumbran.

Busqué sin éxito un solo periodista –UNO SOLO- confiable, de esos que son aceptados y creíbles para la mayoría, que cuestionara a Canelo o a la pelea, y no lo encontré. Ni mexicano ni extranjero.

Mientras el puñado de odiadores de siempre, ahora redivivo, me exigía que yo denunciara la pelea arreglada, ponderaban a Canelo Lance Pugmire (ex Los Ángeles Times, diciendo que Eddy Reynoso debe ser el manager del año), Kevin Lole (de Yahoo, que tenía la pelea empatada), Dan Rafael (que dijo “ahora Canelo es # 1 del mundo L xL”), Eric Armit (en su reporte semanal desde Inglaterra), la revista Boxing Monthly (también de Inglaterra), Sendai Tanaka (desde Japón, que dijo empatada). Príncipi en Argentina con suavidad aceptó “una gran definición borra un libro de objeciones boxísticas.”

Fernando Barbosa de ESPN habló de una “brillante estrategia de Álvarez.”

Leí comentarios buenos y medianos en la prensa de Rusia, de España y de Filipinas. Denuncias ninguna.

Entre los mexicanos Fernando Schwartz fue el más crítico, pero reconoció en Canelo a un buen peleador. David Faitelson, Diego Martínez, José Luis Camarillo, y Salvador Rodríguez reportaron sin novedad. Nadie señaló que hubiera que llamar a la policía.

No quiero aburrir porque para un muestreo es suficiente. Repito que si alguien, confiable, denunció fraudes o imposturas, todavía no me enteré.
+ + + + +

La pelea no fue para la antología del boxeo. A Canelo le di perdidos los primeros cuatro rounds, y ganados los siguientes tres. Kovalev parecía no ser el de sus mejores noches y lo dijimos en la transmisión. No sacaba la derecha y también lo dijimos.

Pero de inicio el ruso con su jab de izquierda gobernaba la pelea.

Canelo perdía contra el jab en los primeros rounds porque no sacaba golpes.

Saúl hacía las cosas bien, pero no movía la montaña. Kovalev era muy pesado, más de lo que el mexicano y los Reynoso habían calculado.

Casi al final Jim Lampley escribió en un tuit: “no encuentro otra puta manera de anotar esta pelea más que todos los rounds 10 9 para Kovalev.”

Digan ustedes lo que quieran del trámite de la pelea, porque están en su derecho. Si Kovalev no usó la derecha yo no sé por qué no lo hizo, y no lo tengo que defender. Pero el final de la pelea, la definición de Canelo es legítima. No hay actuación alguna ni acepta reproches.

Fue una pelea más. Seguiremos contando… seis, siete, ocho… ¿hasta cuándo? No sabemos.

Para que Saúl entregue una pelea con drama en serio e intensidad, no en una sola velocidad.

Fue una victoria buena, importante, que suma.

No hubo estafa. El Canelo es así, lo tomas o lo dejas.

22 de julio de 2019

Manny Pacquiao, joven atleta de 40 años

Manny Pacquiao esperó la pelea cumpliendo sus actividades y rituales acostumbrados, en paz.

Los boxeadores que van a un compromiso de gran porte suelen ser insoportables las horas previas, malhumorados e irritables.

El León de Manila parece blindado, no le penetran congojas.

Cuando terminó el pesaje, el viernes, me dijo Sean Gibbons, el agente de negocios que no se despega de Manny, “la tarde de ayer (el jueves) conté 70 personas en su suite, tocó el piano y cantó, él no conoce la soledad.”

La pelea de la noche de sábado en el Grand Garden del MGM fue un derroche de talento más emparentado con las habilidades de un veinteañero que con los achaques de un veterano de guerra.

A este tipo no le duele nada.

Henry Armstrong se acabó a los 31, Robinson a los 35, Ali a los 35, Jack Dempsey a los 28, Carlos Zárate a los 29, Rubén Olivares a los 31, Chávez a los 33, Flash Elorde a los 31. Son excepciones las de quienes llegan a los 40 años en buena forma. Archie Moore, Bernard Hopkins y alguno que otro que pueda agregarse.

Pacquiao es de esos inmarcesibles. Dorian Gray es filipino.

Una vez más el humilde venciendo al bocón, como Frazier a Ali en la primera, como Sánchez a Gómez, como Barrera a Hamed, como Maidana a Broner, como Chávez a Camacho.

Manny Pacquiao tiene en común con otros grandes que se toma en serio su oficio, se prepara como Dios manda, compromete toda su voluntad y ejercita con alegría lo que sabe hacer.

Algún día, tal vez, alguien nos dirá cómo y por qué evolucionó la anatomía del filipino. Con qué ingeniería invisible a los buscadores de los laboratorios se lo apoyó para un crecimiento desmedido. Aquel alfeñique peso mosca que hace veinte años provocaba mucha pena y ninguna admiración, se convirtió en un superhombre.

Su victoria del sábado provocó estallidos de entusiasmo en sus seguidores, porque el público es de expectativas cada vez más prudentes conforme el tiempo pasa. Desean que el final del ídolo esté lejos, pero quién sabe.

Fallo dividido porque Glenn Feldman escribió una puntuación que merecería cárcel en un universo más exigente con estas imprecisiones.

Keith Thurman fue un oponente de buena calidad porque atacando es peligroso, y no permitió que pensáramos en momento alguno que Manny estaba asaz seguro mientras la acción.

Al comenzar el combate dije en la transmisión de TVAzteca: “Miren los brazos de Pacquaio pero miren sobre todo las piernas de Pacquiao.”

Y las piernas funcionaron. Nos sorprendió otra vez. Un bólido, un Fórmula 1, un coloso. Ni Thurman ni nadie esperaba ver a un Pacquiao así de veloz, así de preciso y así de eficiente.

El Messi del boxeo.

Keith Thurman no es mejor que en su momento fueron Juan Manuel Márquez, Marco Barrera, Tim Bradley o el Terrible Morales, pero es mejor de lo que fueron Brandon Ríos, Chris Algieri, Tony Margarito o Jeff Horn.

Manny Pacquiao ha peleado en su vida con cinco inmortales: Oscar De la Hoya, Márquez, Barrera, Morales y Floyd Mayweather. Es suficiente. Con esta actuación deslumbrante a los 40 años de edad, se confirma en un lugar destacado de la historia grande.

No es cierto que haya sido campeón en ocho diferentes divisiones, lo ha sido en seis: mosca, supergallo, superpluma, ligero, welter y superwelter. Cuando se dice ocho se abona a este universo abyecto de confusión del boxeo de estos días que es víctima de la barbarie impune de dirigentes obtusos.

La mayoría de los aficionados ignoran que en la vida de Pacquiao-boxeador hay más de diez peleas que ellos creen que fueron de título mundial pero se pelearon fuera de título: dos con Barrera, dos con Morales, con Héctor Velázquez, con Oscar Larios, con Jorge Solís, con Oscar de la Hoya, con Ricky Hatton, con Brandon Ríos y una con Bradley.

El boxeador cuando es grande es más importante que el título, y Bob Arum no se dejaba extorsionar. No compraba franquicias.

Manny Pacquiao brilla en tiempos difíciles.

El ínclito Gilbertico, ese intelectual venezolano que maneja la AMB, creó ahora los títulos Oro, un nuevo cachondeo. Hay exceso de títulos y este individuo crea nuevos en lugar de cancelar los supercampeonatos que creó su papá y con los que comenzaron a asesinar al boxeo.

Yo entiendo que usted, estimado lector, no comprenda por qué suceden estas cosas. Es muy difícil imaginar por qué lo harán.

Pero disfrute esta realidad, porque dentro de un tiempo será peor y entenderemos menos.

Pensemos en Manny Pacquiao.

2 de junio de 2019

Campeón del mundo peso completo

¿De este tamaño?

No hay muchas hazañas de este tamaño en los 112 años de boxeo organizado en México.

La colosal victoria de Andy Ruiz, que despachó a un incomprensible y bucólico Anthony Joshua en el Madison Square Garden de Nueva York, sacudió la industria del boxeo hasta sus cimientos. Por inesperada, por increíble, por esquizofrénica.

De ese gordito con cuerpo de antihéroe, o de ex marinero holgazán y desidioso, podía esperarse sólo el ridículo, nunca la hazaña, menos la gloria.

De este tamaño recojo muy pocas proezas en más de un siglo de historia. La del Ratón Macías cuando le ganó a Dommy Ursúa en el Palacio Vaquero de Daily City en 1957, la de Julio César Chávez doblegando al Macho Camacho con un México absolutamente paralizado para ser testigo, y el nocaut de Juan Manuel Márquez a Manny Pacquiao por todo lo que la acompañaba, la venganza de tres peleas anteriores, la sentencia al devorador de mexicanos y la rivalidad con Filipinas.

Yo no sé bien cómo se comportó la gente en 1934 cuando Baby Arizmendi derrotó a Henry Armstrong en la Arena Nacional, el nuestro con la muñeca izquierda quebrada desde el segundo round remando hasta la victoria por decisión en 10.

Pero no hay más. O no hay mucho más No de este tamaño. Y miren que hay noches insignes en el boxeo mexicano. Sin embargo Zárate-Zamora y Rafael Herrera-Rodolfo Martínez (la de Monterrey) fueron peleas entre mexicanos. Muy grandes, pero sin esa sensación de conquista, de ocupación, que supuso vencer un mexicano a un peso completo inglés en el Madison.
Fue apoderarse de algo valioso sin permiso, fue robarle a la aristocracia del boxeo, fue la mayor incautación de un Robin Hood a la mexicana.

El título de peso completo es de los Estados Unidos y de Inglaterra, y muy poco de otros.

Vivimos 50 años contándole al mundo que el Pulgarcito Ramos dobló la rodilla de Joe Frazier en 1968 “…y estuvo cerca de convertirse en campeón”, una afirmación mentirosa y nada más que un consuelo porque la verdad es que Frazier nunca estuvo en peligro.

Por eso esta hazaña de Ruiz grita que le abran paso y se engrandece con el transcurrir de las horas.

El boxeo es drama, y la Ruiz-Joshua fue dramática de principio a fin, cada segundo la acción se hizo carne en los espectadores provocando una alegría nacional indescriptible. Lo revelan las redes sociales, lo confirma el fluir de la solidaridad contagiada que quiere llegar con loas al flamante campeón.

Digamos en confesión que somos culpables. Todos discriminamos a Andy Ruiz antes de la pelea, ¿o alguien de pronósticos respetables había dicho que ganaría?

Lo discriminamos porque nadie presupone que un ciego, un cojo, o un gordo mórbido son los mejores candidatos para destacar como grandes atletas, que son aptos para la alta competencia o ser campeones del mundo de boxeo.

Un fisicoculturista como Ken Norton o un espigado y enjundioso como Muhammad Ali sí, nos habría arrobado, y a las mujeres muerto de amor.

Pero Andy cargaba con su condena: había llegado al ring para ser ridiculizado, y nadie podía esperar otra cosa.

Una manera insustituible de medir la calidad de un deportista es observar su capacidad para regresar de la adversidad. Por eso ese tercer round nos dijo tanto. Andy jamás había caído en pelea. A la lona del cuadrilátero la conocía por fotos, y cuando cayó tras la izquierda de Joshua que lo sorprendió en el rostro, por 3 o 4 segundos todos tuvimos la certeza de que la función había terminado.

Todos menos el gordo, el panzón, el humillado, que se convirtió en un demonio de maldiciones ya imposibles de conjurar.

La consigna a partir de ese momento fue "mexicano al grito de guerra."

El resultado vale solo y por sí mismo. Se impone cierta cautela. No hay mucho de dónde agarrarse para decir que Andy Ruiz hará una historia prolongada y generosa. Sólo podemos afirmar que es obstinado, duro, tozudo, que donde pega destroza, y que no se rinde. Lo demás, lo dirá el tiempo.

Por ahora, que le vaya bien. Que lo disfrute. Se lo merece
porque lo consiguió en la adversidad y cobrando.

El boxeador es el único hombre que trabaja mientras le están pegando.

Ninguna explicación puede ser toda la explicación para lo que sucedió en el Madison y este resultado extravagante.

Me fui a dormir con una alegría nueva, sabiendo que era compartida con millones de otros mexicanos, con la certeza de que ayer fue el día de la vida de Andy Ruiz, y que su victoria estaba escrita en el devenir de los tiempos, que sólo era suya y que ayer… otro día no sé, pero ayer, nadie se la podía quitar.

Me fui recordando el poema Canción de la Vida Profunda, de Porfirio Barba Jacob, que afirma que todos tenemos un día que es nuestro día.

“Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día...
en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables...
¡Un día en que ya nadie nos puede detener!”

17 de septiembre de 2018

La polémica sobre Canelo vs GGG 2

La realidad es independiente de la actitud con que se la mire.

La pelea fue una, las opiniones son millones.

La pelea fue esa que vimos, no es más ni es menos pelea ni se modifica con las voces de los miles de opinadores de ocasión.

Si usted cree que ganó Canelo, la pelea es la que fue, y si cree que ganó Golovkin, está bien, pero no se modifica lo actuado.

Esta polémica infinita, hija de las redes sociales, que creció como una pandemia, que puso en el éter el grito agónico de aprobación o de rechazo de tantos aficionados sin rostro, es buena para el boxeo, porque enciende las pasiones y hace protagonistas a los más alejados del ring.

Yo soy de un tiempo cuando tras las grandes peleas podíamos conocer sólo unas cuantas opiniones. Unas cuantas es diez, veinte, por los diarios o por la radio.

En esta vertiginosa discusión hemos leído una catarata incontenible de tonterías sobre el combate de Las Vegas:

- Que los rounds muy parejos hay que dárselos al campeón.

- Que el retador tiene que hacer más para ganar.

- Que los jabs no cuentan en el boxeo profesional.

- Que uno u otro tenía el rostro más lastimado y eso prueba que perdió.

- Que al negocio del boxeo le convenía que ganara Canelo.

- Que Chávez dijo que ganó Canelo y entonces ganó Canelo porque nadie puede saber más que Chávez.

- Que Canelo dominó la pelea.

- Que Golovkin se vio disminuido y viejo.

* * * * *

Pongamos algunas cosas en su lugar:

- Al campeón se lo destrona ganándole por un punto.

- Si los jabs no contaran en el boxeo profesional Larry Holmes no existiría en la historia del ring, él que es el quinto mejor pesado de la historia y que durante doce años fue imbatido e imbatible.

- Un rostro más lastimado que el otro rostro es una consideración muy menor a la hora de evaluar lo sucedido. Si uno de rostro lastimado fuera necesariamente perdedor Daniel Zaragoza o el Travieso Arce no hubieran ganado nunca una pelea.

- Canelo no tuvo el control del combate ni siquiera en los rounds que ganó. La pelea se desarrolló en zona geográfica propiedad de GGG.

- Golovkin mantuvo un despliegue físico admirable, superior al de la pelea anterior entrambos y superior al que exhibió contra Daniel Jacobs.

- Si Chávez dijo que ganó Canelo, Manny Pacquiao y Terence Crawford dijeron que ganó Golovkin.

- Al negocio del boxeo le convenía que ganara Golovkin. Una derrota a Golovkin lo podía/puede dejar fuera del boxeo, una derrota de Canelo garantizaba aún más una tercera ruidosa pelea.

* * * *

La pelea del sábado fue un intercambio caótico y atroz de violencia en el que chocaron dos estilos diferentes, que sedujeron uno a unos y el otro a otros.

Para los canelistas los golpes de jab de Golovkin contaron poco, o nada, porque son golpes de señoritas, y para los simpatizantes del que perdió el dominio científico de éste sobre el mexicano fue apabullante.

¿Cómo se resuelve el dilema?

Vuelvo sobre algunas cosas que digo con frecuencia:

1- En boxeo la palabra más importante es CRITERIO.

2- No nos casemos con un concepto sin serle alguna vez infiel, cuando valga la pena: un jab vale menos que un recto a la mandíbula, sí, pero en este caso el tsunami que Golovkin le creó a Álvarez con el jab incesante fue de tal calidad que es difícil recordar otros ejemplos de un uso tan eficiente, casi devastador “del golpe de señoritas”.

3- En boxeo no hay goles, ni hay puntos, ni hay una pelotita, ni corremos contra un reloj, por lo que el resultado de la pelea es el que cada cual ve, y hay un resultado oficial que muchas veces es razonable y otras veces es miserable.

Algunas peculiaridades de este combate revelan que el réferi no intervino en las acciones, los dos fueron tan limpios que podrían haber estado solos en el cuadrado.

Canelo tuvo un desempeño valiente hasta el límite de lo posible, porque con una propuesta inimaginable antes de la pelea, se rajó el alma para gustar.

Ninguno de los rincones se creía ganador seguro poco antes del final a juzgar por los diálogos que escuchábamos en los descansos.

Los combatientes se abrazaron con sinceridad cuando oyeron la última campanada, lo que el boxeo les agradece. Las fricciones previas fueron dramáticas y a veces divertidas, el abrazo final curó heridas encarnadas.

* * * * *

Mi percepción es que ganó Gennady Golovkin, en un diseño de ajedrez de una pelea en la que su inteligencia, recursos técnicos y capacidad para ejercer y soportar castigo fueron superiores a lo que ofreció Canelo. La quintaesencia de una estrategia bien lograda. No fueron jabs solamente, aunque con esa mano izquierda sublime le hubiera bastado para justificar el triunfo.
Golovkin sacudió la testa de Álvarez tantas veces como fue sacudido, si le reclamamos golpe de poder. Su respuesta a los impactos recibidos fue a golpe por golpe cuando los intercambios parecieron de nocaut.

Anoté 116 112 a favor de GGG.

Pero todos tienen su opinión, y nadie la va a cambiar.

Es la historia del boxeo.

Cada cual ve lo que quiere, o lo que puede.

13 de agosto de 2018

Jackie Nava no se rinde

Hay muchos méritos en lo que peleó Jackie Nava en la Arena de la Ciudad de México.

Por segunda vez le ganó a la venezolana Alys Sánchez.

Si usted da un salto de un metro a los 18 años, a quién le importa, pero si salta lo mismo a los 90 años se convierte en la hazaña de un coloso.

Exagero las comparaciones porque aunque la psicología dice que la exageración es una distorsión que dificulta el entendimiento, a mí me parece que cuando algo no se entiende, si uno lo agranda, de inmediato se ve claro lo que resultaba recóndito.

Ahora vean por qué lo digo.

Lo que importa es que Jackie tiene 38 años, y no conozco un deportista que en la franja de los treinta, más temprano o más tarde, no comience a degradarse.

Tan importante me parece tener en cuenta la edad del que compite, que con el récord de peleas siempre menciono cuántos años acarrea.

Viene a cuento que polemicé durante varios años este asunto con Marco Antonio Barrera, mi amigo, campeón inmortal y compañero de transmisiones en Televisión Azteca, porque en una ocasión él me enmendó “la edad no importa, cualquier edad es igual, lo que importa es el talento.” Como lo repitió en otras transmisiones, un día le propuse, al aire, que lo aclaráramos. Le dije “Marco, no puede ser que me lo rebatas, ningún peleador es el mismo a los 22 que a los 36”, y Marco, que es un caballero, aceptó mi aserto y explicó que él sólo quería enfatizar sobre las buenas habilidades incorporadas al inventario de cualquier grande del ring.

Jackie Nava, entonces, con 38 en la piel y 18 meses de inactividad, subió ayer al ring de la majestuosa Arena de la Ciudad de México para continuar la aventura que ha sido su vida de deportista.

Las dificultades que sufrió en los primeros rounds no son tan malas noticias como puede arrojar un enunciado simple de lo sucedido. No, porque las superó. Sobrenadó aguas amenazantes. Nunca es malo y a veces es grandioso sobreponerse a la adversidad.

Tres rounds de pesadilla nos hicieron pensar que la pelea sería la mortaja que pondría fin a sus sueños.

Lo creyó también la visitante, Alys Sánchez, que conforme pasaban los minutos encontraba más y más asequible pensar en la victoria. Jackie sin buena coordinación de movimientos, titubeante y prudente como una monja. Sor Jackie se condenaba al infortunio porque cuando las cosas no funcionan el reloj camina más aprisa.

Cuando no haces lo que debes hacer los problemas te buscan a ti.

Pero el cuarto round llegó oportuno como llega de oportuna la primavera tras un invierno de fríos congelantes.

No fue un milagro. Sólo se animó Jackie a hacer lo que antes no se había atrevido. La indecisión se hizo coraje un poco en los puños y más en las piernas. Dijo “¡Adelante!” con el ánimo de un cruzado y fue por lo que buscaba.

Cuarto, quinto, sexto. Usó más la determinación que el talento para nivelar la pelea, y pudo porque los valientes siempre pueden. Lo dice la ley del ring.

Eran dos pero no eran de la misma clase. La avispa y la abeja liban las mismas flores pero no obtienen la misma miel.

La pelea terminó accidentada cuando Alys Sánchez acusó extraños y repentinos dolores que no le permitieron salir al octavo.

El séptimo round estimo que lo perdió Nava. Una pena la claudicación de la venezolana porque hubiera brillado más la victoria a la que la tijuanense se encaminaba.

La conclusión es que esos rounds finales probaron que Nava aún tiene con qué pelear. La capacidad anida en su cerebro y en sus músculos. Si no la tuviera no la habría revelado.

Quizá queda un solo proyecto grande para ella. La Barbie Juárez. Por espectáculo, por bolsas, por lo enorme que sería esa pelea para México.

Ahí están las dos. Puestas y dispuestas.

Ahora es cosa de los promotores y de las dos televisoras grandes.

Que se haga. No sea nadie culpable, otra vez, de dejar en el limbo una gran pelea siempre esperada y nunca realizada.

15 de julio de 2018

Manny Pacquiao: una gran noche a pesar de Matthysse

Nadie esperaba más de este Manny Pacquiao de 39 años.

Algunos esperábamos menos. No hay muchas hazañas deportivas por hombres de 39.

A los 39 Muhammad Ali perdió con Trevor Berbick y se retiró dando pena. A los 39 Durán perdió con el modesto Pat Lawlor. A los 39 Larry Holmes, otrora invencible, fue avergonzado por Mike Tyson.

Pacquiao fue ahora una buena recreación del de antes, algo más lento. No sabemos mucho sobre el estado de sus piernas, sobre sus reflejos y sobre cambios de ritmo porque no fue exigido. La pelea fue una escenificación fallida de una obra de dos actores porque uno faltó a trabajar.

Antes de la pelea, en la transmisión de televisión, dije “Matthysse es un gran boxeador que ganó todas sus peleas excepto las importantes, en esas se quedó en el umbral sin atreverse a dar el último paso.” Nikefobia se llama el miedo a triunfar.

Pero lo de anoche… ojalá lo de anoche hubiera sido eso. No hay memoria en el boxeo argentino de una vergüenza semejante. Matthysse rehusó pelear. Fue fraudulento. Me acuerdo de cómo se batían Galíndez, Monzón, Maidana, Vásquez, Lausse, Coggi, Bonavena y me dan ganas de llorar.

A ningún deportista se le exige que dé lo que no tiene, pero a todos se les demanda sin concesiones que se entreguen generosamente al límite de lo posible.

También Jack Dempsey era mucho más que Firpo, pero Firpo se rifó y peleó y sacó al gigante del ring antes de ser masacrado en Polo Grounds en 1923.

Firpo perdió con dignidad.

Algunos están pensando lo de Lucas Matthysse de una pobreza deportiva monumental; yo creo que es aun peor, de pobreza intelectual.

He aquí un sujeto –Lucas- que no entiende el peso histórico y universal de un acontecimiento deportivo de alcance planetario, no entiende tampoco que durante 47 minutos pactados de pelea –por lo menos- él es Argentina en el corazón de millones que sufriendo con la pelea se hacen su propia piel en combate.

Tiene Lucas atrofiada la sagrada virtud de la vergüenza y es cínico al declarar que hizo una buena pelea, para terminar escupiendo un exabrupto intolerable digno del infierno, no del lugar donde él estaba: “La c…. de tu madre.”

Peor, imposible. ¿Cómo entender a un combatiente que está en una lucha en la que no muestra ni el menor deseo de ganar? Eligió rendirse sin luchar y exhibió su impudicia como un trofeo. Hay cosas grandes y cosas chicas en este mundo. Lo de Matthysse fue microscópico.

Manny Pacquiao fue despojado hace un año del triunfo que merecía vs Jeff Horn, y ahora reivindica su vigencia con esta pelea absurda en la que se dio el lujo de revivir sus movimientos de noches inolvidables. Ese que vimos es Manny, no puede ser otro, él no se parece a nadie.

Pacquiao contesta a regañadientes cuando se le pregunta por su retiro. Dijo después de la pelea que piensa en Horn, en Crawford, en Lomachenko.

Hay Matthysses, pero hay Pacquiaos.

Qué parias, qué pobres, qué desamparados nos vamos a sentir cuando el legendario León de Manila ya no esté en el boxeo. Afortunados somos, el proveedor mayor de las glorias del boxeo de estos días, aún no se va.

6 de mayo de 2018

Gennady Golovkin cobra fuerza otra vez

La pelea GGG-Martirosyan fue una desgracia desde que se anunció, porque no suponía riesgos para aquél y porque era una sustitución depauperada del duelo malogrado con el Canelo.

No obstante, el insuceso pudo ser peor. O, dicho de otro modo, yo no esperaba tanto, aunque tanto sea tan poco. Por eso cuando Jack Reiss protegió con el conteo final a ese Vanes Martirosyan martirizado hasta la humillación, dije en la transmisión de televisión: ‘en el boxeo las peleas pueden ser largas o cortas, y eso no tiene que ver con que sean buenas o malas. Ésta fue una pelea corta y buena.’ (Michael Spinks era una maravilla y a Tyson le duró menos que Martirosyan a GGG).

Algunas personas me reconvinieron por esta afirmación. No encontraron nada bueno en la brevedad de la reyerta. Olvidan que a un boxeador no se lo debe criticar por no ser mejor de lo que es, lo único que merece críticas es la indignidad de no entregar en el ring todo lo que se tiene.

Si no esperaban eso, lo que vimos, del armenio, no sé qué esperaban.

El boxeo no es -nunca ha sido- ver pelear siempre al mejor contra el mejor. Leonard defendió contra Bruce Finch, Marvin Hagler contra el Caveman Lee, Joe Louis contra Jack Roper, Lumumba Estaba contra Rafael Lovera, Carlos Zárate contra Messan Kpalongo, y Mike Tyson al salir de la cárcel peleó con Peter McNeely.

Martirosyan es boxeador profesional. Le ofrecieron una pelea y la tomó. Antes había aceptado peleas en las que era el favorito, ahora le tocaba estar del otro lado. Su negocio no es hacer que las peleas sean equilibradas, su negocio es ganar dinero y si se puede gloria deportiva mejor.

Es cierto que camino al ring su rostro era el de un condenado que marcha al patíbulo, pero peleó. Ganó el primer round para varios observadores (para mí no) y en el segundo fracasó porque su proyecto era morirse peleando.

Digo que no se escondió, digo que no se ahorró ni pizca de dolor, digo que puso el pecho a las balas. Nadie si no es un valiente pone el mentón por delante a esos 7/8 golpes finales de GGG que dieron en el blanco con una precisión inaudita.

No pretendo afirmar que esta pelea estuvo bien, pretendo decir que esto es inevitable en el boxeo. Nada para sorprender, siempre ha sucedido. A veces los buenos campeones tienen malos, o débiles, o indignos oponentes.

¿Por qué? Porque los promotores toman ventaja. Porque los organismos que celebran que las peleas sean titulares dicen que sí a aspirantes que deberían vetar, porque las autoridades hacen excepciones reglamentarias (Martirosyan no estaba clasificado, venía de una inactividad extracurricular, y venía de perder).

Lo de ayer, si Golovkin hubiera (el hubiera sí existe) peleado con el Canelo, habría sido histórico, en cambio con lo que vimos ni se habló de las veinte defensas consecutivas de Golovkin que lo igualan a Bernard Hopkins en peso medio.

Rescato que la brevedad de la contienda, y el trabajo sin fallas de Golovkin le agregan contenido a una próxima posible segunda pelea con Álvarez.

Saúl ganó la primera y no se la dieron.

Golovkin exhibió en la definición la precisión de esos juegos en computadora donde una arma infalible acaba con todo. Busque usted una definición de ocho golpes, la que quiera, aunque sea en boxeadores de gran nivel. Verá que fallan cinco.

Gennady Golovkin cobra fuerza otra vez. Cobra fuerza por la genialidad de una definición admirable que nos dice que el legendario combatiente goza de aceptable salud. Esa rúbrica alcanza para salvar su cómoda aventura de ayer.

Con este Golovkin, con un Canelo que se extrañó como nunca, una nueva pelea entre ambos es urgente y necesaria.

1 de marzo de 2018

Lo del Pantera en Tokio, ¿se condena o se celebra?

Desde el ‘affaire’ Douglas-Tyson en 1990 no había sucedido en Tokio algo tan escandaloso en el boxeo.

El Pantera Luis Nery, el campeón mundial gallo, se excedió en el pesaje por latosos dos y medio kilos que causaron estupor en los observadores. No se había visto una pifia de tales dimensiones en circunstancias similares.

Pero Nery peleó, ya sin ser campeón ni aspirante, y ganó. Pulverizó al local Shinsuke Yamanaka con irrefutable facilidad, sin recibir un solo golpe.

En el momento que escribo Luis Nery regresa de Japón. Me pregunto si lo hará con la alegría de haber ganado el combate o con la pena de haber dejado el título. Es probable que lo acometan al mismo tiempo las dos sensaciones.

El triunfo es bueno, si usted quiere una hazaña, pero no repara lo sucedido en las horas anteriores a la pelea. Lo bueno es bueno y lo malo sigue siendo malo. No se pasó 100 gramos, se pasó tanto que el problema no tenía solución. Se esperaba que diera un peso que dio hace 6 meses, no hace 6 años. Además el pesaje un día antes de la pelea permite sacrificios y tiempo de recuperación que por años no había en Pugilandia.

La pregunta es: ¿se puede manejar así una carrera exitosa? ¿Los admirables del boxeo, digamos Julio César Chávez, Wilfredo Gómez, Sandy Saddler, cometieron alguna vez un error así?

Hay que hacer todo mejor, y si no se hace estamos instalados en una realidad preocupante. México es en el boxeo lo que Brasil o Alemania son en el futbol. Un retroceso en el inventario de talento es un lujo no permitido. Se pudo hacer mejor lo que hizo César Juárez en Ghana, lo que hizo Moi Fuentes en Naha, lo que hizo Carlos Cuadras en Los Ángeles y hasta lo que hizo el Gallo Estrada en el Forum, porque yo digo que lo hizo bien pero no dio su límite.

Perder no es el problema. Si se pierde con un adversario superior es normal, pero perder con uno mismo es el epítome del fracaso.

Ya no hay un Cuyo Hernández en el boxeo mexicano. Ni hay un Chilero Carrillo que fue el mejor de los maestros. Ni hay Pancho Rosales ni hay Pepe Hernández.

¿No valen los de ahora? ¿Los Kochules, Alfredo Caballero, Tony Flores, Beristáin, los señores Reynoso? Sí, valen. Valen mucho. Pero el boxeo mexicano no se adapta a los tiempos. El concepto velocidad que incorporó Estados Unidos hace 30 años, aquí no llegó.

Le pregunto a los boxeadores si cuentan los golpes que tiran en el entrenamiento (con el propósito de aumentar su capacidad de fuego) y sin excepción se sorprenden y lo niegan.

La defensa del boxeador mexicano está como siempre, mal. Le pregunto a Nacho Beristáin por qué somos de defensa mediocre o mala y me responde en su francés habitual: “No sé, yo les enseño pero estos cabrones no aprenden”.

Y de la preparación física, que en todas las latitudes descubre un mundo nuevo cada día, mejor no hablemos. Julio César Chávez fue a ver hace poco un entrenamiento de Manny Pacquiao y me dijo: ‘Lamazón, si yo hubiera entrenado así habría sido el doble de lo que fui.”

El boxeador mexicano es una maravilla. Como concepto general está bien. Si un mexicano pelea con un inglés, el favorito es el mexicano; si pelea con un gringo, también; si pelea con un japonés, igual. Pero el mejor amigo del fracaso es la actitud del que es el mejor y deja de luchar, de esforzarse.

Si pierde el Canelo el 5 de mayo, viviremos una hecatombe, a pesar de que el Gallo no haya merecido perder y a pesar de que Nery haya levantado los brazos en señal de victoria después de haber cohabitado con la torpeza de llegar tan pesado.

Si el Canelo gana a GGG, esa columna poderosa que es el jalisciense, ese Hércules moderno que ha llegado a ser, sostendrá todavía la estructura del boxeo mexicano en lo inmediato.

Por lo demás, que se ponga el saco quien sienta que le acomoda. Yo creo en un mundo donde cada cual haga bien lo que le toca.

Y todos podemos mejorar.

Mejorar es un privilegio de la inteligencia.

18 de septiembre de 2017

El mejor Canelo que hemos visto

La pelea entre Canelo Álvarez y Gennady Golovkin, resuelta por los jueces con un empate, deshizo varios presupuestos.

Yo mismo había dicho que no debíamos esperar un combate sangriento y bárbaro porque Canelo trataría de enfriarlo a tono con su costumbre, de especular minimizando riesgos y peleando como peleó contra Miguel Cotto, por ejemplo. Sangriento no fue porque no hubo cortadas importantes, pero la dureza de las acciones alcanzó alturas admirables.

Tiraron a la basura, además, las ideas acerca de la mandíbula de cristal del mexicano, su supuesta cobardía y la cantinela del poder devastador de GGG que lo iba a despedazar tan pronto se lo propusiera.

La fiera no era tan fiera y el torpe no era tan torpe.

Hicieron esa guerra que durante varios años les reclamé a los dos. Nunca ninguno de ellos había recibido semejante castigo.

Es más, Canelo se arriesgó como un suicida tocando dinteles de muerte y desafiando al infierno en varios pasajes de la pelea. Se apoyó en las cuerdas y aceptó recibir golpes innecesarios mostrando que es muy macho.

Mala jugada esta exposición al peligro porque los planes eran que ganara el más inteligente, no el más insensato.

Pero le salió bien.

Nunca ha sido un gran negocio en el boxeo pelear caminando hacia atrás (por eso de los jueces, que no entienden nada), y nunca ha sido gran negocio empezar fuerte los rounds para terminarlos a media máquina por lo mismo. Los jueces que debieran entender todo no entienden nada y califican el último minuto del round olvidando los dos primeros.

Quizá estas fueron las omisiones más a la vista en el trabajo de Álvarez, que por lo demás se presentó en la mejor versión de su carrera. Lúcido siempre, ora combativo, ora inteligente, con actitud triunfal.

Recorrió caminos de dolor y drama en las catacumbas de esa lucha hombre a hombre, como los duelos cuerpo a cuerpo de los soldados en el campo de guerra, cuando saben que no hay más alternativa que matar o morir, que triunfar o perecer porque están viviendo la hora del día que puede ser el día final.

Tras la pelea Golovkin escribió un mensaje, una falacia que no me explico por qué mucha gente reenvía. Dice: “Los verdaderos mexicanos no corren en la pelea más importante de su vida.” Le hubiera contestado: “Los verdaderos mexicanos no son idiotas para hacer la pelea que te conviene, hacen lo que les conviene a ellos.”

Golovkin, que en 37 victorias había noqueado a 33 enemigos no sólo no noqueó al Canelo sino que para muchos perdió con el Canelo. Para otros Golovkin ganó, pero nadie dice que lo de Saúl sea algo menos que una proeza.

Canelo peleó a morir, para vivir. Tenía que callar los abucheos mexicanos porque ni en esta noche triunfal cesaron las demandas de los inconquistables que lo fueron a ver perder.

Al final de la pelea le pregunté a uno: ‘¿Por qué tu enojo con el Canelo?’ ‘-Porque es un mamón’, me dijo.

Me gustó mucho Canelo. Por su calidad y compromiso. El mejor que hemos visto.

Gennady Golovkin peleó muy bien con la mano izquierda y muy mal con la derecha. Ese Golovkin esperado, temido, el de las combinaciones de cinco golpes, el que sorprende repitiendo la izquierda arriba y abajo o viceversa, el que termina su apuesta ofensiva con una derecha letal que te manda al otro mundo, no se vio en la pelea.

El talento originario del asiático le alcanzó para poner en aprietos a Saúl, ni duda cabe. Sí llevó al ring de Las Vegas su primoroso jab de izquierda con el que conduce tramos de la pelea como si el puño fuera el timón de un barco. La derecha no, la derecha de Golovkin tuvo falta injustificada. Golovkin fue más que en su pelea anterior contra Jacobs, pero fue menos que en muchas de sus otras noches.

En el boxeo no gana el que coloca más jabs en la nariz del otro, sino en tercera instancia. Lo primero es el poder de los golpes. En el boxeo gana el que provoca un daño mayor que el daño que recibe. Canelo fue el más poderoso en el golpeo, el que causó mayor daño, y el mejor de los dos.

Los tres primeros y los dos últimos rounds fueron para el Canelo, creo que más allá de dudas. Lo demás, el segmento medio de la pelea, entre el cuarto y el décimo round, para la polémica. Rounds cerrados, rounds que dividieron opiniones. Como sucede de rutina en este tipo de peleas.

Me parece demencial pensar en corrupción para explicar el empate. Yo hago tarjetas todos los días y les puedo asegurar que es muy difícil programar cometer el crimen. La jueza que estaba dormida y que dio 118 110 para Canelo hubiera dado dos puntos y todos tan tranquilos.

Fíjense, los tres jueces le dieron los últimos tres round al Canelo, para llegar Don Trella a un empate y Dave Moretti a una ventaja mínima a favor de Golovkin. Cuando haces la tarjeta y la pelea está en proceso, no sabes qué va a pasar en el próximo round, y por eso es imposible una situación de cohecho.

¿Cómo iban a saber los jueces al final del noveno round qué iba a pasar en los tres rounds finales? Podrían ser unos descarados y anotar al revés, pero una caída, por ejemplo, les arruinaría tan grande y supuesto negocio.

Un sector del público, sin embargo, tiene presuntas verdades inamovibles: la corrupción, que Oscar De la Hoya influye en la comisión de box, que los casinos determinan los resultados.

Yo no me puedo imaginar a nadie convenciendo al Canelo o a GGG que no vayan a noquear al otro porque la pelea tiene que terminar en un empate preestablecido; y en cuanto a la comisión de box soy el primero en decir que es de una ignorancia enciclopédica y de una incapacidad oceánica, pero me niego a creer que manipulen el resultado.

Que cada quien siga creyendo lo que quiera. En 40 años son muy pocas las peleas titulares que terminaron en empate, y en una infinidad de casos hubo revanchas aun cuando la primera pelea haya arrojado un ganador.

Si algunos van a seguir tirando mierda a Saúl, si planean seguir profiriendo anatemas “porque es mamón”, no es mi asunto. Nunca dije que Canelo sea mejor que Hagler o que Durán. Que haya habido un Frank Sinatra no quiere decir que nadie más tenga derecho a cantar.

Canelo ha vivido 12 años en el ring. Es un muy buen peleador y el presupuesto de que contra Golovkin se iba a desenmascarar la impostura de un boxeador fabricado a la mala por Televisa y por TV Azteca no se comprobó, se desmintió.

18 de diciembre de 2016

El sucio robo a Toño Morán

La pelea de ayer entre Antonio Morán y Emanuel el Pollo López, en Tuxtla Gutiérrez, no pasó por televisión, de modo que la mayoría de las personas que lean este comentario no la habrán visto. Por lo tanto no podrán imaginar nunca de qué tamaño fue la injusticia con que un fallo bestial (y que perdonen las bestias el calificativo) negó al primero de ellos una victoria que merecía ampliamente tras haber hecho una producción sobresaliente.

Yo veo boxeo hace 52 o 53 años, amigos. Diez peleas por semana y a veces muchas más, y aunque los fallos idiotas abundan, apenas puedo recordar 3 o 4 casos de herejías como la de anoche.

Morán perdió el quinto round, y ganó los otros siete.

Un juez lo dio ganador. Otros dos señores se la dieron al Pollo, casualmente chiapaneco, como ellos.

Un mar de indignación se agitó entre la gente del boxeo alrededor del ring, pero como usted adivina, no pasará nada. Tendría que tener mucha dignidad el comisionado local para reaccionar, y no lo hizo a tiempo, es decir en el momento, rechazando el insuceso.

Alguien de la promoción vino y me dijo al oído: “Es terrible la incapacidad de los jueces de aquí”. – Ah, sí, ¿incapacidad? Pero fíjate que se equivocan para favorecer al local, no al visitante, le respondí.

Así es desde que el boxeo existe: los jueces incompetentes votan por el local, por el famoso, por el compatriota, por el del promotor o por el favorito.

¿De qué infecta calaña, de qué falta de educación y sentido de la justicia serán estos mequetrefes que le quitan a un chico una victoria en una pelea que no admitía dudas?

Por ahí del segundo round, como Morán me estaba llamando la atención por su buen trabajo, me puse a observar qué pasaría con él cuando lo conectaran con solidez, cosa que me fue imposible averiguar porque en el resto de la pelea López le pegó muy poco, aunque le ganó el round número 5. No exagero un ápice si digo que en dos o tres rounds de la pelea el Pollo no le pegó un solo golpe digno de un comentario.

Estos individuos inmorales capaces de dar tan terribles decisiones, son desalmados. El que ganó y no se la dieron entrenó muchas semanas, hizo mucho y bien por su sueño de crecer como deportista y como ser humano, tiene familia, defiende un futuro, se parte el alma, trabaja mientras le pegan. Es fácil que cualquier día pierda la motivación y abandone todo acobardado por tanta vileza y crueldad.

Hace años que digo que en el boxeo juez es cualquiera. Y cuando lo digo me refiero a que se llega a juez por un compadre o un amigo. No hay escuelas y no hay exigencias. Son gente que no pasa por un filtro. Un profesionista estuvo en aulas, tuvo maestros, rindió exámenes, se formó. Un pelagatos cuate de la cantina no pasó por ningún lado, y las comisiones de boxeo le abren las puertas con trato de respetable señor juez.

Hay excepciones, y jueces honestos, por supuesto. Esos no están en cuestión.

¿Quién va a poner orden en nuestro deporte? En los organismos no se puede confiar porque hace rato andan extraviados. México carece de una federación nacional con fuerza y trabajo digno. Si estoy equivocado que me diga la Fecombox qué ha hecho y qué va a hacer para que crímenes como el de ayer en Chiapas ya no puedan ser cometidos por dos imbéciles con la más indignante impunidad.

9 de octubre de 2016

Buen regreso del Gallo Estrada

El Gallo Estrada tuvo miedo. Tuvo miedo de pegar con toda su fuerza en la segunda mitad de la pelea de anoche, porque la mano derecha empezó a molestarle. Es la mano convaleciente, hace poco operada, la que lo obligó a una inactividad dolorosa.

Después del séptimo round recogió la diestra y sobrellevó con la izquierda un combate en cuya primera mitad había realizado una producción casi perfecta.

En su Puerto Peñasco natal le ganó por decisión a Raymond Tabugón, en una pelea con más asuntos por informarnos de lo que creían algunos observadores distraídos convencidos de que el filipino no terminaría el segundo round.

Volver de la inactividad, pregúntele usted a los boxeadores, es una pesadilla a veces profunda. Y es peor para los muchachos de técnica boxística refinada, como Estrada.

La dignidad y la resistencia que puso Tabugón al servicio de la pelea fueron una suerte y una desgracia. Desgracia porque el plan del Gallo, que era noquear en la segunda parte, no pudo cumplirse.

Desde el principio Gallo Estrada probó al enemigo, tiró bombas, pegó duro a lo blando y supo con certeza que el oriental no era un turista en Puerto Peñasco.

Yo sabía, porque me había dicho Alejandro Brito, el genial matchmaker de la empresa Zanfer, que en la elección del rival del Gallo, se descartó Edrin Dapudong (también filipino, aquel que peleó con el Tyson Márquez) que era la primera opción, porque calcularon que iba a resistir de pie; y se confirmó a Tabugón que en teoría podía caer en 7 u 8 rounds. Juan Francisco estuvo de acuerdo en esta decisión, lo que confirma su intención de pelear, caminar el ring, quitarse el óxido de su cuerpo en receso y terminar noqueando para su gente y para hacer que la fiesta fuera redonda.

Pero la mano… nunca se sabe cómo se comportarán los huesos, los músculos, las articulaciones, la carne, ante la demanda extrema del cuadrilátero.

El Gallo Estrada ejecutó desde el minuto uno lo que sabe hacer, su boxeo de academia, su bordar la excelencia, y fue grato verlo en plenitud, al mando, palingenesia eterna de los elegidos. El brazo izquierdo como timón, la distancia siempre precisa, la derecha amenazante que lanzada por sorpresa suele ser invisible para el adversario. Esa derecha es una serpiente cobra en acción, un 'élan' para su dueño, una fuerza incontenible que la naturaleza, o Dios, pusieron donde está para ser usada como un arma letal.

Eso es la ofensiva. El sistema de defensa de Estrada es igual o más eficiente todavía. Los golpes del rival, como ley general del boxeo, se bloquean, se esquivan o se acompañan. El Gallo sabe hacer todo esto bien. Con las manos, con las piernas y con la cintura.

¿Eso es todo? No, porque los grandes inventan cosas y pueden alterar las leyes de gravedad. Deseo señalar otras dos piezas del repertorio del Gallo que acalambran los sentidos. Cuando hace fallar la ofensiva del de enfrente esquivando con la cabeza, estira el cuello y se detiene ¼ de segundo mirando desde arriba, los ojos torcidos, con lo que ve desde un ángulo imposible el siguiente movimiento que prepara el rival, y se pone a salvo.

Magistral. Como el salto con las dos piernas en un solo movimiento para salir de una esquina cuando está encerrado. No se lo vi nunca a nadie, y el Gallo lo ejecuta para invertir su posición y quedar frente al contrario, en posición de ataque.

¿Qué le falta? Ayer le faltó velocidad, para mi gusto, y perder el miedo a pegar con la mano operada, cosa que no tengo mayor idea sobre cómo se ha de conseguir. Un peleador de fábula, como el Gallo, sin puños que respondan, es un piloto de Fórmula 1 ciego.

El nocaut en el boxeo generalmente se busca. Como lo buscó Chávez contra Meldrick Taylor, como lo buscó Juan Manuel Márquez contra Manny Pacquiao en la cuarta pelea. Al revés de lo que dice la ignorancia popular sobre que llega solo. Quimeras verbales, manotazos en la oscuridad de los opinólogos cuando opinan pero no saben. La gente oye cosas que suenan suaves al oído y las repite, sin desmenuzarlas. El nocaut era un objetivo claro del Gallo y de Alfredo Caballero, pero tuvieron que descartarlo cuando el miedo del peleador era ya un trauma por la mano dolorida y sus posibles consecuencias.

Fue una buena actuación de quien es quizá el mejor boxeador mexicano de este momento, que a sus 26 años debe alcanzar pronto su plenitud. Está probado, quédese usted tranquilo, querido lector, en las dos hazañas de Macao cuando derrotó a Milán Melindo y a Brian Viloria. “Toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno”, como bien dice el Martín Fierro de José Hernández.

Los inconvenientes de la segunda parte no se pueden soslayar, porque en una pelea grande serían catastróficos. El Chocolate González, el más caro objetivo del Gallo, es, sí, de otro nivel.

Hay que trabajar, Gallo, siempre y en todo. ¿Es que acaso los deportistas grandes pueden dejar de hacerlo algún día de su vida? Los hombres pequeños sólo tienen ganas, los grandes tienen voluntad.

La pelea fue en peso gallo (116 y 116.5 libras), pero sobre el ring Jimmy Lennon la anunció en supermosca, porque en el torbellino del caos, en el valemadrismo de las comisiones de boxeo, no interesan estos detalles tan importantes. ¡Importantes!, dije, sí. De cada boxeador antes de que empiece una pelea debemos saber su procedencia, récord, edad y peso (del día anterior en el pesaje oficial). Eso, que no se cuida, deben cuidar las comisiones de boxeo, en lugar de anunciar puntajes parciales en medio de las peleas, o en lugar de permitir que sus jueces incompetentes (cuando lo son) sean anestesiados con tapones en los oídos para transportarlos a una atmósfera diferente, donde perciben cualquier cosa excepto lo que percibimos los demás observadores.

La cicuta impuesta a Sócrates y la hoguera encendida a Giordano Bruno fueron poca cosa comparadas con la intromisión indigna a las comisiones de boxeo con reglas que esas comisiones no tienen, por parte de los de mentes obtusas que impunemente han convertido en cenizas la estructura del deporte del boxeo.

13 de junio de 2016

Lomachenko tiene 13 peleas, WSB son peleas profesionales

En noviembre de 2003, cuando la AIBA comenzó con su moderna profanación de la actividad, el boxeo no necesitaba esta estupidez, ya había suficiente desorden en el patio de la casa como para soportar este ataque externo, este pogromo infame de dimensiones insospechadas.

Peleas de 5 rounds, de 3 minutos cada uno.

Dijo la AIBA: "Promovemos peleas a 5 rounds de 3 minutos, profesionales o semiprofesionales, pero no valen, no cuentan, no las anoten en los récords".

Se han dicho disparates en el boxeo, amigos, pero en 250 años, desde James Figgs, ninguno como éste. Dígale usted a su esposa que va a salir a cenar con una amiga pero que no se fije, porque "no vale, no cuenta", y verá cómo le va.

La aparición de este tercer formato del boxeo, que antes era sólo amateur o profesional, no sólo abonó a la confusión de los aficionados, sino que dio nacimiento a varias teorías sobre dónde enrolar estas nuevas peleas, la escandalosa befa de la AIBA.

Poco después del ingreso al profesionalismo de Vasily Lomachenko, quien dejaba atrás un rimbombante récord amateur de 396-1, Bob Arum anunció que su nuevo pupilo pelearía un campeonato del mundo en su segunda pelea rentada, y que ganando rompería el récord del tailandés Seanseak Muangsurín, campeón en su tercera pelea cuando venció a Pedro Perico Fernández en Bangkok en 1975.

Lomachenko perdió con Orlando Salido y la polémica se calmó.

La empresa FighFax, que es la recopiladora de récords por excelencia, oficial, cuyos registros están obligadas a observar por ley las comisiones de boxeo en los Estados Unidos y que siguen centenares de otras comisiones del mundo, ha sido inflexible y reporta desde el primer día las seis peleas WSB de Vasily Lomachenko, en las que entre el 11 de enero y el 10 de mayo de 2013 ganó siempre por puntos a Charly Suarez, Albert Selimov, Domenico Valentino, Samat Bashenov y dos vecesa Samuel Maxwell.

Sigue siendo un criterio universal que una pelea deja de ser amateur si es a más de cuatro rounds y/o de rounds de más de dos minutos de duración. Hay otros detalles como los cabezales, que en el boxeo que se llama 'amateur de élite' ya no se usan, y los guantes, pero digamos que las dos condiciones primeras son definitivas.

La mayoría de los expertos del mundo, a quienes conozco personalmente en muchos casos, no llevan ellos mismos récords de boxeadores, lo que sustituyen consultando la página de BoxRec, que es gratuita y es la página del pueblo, digamos, por su accesibilidad. Buena para la talacha cotidiana pero severamente cuestionada en muchas ocasiones si se trata de profundizar en ella para asuntos históricos poco claros.

En 2010, además, fue un escándalo mundial la inclusión masiva de récords falsos de boxeadores brasileños.

BoxRec no agrega a sus récords las peleas WSB, algunos dicen que porque no las tienen (es posible, conseguir todos los resultados amateurs es una tarea casi imposible) y otros dicen que por un acuerdo con uno o más organismos del profesionalismo. Esto es imposible de probar.

Lo anterior ha puesto a la comunidad boxística el dilema de decidir a quién le hace caso o qué bandera levanta.

Con argumentos débiles, en mi opinión, algunos entendidos dijeron que Lomachenko iría a pelear con Salido en su segunda pelea, porque las otras seis que estaban en el limbo eran a 5 rounds, lo cual se salía del paradigma costumbrista de 4, 6, 8, 10 ó 12 rounds del profesionalismo.

La AIBA argumentó que 5 rounds son buenos para evitar empates, un buen razonamiento, incontestable.

Un pequeño paso adelante de la AIBA en su guerra con las cuatro organizaciones profesionales, que en su proverbial ineficacia, no han podido superar en un siglo la obsolescencia de las peleas a números de rounds pares.

A lo anterior hay que agregar, porque según mis informantes fue un argumento de peso al reglamentar, cinco peleas de 5 rounds caben a la perfección en un formato de televisión para transmisiones de dos horas y media, que en muchos países del mundo es bien aceptado y requerido.

Los aficionados y especialistas van a continuar divididos. HBO eligió presentar los dos récords de un mismo boxeador en una transmisión, y desistió pronto de la idea porque no recibió ningún elogio por ello, y sí miles de preguntas de un público desorientado por una nueva torpeza: boxeadores que ahora tienen dos récords... "elija usted cuál le gusta más".

Lomachenko es Lomachenko, el mismo individuo se presente con uno u otro récord, pero si a los efectos de reconocer su pasado esto no es tan importante, sí lo es mirando la guerra desatada entre los organismos profesionales y la AIBA, y las transformaciones que continuarán para definir quién se queda con qué porción más grande o más sustanciosa del pastel.

Steve Farhood, el prestigioso analista de Showtime dijo: "Si el trabajo de FightFax es bueno, como sabemos que es, no podemos respetarlo cuando nos conviene y otras veces no. Los promotores, los publicistas y los periodistas que se resisten a reconocer las peleas WSB como profesionales, están equivocados".

El escritor e historiador Lee Groves, también elector del Salón de la Fama, hizo recientemente un estudio profundo de este tema en The Ring Magazine y concluyó: "si parecen peleas profesionales, si se conducen como peleas profesionales, si los protagonistas son pagados como profesionales, entonces son peleas profesionales. Punto".

9 de mayo de 2016

Canelo y su derecha asesina

Sólo doce minutos después de haber sido declarado ganador sobre Amir Khan, sentado a la mesa de transmisión de TV Azteca para una entrevista, escoltado por Marco Antonio Barrera a su derecha y por Julio César Chávez a su izquierda, el Canelo Álvarez era inocultablemente el hombre más feliz de la tierra.

La sonrisa en su semblante, otras veces severo, era tallada por la alegría, y su dentadura casi desconocida en su solemnidad cotidiana, cobraba la dimensión panfletaria de una proclama al infinito. Era una revancha que le regalaba el destino. La victoria era un valor supremo.

No son de alcohol los vapores que más embriagan. El grito del triunfo es ensordecedor, y él acababa de noquear, casi matar, al inglés Amir Khan que estaba siendo amarrado a una camilla para viajar a un hospital.

La derecha con que Saúl terminó la pelea es para la historia, y no pocos recordaron la de Juan Manuel Márquez que cambió el curso del boxeo cuando se estrelló en la mandíbula de Manny Pacquiao, en aquella otra noche inolvidable. Como la de Márquez, la ejecución de Canelo compite para los finales más brutales de un combate. ¿Se acuerdan? Los nocauts de Rocky Marciano a Walcott, de Mike Weaver a John Tate, de Gerry Cooney a Ken Norton, de Bob Foster a Dick Tiger...

Tanto éxito marea a cualquier hombre, y algunos no sobreviven. Debe ser bastante bueno no volverse loco, no perderse en el laberinto de la soledad, no creerse divino, o perfecto, o angelical. Cuando alguien es tan afortunado ni procesarlo puede. La fama, los millones, la adoración de los aficionados de todos lados.

La noticia de la victoria del rojo peleador mexicano corría ya por el entramado de las redes y se instalaba en medios tan distantes como el Bangkok Post, de Tailandia; era video disponible en el Blikk de Budapest y ocupaba un buen sitio en la portada de The Nation, de Pakistán. Es muy bajo el porcentaje de los hombres que conquistan tanto, que florecen en tantas latitudes al mismo tiempo.

Con lo que ganó el Canelo sólo en esta pelea se pueden comprar 200 casas, o 2,500 automóviles, o una isla en Grecia, o un yate de lujo para 50 personas.

Cualquiera siente que el mundo le queda chico, cualquiera se cree inmortal. Exultante y eufórico, Saúl I de México, un Alejandro Magno moderno, impartía directrices "para los que a mis espaldas hablan de mí y dicen otra cosa", "para los que deben reconocer mi trabajo porque bastante me he esforzado", "para los que no entienden que no le temo a nadie", "los títulos no valen nada".

Nunca una pelea respondió con mayor precisión a los cálculos previos. Amir Khan a la delantera al comienzo, Canelo expectante como son de costumbre sus inicios, activa la velocidad relampagueante del inglés, y la sempiterna amenaza de un golpe letal firmado por el único que lo podía dar. Lo más difícil para Álvarez fue, sin embargo, cumplir el cometido de hacerlo tan bien que satisficiera --misión imposible-- a sus detractores. Si noqueaba no valía porque era a un enemigo más chico, si no noqueaba, peor. Otra vez la monserga, la cantilena: él bulto', 'el inflado', 'el invento de la TV', 'el que ustedes criticaban cuando estaba en Televisa y ahora endiosan'.

¿Cómo lo hizo el Canelo?

Recuerdo el relato de un amigo que estaba en la escuela preparatoria y cuando el maestro le pidió que hablara de Benito Juárez preguntó: ¿hablo a favor o en contra?

A mí ahora me sucede. Puedo defender la actuación del Canelo que de 49 es a mi entender la más importante, porque la peculiaridad del golpe letal con que ejecutó a Amir Khan diluye el hándicap del derrotado; cualquiera, del tamaño que sea, hubiera caído.

Puedo censurar lo que censuran todos, que Canelo no haya peleado en años con alguien ni siquiera cien gramos más pesado, excepto Manuel Baldomir que era una sombra cuando se enfrentaron. Esta omisión en su carrera resulta insoportable. Que él se haga cargo de este rezago deportivo que tiene que enmendar. Más que por nosotros debe hacerlo por él.

Ya no voy a explicar, porque lo hice en mi comentario previo, la necesidad que tiene de protagonizar una guerra en el ring.

Lo están entendiendo, parece, porque Canelo dejó claro en la entrevista que le hicimos después de ganar, que le molestan las críticas, y la mayor de las críticas es esa, que pelea con más chicos. Oscar de la Hoya, que miraba para otro lado cuando oía mencionar a Gennady Golovkin, tuvo que aceptarlo, y dijo 'sí, vamos a pelearlo en la siguiente'.

El Canelo boxeador, parco, austero, poderoso, fue el de siempre, y el que siempre será, con pequeños ajustes posibles que ojalá le permitan mejorar. Canelo ha madurado en las más recientes peleas. Ahora fue escaso en combinaciones de golpes porque Amir Khan estaba geográficamente lejos, pero las ha ensayado bien antes, en las peleas con Cotto y con Kirkland. Se defiende más y entrena mejor. Recibe bien fuego enemigo y no se cae.

Rocky Marciano tenía el problema de una cintura poco flexible, como tiene el Canelo, pero Marciano era una locomotora en su traslación hacia el frente, cosa que no ha logrado el mexicano. Cierto que Marciano no tuvo ni un solo rival que huyera con las piernas, como Khan, como Cotto, como Mayweather, los que exhibieron esa insuficiencia de Saúl, pero no es obstáculo para señalar como lamentable que un tipo con semejante poder físico sea tardo y perezoso para profundizar sus ataques.

Canelo fue el de siempre entre otras cosas porque un golpe salvador le dio una victoria rotunda, tan contundente que a sus detractores los dejó con más rabia que argumentos. Sabíamos muchas cosas antes de la pelea y muchas se confirmaron como verdades. Sabíamos que difícilmente Amir Khan, a pesar de poseer dos manos que son de las más veloces del boxeo, podía mantener una pelea perfecta a lo largo de doce rounds, para ganar. Ya en el segundo round vimos que no pudo repetir las excelencias del primero.

En el sexto capítulo crecía de a poco Canelo y él contraía sus propuestas. Dos semanas antes de la contienda el inglés había dicho: 'Un mínimo error de mi parte me puede sacar de la pelea'. El error lo cometió en el sexto round y su destino fue inexorable. Faltaba medio minuto de la vuelta cuando Khan tiró dos jabs que quedaron en el aire, y recogió muy bajo su brazo izquierdo. Canelo que estaba parado en el lugar exacto para contragolpear fintó con una izquierda y abrió el camino a la derecha más brutal de su vida para sepultar a Khan en la lona y obligarlo a morder el polvo del desierto de Mojave.

Álvarez tiene muchos triunfos y le falta la gloria. Sabemos que eso le importa, porque se le nota y porque nos lo ha dicho. Tendrá que trabajar para conseguirlo, con peleas de jerarquía. No basta con que haya dicho que va a pelear con Gennady Golovkin. Decirlo es una cosa, pero la negociación va a ser difícil. Los dos quieren un porcentaje de ingresos que para el otro es inaceptable. Los dos ponen su ego por delante. Van a discutir el peso. Lo que haga cada uno el resto del año tiene que decidirse en mayo, no más tarde, y lo que tienen que acordar no son asuntos que se acuerdan en un rato.

Canelo es competitivo contra Gennady Golovkin, mientras no se demuestre lo contrario, pero es cierto que en la percepción de los observadores el kasajo está evaluado como mejor en la comparación entrambos.

En la caótica repartición de títulos de estos tiempos de vergüenza para el boxeo, al Canelo le tocó ser el campeón, y a GGG, el evaluado mejor, el interino. Lo de interino es una imbecilidad, o un robo con impunidad que siguen haciendo las organizaciones del boxeo. Llegará el día cuando se verá el daño que este disparate ha causado a nuestro deporte, cuando ubicar a estos hombres en la historia sea un acertijo imposible de resolver. Imaginen a uno diciendo 'Yo era el mejor', para que le respondan 'No, el campeón era el Canelo', y al otro diciendo 'Yo era el campeón', para que le contesten 'Pero el mejor era Golovkin'.

Quiero dejar claro en el final que aunque los pesos pactados me parecen en general una buena herramienta del boxeo, Canelo tiene en esta hora dos compromisos ineludibles: pelear con GGG y pelear en 160 libras. Eso abortaría dudas que subsisten, si logra ganar, o si pierde combatiendo con dignidad.

Canelo está a la mitad de todo. Debe encarar con determinación la segunda mitad para ser el que quiere ser.