12 de junio de 2012

Pacquiao es Pacquiao

Con menos amor que antes vamos a ver a Manny Pacquiao el sábado, cuando se enfrente a Timothy Bradley defendiendo el campeonato mundial de peso welter. La relación del filipino con los mexicanos quedó dañada desde que se llevó una victoria que no merecía en la pelea de noviembre con Juan Manuel Márquez.

Este sábado, como cada vez que pelea, lo volverá a ver medio mundo, porque es extraordinario y porque es el boxeador de este tiempo. Sin embargo nunca una de sus peleas ha despertado más interrogantes que ésta, porque el Pacquiao-boxeador devino ahora en otro personaje de muchas facetas. A Pacquiao la vida lo atropella, su popularidad es un torbellino que lo empuja y que él no es capaz de detener. No es culpable de que le hayan dado el triunfo contra Márquez, ni es culpable de nada antimexicano que se le pudiera señalar. Algunos aficionados románticos o poco informados esperaban que Manny renunciara al resultado que lo premió en la pelea pasada, lo que no es posible, ni en sueños. Cuando una persona es tan importante hace mucho que ha dejado de ser dueña de sus decisiones. Hay contratos de publicidad, de promoción, de ventas de televisión, que dejarían en la ruina a alguien que en sus circunstancias dijera “lo acepto, yo perdí esa pelea que me dieron ganada”. No está mal, no está bien, las consideraciones morales no cuentan. Simplemente, así es.

El motor que mueve al boxeo es la presencia de sus ídolos, que se dan por épocas, y que desaparecen con el paso del tiempo o son reemplazados. Si no hay un ídolo del momento el boxeo entra en un irremediable letargo. El futbol, a diferencia, vive del amor a la camiseta, que los aficionados adoptan en su infancia y conservan toda la vida. Manny Pacquiao se ha adueñado de este tiempo boxístico, por su capacidad de seducción. Si algo habría tenido que compartir con Floyd Mayweather, éste se encargó de que no hubiera disputa. Manny tiene el encanto de una estrella de cine, Floyd el de un sepulturero. Una pelea entre ellos podría haber hecho mucho por la supremacía de Floyd, si ganaba, pero los últimos meses han precisado que no quiere pelear la gran pelea, con lo que se condena.

Hoy existe un Manny Pacquiao en el mundo del boxeo, dueño de todos los amores, dueño de todas las miradas. En otros tiempos este monopolio de idolatría fue sucesivamente de Jack Dempsey, de Jack Johnson, de Henry Armstrong, de Joe Louis, de Muhammad Alí, de Sugar Ray Leonard, de Julio César Chávez, de Mike Tyson y de Oscar de la Hoya. Podría mencionar a algunos más. Con matices, pero hubo idolazos e ídolos menores, los hubo de todos los tamaños. Hubo también los que valían más que nadie, pero que no permearon en el gusto de la gente, y se mantuvieron lejos del delirio, como Larry Holmes.

Timothy Bradley ha trabajado intensamente, se sabe desde hace un par de años que anhela ser él quien reemplace al formidable tagalo. Nadie sabe si tiene mucha o poca oportunidad de conseguirlo. Las peleas dan las respuestas, no los llamados especialistas. No se deje sorprender por la mentira de los pronósticos, o pregúnteles a los que pronostican quién predijo que Alí le ganaría a Liston, o que Pender le ganaría a Robinson, o que Tunney vencería a Dempsey. Los resultados se dan por una serie tan grande de factores que intervienen (especialmente en los deportes individuales), que nada está dicho antes de que suene la primera campanada. La gente se forma una idea de los peleadores, y cree que siempre va a ver al mismo, y la verdad es que nunca ve al mismo. Si un futbolista no está del todo bien en un partido, con un poco de talento pasa el balón y disimula, quizá nadie se da cuenta. A ver si un boxeador puede disimular cuando no tiene una buena noche. Este deporte es en serio. No digo que los demás no lo sean. Digo,porque lo sé, que en el boxeo no se juega. Si te distraes medio segundo te abollan la nariz, o te matan.

Voy a decir más, la pelea más reciente de Bradley, contra Joel Casamayor (victoria por KOT en 8) no fue la de sus mejores hechuras. Tuvo baches de imperfección exasperantes. Pero eso no significa nada, siempre es el rival más capaz el que saca lo mejor de un boxeador, y el gran acontecimiento lo hace crecer, como es posible que suceda en la pelea que se avecina. No cuenta gran cosa que contra el cuarentón Casamayor tuviera grietas de insuficiencia. Lupe Pintor perdió con el Topo Gigio Vázquez(que venía de perder 14 combates), y en su siguiente aparición, dos meses después, le ganó a Alberto Sandoval en gran pelea por el campeonato mundial gallo.

Hay razones para que creamos que este sí, Timothy Bradley, va a dar más pelea que otros. Margarito equivocó la estrategia (porque planeaba empezar a pelear a partir del quinto, y en el quinto ya no había pelea) y encontró a Pacquiao en su mejor noche, Joshua Clottey se mareó en esas alturas y Shanne Mosley fue un descarado que ya no buscaba nada más que dinero. Pero Bradley, ¿por qué podría no estar a la altura del compromiso? Yo creo que sí lo estará.

De Manny Pacquiao no me pregunten. Yo no sé. Nadie sabe. Ni siquiera él lo sabe. Va a intentar regresar a ser el que fue por orgullo personal, por dignidad, porque nadie se niega la posibilidad de ser mejor, pero a veces se puede y otras veces no se puede, y eso sólo lo prueban las peleas. No hay entrenamiento capaz de revelar la verdad. Pacquiao es una maquinaria de suma complejidad, un mecanismo de relojería, un alquimista de ingenios infinitos. Tiene que ponerse a funcionar y que no falle nada, ni los brazos, ni las piernas, ni la velocidad, ni la precisión, ni la inteligencia, ni el alma.

Veremos en la pelea. A Pacquiao los que escribimos de boxeo lo hemos estado retirando, diciendo que está harto y muy distraído, pero los peleadores son impredecibles, y muchas veces hacen otras cosas, no las que predijimos en nuestras sesudas elucubraciones. Cuando Larry Holmes tenía 32 años, dijo “cuando tenga 38 no haré la estupidez de seguir en un ring para que me sigan pegando, voy a ver las peleas y cómo se pegan otros en la comodidad de un buen sofá en mi casa”. A los 38 peleó con Mike Tyson que le puso una golpiza feroz y a los 52 seguía en el ring, no en el sofá.

Otra vez, el tinglado está bien armado. Los hombres proponen y Dios dispone. Recuerden, para que haya cuarta pelea con Juan Manuel Márquez los mexicanos el sábado estamos con Manny Pacquiao. ¿Sí? ¿Estamos?

11 de junio de 2012

¡Policííía! ¡Ladrones!

La escalada de podredumbre alcanzó su punto más alto y no nos deja respirar. Es inimaginable que los jueces de Las Vegas puedan producir algo más adulterado que la decisión de la pelea entre Timothy Bradley y Manny Pacquiao que vimos el pasado sábado. Los malos fallos han existido siempre en el boxeo pero esto no tiene nada que ver con tarjetas equivocadas como algunas que se recordarán por siempre (Louis-Walcott, Alí-Norton III, Lara-Williams, por ejemplo), es algo mucho peor. El boxeo de Las Vegas ha sido secuestrado por gente que no es del boxeo.

El estado de Nevada pone los jueces, es ley federal, nadie puede inconformarse. O lo respetas o peleas en otro lugar. El aficionado promedio no entiende algunas complejidades y tantea buscando culpables donde no los hay. Ni Robert Arum ni Francisco Valcarcel tuvieron que ver con el robo, en todo caso podría decirse que están entre las víctimas, pero Valcarcel (presidente de la OMB ) tenía la obligación de pronunciarse. Estába viendo que su deporte era herido de muerte y en entrevista posterior al insuceso no fue capaz de decir algo más responsable que: “esto hace interesante al boxeo”. Su declaración provoca náuseas. Tenía que decir “no avalo lo ocurrido”, pero no lo dijo.

Manny Pacquiao peleó redivivo, fuerte, eficiente, y me animo a decir que cómodo. No corrió peligro relevante y hasta administró el ritmo con que dominó a Bradley a lo largo de la pelea. Así fue a los ojos de los 14,206 espectadores con boleto pagado en el MGM, y de millones de telespectadores. Esta vez todos estuvimos de acuerdo, excepto sólo dos que –milagrosa casualidad—eran jueces de la pelea. No se puede digerir. No pasa. No es creíble.

Yo di 117-111; Benny Ricardo, de la televisión inglesa, 118-111; Los Angeles Times 117-111; Joaquín Henson, de la televisión filipina, 117-111; Harold Lederman, de HBO, 119-109; el diario Las Vegas Review Journal del domingo tituló “Bradley gana por obsequio de los jueces”, y su columnista Ed Graney escribió: ‘Bradley ganó el primer round. Después quizá ganó los rounds 10 y 12 (esa fue mi tarjeta Lamazón). No hay modo de aceptar que haya ganado más’. Cameron Dunkin, manejador de Bradley, dijo a la TV, antes de conocerse la decisión: ‘Ganamos cuatro rounds, perdimos ocho’. Y Tim Bradley se disculpó con Arum sobre el ring: ‘Lo intenté, pero no pude con ese salvaje’.

Y vino la decisión, que enardeció a un público de coctel, nada boxístico. A mi lado una muchacha mexicana, feliz sin por qué, le decía a su pareja: “¡Qué padre pelea, güey, y tú qué onda güey, ¿quién ganó?!”, ajena a que el mundo se estremecía por sus cimientos.

Nigel Collins, el reputado comentarista de ESPN, ex editor de The Ring, respetado como pocos, escribió pocos minutos después en twitter una frase devastadora: “A tragic night for Pacquiao and boxing. It was perhaps the worse decisión I’ve ever seen. Anybody who thinks it was incompetence is a fool”.

Lo que más subleva es la impunidad. En un mundo ideal la comisión de Nevada debió declararse en emergencia y llamar a la policía, iniciar una investigación prometiendo que algunos irán a la cárcel. Pero no harán nada, porque el sistema se ha envilecido, no hay instancia de apelación ni corte suprema donde inconformarse. El juez que crucifica a un boxeador no rinde cuentas a nadie por su felonía. Simplemente, puede hacerlo. Sabemos bien que cuando los hombres pueden hacer lo que les da la gana sin rendir cuentas, provocan tragedias.

El boxeo está inserto en un mundo patas arriba, gobernado por las bolsas de valores, por los bancos, por la especulación y por el dinero sucio, ¡tanto tienes tanto vales!, ¿de qué nos sorprendemos tanto? Abra usted el diario, cualquier diario, cualquier día, y lo verá. Yo trabajo en la televisión donde hace algunas semanas nos censuraron una grabación porque en la mesa de comentaristas había una botella de vino a la vista. Ya sabe “la botella no puede verse, se graba de nuevo”. Y en el noticiero del mismo canal, el mismo día, aparecen catorce cuerpos mutilados hallados bajo un puente, o veintitrés, o treinta y cinco. No pasan otras noticias porque otras no hay. ¿Cómo, cómo, queremos que sea el boxeo? ¿Limpio y transparente? No puede ser porque el ser humano ha evolucionado a un estado de ingobernabilidad. O alguien duda de que a Mike Tyson había que retirarle la licencia para siempre cuando mutiló a Evander Holyfield. Eso fue lo que muchos dijimos al día siguiente del acto criminal, pero poco más tarde el propio Holyfield le restó importancia a lo ocurrido: ‘no fue tan grave, quiero la revancha’. Con esta actitud ética no viajamos al cielo, viajamos al infierno.

Eso también es corrupción, es descomposición moral, la de los que viven devotos de la religión del dólar. Su Vaticano es Wall Street. Lo del sábado es peor. El boxeo fue violentado. ¿Para qué necesitaba jueces esta pelea? ¿Para qué necesitaba esos jueces? Yo no sé nada de apuestas, pero me obligan a pensar mal, y no quiero pensarlo. Si estamos en manos de los fulleros y la mafia, todo ha terminado para el boxeo. Habrá que voltear a ver las funciones de pueblos, si es que la élite se ha corrompido hasta alcanzar su fecha de caducidad.

No me imagino a Bob Arum comprando a los jueces, eso no sucede, y sería imposible. Los jueces no podrían salirse de madre con esta flagrancia sin el beneplácito de la comisión local. Pero parece que la comisión no hará nada, porque su indiferencia tiene nombre y no me atrevo a decir cómo se llama. Y la OMB dice: “¡Qué divertido! ¡Qué interesante!” (Valcarcel dixit). Es de una gravedad que da calambres.

Nada se ha investigado, nada se ha probado a pesar de tantas dudas, pero da la impresión de que algo muy grande y terrorífico permanece escondido detrás de estas decisiones. Yo creo, con Nigel Collins, que no sospechar es pueril, una estupidez.

En la conferencia de prensa que sigue a todas las peleas, Arum gritaba: ‘¿dónde están los miembros de la comisión de Nevada? No hay ninguno aquí, siempre se esconden, no veo a uno solo que dé la cara. Esos jueces que pusieron son viejos, no saben calificar una pelea, y esa mujer (refiriéndose a la jueza Ross, de la pelea)… ¿habrá visto una pelea de boxeo en su vida?’ No se fue de largo con el lenguaje, aunque no le cuesta mucho, cuidó lo que decía, para no pronunciar ofensas que en los próximos días desvíen de lo sustancial una polémica que va a continuar.

Quizá el sistema de calificar peleas es obsoleto. Da vueltas la idea de cinco jueces (como en los clavados) para que de las puntuaciones se eliminen las dos extremas, pero es impráctico y caro. Otra cosa, como medida de emergencia, si yo fuera el organismo que reconoce al campeón (la OMB), ya en la mañana del domingo hubiera anunciado ‘que Nevada ponga sus jueces, nosotros vamos a poner en el lugar un jurado internacional neutral y competente que haga público un fallo no oficial. Es experimental. Vamos viendo en qué sitio queda Nevada que con su cotidiana arrogancia no acepta jueces que no sean los de casa’.

Esperaremos que en el transcurso de la semana que empieza hablen todos los que tienen que hablar. El silencio es cómplice, no es una opción. Los organismos del boxeo deben pedir a las autoridades de los Estados Unidos una investigación. Bob Arum fue el primero, ayer domingo llamó a la fiscalía de la nación a tomar el caso en sus manos. Si el atraco del sábado no lo amerita, no lo amerita nada. Mejor apaguemos las luces y nos vamos. O le colocamos a las arenas un cartel que diga: “Prostíbulo plus, comercio de carne humana”.

Ahora el boxeo, bien o mal, debe recomponer el tablero. Habrá revancha. En los años ochenta se logró que las revanchas quedaran prohibidas, para desbaratar especulaciones y componendas. Ahora no sé si están prohibidas en las reglas de la OMB , no me acuerdo, no me interesa. Puedo verificarlo en dos minutos, pero estoy cansado –como usted, lector—de ser estafado. Si el reglamento prohíbe o no prohíbe, da igual. Si la revancha es conveniente (conveniente quiere decir lucrativa) encontrarán la luz verde o la excepción reglamentaria que la permita.

La indignación del mundo entero les importa un cuerno a la mayoría de las autoridades del boxeo. Al fin y al cabo un poco antes de la próxima gran pelea la industria de la publicidad nos hará olvidar el pasado y nos convencerá de que lo que nos venden es imperdible. Será fácil, nadie cree que Timothy Bradley es ahora el mejor libra por libra ni que Manny Pacquiao ha dejado de serlo. Nos instalarán la necesidad de volver a creer, una vez más, con todo y los jueces de Las Vegas.

El campeón Bradley y el retador Pacquiao volverán a pelear el 10 de noviembre. Cualquier posibilidad de peleas Pacquiao-Márquez o Pacquiao-Mayweather, está muerta.

Esto sería de risa loca, si no fuera una tragedia.

8 de junio de 2012

Los boxeadores y las drogas (2/2)


*Viene de Los boxeadores y las drogas (1/2)

Un hombre está sentado frente a una puerta cerrada, y observa. Si se inyecta una dosis de morfina dirá, confundido: “La puerta está cerrada para siempre”, y se abandonará sin salida. Si fuma mariguana creerá, por el contrario: “La puerta está cerrada, tengo que pasar por el ojo de la cerradura”. Si aspira cocaína su reflexión, aparentemente lógica, será: “La puerta está cerrada, tengo que romperla a patadas”. Esto, que tiene el aire de una fábula oriental, es la realidad del drogadicto. En ninguno de los casos buscará la llave que está en la bolsa de su pantalón. No puede hacerlo porque ese hombre acaba de caer en una trampa mortal: a través de la droga voló el puente que lo unía con la realidad. Quien consume la droga por placer, paga el altísimo precio de una dependencia psicológica casi absoluta.

Hemos visto que la presencia de las drogas en el deporte es alarmante. Y al ocuparnos específicamente del boxeo, aun siendo el menos contaminado de todos, la lista de víctimas es larga.

En los años noventa el entrenador Lou Duva comentaba la dramática situación de Rocky Lockridge, otrora campeón del mundo con un sólido prestigio, “todavía no es nada buena”. Lockridge, un hombre joven, que cayó preso de la cocaína se había quedado en la calle: lo desalojaron, su esposa lo abandonó llevándose consigo a sus hijos, y él era motivo de comentarios de la gente del boxeo porque se ganaba centavitos, para mal comer, como ayudante de última jerarquía en un modesto restaurante en South Jersey.

Duva aseguró que “este tipo de cosas, en el boxeo estadounidense, suceden con la gente que uno menos espera”. Citó el caso de otro pupilo suyo, el también ex campeón mundial Johnny Bumphus, otra víctima del ‘crack’… “Ambos eran como hijos míos”, dijo Lou, agregando que cuando se enteró que Bumphus era drogadicto no pudo creerle a sus oídos.

Sin embargo, ni Lockridge ni Bumphus son excepciones. Como ellos, también fue presa de los maléficos encantos de la cocaína el ídolo argentino Carlos Monzón, y muchos creen que si no hubiera mediado la presencia de drogas en una rencilla doméstica, su esposa Alicia Muñiz podría estar hoy con vida. Sugar Ray Leonard llamó hace algunos años a una conferencia de prensa para anunciar su recuperación, tras haber sido cocainómano y vivido de rodillas. Gustavo Ballas, otro argentino campeón del mundo, después de haber consumido cocaína salió a cometer asaltos con una pistola de juguete. A todos ellos, antes de caer en el vicio, les sobraban dinero, fama, mujeres, amigos, tiempo y halagos. También, paradójicamente, hastío.

El psiquiatra vienés Víctor Frankl, afirma: “Hoy no nos enfrentamos ya, como en los tiempos de Freud, con una frustración sexual, sino con una frustración intelectual. El paciente típico de nuestros días no sufre tanto como en los tiempos de Adler, bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vacío, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial”.

El párrafo me interesó especialmente porque soy testigo de la angustia que carcome a boxeadores retirados que no saben qué hacer con sus vidas, y especialmente con su tiempo. Un ex campeón mundial mexicano, tras retirarse de la actividad me visitaba en las oficinas del Consejo Mundial de Boxeo en los años ochenta, y recuerdo sus palabras: “Me levanto a las nueve de la mañana y el día es muy largo, no tengo nada que hacer hasta que me dé sueño otra vez”.

Manuel Vicent, escritor español, también habló del hombre y la droga: “Ni bípedo implume, ni animal racional, ni portador de valores eternos, la mejor definición de nuestra especie es la que afirma que el hombre es un bicho drogadicto por antonomasia. Algunos zoólogos --continúa diciendo—se empeñan en señalar que también otros animales, llamados interesadamente por nosotros ‘inferiores’, muestran patente afición a provocarse embriagueces: las hormigas soban cariñosamente a ciertos pulgones para beber el perturbador jugo que estos exudan; algunos tiburones se emborrachan por hiperoxigenación en las corrientes que atraviesan determinadas cuevas submarinas; los elefantes recurren a los frutos fermentados de ciertos árboles para propinarse unas borracheras dignas de aquel desamor que nos curamos en el Tenampa.

El naturista e investigador César Javier Palacios, confirma: “Hace años, durante un paseo por la siempre cautivadora Laurisilva Canaria (especie de bosque en las Canarias), me llevé una increíble sorpresa. En el cerrado sendero me salió al paso una rata negra, que caminaba dando trompicones contra raíces y piedras, ajena a mi presencia. Tan confiada estaba que incluso pude tocarla sin que se inmutara.

Normalmente ariscas, huidizas y hasta peligrosas, su extraño comportamiento tenía una explicación: estaba drogada. Su vicio habían sido los frutos y brotes jóvenes del acebiño (Persea índica), un árbol propio de estas selvas atlánticas, con propiedades alucinógenas.

Lo cierto es que si el hombre se embriaga de diferentes maneras desde hace miles de años, el hombre deportista había conservado tradicionalmente una cierta inmunidad. El deporte era cosa de mentes sanas en cuerpos sanos, y así había sido sacralizado. Hasta que en la segunda mitad del siglo pasado la cocaína lo contaminó todo.

Cuando ‘el Terrible’ Tim Whiterspoon le ganó a Tony Tubbs el campeonato mundial de peso completo actuó bajo los efectos de la mariguana. Desde entonces nunca volvió al primer plano, pese a su notable talento boxístico. ¿Otros nombres para continuar el recuento? Muchos pesos pesado: León Spinks, Mike Dokes y el mismo Tony Tubbs. Con una agravante: el hijo de León Spinks fue asesinado cuando apenas realizaba su segunda pelea profesional, en circunstancias que tuvieron que ver con traficantes de estupefacientes.

El vino es citado 155 veces en el Antiguo Testamento, y se sabe que los indígenas americanos habían descubierto el mezcal 2,000 años antes de que Colón husmease por estas tierras. Por donde indaguemos nada desmiente y todo confirma la relación de los hombres con los estimulantes o las sustancias mareadoras de todo tipo.

Poco después del descubrimiento de la heroína –en 1874—los laboratorios Bayer, de Alemania, la lanzaron al mercado como un remedio ‘para todo’. Las propiedades del nuevo producto –dijeron—“justifican su presentación al mundo”. La campaña publicitaria se lanzó simultáneamente en doce idiomas. Sus resultados fueron tan buenos que en 25 años sólo en Estados Unidos había 200,000 adictos. El congreso de ese país decidió prohibir la heroína, que se había consumido por toneladas en la Primera Guerra Mundial. Los congresistas estadounidenses recibieron una estadística que los trastornó: el 94 % de los delincuentes de entonces consumía lo que Bayer había presentado como ‘un fármaco seguro, de excelencia, bueno para todo’.

Las drogas no se acaban, se acaban antes los imperios. Y por eso la búsqueda de ejemplos históricos realizada en este espacio ha sido insistente. Se trata de un problema de enormes consecuencias y seguramente de imposible solución. La labor de los dirigentes del deporte, del periodismo y de los médicos del deporte es de importancia extrema, aunque en lo cotidiano nadie se los agradezca.

Conste que casi en el final de dos artículos sobre este tema no me he ocupado del flagelo del alcohol. Su abuso por la juventud y la no juventud, y por los deportistas, es muy conocido, y sus consecuencias también, obvias y despreciables. Vale la pena que no pase inadvertida su mención, como la mención a las drogas baratas, mariguana e inhalantes. La labor de las comisiones de boxeo de provincia en nuestro país debe ser indelegable y sin pausas.

Uno se pregunta por qué caen en la tentación tantos pugilistas, y la respuesta no es fácil, ni única, pero especulando podría decirse que la mayoría son jóvenes con antecedentes relativamente oscuros, e invariablemente han experimentado la pobreza, llegando a la riqueza repentina, sin transición, sin educación, sin valores, sin guías.

El estilo de vida que inauguran, tan pronto son campeones, es siempre idéntico: exageración en el vestir, carros, alhajas y compañía, amor por lo innecesario, exaltación del ‘yo valgo lo que traigo colgando, como una manera segura de ocultar lo que fue el sino de su vida, la miseria. El regodeo del súbito acceso a grandes cantidades de dinero, como antítesis de la falta de identidad original y privaciones, suelen resultar una combinación explosiva. Llenan el cuerpo de porquerías y dejan huérfano el espíritu que podría hacerlos mejores seres humanos, pero ni lo saben ni lo quieren saber.

Esto y los amigos ¡ahhh! los amigos de ocasión que surgen no se sabe de dónde! los hace especialmente vulnerables a las nuevas experiencias que no tardan en aparecer como ofertas irresistibles. Quien no fue educado para decir que no, sólo sabe decir que sí.

Y, desde luego, hay otra razón más que evidente: el aplauso fácil y el halago sobredimensionado los acostumbra pronto a ese único alimento para las emociones, para el espíritu. Es alimento chatarra, pero es el único que hay. Se vuelven adictos rápidamente a los honores y la excitación, y se emocionan con soberana facilidad. Muy pronto necesitan más y más estímulos.

Mucha gente de la vida fácil se les acerca y no es raro ni es tardado que alguien saque ‘un pase’ para alegrar una velada. Quizá sea un poco difícil engatusarlos la primera vez, pero cuando se hacen amigos de la droga ya no hay puerta de salida. Tristemente la tragedia anida fácil si la gente es sin escuela. Le pasó a Willie Pastrano, lo mismo que a Gerry Cooney, a Pinklon Thomas, al Macho Camacho, a Tyrrel Biggs y a Chuck Wepner. Y a muchos ex campeones mexicanos que no hace falta exhibir aquí para probar de qué es capaz la engañosa compañera blanca.

Quisiera terminar con una sorprendente ironía de Eduardo Galeano que escribió hace algún tiempo: “Si las drogas se vendieran libremente en las droguerías, sólo recurrirían a ellas quienes no se atrevieran a perturbar su alma y sus sentidos con los venenos realmente potentes, como el pensamiento o la soledad”.

Más seriamente, reflexiono sobre lo absurdo de nuestro tiempo. Efectivamente, hay sociólogos y políticos que posan como paradigmas de una actitud progresista y liberal, y que reclaman la legalización de la mariguana para ganarse simpatías de inexpertos. Después, cuando la mala hierba destruye vidas, no están ellos presentes para salvar a las víctimas.

Y pienso ¿qué le pedía a la vida Diego Maradona? Todo lo que le había pedido en su niñez desarrapada, lo obtuvo, y cuando lo obtuvo comenzó a despeñarse. Como tantos.

A veces la búsqueda de la felicidad es maravillosa, y encontrarla es una maldición.

1 de junio de 2012

Los boxeadores y las drogas (1/2)

Doscientos atletas chinos que irán a Londres a participar en los Juegos Olímpicos dejaron de comer carne a principios de marzo para conjurar la posibilidad de sorpresas en los controles, mientras un ejército de ciento cincuenta científicos se prepara en la capital británica para trabajar día y noche en la mayor batalla de la historia contra las drogas en el deporte.

La lucha entre los que buscan estímulos para maximizar el rendimiento en los escenarios de competencia y quienes intentan impedir su uso conservando al atleta en estado puro es vieja, pero otra vez está de moda.

El boxeo profesional es otro mundo, pero el tema de discusión es el mismo, excepto que los boxeadores algunas veces se drogan para competir y otras veces lo hacen para divertirse. La actuación de la VADA (Voluntary Anti-doping Association) ha venido a crear zozobra en unos cuantos hombres del ring que consumen algo más que lo permitido, cada cual por diferentes motivos.

El 20 de octubre de 2000 Mike Tyson le ganó por nocaut técnico en tres rounds a Andrew Golota en Michigan, sin embargo la comisión de boxeo local no tardó en cambiar el resultado oficial de la pelea declarando un ‘no contest’ (sin decisión) porque el vencedor dio positivo de mariguana.

Mucho más recientemente Shane Mosley, Lamont Peterson, Julio César Chávez Junior y André Berto, entre varios más, fracasaron cuando sus muestras de laboratorio revelaron el uso de sustancias prohibidas.

En diciembre de 2008 nadie entendió nada cuando Oscar de la Hoya fue un espectro frente a Manny Pacquiao, que a pesar de ser más chico en su peso natural, lo cacheteó como a un niño en la pelea con la que aquél se retiró humillado del boxeo. Pero todos entendieron todo cuando meses después Oscar reveló que ingresaba a un tratamiento de desintoxicación y con mucha vergüenza confesó ser una víctima más.

Hace unos cuantos años una pequeña noticia en los diarios daba a conocer que Hilario Zapata, ex campeón mundial de minimoscas y moscas, había sido hallado durmiendo sobre retazos de cartón en un mercado de abastos en Panamá, donde durante el día cargaba costales para sobrevivir ganando propinas. Hacía dos años que había dejado el boxeo (o el boxeo lo había dejado a él, porque en su pelea de despedida terminó perdiendo por nocaut en el primer round), y en los meses siguientes había perdido casa y familia.

Hilario Zapata llegó a lo más alto que se puede llegar, y entre 1977 y 1993 disputó cincuenta y cuatro peleas como boxeador profesional, de las cuales 22 –nada menos—fueron por campeonatos mundiales. Ganó una fortuna para su tiempo, soy testigo de que este mundo le quedaba chico. Lo visité en 1981. Era campeón del Consejo Mundial de Boxeo con siete defensas exitosas. Jamás olvidaré la impresión que me causó su flamante casa donde tenía una recámara acondicionada como una discoteca altamente sofisticada. Cama redonda de colchón de agua con sistema hidráulico que la hacía subir y bajar, tablero de control electrónico para efectos psicodélicos y luces de mil colores, humo, espejos, aromas en el aire, televisores y videocaseteras. La música alcanzaba niveles récords de decibeles, algo capaz de matar a un elefante.

Me consta el honrado esfuerzo que hizo su manejador, Luis Spada, por indicarle el camino conveniente. Más tarde, esclavo ya de la droga el ex campeón, otra vez Spada hizo lo posible y lo imposible por rescatarlo del infierno. Todos los bienes a Zapata se los había dado el boxeo, todos los males, la ignorancia.

Aunque el boxeo ha sido tradicionalmente el más limpio de los deportes cuando de hablar de drogas se trata, sus protagonistas no han escapado al irresistible embeleso de las sustancias, especialmente de la cocaína que desde hace décadas hace presencia una y otra vez en los peores momentos de los reyes del ring.

Un cuidadoso repaso de la relación de boxeadores y otros deportistas con estimulantes permite ver, igualmente, que otros psicotrópicos, como mariguana e inhalantes han encontrado buenos clientes a través de los años. Imposible olvidar que fue el campeón de peso pesado Tim Witherspoon, el que cuando la Comisión de Nevada le informó que su examen antidoping había dado positivo de mariguana exclamó: “Es natural, me fumé un puro de la mejor hierba hace pocos días”.

Un rastreo riguroso en el tiempo sería cosa de nunca acabar, pues la drogadicción ha sido asunto de los hombres desde la antigüedad, y hace mucho que no es tópico sólo de las páginas policiales, sino que se proyecta a los ámbitos deportivo, político y artístico.

Nada es nuevo ni hay tanto de qué asombrarse. Veremos que el hombre se las ingenió siempre para depositar su dignidad en la pátera de los estímulos seductores de la droga. En tiempos remotos quedaron testimonios del uso medicinal de un líquido lechoso extraído de las cápsulas verdes del “papaver somniferum” o amapola, antes de que se secasen las semillas aromáticas con que se espolvoreaban algunos manjares.

Se dice que el nepente que Helena de Troya sirvió en la Odisea contra la desazón de los huéspedes de su esposo Menelao, no era sino opio disuelto en vino. No en vano la reina infiel había estado en Egipto, donde se cultivaban esos misteriosos sedantes.

Modernamente el narcótico siguió ejerciendo su acción aplacadora del dolor y, aunque no faltaron voces de alerta, el láudano (opio con azafrán y vino blanco) fue durante mucho tiempo una medicina tan generalizada como hoy la aspirina, y su venta y consumo no revestían esa aura de exotismo, culpa y clandestinidad que adquirió luego.

La historia de la drogadicción en la actualidad, es la historia del abuso que ha hecho el ser humano de los maravillosos recursos que aprendió a robarle a la naturaleza, para curar con las propiedades de las plantas. Y del ominoso negocio en que derivó.

Hasta la publicación de las “Confesiones de un opiómano”, de Thomas de Quincey, no se consideró la adicción a la droga, sus etapas y riesgos, como un hecho psicofísico digno de estudio. Y no porque faltasen tratados médicos o revelaciones de usuarios, pero unos y otros se atenían a casos particulares, sin abordar una sintomatología abarcadora de sus efectos. El libro de De Quincey indujo a más de uno a probar el opio, pero también impulsó la investigación científica sobre este sutil universo.

En la medicina actual se utilizan preferentemente los alcaloides del opio: morfina, codeína, eucodal y otros. La morfina, descubierta en 1806, bautizada así porque recuerda al dios Morfeo, del sueño, comenzó a emplearse en inyección hipodérmica en la segunda mitad del siglo XIX, y con ocasión de la guerra franco-prusiana su utilización como analgésico provocó tal número de toxicomanías, que fue considerada como una de las plagas del siglo. La morfina, con sus derivados sintéticos, heroína y dolantina, continúa siendo la base del problema social de las toxicomanías graves en muchos países.

Sin embargo, es la cocaína la droga del mundo moderno que ha contaminado sin piedad al deporte de estos días. El cocainismo en forma de masticación de las hojas de la planta, se conoce desde hace siglos en América del Sur y tiene allí una cierta difusión tradicional en determinadas zonas entre la población indígena (en Bolivia, Argentina y Perú). En Europa el uso de la cocaína tuvo una gran difusión en los años de la Primera Guerra Mundial, y en América su producción es un boom desde hace cincuenta años. Con un gran recipiente consumidor que son los Estados Unidos.

Después de los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988, la preocupación de las autoridades deportivas aumentó ante la realidad de que las drogas habían llegado al deporte para instalarse en forma definitiva. Daniel Vidart, un alto investigador de la UNESCO comentó por entonces: “Este deporte es el antijuego, o la negación del juego”.

Hay una enloquecida carrera entre las formas de doparse y los métodos de detección cada vez más capaces de encontrar lo que era imposible hallar. Estamos ya frente a una realidad de doping funcional y sistemático. Todos los representantes de los países estrellas están sobredimensionados, convertidos en monstruos cronometrados, medidos, pesados, procesados, superentrenados, drogados. No es un doping coyuntural, sino de largo alcance y programado.

Esto significa, además, una profesionalización total o, empleando un lenguaje contemporáneo, la robotización. ¿El amateurismo? Era la esencia del deporte, en otra época.

Es difícil decir hasta dónde se llegará en esta despersonalización. En el caso de los pesistas en juegos olímpicos recientes fueron hallados con doping positivo en masa. Algunos cuantos ni siquiera pudieron participar porque quedaron descalificados de antemano cuando fueron pescados con las manos en los anabólicos.

Ben Johnson, tan dopado en su momento como todos los demás competidores de los 100 metros, cuyos tratamientos los teratiza (los convierte en monstruos), recorría esa prueba en 46 zancadas, pero fue un cliente frecuente y transgresor de las pruebas de laboratorio. Lo mismo puede decirse de los actores de una competencia de natación, de las muñecas mecánicas rusas o rumanas de la gimnasia rítmica con aros, cintas, cuerdas o clavas. Son casi robots. La eficacia devora la espontaneidad, la perfección acaba con la alegría. En el boxeo profesional las víctimas son mucho más numerosas entre peleadores retirados, o a punto de hacerlo. En las peleas de campeonatos los exámenes antidrogas son obligatorios desde 1978, y esto ha actuado como un disuasivo importante. Además, ha hecho del boxeo quizá el menos contaminado de todos los deportes.

Pero siempre aparecen cosas nuevas, aptas para hacer trampas. El eminente médico mexicano Guillermo Mézquita, especialista en la materia, dice “es altamente probable que la mayoría de los boxeadores de élite utilicen hormona de crecimiento. Con sólo interrumpir su consumo pocas horas antes de la prueba antidoping, es indetectable, o casi, porque ya hallamos un camino para hacer contacto con sus rastros, pero por ahora se trata de un procedimiento muy costoso”.

Es un hechizo irresistible el que se apodera de muchos encumbrados y los hace caer en los brazos del peor de los enemigos tan pronto dicen adiós a los cuadriláteros. Fue el caso de León Spinks, Mike Dokes, Tony Tubbs o Ubaldo Sacco, entre muchos. Un largo registro de casos –al que no escapó Sugar Ray Leonard--, muestra mucho terreno recorrido desde que Barney Ross, campeón mundial ligero y welter en los años treinta, fue tratado de malaria con heroína, convirtiéndose en adicto.

Veremos mucho más de la relación entre boxeadores y drogadicción, como un apéndice de la vida de los hombres procurando estímulos, a veces por la aventura, otras veces para embriagar las penas de la vida, pero siempre realimentando males que son recidivantes. Como el tema es lo suficientemente largo, volveré con otro artículo continuación del presente.

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