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7 de noviembre de 2021

Canelo cada vez mejor

Hace tiempo había un Canelo.

Ahora Canelo es varios individuos en un mismo envase. Es el boxeador, pero es también el personaje de la vida mundana en que se ha convertido. Un vendedor de imágenes a lo bestia, un revienta-taquillas, el hacedor de controversias operando en el vórtice del torbellino, el motivo de polémicas que no cesan, el destinado a ser mejor o peor que otro en infinitas comparaciones.

Tiene un don, cumple con sus promesas, sin procrastinar.

Éramos miles los escépticos años atrás cuando Canelo comenzó a revelar sus objetivos, ser el mejor de México, ser el mejor del mundo, ser un grande en la historia apoteósica del boxeo. El tiempo, ese intangible fullero que tiene la costumbre de poner las cosas en su lugar, ha pasado, y revela que, uno a uno, con paciencia de eremita, Álvarez sigue pateando obstáculos y caminando.

Hoy nadie afirmaría que este Canelo es el mismo que peleó con Floyd, ni diría que sabe por qué se hizo aquella batalla a destiempo.

Canelo ha mudado de piel muchas veces tras aquel insuceso.

Un día antes de su primera pelea con Gennady Golovkin alguien me preguntó qué podíamos esperar de Canelo, y respondí: “lo que conocemos de él, a esta altura ya nadie exhibe cosas nuevas”. Canelo tenía 27 años y 51 peleas.
 
Se dan cuenta que los observadores a veces tenemos que subrayar nuestros errores, para reforzar el mensaje. La capacidad de mejorar, en el caso de Saúl.

Esa primera pelea con GGG fue la que más me gustó de Canelo. Hizo cosas sorprendentes, con una cintura activa y movimientos de traslación de estreno. Un trabajo remanso de belleza en el ring, y una actitud de “mucho macho” que lo hizo recostarse demasiado en las cuerdas, enconcharse y recibir golpes en los antebrazos, un poquito en cada round. Hubo público que se confundió, creyó que a Saúl lo estaban tundiendo.

Cuando me dicen que muchos no lo vieron ganar, respondo que todas las grandes peleas que se van a la decisión, crean división de opiniones.

Según los ‘haters’ de Canelo, él nunca había peleado con nadie, y con Golovkin, más allá de cualquier duda razonable, lo iban a matar.

Después de Golovkin vino una serie de peleas más o menos controversiales para Saúl. La de Yildirin, un cuadrapléjico que llegó de Turquía, habría que borrarla de su récord. Me arrepiento de haberle reclamado que la aceptara, quizá porque tardé en advertir cuánto se la impusieron.
 
Hasta que llegó la pelea con Caleb Plant. El boxeo es imprevisible, y es al mismo tiempo exótico. ¿Un hombre de 21 peleas podía crearle problemas a Saúl? ¿Era Plant más que Kovalev, Smith o Saunders?

Me costaría explicarle a alguien que no vio la pelea, que Caleb Plant, un libra por libra menos boxeador que Canelo, le hizo una pelea pareja a Saúl, mientras hubo pelea, con un jab eficiente y piernas en constante traslación para dificultarle el blanco al mexicano.

La pelea fue de buenos intercambios y le dio al público un poco del Canelo aguerrido y rabioso que querían ver.

Canelo es pueril cuando se trata de coleccionar títulos y cinturones. Sonríe y acaricia como un niño las fajas que casi no puede cargar. Está bien, cada cual colecciona lo que quiere. Aun en esta época cuando es una obscenidad la exhibición de tantos títulos y cinturones.

Canelo no se parece a nadie. Ningún peleador ha tenido con su mundo exterior una relación como la que él tiene con la gente.

Es austero, parco, necesario. Crea empresas, se codea con millonarios, promete futuros nuevos, se viste de marcas, mejora su inglés cada día, toca la guitarra en privado, colecciona automóviles que los individuos normales sólo vemos en cine, juega al golf, vuela en avión privado y no toca a Julio César Chávez, eludiendo una polémica en la no sería favorecido.
 
Falta decir de él que es la columna que sostiene al boxeo, el que genera ríos de dinero, el que protagoniza todas las conversaciones si son de boxeo.

Es especialista en peleas de diseñador, a las guerras le sabe poco.

Con Eddy Reynoso hacen una buena mancuerna, histórica.

No están ya ni Pacquiao, ni Floyd, ni Márquez. Está Canelo, y el boxeo necesita una gran figura para vivir, una superestrella para no morir.

Para los mexicanos, cada vez más, venciendo resistencias, es el paradigma dueño sempiterno del canto popular que grita en las gradas “sí, se puede”, “sí, se puede”, sí, se puede.”

17 de febrero de 2021

Sobre Avni Yildirim, el rival de Canelo

Canelo vs Yildirim
Hay quienes, dos, tres, pocos, que me ofenden en redes desde hace muchos días y a cada instante porque no digo de Avni Yildirim, el rival de Canelo, lo que ellos quieren que diga.

Ni les contesto, ni me molestan, ni les hago caso. Pero detenerme en algunas de sus conclusiones, que no aceptan matices, me permite explicar algunos puntos Interesantes, que algunos no observan.

Yildirim no es favorito para ganar y creo que no ganará, pero es duro, fuerte, fiero y es peligroso para Saúl. Vale por dos Rocky Fielding.

Muchos aficionados reclaman siempre superpeleas. Yo también. Pero el boxeo no es así, y así no es el deporte. Hay días excepcionales y hay otros días, y otras peleas.

Sugar Ray Leonard tuvo cinco peleas grandiosas en su vida, Muhammad Ali seis, Mantequilla Nápoles seis, Joe Louis cuatro y Rocky Marciano ninguna (Walcott tenía 40 años y Moore 42).

No existe, no hay, no funciona, no es boxeo tener sólo superpeleas.
 
Veamos en otros ámbitos. Los cuatro mejores tenistas del mundo se enfrentan a cada rato, sobre el final de los torneos, pero con igual o mayor frecuencia compiten con el 80 o el 120 del mundo, y a veces pierden.

En México nadie ha dicho nada en contra de Carlos Zárate, un campeonísimo respetado por todos, un héroe, un intocable, pero defendió el título del mundo contra el africano Messan Kpalongo anunciado con record 42-2 y de quien luego supimos que andaba debutando como profesional. ¡Perdón, Carlitos! no es tu culpa, son cosas que pasan.

El paraguayo Rafael Lovera, virginal, subió al ring a disputar un campeonato con récord 0 0 0. No había peleado jamás, y se enfrentó al abuelo Lumumba Estaba, un inmortal.

En 1938 el gran Henry Armstrong noqueó a Al Manfredo, en Cleveland. Nadie pudo explicar qué hacía ahí Al Manfredo que de sus anteriores 24 peles había ganado sólo cinco.
 
Lo mismo sucedió con el ignoto Davey Day, a quien Armstrong noqueó el 31 de marzo de 1939; y con Howard Scott, un incompetente absoluto que tenía 44 derrotas.

Fritzie Zivic fue campeón del mundo con 65 derrotas en su récord.

No nos conformemos con poco, ni defendamos nada malo con cosas peores. Pero entendamos, de eso se trata, cómo funcionan las competencias deportivas.

Porque si no continuaremos viendo sólo fraudes donde hay lo rutinario que es parte del andar de la vida. En el deporte y fuera de él.

Si usted quiere apostar 10 o 20 pesos a Canelo en la pelea que viene, hágalo, pero no apueste su vida porque en un ring de boxeo suceden muchas cosas.

6 de noviembre de 2019

El Canelo, ¿verdad o mentira?

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… así siguen pasando las peleas y el Canelo no consigue su guerra. Tal vez no la quiere, pero la necesita. Por eso de las críticas rabiosas que recibe.

El Canelo peleó otra vez en una sola velocidad, y lo monocorde aburre.

Hasta aquí lo que puedo criticar de Saúl.

Lo demás me parece una victoria valiosa producto de un gran esfuerzo sobre Sergey Kovalev y el cuarto título.

Sobre los gritos y las quejas, hoy bloqueé una docena de contactos en redes que me insultaron, aunque yo no haya peleado. No bloqueé a ninguno por estar en desacuerdo conmigo, sí por la miseria de la agresión. Quieren, algunos, que desollemos vivo al infiel, que digamos en la transmisión de televisión que todo es un fraude, hasta las luces que alumbran.

Busqué sin éxito un solo periodista –UNO SOLO- confiable, de esos que son aceptados y creíbles para la mayoría, que cuestionara a Canelo o a la pelea, y no lo encontré. Ni mexicano ni extranjero.

Mientras el puñado de odiadores de siempre, ahora redivivo, me exigía que yo denunciara la pelea arreglada, ponderaban a Canelo Lance Pugmire (ex Los Ángeles Times, diciendo que Eddy Reynoso debe ser el manager del año), Kevin Lole (de Yahoo, que tenía la pelea empatada), Dan Rafael (que dijo “ahora Canelo es # 1 del mundo L xL”), Eric Armit (en su reporte semanal desde Inglaterra), la revista Boxing Monthly (también de Inglaterra), Sendai Tanaka (desde Japón, que dijo empatada). Príncipi en Argentina con suavidad aceptó “una gran definición borra un libro de objeciones boxísticas.”

Fernando Barbosa de ESPN habló de una “brillante estrategia de Álvarez.”

Leí comentarios buenos y medianos en la prensa de Rusia, de España y de Filipinas. Denuncias ninguna.

Entre los mexicanos Fernando Schwartz fue el más crítico, pero reconoció en Canelo a un buen peleador. David Faitelson, Diego Martínez, José Luis Camarillo, y Salvador Rodríguez reportaron sin novedad. Nadie señaló que hubiera que llamar a la policía.

No quiero aburrir porque para un muestreo es suficiente. Repito que si alguien, confiable, denunció fraudes o imposturas, todavía no me enteré.
+ + + + +

La pelea no fue para la antología del boxeo. A Canelo le di perdidos los primeros cuatro rounds, y ganados los siguientes tres. Kovalev parecía no ser el de sus mejores noches y lo dijimos en la transmisión. No sacaba la derecha y también lo dijimos.

Pero de inicio el ruso con su jab de izquierda gobernaba la pelea.

Canelo perdía contra el jab en los primeros rounds porque no sacaba golpes.

Saúl hacía las cosas bien, pero no movía la montaña. Kovalev era muy pesado, más de lo que el mexicano y los Reynoso habían calculado.

Casi al final Jim Lampley escribió en un tuit: “no encuentro otra puta manera de anotar esta pelea más que todos los rounds 10 9 para Kovalev.”

Digan ustedes lo que quieran del trámite de la pelea, porque están en su derecho. Si Kovalev no usó la derecha yo no sé por qué no lo hizo, y no lo tengo que defender. Pero el final de la pelea, la definición de Canelo es legítima. No hay actuación alguna ni acepta reproches.

Fue una pelea más. Seguiremos contando… seis, siete, ocho… ¿hasta cuándo? No sabemos.

Para que Saúl entregue una pelea con drama en serio e intensidad, no en una sola velocidad.

Fue una victoria buena, importante, que suma.

No hubo estafa. El Canelo es así, lo tomas o lo dejas.

8 de mayo de 2019

El Canelo grande que aún no aparece

Los del pesaje, esos dos encabronados queríamos ver.

Al final del décimo round yo la tenía empatada, y cuando las peleas se empatan empiezan de nuevo. Desde el séptimo había dicho y repetido en la transmisión que era hora de poner las cosas claras o Saúl peligraba en las tarjetas.

Ganó los rounds 11 y 12, y mi anotación cerró en 115 a 113. Mucho sufrimiento. Un parto.

Revisé tarjetas de muchos. Los dos rounds finales, para mi tan claros del pelirrojo, muchos los habían visto al revés.

Revisé más rounds en más tarjetas. Algunos colegas que respeto y con los que coincidí en los números finales, habían llegado a lo mismo por caminos diferentes.

Las grandes peleas parejas dividen opiniones. Otra vez cada quién vio lo que quiso, o lo que pudo.

¿Qué hacemos con todo lo que Canelo genera en cada pelea? Detona más comentarios que un disparate de Donald Trump.

Es falso que haya sido una mala pelea. No fue grandiosa, pero fue más que mediana. Peleas de esta calidad hemos visto centenares que no fueron cuestionadas por nadie.

Fue una partida de ajedrez, cada movimiento bien calculado, a cada acción una reacción.

Hablamos de una pelea incapaz, eso sí, de encender pasiones. El gran público quiere guerras, quiere caídas, quiere rodillas que se doblen tras el detonar de puños homicidas, y quiere sangre. Es obsceno, pero es así.

Yo no sé por qué Canelo pelea en una sola velocidad, tan fácil que es provocar cambios de ritmo para favorecer la estrategia, y para sorprender al de enfrente.

El de enfrente, Daniel Jacobs, ejecutó una logística correcta, cuidadosa, a la que le faltó determinación y ganas para ganar la pelea. Cuando no hay sacrificio no hay seducción en los ojos del espectador. Helenio Herrera, el mago, decía “el que no da todo no da nada”.

Jacobs cambió de guardia varias veces y el recurso le funcionó como nunca antes. A pesar de que Álvarez estaba advertido, no pudo evitar confundirse cuando lo vio al revés. El estadounidense se llevó sólo con eso un par de rounds que amenazaron el futuro inminente de Saúl.

A la pelea le faltó acción decente para estallar, a Jacobs ya dije, y a Canelo le faltó el brinco a la gloria que estamos esperando desde hace años. Le hace falta ganar una guerra. Tal vez la busca, pero no la encuentra.

Hubo una pelea tejida al crochet, pero no hubo drama, y a Canelo alguien tiene que decirle que en el boxeo el drama es indispensable.

Hoy me llamó Víctor Cota, el gran historiador: “-Lamazón, ¿el Canelo es gran peleador o es sólo buen peleador?” Le respondí: “Buen peleador, por ahora.”

- A mí siempre me gustó el Canelo –me dice Cota-.

- Sí, carajo, pero que nos dé UNA pelea con el contenido de violencia de una Barrera-Morales, o de Chávez-Taylor, ese examen no lo ha pasado.

Canelo no peleó mal, pero peleó poco. Hizo cosas bonitas con una cintura activa y mejorada, se defendió, resistió dos o tres golpes que hubieran hecho llorar a Marvin Hagler, pero fue escaso en la producción. Tiró poco, y en el boxeo la batalla se gana con muchas balas.

Yo también sueño con ver un Canelo trenzado en intercambios de golpes para ver qué pasa. Un toma y daca prolongado que nos provoque un ulular de gargantas en un coro repentino y tumultuoso. ¿Pero debe cambiar el Canelo para complacer a la masa? No puedo reclamárselo. Es un profesional y tiene que seguir el guión acordado con Chepo y Eddy Reynoso para ganar sobre el ring.

Ganar o gustar es un eterno dilema cuando las dos cosas juntas no se pueden conseguir.

Por citar algunos anotadores respetables, Juan Manuel Márquez se inclinó por Daniel Jacobs 115 113, Fernando Barbosa y Roberto Sosa dijeron empate, Lance Pugmire (de Los Ángeles Times) la dio a Canelo 116 112 y con mi 115 113 para Canelo coincidieron The Guardian, Carlos El Zar Aguilar, Víctor Cota y Kevin Lole.

Lo de siempre. Veinte expertos por acá vieron ganar a Canelo y otros veinte igual de expertos por allá vieron ganar a Jacobs.

Saúl Álvarez mantiene latiendo la gran interrogante que lo acompaña. ¿Dónde está en el boxeo de hoy y dónde quedará para la historia?

Siempre decimos que la próxima pelea dirá mucho al respecto. Y así vamos de pelea en pelea.

Yo creo que la próxima será la tercera con Golovkin. En las anteriores dos tampoco hubo acuerdos, sólo opiniones encontradas.

Hombres juzgando a otros hombres. Desventura. Una travesía sin destino.

17 de septiembre de 2018

La polémica sobre Canelo vs GGG 2

La realidad es independiente de la actitud con que se la mire.

La pelea fue una, las opiniones son millones.

La pelea fue esa que vimos, no es más ni es menos pelea ni se modifica con las voces de los miles de opinadores de ocasión.

Si usted cree que ganó Canelo, la pelea es la que fue, y si cree que ganó Golovkin, está bien, pero no se modifica lo actuado.

Esta polémica infinita, hija de las redes sociales, que creció como una pandemia, que puso en el éter el grito agónico de aprobación o de rechazo de tantos aficionados sin rostro, es buena para el boxeo, porque enciende las pasiones y hace protagonistas a los más alejados del ring.

Yo soy de un tiempo cuando tras las grandes peleas podíamos conocer sólo unas cuantas opiniones. Unas cuantas es diez, veinte, por los diarios o por la radio.

En esta vertiginosa discusión hemos leído una catarata incontenible de tonterías sobre el combate de Las Vegas:

- Que los rounds muy parejos hay que dárselos al campeón.

- Que el retador tiene que hacer más para ganar.

- Que los jabs no cuentan en el boxeo profesional.

- Que uno u otro tenía el rostro más lastimado y eso prueba que perdió.

- Que al negocio del boxeo le convenía que ganara Canelo.

- Que Chávez dijo que ganó Canelo y entonces ganó Canelo porque nadie puede saber más que Chávez.

- Que Canelo dominó la pelea.

- Que Golovkin se vio disminuido y viejo.

* * * * *

Pongamos algunas cosas en su lugar:

- Al campeón se lo destrona ganándole por un punto.

- Si los jabs no contaran en el boxeo profesional Larry Holmes no existiría en la historia del ring, él que es el quinto mejor pesado de la historia y que durante doce años fue imbatido e imbatible.

- Un rostro más lastimado que el otro rostro es una consideración muy menor a la hora de evaluar lo sucedido. Si uno de rostro lastimado fuera necesariamente perdedor Daniel Zaragoza o el Travieso Arce no hubieran ganado nunca una pelea.

- Canelo no tuvo el control del combate ni siquiera en los rounds que ganó. La pelea se desarrolló en zona geográfica propiedad de GGG.

- Golovkin mantuvo un despliegue físico admirable, superior al de la pelea anterior entrambos y superior al que exhibió contra Daniel Jacobs.

- Si Chávez dijo que ganó Canelo, Manny Pacquiao y Terence Crawford dijeron que ganó Golovkin.

- Al negocio del boxeo le convenía que ganara Golovkin. Una derrota a Golovkin lo podía/puede dejar fuera del boxeo, una derrota de Canelo garantizaba aún más una tercera ruidosa pelea.

* * * *

La pelea del sábado fue un intercambio caótico y atroz de violencia en el que chocaron dos estilos diferentes, que sedujeron uno a unos y el otro a otros.

Para los canelistas los golpes de jab de Golovkin contaron poco, o nada, porque son golpes de señoritas, y para los simpatizantes del que perdió el dominio científico de éste sobre el mexicano fue apabullante.

¿Cómo se resuelve el dilema?

Vuelvo sobre algunas cosas que digo con frecuencia:

1- En boxeo la palabra más importante es CRITERIO.

2- No nos casemos con un concepto sin serle alguna vez infiel, cuando valga la pena: un jab vale menos que un recto a la mandíbula, sí, pero en este caso el tsunami que Golovkin le creó a Álvarez con el jab incesante fue de tal calidad que es difícil recordar otros ejemplos de un uso tan eficiente, casi devastador “del golpe de señoritas”.

3- En boxeo no hay goles, ni hay puntos, ni hay una pelotita, ni corremos contra un reloj, por lo que el resultado de la pelea es el que cada cual ve, y hay un resultado oficial que muchas veces es razonable y otras veces es miserable.

Algunas peculiaridades de este combate revelan que el réferi no intervino en las acciones, los dos fueron tan limpios que podrían haber estado solos en el cuadrado.

Canelo tuvo un desempeño valiente hasta el límite de lo posible, porque con una propuesta inimaginable antes de la pelea, se rajó el alma para gustar.

Ninguno de los rincones se creía ganador seguro poco antes del final a juzgar por los diálogos que escuchábamos en los descansos.

Los combatientes se abrazaron con sinceridad cuando oyeron la última campanada, lo que el boxeo les agradece. Las fricciones previas fueron dramáticas y a veces divertidas, el abrazo final curó heridas encarnadas.

* * * * *

Mi percepción es que ganó Gennady Golovkin, en un diseño de ajedrez de una pelea en la que su inteligencia, recursos técnicos y capacidad para ejercer y soportar castigo fueron superiores a lo que ofreció Canelo. La quintaesencia de una estrategia bien lograda. No fueron jabs solamente, aunque con esa mano izquierda sublime le hubiera bastado para justificar el triunfo.
Golovkin sacudió la testa de Álvarez tantas veces como fue sacudido, si le reclamamos golpe de poder. Su respuesta a los impactos recibidos fue a golpe por golpe cuando los intercambios parecieron de nocaut.

Anoté 116 112 a favor de GGG.

Pero todos tienen su opinión, y nadie la va a cambiar.

Es la historia del boxeo.

Cada cual ve lo que quiere, o lo que puede.

11 de agosto de 2018

Canelo, operación 15 de septiembre

Tiene 28 años de edad y quince años en el ring. Muchos de esos años vividos en la histérica controversia que su nombre provoca, en el transitar la vida a centímetros del precipicio. Siempre en guardia. Siempre observado y juzgado con rigor. Nunca del todo sobreseído.

El Canelo Álvarez es un boxeador, y es también una tempestad.

No hay en el boxeo mexicano memoria de alguien tan controvertido.

Chávez, Olivares, Arizmendi, Sánchez, Barrera, Román, Saldivar, Montiel, Morales. Todos son amados por el gran público. Aun Miguel Canto y Ricardo López, dueños de ese otro boxeo estético y refinado, menos frecuente aquí.

Canelo vuelve al ring el 15 de septiembre en Las Vegas. Es desempate con Gennady Golovkin pero Canelo no viene de la pelea anterior, viene del infierno del clembuterol y del draconiano escrutinio de la opinión pública que nunca le ha dado paz.

El porqué de la ardua relación de Álvarez con la gente es un misterio mayor que el destino de Amelia Earhart.

Canelo es parco, serio, seco, económico en sus expresiones. No se parece en nada a un publirrelacionista. Es imposible adivinar si esto que comento, o cualquier otra cosa, lo preocupa o le importa un cuerno.

He visto a Canelo en los Estados Unidos salir de una conferencia de prensa y no poder caminar por muchos minutos, seguido y ahogado y aclamado por mareas humanas, mientras en las arenas y en las redes sociales recibe embestidas de críticas sin misericordia.

En la pelea de septiembre del año pasado le pregunté por qué tanto odio contra Álvarez a un mexicano que desde las gradas le gritaba anatemas como si hubiera matado a su madre, y me respondió: “- ¡Porque es mamón!

A esa gente que lo debate no le gustaba que Saúl había peleado siempre con tipos físicamente más chicos, y repetía que “cuando pelee con Golovkin ya van a ver lo que le va a suceder”.

Pues no le sucedió nada cuando finalmente peleó con Triple G. Si hubiera enfrentado a un niño no le habrían hecho menos daño. Golovkin había noqueado a 31 en 37 peleas y no le hizo nada. Ya no podemos reclamar que no se las haya visto con uno de su tamaño. Contendió al mejor del mercado, y no perdió.

No sólo no perdió. Para mí ganó la pelea. Hace un año que lo explico y hace un año que recibo imprecaciones variopintas por lo que defiendo.

Blasfemias que son de la mitad que no lo vio como yo lo vi. Ayer le respondí a un lector furioso que si él vio ganar a Golovkin está bien, pero que si cree que todos vieron ganar a Golovkin, está mal.

* * * * *

Todas las peleas cerradas dividen opiniones. Todas. Incluso entre los expertos. Tráiganme diez muy conocedores que defiendan el triunfo de GGG y les traeré otros diez igualmente entendidos que vieron ganar a Álvarez.

Han pasado los años y el mundo sigue discutiendo quién ganó entre Leonard y Hagler o entre Emile Griffith y Luis Manuel Rodríguez.

Si el Canelo ya peleó con Golovkin hace un año, ¿qué no les gusta ahora? ¿Qué es de tono rojizo y los mexicanos no somos rojos?

La segunda pelea puede ser parecida a la primera. Yo sacaría a Saúl de ese permanecer tanto en las cuerdas porque nadie entendió por qué lo hizo.

Hay momentos en las peleas en que un boxeador siente que tiene un buen control de lo que está ejecutando. Canelo puso espalda a las sogas demasiadas veces para hacerse el macho. “Me pega y no me hace nada” era el mensaje. Canelo subió la guardia para protegerse la cabeza que es lo más vulnerable y se dejó atacar. Al estar quieto ni siquiera había un riesgo cercano de cometer un error como el de Pacquiao contra Márquez y que se colara una mano noqueadora de parte de Golovkin.

Pero la gente no lo entiende, y los jueces lo entienden mucho menos porque los jueces del boxeo no entienden de boxeo.

Canelo ganó los tres primeros rounds y los dos últimos rounds con cierta claridad (los tres jueces le dieron al rojo los últimos tres rounds). Entre el cuarto y el décimo están los millones de desencuentros en las opiniones. Para mí ganó también los rounds 6 y 7 y eso explica mi tarjeta.

Todo esto que comento no garantiza una victoria de Saúl en la segunda edición del duelo. Dije de aquella pelea lo que ahora debo decir de ésta: será ‘la’ pelea para Canelo (más que para Golovkin), es esa pelea esencial que decidirá su destino y su historia. Si gana continúa su derrotero a una edad en la que tiene espacio para construir. Si pierde, depende de cómo pierda, será ripioso para él remontar los amores de la gente y convivir con las secuelas del affaire clembuterol.

* * * * * *

¿Puede perder Canelo?

Los dos pueden ganar y los dos pueden perder.

Canelo debería hacer un esfuerzo algo mayor.

Con lo de la primera pelea alcanza para la esperanza pero no abastece certezas de triunfo. Un mexicano nunca es local en Las Vegas (para los tipos que anotan en las tan temidas tarjetas). La pelea tendrá rounds cerrados y repetirá las complejidades matemáticas conocidas.

Gennady Golovkin es un raro boxeador que pelea sólo con una mano, la izquierda. Su brazo derecho está amarrado al cuerpo y el observador imagina que algo le impide pistonear. Peleó con una mano al Canelo y así es como pelea siempre. Sólo ejecuta con la derecha cuando ve una oportunidad de convertirla en letal. Una mano derecha que amenaza siempre y cumple de vez en cuando, pero que cuando cumple causa estragos.

Es pelea para reconstruir presentes y futuros. La suspensión de Canelo desordenó su vida y sus planes, y le impidió ganar muchos millones de dólares. Perjudicó más, sin embargo, a Gennady Golovkin, porque Canelo tiene tiempo que él no tiene. Su futuro se acota a una angustiante próxima caducidad.

Golovkin perdió con la suspensión de mayo la bolsa más grande de su vida, y el insuceso lo llevó a una pelea con Vanes Martirosyan con la que cosechó más críticas que aplausos, por la vaguedad del rival.

La confirmación de la pelea, hace algunas semanas, arrancó las apuestas con GGG marcadamente favorito, lo que atribuyo al daño que hizo al mexicano el escándalo del clembuterol.
No olvido que en las apuestas los que saben apuestan primero, pero se cuentan por millones quienes sospechan que Saúl “con clembuterol rindió en la primera pelea (asumen que lo estaba consumiendo para tomar ventaja) lo que sin clembuterol no podrá rendir en la segunda.

Gennady Golovkin es un buen peleador, pero no es Hagler, ni es los diez campeones mejores que Hagler que ha tenido la división de los pesos medio. Su oposición ha sido humilde. Creo que perdió con Jacobs. Él también tiene que reconstruir su presente para caminar a lo que le queda de futuro.

“A los 36 los boxeadores debemos retirarnos”, dijo Muhammad Ali, y GGG tiene 36.

Seguiremos conversando.

18 de septiembre de 2017

El mejor Canelo que hemos visto

La pelea entre Canelo Álvarez y Gennady Golovkin, resuelta por los jueces con un empate, deshizo varios presupuestos.

Yo mismo había dicho que no debíamos esperar un combate sangriento y bárbaro porque Canelo trataría de enfriarlo a tono con su costumbre, de especular minimizando riesgos y peleando como peleó contra Miguel Cotto, por ejemplo. Sangriento no fue porque no hubo cortadas importantes, pero la dureza de las acciones alcanzó alturas admirables.

Tiraron a la basura, además, las ideas acerca de la mandíbula de cristal del mexicano, su supuesta cobardía y la cantinela del poder devastador de GGG que lo iba a despedazar tan pronto se lo propusiera.

La fiera no era tan fiera y el torpe no era tan torpe.

Hicieron esa guerra que durante varios años les reclamé a los dos. Nunca ninguno de ellos había recibido semejante castigo.

Es más, Canelo se arriesgó como un suicida tocando dinteles de muerte y desafiando al infierno en varios pasajes de la pelea. Se apoyó en las cuerdas y aceptó recibir golpes innecesarios mostrando que es muy macho.

Mala jugada esta exposición al peligro porque los planes eran que ganara el más inteligente, no el más insensato.

Pero le salió bien.

Nunca ha sido un gran negocio en el boxeo pelear caminando hacia atrás (por eso de los jueces, que no entienden nada), y nunca ha sido gran negocio empezar fuerte los rounds para terminarlos a media máquina por lo mismo. Los jueces que debieran entender todo no entienden nada y califican el último minuto del round olvidando los dos primeros.

Quizá estas fueron las omisiones más a la vista en el trabajo de Álvarez, que por lo demás se presentó en la mejor versión de su carrera. Lúcido siempre, ora combativo, ora inteligente, con actitud triunfal.

Recorrió caminos de dolor y drama en las catacumbas de esa lucha hombre a hombre, como los duelos cuerpo a cuerpo de los soldados en el campo de guerra, cuando saben que no hay más alternativa que matar o morir, que triunfar o perecer porque están viviendo la hora del día que puede ser el día final.

Tras la pelea Golovkin escribió un mensaje, una falacia que no me explico por qué mucha gente reenvía. Dice: “Los verdaderos mexicanos no corren en la pelea más importante de su vida.” Le hubiera contestado: “Los verdaderos mexicanos no son idiotas para hacer la pelea que te conviene, hacen lo que les conviene a ellos.”

Golovkin, que en 37 victorias había noqueado a 33 enemigos no sólo no noqueó al Canelo sino que para muchos perdió con el Canelo. Para otros Golovkin ganó, pero nadie dice que lo de Saúl sea algo menos que una proeza.

Canelo peleó a morir, para vivir. Tenía que callar los abucheos mexicanos porque ni en esta noche triunfal cesaron las demandas de los inconquistables que lo fueron a ver perder.

Al final de la pelea le pregunté a uno: ‘¿Por qué tu enojo con el Canelo?’ ‘-Porque es un mamón’, me dijo.

Me gustó mucho Canelo. Por su calidad y compromiso. El mejor que hemos visto.

Gennady Golovkin peleó muy bien con la mano izquierda y muy mal con la derecha. Ese Golovkin esperado, temido, el de las combinaciones de cinco golpes, el que sorprende repitiendo la izquierda arriba y abajo o viceversa, el que termina su apuesta ofensiva con una derecha letal que te manda al otro mundo, no se vio en la pelea.

El talento originario del asiático le alcanzó para poner en aprietos a Saúl, ni duda cabe. Sí llevó al ring de Las Vegas su primoroso jab de izquierda con el que conduce tramos de la pelea como si el puño fuera el timón de un barco. La derecha no, la derecha de Golovkin tuvo falta injustificada. Golovkin fue más que en su pelea anterior contra Jacobs, pero fue menos que en muchas de sus otras noches.

En el boxeo no gana el que coloca más jabs en la nariz del otro, sino en tercera instancia. Lo primero es el poder de los golpes. En el boxeo gana el que provoca un daño mayor que el daño que recibe. Canelo fue el más poderoso en el golpeo, el que causó mayor daño, y el mejor de los dos.

Los tres primeros y los dos últimos rounds fueron para el Canelo, creo que más allá de dudas. Lo demás, el segmento medio de la pelea, entre el cuarto y el décimo round, para la polémica. Rounds cerrados, rounds que dividieron opiniones. Como sucede de rutina en este tipo de peleas.

Me parece demencial pensar en corrupción para explicar el empate. Yo hago tarjetas todos los días y les puedo asegurar que es muy difícil programar cometer el crimen. La jueza que estaba dormida y que dio 118 110 para Canelo hubiera dado dos puntos y todos tan tranquilos.

Fíjense, los tres jueces le dieron los últimos tres round al Canelo, para llegar Don Trella a un empate y Dave Moretti a una ventaja mínima a favor de Golovkin. Cuando haces la tarjeta y la pelea está en proceso, no sabes qué va a pasar en el próximo round, y por eso es imposible una situación de cohecho.

¿Cómo iban a saber los jueces al final del noveno round qué iba a pasar en los tres rounds finales? Podrían ser unos descarados y anotar al revés, pero una caída, por ejemplo, les arruinaría tan grande y supuesto negocio.

Un sector del público, sin embargo, tiene presuntas verdades inamovibles: la corrupción, que Oscar De la Hoya influye en la comisión de box, que los casinos determinan los resultados.

Yo no me puedo imaginar a nadie convenciendo al Canelo o a GGG que no vayan a noquear al otro porque la pelea tiene que terminar en un empate preestablecido; y en cuanto a la comisión de box soy el primero en decir que es de una ignorancia enciclopédica y de una incapacidad oceánica, pero me niego a creer que manipulen el resultado.

Que cada quien siga creyendo lo que quiera. En 40 años son muy pocas las peleas titulares que terminaron en empate, y en una infinidad de casos hubo revanchas aun cuando la primera pelea haya arrojado un ganador.

Si algunos van a seguir tirando mierda a Saúl, si planean seguir profiriendo anatemas “porque es mamón”, no es mi asunto. Nunca dije que Canelo sea mejor que Hagler o que Durán. Que haya habido un Frank Sinatra no quiere decir que nadie más tenga derecho a cantar.

Canelo ha vivido 12 años en el ring. Es un muy buen peleador y el presupuesto de que contra Golovkin se iba a desenmascarar la impostura de un boxeador fabricado a la mala por Televisa y por TV Azteca no se comprobó, se desmintió.

9 de mayo de 2017

Después de la pelea

En 1923 Jack Johnson fue bajado de un ring en La Habana por falta de acción en una pelea. Jack Johnson es, con seguridad, uno de los diez mejores peleadores de la historia.

Lo de Jack en aquel combate que refiero debe haber sido una mentada de madre, pero hay una diferencia importante con esta mentada similar ahora protagonizada por Julio César Chávez Junior el sábado: a la pelea de Johnson la vieron sólo 1,200 personas.

El daño que hoy hace el fracaso de una superpromoción, es monstruoso. Lastima al deporte, a los aficionados, a la industria de esta actividad y a decenas de miles de muchachos que viven o se superan o encuentran un destino en un boxeo sano y creíble.

Los reyes, los presidentes, los sacerdotes, los médicos, los arquitectos, los futbolistas, todos en esta vida tienen una responsabilidad. Chávez también la tenía, pero posiblemente no se hizo cargo. No hay nada a la vista que nos permita disculparle el valemadrismo de Las Vegas.

Fue fiel a su costumbre. Contra Maravilla Martínez, una vergüenza; contra Andrzej Fonfara, otra vergüenza; contra Brian Vera, otra vergüenza. Ahora, un espectáculo obsceno de impericia y deshonor.

Le habíamos perdido la confianza, hace mucho, está dicho en mi comentario anterior a la pelea en estas mismas páginas del ESTO. Pero la vida le daba con esta pelea una oportunidad última y generosa para reivindicar su pasado y construir su futuro.

Ya había sufrido el boxeo la explosión de una bomba con la mojiganga que escenificaron Floyd Mayweather y Manny Pacquiao hace dos años. Esto, lo del sábado, no era necesario.

La desilusión de la gente es una epidemia que corroe el universo de un deporte noble que tiene a cada paso ejemplos de mejores actores en sus entrañas.

Es fácil encontrar exponentes de combatientes suicidas que dieron y dan aliento, sangre y sacrificio a sus peleas. Hubo la Canelo-Chávez, que fue un ácido desacuerdo, pero hubo también la Salido-Vargas que fue una joyita y un ejemplo de entrega de dos valientes.

Sin embargo el enfado es tan grande que leyendo columnas y expresiones de los fanáticos parece que en el boxeo todo fuera timo y corrupción.

Cualquier peleador puede perder, y no hay nada que se señalarle si lo hace con honor. Pero lo que no se perdona es no entregar todo lo posible. Si Chávez no podía hacer nada más sobre el ring, si su cuerpo no le obedecía, mala suerte para él, porque está visto que nadie le soporta otra excusa. Pudo, en todo caso, poner la cara por delante y jugar la suerte final, echar el cuerpo encima como una lápida, buscar un solo golpe milagroso que no buscó, o de perdis un gesto de rabia que nos mostrara que esa muerte deportiva que estaba sufriendo le importaba algo más que un rábano.

Su padre, pobre padre, me imagino que hoy todavía piensa que mejor hubiera sido no haber nacido. Imagínense, ser Chávez, el Gran Campeón Mexicano y caminar por la vida observado, señalado y preguntado: “¿Qué le pasó a tu hijo?” En su rostro vimos, tras la pelea, una congoja incurable.

Su hijo no tuvo, no tiene lo que él soñaba.

El boxeo no es un deporte blando, ni una actividad para indecisos, timoratos o indolentes. Sólo la fusión de cuerpo y alma en plenitud logra resultados extraordinarios en el ring. El boxeador es el único hombre al que le pegan mientras trabaja.

Le volvimos a creer a Chávez. ¡Qué ilusión! Que estaba preparado como nunca, que buscaría la victoria y que casi seguramente la conseguiría. No hay en sus declaraciones de promoción del combate una sola expresión que se compadezca con lo que fue su desempeño en el ring. Y el espectáculo de la esperada gran pelea, el asunto global, planetario, fue una pandemia de tristeza y desencanto.

Cuando se habla más de lo necesario se dice más de lo conveniente.

Toda lucha conlleva el deseo esencial de ganar. Si no se desea ganar, la lucha no tiene sentido. Es elemental porque si no fuera así se consumaría el más perfecto de los contrasentidos: el de proponerse lograr algo haciendo mucho para no conseguirlo.

Ojalá que Julio César Chávez, el Junior, encuentre un camino en su vida incierta. Ahora es blanco de críticas impiadosas, y ha de creer que el mundo lo rechaza. El boxeo, sin embargo, le ha dado muchas cosas, fama y dinero, y un lugar en el mundo donde a sus 31 años puede enmendar y corregir.

Fue feo lo del sábado pero muchos hombres se han redimido de peores desatinos.

Tiene que haber en este mundo algún remedio para su crisis de fe. Su semblante dice que para él todo está signado por el paradójico triunfo del fracaso. Y el problema no es que así no se puede boxear, es que así no se puede vivir.

Queda de la pelea la frustración y nada más.

Canelo ganó 88,236 dólares por golpe lanzado.

Canelo lo hizo bien, sin partenaire.

A Canelo le faltan dos cosas: una guerra y ganarle a un grande.


esto.com

6 de mayo de 2017

¡Hora de pelear!


Un detalle menor o no tan menor vino a meterle ruido a los preparativos: Omar Chávez le ganó hace siete días al “Inocente” Álvarez en Chihuahua, y lo hizo de manera rápida, inesperada y brutal.

La gran pelea de hoy se nutre con un condimento más, beligerante y sustancioso: es la duda que se hace presente. ¿Podrá Junior hacer lo que hizo Omar? Omar, como su hermano, era un no favorito contra el Álvarez de turno. Pero ganó con la contundencia de una explosión nuclear. Fue el asombro. Nadie vio el desenlace del sábado pasado sin preguntarse si algo parecido no podría ocurrir esta noche en la fabulosa arena T-Mobile de Las Vegas. La percepción de miles de aficionados se vio inevitablemente modificada.

Saúl Álvarez y Julio César Chávez van a pelear esta noche en un combate largamente esperado, y por eso y por muchas otras razones lleno de dramatismo y expectación.

Lo primero que se aprende en el boxeo es que el boxeo es impredecible. Si Pedro le gana a Pablo y Pablo le gana a José, esto no garantiza que Pedro le gana a José. Un resultado nunca puede anticiparse.

Canelo y Chávez Junior van a disputar una pelea inescrutable y bárbara, que en México será la más vista de la historia. Dos televisoras transmitiendo, como cuando juega la Selección Nacional. El mundo de las redes sociales y las comunicaciones baratas y fáciles multiplicándose en millones por estos dos que juran madrearse con televisión al mundo entero.

¿Qué va a suceder, quién va a ganar?, preguntan en las calles y en las redes miles de individuos sin rostro en un coro de ansiedad desbordada que no conoce indiferentes.

¿Quién saldrá avante? ¿Por puntos o por nocaut?

No hay de dónde agarrarse para pronosticar una pelea corta, porque Canelo no ha caído y Chávez ha caído poco. Pero no olvidemos que Tommy Hearns también había caído poco, o nunca, cuando Marvin Hagler lo sepultó con un derechazo letal en el Caesars Palace en 1985.

El 14 de septiembre de 1923 Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo protagonizaron en el Polo Grounds la primera de las llamadas peleas del siglo XX. El choque duró cuatro minutos y se registraron 11 caídas. Fue un duelo inmisericorde y total, a pesar de su brevedad.

Corta o larga, la pelea de hoy apasiona y divide pronósticos en todas las latitudes. Ochenta países la verán por televisión, millones de aficionados la sufrirán, y en México una inaudita hermandad de acción reunirá más feligreses que nunca.

Se habla de este combate desde hace años, desde cuando ellos eran físicamente iguales, desde que tenían sueños parecidos, desde que los dos querían ser uno; y el que haya tardado tanto en concretarse calentó las expectativas como hace un cuarto de siglo aquella otra pelea, la Chávez-Camacho inolvidable.

Tan esperada, esta Canelo-Chávez hizo tejer sueños e ilusiones sinfín en el universo de fanáticos que hoy esperan sedientos el final de la historia.

Tantos años, tantas conjeturas. La pelea pareció irremediablemente perdida. Dos que no se encontraban en el ring y que caminaban por el boxeo distantes y protagonizando otras turbulencias.

Cuando pelearon Carlos Zárate y Alfonso Zamora, cuando pelearon Marco Antonio Barrera y el Terrible Morales eran boxeadores admirados y queridos por el gran público, al revés de lo que en estos años sucedió con Canelo y Chávez Junior.

Seguidos por multitudes, pero cuestionados, polemizados, señalados “inventos de la televisión”.

Eran dos peleadores, sí, pero eran también dos televisoras, dos apellidos, dos promociones, Sinaloa y Jalisco dos estados, y dos cervecerías patrocinando. Una pequeña guerra mundial.

Todos queríamos verla, pero le hablabas de hacerla a Televisa, que tenía al “Canelo”, o le hablabas de firmarla a TV Azteca, que tenía a Chávez, y hacían como que no oían. Nadie quería cargar con una posible derrota. Hubiera sido demasiado grande la humillación.

Estábamos perdidos. Otra vez la historia de la Chiquita González y Ricardo López que nunca se enfrentaron, o del Ratón Macías y el Toluco López, que son lamentos irredentos para la eternidad.

“CANELO” FAVORITO
Que el Canelo sea favorito no le garantiza la victoria. En un ring de boxeo pasan muchas cosas, y la lista de los que en el boxeo no podían ganar peleas importantes y las ganaron, es muy larga. En 1994 Frankie Randall no le podía ganar a un Julio César Chávez invicto en 90 combates, pero le ganó.

Las simpatías y antipatías por los dos no han sido del todo explicadas y en lo que a mí respecta ni siquiera del todo comprendidas. Canelo y Junior no son inmortales del boxeo -no todavía, y no sabemos si alguno lo será-, pero son más respetados por el mundo del boxeo fuera de México que en su país.

En México los dos encienden pasiones tremebundas, mientras Álvarez se ha convertido en el mayor vendedor del mundo del boxeo y el Junior intenta recuperar la ventaja que le sacó los últimos años el rojo peleador de Guadalajara, por su mejor rendimiento.

El torbellino que ha creado esta pelea provoca que el destino le dé una nueva oportunidad al Junior, tan indolente a veces, tan descuidado en una carrera que pudo dar más.

Chávez es un hombre inteligente, pero la inteligencia no siempre se usa en la forma que todos pensamos que se debería usar. Yo no sé si a Chávez le importa proyectar su mejor imagen posible, porque haber hecho su pelea mayor contra Sergio Martínez, haberla descuidado durante 11 rounds, haber mostrado en el último asalto que tenía con qué ganar y no haberlo hecho, y arrojar después un positivo de marihuana es algo imperdonable.

A ese Chávez lo esperamos y lo esperamos a lo largo de los años. “La próxima pelea es la buena, en la próxima voy a estar como nunca, para la que viene sí me preparo” fue un discurso demasiado repetido, y un día nos cansó. Ese día llegó y dije: “ya no confío en él”.

Terrible escenario, porque el talento ahí está, evanescente, dentro de él, de su cuerpo privilegiado y de su mente errática, late bajo la piel. El problema de Julio César no es de músculos, ni de estrategias, es emocional. Fantasmas que lo asaltan de repente y lo amarran con hilos invisibles.

Canelo es un buen peleador y un atleta respetable. Saca su poder con facilidad y lo pone a su servicio. Fortaleza, preparación y una actitud entre mediana y alta para resolver sus peleas. Hace bien lo que sabe y puede, y ha logrado una compaginación admirable con Chepo y Eddie Reynoso que son parte inseparable de su equipo vital.

Los Reynoso también han sido destinatarios de críticas, pero sus números con Canelo son elocuentes: 48 ganadas, una derrota; números que nadie más puede mostrar en la élite del boxeo.

CHÁVEZ, EL OBLIGADO A GANAR
Canelo sobrellevó una pelea round por round con Miguel Ángel Cotto, y la ganó para los jueces. Una pelea parecida, con él especulando y cuidando los márgenes de puntuación, podría darle una ventaja en las tarjetas sin arriesgarse a una batalla cruenta. Es Chávez es el que tiene que provocar un estallido, desencadenar la acción, romper valladares.

Es Chávez el obligado a subir y patear el tablero.

El Chávez Junior que le ganó a Andy Lee, el que derrotó a John Duddy, el que superó con brillantez a Ray Sánchez, el de disparos largos y ejecuciones combinadas y rápidas desde media y larga distancia, el que pueda llevar al Canelo a las cuerdas y confinarlo a un espacio finito para pegarle, es el que puede aspirar a la victoria. En otras palabras, un Chávez que piense en grande, con generosidad y con hambre infinita. Los ganadores desprecian la mentira del mundo de las excusas.

En cuanto a Canelo, es un tipo confiable, que sólo una vez no lo fue, cuando perdió ignominiosamente contra Floyd Mayweather. Aquella noche, al no rifarse en la adversidad, no fue capaz ni de intentar romper el sino inevitable de una derrota total. Pero Mayweather hubo uno solo, y para vencerlo se necesitaban otras armas, otros quehaceres.

Hoy la historia es distinta.

Contra el Junior lo único a probar en el Canelo es su aptitud frente a un hombre físicamente más grande, sabido como es que siempre ha peleado con enemigos más pequeños. La velocidad de Álvarez mermará en este peso, y si recordamos que potencia es fuerza más velocidad su golpeo será proporcionalmente menos dañino para un tipo mejor dotado como Chávez.

El detalle es serio: Canelo subirá 4 kilos arriba de su mayor registro.

El boxeo es un deporte en el que pelean dos iguales, pero conceder ventajas tiene mucho mérito.

Hubo grandes peleadores que nunca se movieron de su división, o que fracasaron al subir, como Carlos Monzón o Wilfredo Gómez, pero es admirable lo que a través de la historia consiguieron otros que con la misma estatura, los mismos huesos y la misma carne engordaron para retar a rivales más grandes. Pensemos en Bob Fitzsimmons, en Harry Greb, en Evander Holyfield, en Henry Armstrong o en Roberto Durán.

He explicado muchas veces que el ‘catchweight’ (o peso pactado) ha existido siempre y es una buena herramienta para facilitar algunos pleitos. Lo demuestra con claridad esta pelea. No pueden pelear dentro de los límites de una categoría tradicional por la razón contundente de que no pertenecen a una misma categoría. Canelo es superwelter, Chávez es supermedio.

¿CHÁVEZ O CANELO?
Habrá que dejar que la pelea fluya. Se pueden analizar hasta el hartazgo todos los detalles, por nimios que sean, el peso, las estaturas, la actitud de cada uno, el bien hacer de estrategias correctamente pensadas por cada bando. Se vale.

Se vale, pero nadie sabe nada. Déjenme les encuentro veinte expertos que dicen que gana Álvarez, y otros veinte que dicen que gana Chávez. Si la acción del cuadrilátero respetara a los que saben Mike Tyson no le hubiera ganado en 91 segundos a Michael Spinks que era el único favorito de los entendidos.

Todo es importante, pero todo es relativo. ‘¿-Qué es la relatividad que usted menciona?’, le preguntaron un día a Albert Einstein. “-La relatividad consiste en que si usted está una hora con una mujer hermosa le parece un minuto, pero si está un minuto con una fea le parece una hora”, respondió el sabio.

Una pelea se termina con un golpe preciso como el de Márquez que noqueó a Pacquiao. Y a la basura todo lo que se pensó y se dijo.

Si Canelo gana se acercará a esa inmortalidad que todavía no alcanza. Le faltará ganarle a Gennady Golovkin, acaso, pero habrá resuelto un pendiente importante. Si gana Chávez revolucionará todo en el boxeo mexicano y sacudirá el boxeo mundial. Habrá que revisar los mejores libra por libra, habrá que replantear las próximas peleas del calendario, y habrá que reconocerle un nivel de rendimiento que por ahora se le niega.

Mi primer pronóstico sobre esta pelea no fue bueno. Dije que habría muertos para conseguir boletos, y muertos no hubo. Pero los boletos desaparecieron a la velocidad del trueno, y hay reventas de 30 mil dólares por un asiento.

Favorito Canelo. Chávez Junior por una sorpresa ecuménica.

La locura. La locura que renace con cada combate planetario. En Moscú, en París, en Sidney, en Buenos Aires y en Managua saben de qué se trata. Dos mexicanos apropiándose de todo el boxeo por un día, en una noche fascinante que ojalá produzca una pelea a la altura de las expectativas que ha creado.

Si es así, seguirá palpitante y vivo el boxeo que edificaron Corbett, Johnson, Pep, Louis, Robinson, Chávez, Ali, Leonard, el mismo que en las grandes noches del ring vuelve a proclamar la pasión que genera con un grito ensordecedor y eterno.


esto.com

14 de enero de 2017

Canelo vs Chávez Jr

Tengo problemas para explicar las peleas donde hay diferencias de peso, porque las diferencias no me gustan y me gustan.

El boxeo es un deporte en el que pelean dos iguales, pero conceder ventajas en la balanza tiene mucho mérito.

Hubo grandes peleadores que nunca se movieron de su división, o que fracasaron al subir, como Carlos Monzón o Wilfredo Gómez, pero es admirable lo que a través de la historia consiguieron otros que con la misma estatura, los mismos huesos y la misma carne engordaron para retar a rivales más grandes. Pensemos en Bob Fitzsimmons, en Harry Greb, en Evander Holyfield, en Roberto Durán o en Henry Armstrong.

He explicado muchas veces que el ‘catchweight’ (o peso pactado) ha existido siempre y es una herramienta buena para facilitar algunos pleitos. Lo demuestra con claridad la pelea que se acaba de anunciar entre Canelo Álvarez y Julio César Chávez. No pueden pelear dentro de los límites de una categoría tradicional por la razón contundente de que no pertenecen a una misma categoría. Canelo es superwelter, Chávez es supermedio.

Sin embargo la ventaja que dará el Canelo se enmarca en el nicho respetable de otras peleas entre grandes y chicos que registra lo mejor de la historia. ¿Quién en su sano juicio puede menospreciar la hazaña de Stanley Ketchel cuando con su físico de peso medio, dando 15 kilos de ventaja, subió a pelear con el campeón de peso completo Jack Johnson y logró ponerlo en la lona?

Del Canelo se han dicho muchas cosas, buenas y malas, pero hoy toca decir que por fin aceptó a un enemigo más grande y nadie podrá señalarle que en este renglón otra vez se aprovecha. Era demasiado visible el detalle de que desde años sus rivales eran más chicos, pero Chávez es más grande.

Hace pocos días, mientras estaban en negociaciones para sellar la pelea, hice mi propia encuesta en redes sociales y hallé que las mismas personas que decían que la pelea no era posible por la diferencia de peso, decían que si pelean gana Álvarez. ¿Cómo entonces la pelea no era posible por representar demasiada ventaja para Julio.

La pelea del 6 de mayo será el acontecimiento más grande del boxeo entre dos mexicanos y dejará atrás aquella locura popular que fue el enfrentamiento entre Carlos Zárate y Alfonso Zamora en 1977.

No digo que en lo boxístico el choque pueda dar tanto como peleas memorables entre mexicanos de las que vienen a la mente las Barrera-Morales o Rafael Márquez – Israel Vázquez, pero además de ganar ambos tienen que mostrar valor indestructible, por lo que es posible esperar una guerra, la que hasta hoy ninguno de los dos ha tenido.

La mejor pelea entre dos mexicanos que recoge la historia es aquella fabulosa y tal vez inigualable entre Rafael Herrera y Rodolfo Martínez, la de Monterrey, en 1973, la segunda de las tres que sostuvieron estos gallos enormes de lo mejor de la historia del boxeo mexicano.

Sé que para algunos aficionados será una herejía que yo ponga esta pelea -la Canelo-Chávez- a la altura de otras del pasado del boxeo entre peleadores aztecas –las que mencioné y más—pero nadie podrá negar que para el 6 de mayo puede haber muertos para conseguir boletos, y el número de observadores en el mundo entero dejará atrás cualquier registro previo.

Ni va a morir el más chico ni es seguro que gane el más grande, que no se escandalicen los que a todo le encuentran un pero. Desde Chávez-Macho Camacho, hace 25 años, no hay una pelea que interese más a México.

Recuerden que siempre digo “al boxeo hay que ponerle historias”. Dos desconocidos peleando no interesan a nadie, sin importar si son buenos o malos peleadores.

Esta pelea tiene historia. Se ha calentado durante años y demasiadas veces creímos que no la veríamos nunca. Dos del mismo tamaño (hace algunos años así era) que pugnaban por el liderato en el boxeo mexicano, dos apellidos del boxeo, dos televisoras, dos cervecerías, Sinaloa y Jalisco, una familia de boxeadores, y otra familia igual.

Hoy, lejana todavía la fecha y el ring, sabemos qué Canelo vamos a ver, el de siempre, el que no comete errores; y no sabemos qué Chávez vamos a ver. Uno se prepara con fervor religioso, el otro es un desmadre con sus emociones. Canelo es confiable, Chávez se hizo imperdonable cuando tras una pelea tan importante como la de Maravilla Martínez registró trazas de marihuana en su orina.

Pero tan cierto como que Julio es variable es cierto que a Julio le sobra inteligencia, de esa inteligencia que se necesita para resolver este asunto casi de vida o muerte. Prepararse como Dios manda y construir una actitud que le permita pelear el 6 de mayo. Es su vida de deportista, es su dignidad y su orgullo, es su futuro como hombre. Ganar o perder es una consecuencia, siempre. Puede perder, pero no puede ser humillado. Él lo sabe.

El Canelo será favorito cuando las luces se apaguen y se encienda el ring.

Y el dilema de los Chávez. El Gran Campeón Mexicano me dijo hace pocos días: “Lamazón, mi hijo puede perder con cualquiera, me vale madres, pero no puede perder con este cabrón…”

19 de septiembre de 2016

El difícil camino del Canelo

Está cansado de oír infamias. Burlas e insultos. Cualquiera lo estaría. Canelo vive atormentado por las críticas que recibe de un sector del público mexicano que lo rechaza y le niega jerarquía de gran peleador, y lo acosa. Canelo está harto y se le nota.

Si digo infamias es porque no se entiende el odio. A cualquiera puede no gustarle como boxeador este mexicano que en todas las listas de mejores boxeadores del momento hechas fuera de México aparece alrededor del número 5. Es decir, reconocido en el mundo y negado en casa.

Le ganó bien a Liam Smith en Arlington, en una pelea digna, e hizo un trabajo pulcro y eficaz.

¿Quién es este muchacho enigmático, serio como una estatua, impenetrable como un cadáver, boxeador esforzado con once años de carrera, con 48 peleas ganadas, capaz de meter 51 mil personas en el estadio cerrado más grande del mundo, que es el taquillero mayor de estos días y que no puede convencer del todo a sus propios paisanos?

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“El asesino del cabello del color del fuego”, dice de él el Daily Mail en Londres.

“Álvarez poderoso, preciso e inteligente”, titula el Daily Star en la capital inglesa.

“Canelo, el hombre más peligroso del boxeo”, sentencia el influyente The Guardian.

Lo pondera Los Ángeles Times.

Desde Nicaragua me dice Carlos Alfaro León, del Canal 4 de Managua: “Bien el Canelo, especialmente en la ofensiva, mejor que cuando peleó con Khan.”

En la misma Managua El Nuevo Diario publica: “A Smith podían haberle contado hasta mil.”

Desde Argentina me llega mensaje del especialista Celso Ludueña: “Me gustó mucho el Canelo.”

Le pido por mensaje a Daniel Alonso, de Lo Mejor del Boxeo en Panamá, que me diga en una línea, si vio al Canelo bien, regular o mal. Me responde: “Definitivamente, lo vi bien”.

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Le duele el alma al Canelo sabiendo que lo llaman fraudulento, mediocre y cobarde, porque, paradójicamente, ninguno de estos adjetivos provienen de aficionados o especialistas que no sean mexicanos.

Y por mexicanos –no todos, claro- está reducido a un azacán como si no fuera un campeón.

Al Canelo hay que compararlo con el Canelo. Mejor o peor que antes. Es demencial reclamarle que no tenga la precisión de Tommy Hearns, la velocidad de Sugar Ray Leonard o el boxeo eminente de Wilfredo Benítez.

Pensemos en esto: si Canelo hubiera vencido a Gennady Golovkin en su pelea anterior, esta pelea con Liam Smith no se cuestionaría. Sería una victoria notable de un campeón notable confirmando su valía ante un esforzado enemigo como el inglés que resistió, se sacrificó por el combate y peleó lo que pudo.

El problema consiste en dos supuestos que el público percibe: que evita a Golovkin y que pelea siempre con rivales físicamente más pequeños, o no elige al mejor adversario disponible.

Las dos son medias verdades. A Golovkin no lo evita. Quiere pelear con él. Pero como la pelea no se ha hecho esa cuenta pendiente con la gente no está saldada. Las peleas a veces se demoran o no se hacen nunca, y no es por miedo, sino por factores parásitos que interfieren en las negociaciones. El Ratón Macías no peleó nunca con el Toluco López aunque la pelea era obligada en los años cincuenta. Ricardo López y Chiquita González no lograron enfrentarse y Julio César Chávez y Macho Camacho se hizo seis años después de que empezó a planearse.

Lo de los rivales más pequeños es un hecho a la vista. De las últimas 27 peleas del Canelo sólo en una su rival pesó un poco más, el argentino Carlos Baldomir que por su veteranía no representaba ningún peligro.

A lo anterior hay que agregar que Saúl no ha pasado por una guerra, y no habrá nunca la consagración total para un boxeador que no haya estado en una guerra en el ring y haya salido vivo domeñando las dificultades que una guerra conlleva.

Mis argumentos quedan al escrutinio del lector, a algunos les gustarán y a otros no, dentro del marco de lo razonable, que es lo que importa. Es decir, desterremos la basura de todo lo que se le dice a Saúl: ‘tiene miedo’, ‘es un fraude’, ´no le ganó a nadie’, ‘nos da vergüenza’, ´le arreglan las peleas’, ‘tiene que cambiar de entrenaodres’, ‘lo infló Televisa y ahora TVAzteca’, ‘es del montón’, ‘un circo barato’. Esto no, no puede participar de un debate serio. La caterva de estúpidos que jode en redes sociales apesta.

En cualquier caso la presión de estos días para Saúl se manifiesta de todas las formas posibles. Si en algunos meses enfrenta a Golovkin –cosa que inexorablemente debe suceder- y pierde, será un deportista millonario y resentido porque sus detractores vociferarán que todo lo que habían señalado es verdad.

Sólo le queda ganar, y el desafío es monstruoso porque el GGG de estos días parece indestructible.

A Álvarez le han creado problemas los rivales hábiles y elusivos, con vastos recursos boxísticos, como Floyd Mayweather y Miguel Ángel Cotto. Cuando se trata de músculo contra músculo el de Guadalajara suele llevar ventaja, porque es de acero. Golovkin va a romper esta costumbre porque es de confrontación y con el mexicano van a protagonizar un choque de trenes.

Saúl ha mejorado relativamente su defensa en las peleas recientes. Bloquea, acompaña los golpes que se pueden acompañar para minimizarlos, desplaza los pies mientras se cubre con los brazos cerrados. Pero contra Liam Smith tuvo pasajes adversos al quedarse en las cuerdas. Mis compañeros de transmisión, Julio César Chávez y Marco Antonio Barrera, ponderaron –y yo mismo lo hice- cómo se quitaba golpes en las acometidas del inglés, pero como en televisión nunca hay tiempo para nada, no me fue posible precisar: se quitaba tres golpes, pero otros tres no se los quitaba.

Le fue bien porque Smith no es Gennady Golovkin. A esto francamente no le veo una solución porque enmendarlo requiere mucho trabajo, y la pelea con el kasajo no ha de estirarse tanto en el tiempo. Ese viaje a las cuerdas, si Saúl lo hace contra GGG, será un suicidio inevitable por torpeza cometida.

Se acusa a Canelo, en fin, de ser portador de un éxito grande conseguido con peleas chicas, y el murmullo incesante de los murmuradores lo ha convertido ya en el más controvertido de los 153 campeones mundiales que ha tenido el pugilismo mexicano.

Se lo acusa de disfrutar un éxito conseguido artificialmente.

Es injusto, porque para subirse cincuenta veces al ring, para ser campeón varias veces y cuanto hay, se requiere tener las agallas de un trapecista que trabaja sin red de protección, pero por aquello de que al público hay que darle lo que pide, el Canelo debería hacer algo a propósito.

¿Podemos ver otro Canelo? Eso es una quimera. A los 26 años, con 50 peleas, este es el mejor Canelo posible. Ya no mejorará en recursos boxísticos. Si le va bien podremos ver chispazos de algún recurso nuevo, que depende más del estilo del adversario de turno que de él. Y cambiará lo que cambia el paso del tiempo porque la gente y las cosas y el mundo cambian. Lo dijo Heráclito hace 2,500 años: “no volveremos a ver el mismo río…”

La pelea con Gennady Golovkin es posible, aunque de negociaciones ripiosas, porque por cada Pago por Ver que vende GGG el Canelo vende cuatro. Saúl tiene que ganar en proporción 80-20, a menos que sacrifique algo para facilitar los trámites de la pelea que es peligrosa pero que puede obsequiarle la gloria.

Se acerca la hora de enfrentarse a su destino. Ignorando el miedo antes y los lamentos después.

9 de mayo de 2016

Canelo y su derecha asesina

Sólo doce minutos después de haber sido declarado ganador sobre Amir Khan, sentado a la mesa de transmisión de TV Azteca para una entrevista, escoltado por Marco Antonio Barrera a su derecha y por Julio César Chávez a su izquierda, el Canelo Álvarez era inocultablemente el hombre más feliz de la tierra.

La sonrisa en su semblante, otras veces severo, era tallada por la alegría, y su dentadura casi desconocida en su solemnidad cotidiana, cobraba la dimensión panfletaria de una proclama al infinito. Era una revancha que le regalaba el destino. La victoria era un valor supremo.

No son de alcohol los vapores que más embriagan. El grito del triunfo es ensordecedor, y él acababa de noquear, casi matar, al inglés Amir Khan que estaba siendo amarrado a una camilla para viajar a un hospital.

La derecha con que Saúl terminó la pelea es para la historia, y no pocos recordaron la de Juan Manuel Márquez que cambió el curso del boxeo cuando se estrelló en la mandíbula de Manny Pacquiao, en aquella otra noche inolvidable. Como la de Márquez, la ejecución de Canelo compite para los finales más brutales de un combate. ¿Se acuerdan? Los nocauts de Rocky Marciano a Walcott, de Mike Weaver a John Tate, de Gerry Cooney a Ken Norton, de Bob Foster a Dick Tiger...

Tanto éxito marea a cualquier hombre, y algunos no sobreviven. Debe ser bastante bueno no volverse loco, no perderse en el laberinto de la soledad, no creerse divino, o perfecto, o angelical. Cuando alguien es tan afortunado ni procesarlo puede. La fama, los millones, la adoración de los aficionados de todos lados.

La noticia de la victoria del rojo peleador mexicano corría ya por el entramado de las redes y se instalaba en medios tan distantes como el Bangkok Post, de Tailandia; era video disponible en el Blikk de Budapest y ocupaba un buen sitio en la portada de The Nation, de Pakistán. Es muy bajo el porcentaje de los hombres que conquistan tanto, que florecen en tantas latitudes al mismo tiempo.

Con lo que ganó el Canelo sólo en esta pelea se pueden comprar 200 casas, o 2,500 automóviles, o una isla en Grecia, o un yate de lujo para 50 personas.

Cualquiera siente que el mundo le queda chico, cualquiera se cree inmortal. Exultante y eufórico, Saúl I de México, un Alejandro Magno moderno, impartía directrices "para los que a mis espaldas hablan de mí y dicen otra cosa", "para los que deben reconocer mi trabajo porque bastante me he esforzado", "para los que no entienden que no le temo a nadie", "los títulos no valen nada".

Nunca una pelea respondió con mayor precisión a los cálculos previos. Amir Khan a la delantera al comienzo, Canelo expectante como son de costumbre sus inicios, activa la velocidad relampagueante del inglés, y la sempiterna amenaza de un golpe letal firmado por el único que lo podía dar. Lo más difícil para Álvarez fue, sin embargo, cumplir el cometido de hacerlo tan bien que satisficiera --misión imposible-- a sus detractores. Si noqueaba no valía porque era a un enemigo más chico, si no noqueaba, peor. Otra vez la monserga, la cantilena: él bulto', 'el inflado', 'el invento de la TV', 'el que ustedes criticaban cuando estaba en Televisa y ahora endiosan'.

¿Cómo lo hizo el Canelo?

Recuerdo el relato de un amigo que estaba en la escuela preparatoria y cuando el maestro le pidió que hablara de Benito Juárez preguntó: ¿hablo a favor o en contra?

A mí ahora me sucede. Puedo defender la actuación del Canelo que de 49 es a mi entender la más importante, porque la peculiaridad del golpe letal con que ejecutó a Amir Khan diluye el hándicap del derrotado; cualquiera, del tamaño que sea, hubiera caído.

Puedo censurar lo que censuran todos, que Canelo no haya peleado en años con alguien ni siquiera cien gramos más pesado, excepto Manuel Baldomir que era una sombra cuando se enfrentaron. Esta omisión en su carrera resulta insoportable. Que él se haga cargo de este rezago deportivo que tiene que enmendar. Más que por nosotros debe hacerlo por él.

Ya no voy a explicar, porque lo hice en mi comentario previo, la necesidad que tiene de protagonizar una guerra en el ring.

Lo están entendiendo, parece, porque Canelo dejó claro en la entrevista que le hicimos después de ganar, que le molestan las críticas, y la mayor de las críticas es esa, que pelea con más chicos. Oscar de la Hoya, que miraba para otro lado cuando oía mencionar a Gennady Golovkin, tuvo que aceptarlo, y dijo 'sí, vamos a pelearlo en la siguiente'.

El Canelo boxeador, parco, austero, poderoso, fue el de siempre, y el que siempre será, con pequeños ajustes posibles que ojalá le permitan mejorar. Canelo ha madurado en las más recientes peleas. Ahora fue escaso en combinaciones de golpes porque Amir Khan estaba geográficamente lejos, pero las ha ensayado bien antes, en las peleas con Cotto y con Kirkland. Se defiende más y entrena mejor. Recibe bien fuego enemigo y no se cae.

Rocky Marciano tenía el problema de una cintura poco flexible, como tiene el Canelo, pero Marciano era una locomotora en su traslación hacia el frente, cosa que no ha logrado el mexicano. Cierto que Marciano no tuvo ni un solo rival que huyera con las piernas, como Khan, como Cotto, como Mayweather, los que exhibieron esa insuficiencia de Saúl, pero no es obstáculo para señalar como lamentable que un tipo con semejante poder físico sea tardo y perezoso para profundizar sus ataques.

Canelo fue el de siempre entre otras cosas porque un golpe salvador le dio una victoria rotunda, tan contundente que a sus detractores los dejó con más rabia que argumentos. Sabíamos muchas cosas antes de la pelea y muchas se confirmaron como verdades. Sabíamos que difícilmente Amir Khan, a pesar de poseer dos manos que son de las más veloces del boxeo, podía mantener una pelea perfecta a lo largo de doce rounds, para ganar. Ya en el segundo round vimos que no pudo repetir las excelencias del primero.

En el sexto capítulo crecía de a poco Canelo y él contraía sus propuestas. Dos semanas antes de la contienda el inglés había dicho: 'Un mínimo error de mi parte me puede sacar de la pelea'. El error lo cometió en el sexto round y su destino fue inexorable. Faltaba medio minuto de la vuelta cuando Khan tiró dos jabs que quedaron en el aire, y recogió muy bajo su brazo izquierdo. Canelo que estaba parado en el lugar exacto para contragolpear fintó con una izquierda y abrió el camino a la derecha más brutal de su vida para sepultar a Khan en la lona y obligarlo a morder el polvo del desierto de Mojave.

Álvarez tiene muchos triunfos y le falta la gloria. Sabemos que eso le importa, porque se le nota y porque nos lo ha dicho. Tendrá que trabajar para conseguirlo, con peleas de jerarquía. No basta con que haya dicho que va a pelear con Gennady Golovkin. Decirlo es una cosa, pero la negociación va a ser difícil. Los dos quieren un porcentaje de ingresos que para el otro es inaceptable. Los dos ponen su ego por delante. Van a discutir el peso. Lo que haga cada uno el resto del año tiene que decidirse en mayo, no más tarde, y lo que tienen que acordar no son asuntos que se acuerdan en un rato.

Canelo es competitivo contra Gennady Golovkin, mientras no se demuestre lo contrario, pero es cierto que en la percepción de los observadores el kasajo está evaluado como mejor en la comparación entrambos.

En la caótica repartición de títulos de estos tiempos de vergüenza para el boxeo, al Canelo le tocó ser el campeón, y a GGG, el evaluado mejor, el interino. Lo de interino es una imbecilidad, o un robo con impunidad que siguen haciendo las organizaciones del boxeo. Llegará el día cuando se verá el daño que este disparate ha causado a nuestro deporte, cuando ubicar a estos hombres en la historia sea un acertijo imposible de resolver. Imaginen a uno diciendo 'Yo era el mejor', para que le respondan 'No, el campeón era el Canelo', y al otro diciendo 'Yo era el campeón', para que le contesten 'Pero el mejor era Golovkin'.

Quiero dejar claro en el final que aunque los pesos pactados me parecen en general una buena herramienta del boxeo, Canelo tiene en esta hora dos compromisos ineludibles: pelear con GGG y pelear en 160 libras. Eso abortaría dudas que subsisten, si logra ganar, o si pierde combatiendo con dignidad.

Canelo está a la mitad de todo. Debe encarar con determinación la segunda mitad para ser el que quiere ser.

5 de mayo de 2016

Canelo: ¿pelea fácil?

Roberto Durán, que nació para peso ligero, subió a los 72 kilos y le dio la madre de las batallas a Marvin Hagler que era un mediano natural. Hagler era extraordinario, y Durán era Durán.

Nunca olvidaré esa pelea colosal que vi desde lo que llamamos el 'apron', es decir tocando con mis manos la lona donde peleaban. Christadoulou, el sudafricano, que era el réferi, en algún momento me pidió que me hiciera para atrás.

No sé si viviré ya muchas emociones como aquella, bárbara, ciclópea, abonada por mi juventud. Al final del round 12 Durán iba ganando, pero no le alcanzó el esfuerzo para mantener la ventaja hasta el final. Peleaban a 15.

El asunto del peso en el boxeo es importante, pero se ha hecho a un lado demasiadas veces, para enfrentar a uno chico talentoso con uno grande, más o menos hábil para la reyerta.

La pelea del sábado entre Canelo Álvarez y Amir Khan ha despertado todos los fantasmas de la polémica, no diré que como nunca, diré que como siempre.

Ni Khan es Durán, ni Canelo es Hagler. Canelo ha madurado, y a los 25 años de edad está en el punto alto de la curva de su vida como boxeador. Amado por las multitudes, desde hace 25 años, desde Chávez, no hay un boxeador mexicano capaz de mover con la fidelidad de las ratas al flautista de Hamelin, a tantos seguidores.

Álvarez tiene, no obstante, tarea pendiente como boxeador profesional, pues es señalado y reclamado por no pelear nunca sino con tipos más chicos. En sus últimas veinticinco peleas sólo uno de sus enemigos pesaba algo más que él, el argentino Carlos Baldomir, que a sus 40 años era un combatiente gordo y vencido mucho antes de coincidir en el ring con el rojo peleador de Guadalajara.

Para muchos la pelea del sábado es un asesinato, pero aun admitiendo la ventaja que en el peso tiene el nuestro, no es seguro que vayamos a ver algún cadáver.

Me acordé de la anécdota preciosa de aquél entrenador que le preguntó a otro cómo veía la pelea que sostendría uno de sus pupilos. El interlocutor le espetó: "Si la pelea es al aire libre el tuyo tiene más posibilidades" '-¿Por qué, por qué?' inquirió extrañado nuestro personaje, a lo que le respondieron: "-Porque si al otro lo parte un rayo el tuyo gana por abandono".

Danny García le pegó muchas a veces a Amir Khan, cuando pelearon en julio de 2012, y cada vez que le pegaba lo sacudía, con 15 kilos menos que los que va a tener el Canelo a la hora de la pelea. Si este es el presupuesto del que partimos, Khan le estará pegando a una pared, cuidándose de que no le peguen por la misma razón de la diferencia de pesos que le va a hacer la pelea un calvario.

Pero no siempre en las peleas sucede lo imaginado. Stanley Ketchel le dio 16 kilos de ventaja a Jack Johnson y aun así logró depositarlo en la lona, hazaña descomunal aunque después haya perdido la pelea.

Otra vez, Ketchel era Ketchel y otro como él no ha nacido todavía.

Algún día Canelo peleará con alguien más grande que él, en el mismo o parecido nivel de calidad, para acallar los señalamientos apuntados.

Canelo tiene 48 peleas y no ha pasado por una sola guerra, condición esencial para que alguien aspire a pertenecer a la historia. Guerras como la de Margarito con Pacquiao, como las de Pacquiao con Márquez, como las de Julio César Chávez con Meldrick Taylor o el Azabache.

Su guerra no será este sábado, por supuesto. Con Amir Khan será un duelo de inteligencias porque se trata de dos estilos diferentes que no van a trenzarse en un palo a palo ni por error. Uno no querrá hacerlo y el otro no podría.

Canelo es un buen peleador, aunque no sea un inmortal, y hay que ponerlo en el contexto al que pertenece. No le reclamemos lo que no tiene ni tendrá, ponderemos lo que es suyo: es fuerte, es valiente, pega y exhibe siempre una condición física irreprochable. Contamos con eso en el mexicano para lo que viene y para lo que vendrá. Lo demás lo dirán la suerte y el tiempo.

En tanto el escalón al que pertenecerá Canelo se decante con el tiempo, cada vez que pelea hay un revuelo de opiniones que no coinciden, al revés de cuando las peleas de Juan Manuel Márquez, por ejemplo, que unifican el amor de todos por el que está en el ring.

El sábado se repetirá el escenario. Para algunos Canelo será el inflado de la televisión, un invento, un payaso y cosas peores. Los cronistas seremos los mentirosos, paleros, cómplices y cobardes. Para otros será el Canelito que enamora a millones de fanáticos y se ha convertido en el mayor vendedor del boxeo en el mundo.

La división de peso medio es de tanta estirpe y oropel, de tantos blasones y prestigio que ojalá lo que veamos sea bueno, o digno. Ni Canelo ni Golovkin están hoy a la altura de los grandes medianos que fueron Greb, Robinson, Walker, Monzón, Zale. "Ni estarán", van a replicar algunos. Pero nunca se sabe. A veces un par de victorias centelleantes hacen por alguien más que veinte triunfos medianos.

Canelo es robótico en sus movimientos, pero camina hacia adelante mejor que antes, tira combinaciones que no tiraba, es más cazador porque encuentra mejor el blanco. Su estrategia es encontrar al inglés con algo como lo que le hizo a James Kirkland. Amir Khan está acorralado en el acertijo a resolver: si le pegan pierde; y aunque sea más chico es poco probable que suba derrotado antes de pelear.

Pelea embrollada, cuestionada. Pero que tiene al menos dos protagonistas serios, o eso creo. Con los pies en el suelo y la mirada en las estrellas.

Sí, el Canelo es muy favorito.

23 de noviembre de 2015

La victoria del Canelo y la polémica

Me escribe un amigo diciendo que ganó Cotto, que está de acuerdo con mi tarjeta. Le respondo: "Gracias, en este mismo momento varios cientos de individuos me están diciendo que soy un pendejo".

Para algunos soy un héroe, en realidad, y para otros soy villano, como sucede siempre tras las peleas que hacen conflicto con la decisión. Mi tarjeta de puntuación es la que enciende acuerdos y desacuerdos tras lo que vimos, porque después de las de los jueces es la más expuesta del mundo al escrutinio de la gente. Ni la transmisión gringa, al ser de pago por ver, es seguida por tantos millones de personas. No conozco los números precisos pero en México una noche como la del sábado arroja 10 o 15 veces más espectadores frente al televisor que los que consigue el PPV estadounidense.

El resultado entre Canelo y Cotto es la mayor división de opiniones de los últimos tiempos. Así por ejemplo alguien me pregunta por qué no gritamos "fraude" como en Pacquiao-Márquez 3 o "robo" como en Chávez-Vera 1. Le explico que en esas peleas el 99 % vio ganar a Márquez y a Vera, mientras que aquí las opiniones se parten cerca de a la mitad.

Fraude es que los tres jueces vean una cosa y el resto de los observadores vean lo contrario. Hoy la controversia es escandalosa y merece otro análisis, más allá del anatema.

Esta fue la mayor controversia de los últimos tiempos pero no la mayor que se recuerde. Quizá la mayor división de opiniones de la historia fue una de las peleas entre Emile Griffith y Luis Manuel Rodríguez, en la que dos corresponsales de agencias de noticias, ambos expertos, se recuerda, tenían 14 puntos de diferencia sobre lo que acababan de ver.

Cuando hay debate por las tarjetas los aficionados buscan socios de opinión para convencerse y, sobre todo, convencer de que tienen razón, de que lo que ellos vieron no admite cuestionamientos. "Yo sí sé, yo vi bien, tú no sabes de boxeo, tu estás diciendo tarugadas". Entonces me hacen notar que Faitelson o Lederman vieron ganar al Canelo, lo que me hace añicos. Puedo imaginar que a David y a Harold les llegan mensajes en sentido opuesto, de los que compartieron mi opinión y no la de ellos.

Harold Lederman no ha podido explicar nunca sus cuatro puntos para Manny Pacquiao en la tercera pelea con Juan Manuel Márquez, en conflicto con lo que vio la inmensa mayoría. Los extranjeros no por ser importados son necesariamente mejores observadores.

* * * * * * *

Cotto le peleó al Canelo como Maravilla Martínez le peleó a Chávez, desde afuera, en semicírculos y en abanico, con un plan bien ejecutado para crearle dificultades a Álvarez y moverle el blanco con un movimiento perpetuo.

Que a Cotto y a Freddie Roach la estrategia les dio resultado es algo que no puede ponerse en duda. Parece que algunos esperaban que Cotto fuera a fajarse con el nuestro, para morir suicidado. No sólo hicieron bien lo que hicieron, Cotto y compañía, sino que lo prolongaron toda la pelea. Ese tarde o temprano "caer en la trampa de la pelea franca" que yo había pronosticado en mi análisis previo, no sucedió.

Enfrente el Canelo Álvarez trabajó mecánicamente bien, en algunos rounds mejor que en otros, con su búsqueda de golpes fuertes. Cada uno con su plan, los dos consiguiendo en distintas medidas lo que se proponían.

A partir de aquí es asunto de criterios del observador.

Para algunos ese Cotto cacheteador desde lejos lo hizo mejor, y para otros contaron los golpes de poder del mexicano.

Lo que hace Compubox contando golpes es bueno, porque aporta información irreprochable, y nos ayuda a juzgar, pero no es --no puede ser- definitivo que el que conecta 155 golpes le gana al que conecta 129.

Un día que no está lejano los guantes van a tener un dispositivo que medirá en kilos o en libras la calidad de los golpes y entonces sí, sabremos con exactitud quién lastimó más, quién empujó más al enemigo con la suma de impactos. Por ahora sólo tenemos el ejercicio del criterio. Lo que a usted le parece, es lo bueno para usted. Lo que me parece a mí, eso es lo que forma mi opinión.

Hay una serie de clichés espantosos del boxeo en el imaginario colectivo, como que el retador tiene que proponer la pelea y hacer más que el campeón, o que una pelea de fallo dividido es más pareja que una pelea de fallo unánime. Por tonto que parezca, lo creen millones de personas. En estos prefijos se enmarca la idea de que el rompedor de madres es más valioso que el estiloso o boxeador refinado.

A mí me sedujo más el trabajo de Cotto, elaborado por la inteligencia, ejecutado con cuidados sibilinos, y nunca abortado por el enemigo, que los golpes severos pero insuficientes de Álvarez. Los golpes del Canelo sonaban más fuertes, porque él subió notoriamente más pesado, pero pregunto yo en qué momento, siquiera breve, Cotto fue más dañado Canelo.

Lo de Álvarez fue bueno para la primera mitad de la pelea, pero después debía crecer y no creció, debía sublimarse para aspirar a la grandeza, para trascender cierta irritante medianía en la que caminó hasta el final.

Esa es la pelea que vi, le contesto a Saúl, que cuando Carlos Aguilar le preguntó qué pensaba de mi tarjeta respondió: "¿Qué pelea estaba viendo Lamazón?"

La pelea que en mi opinión ganó uno con estrategia y con boxeo, con ciencia deportiva de alta escuela y con denuedo, con más argumentos y sutilezas que la fuerza bruta de la que se esperaba que noqueara y no lo hizo.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que noquear, como una obligación ineludible? ¿Porque se me ocurre a mí? No, señores, tenía que hacerlo porque en teoría el Canelo por puntos no podía ganar. Y no ganó.

Todo lo que dije que hizo Cotto es tangible y existió. Ahí estuvo, lo hayan visto todos, o algunos, o nadie. Yo no inventé ni imaginé mis razonamientos. Que muchos no lo hayan visto, o lo menospreciaran, o no le dieran el valor que le dieron al boxeo tremebundo de Álvarez, puede ser, lo estoy viendo, no soy estúpido.

Las peleas de dos estilos tan contrastantes siempre encienden la discordia, y es legítimo que la gente opine y elija. El boxeo no es mío, pero tampoco es del que me descalifica. Tengo mi opinión y no la cambio porque no soy pusilánime. A veces he elegido al rudo, a Durán sobre Leonard por ejemplo, y otras veces he elegido al elegante, como ahora, porque esa es la magia, mi libertad, el encanto de poder elegir en una competencia deportiva del tamaño del que los hombres son capaces sobre la tierra.

Cotto fue cerebro armonioso en funcionamiento y Canelo fue músculo abigarrado y duro. ¿Quién gana? Siempre gana el que hace más daño. Como el sensor en el guante no existe, cada cual elige lo que ve. A mí no me convenció, como a otros, el golpeo del mexicano que fue de envíos solitarios (¿combinaciones?, sí, fallaban mucho, los golpes sueltos tenían mejor destino) sin la continuidad del vendaval ni la contundencia del estampido.

La pelea que vimos, en la mayor parte de su distancia, fue la pelea de Cotto. La pelea que fuera del Canelo era una con presión constante y suficiente que rompiera el esquema (como lo hizo Margarito en la primera contra el mismo Cotto) presentado por el puertorriqueño.

Queda por explicar por qué suceden estas cosas, por qué tanta diferencia de criterios. La respuesta es que nuestro deporte no es tenis ni es futbol. No tenemos ni puntos ni goles. Contamos golpes y les ponemos un componente de calidad que sale de nuestro muy particular capricho. Pregúnteme a qué me sabe esta manzana y le responderé que a manzana, pero usted no sabrá jamás si la manzana me sabe a mí como a usted le sabe.

La victoria del Canelo es, seguramente, un algo más importante que el que yo tenga razón o deje de tenerla. Le deseo a Saúl que le vaya bien, que muestre calidad y merecimientos en lo porvenir. Es un deportista honesto. El boxeo mexicano necesita de esa agua porque sin el Canelo en estos días muere de sed.

Un individuo me dijo en un mensaje: "Lama, ¿para qué te metes en problemas? Mejor hubieras hecho una tarjeta que dejara conformes a todos".

Estoy seguro que usted entiende la dificultad.

19 de noviembre de 2015

Canelo-Cotto: la pelea

El Canelo Álvarez es hoy el mayor vendedor del mundo del boxeo y Miguel Ángel Cotto el ídolo sumo del deporte de Puerto Rico. Van a enfrentarse el sábado en una pelea apoteósica.

Pocas veces tantos agregados periféricos convergen a magnificar la atención que despierta el combate. Ninguno de los dos puede perder, los dos están obligados a ganar. Cotto es el único cuatro veces campeón en la isla y es seguro Salón de la Fama cuando se cumplan los plazos necesarios tras el retiro. Perder contra el Canelo no sería la muerte, pero casi. En el acendrado orgullo del boricua y en la dignidad de los isleños la variable derrota no juega en esta partida.

Canelo quiere la inmortalidad. Su apetito hoy es de prestigio. Ha trabajado diez años y 47 peleas para conseguirlo. Fracasó una vez, contra Floyd Mayweather, y sabe que no puede fracasar dos veces, porque sería el acabose. Una victoria lo redime, una derrota lo desaparece del pedestal sobre el que está parado. Ganar es todo, es lo único, es indispensable.

El Canelo llega el sábado al gran boxeo pateando puertas, con audiencias inmensas, con públicos heterogéneos, cada vez con mayor aceptación, y seguramente pulidos algunos de sus inveterados defectos. Crecer como boxeador le ha costado, y está lejos de ser un portento del ring, pero en velocidad, combinaciones de golpes y puntería dejó ciertos rezagos atrás. Cotto se aferra para no irse del boxeo, quiere prolongar la vigencia de su talento, niega que haya llegado para él el declive. 25 años contra 35 años, ahí está el meollo del asunto. Podría ser un buen momento para el recambio. Recuerden que siempre hay recambio, si no no habría nuevos nombres ni los viejos pasarían. Lo que no sabemos es si este Cotto en retirada por los años claudicará en esta pelea, o en la que sigue, o en la que sigue.

Hay muchos que saben mucho que dicen que gana Cotto, y hay muchos que saben mucho que afirman que gana el Canelo, este último favorito en las apuestas.

Es el nuevo gran encuentro de México y Puerto Rico en el ring. La historia registra 101 pleitos titulares. Puerto Rico ganó 53, México 45. Del Canelo puede decirse que no ha enfrentado a puertorriqueño alguno en una superpelea. Sí una victoria contra José Cotto allá lejos, y otra contra Kermit Cintrón. Cintrón nació en Carolina pero vive en Houston. La isla la conoce por fotografías.

¿Que Cotto sea puertorriqueño tiene más peso que si fuera filipino, o canadiense, o japonés? Sí, señores, sin duda. Todo cuenta en una pelea grande de boxeo, y las cosas mínimas cuentan más que todos los días. La nacionalidad, el duelo de banderas, la presencia de los aficionados, los antecedentes históricos, la buena y la mala vibra de una pelea, lo que se mastica y no se dice, lo que se sufre disimulando, lo que se disimula sufriendo, rebulle en el aire.

Los detalles son los detalles. No sé por qué a los boxeadores les importan poco, y a sus manejadores. Idiotas. Hay tanta ignorancia... Si usted me dice que no importan el lugar de la pelea, el tamaño del ring, el acolchado del piso, los guantes, la hora de la pelea, la temperatura, el réferi, los jueces, el público, yo le diré que usted está loco. Perdóneme, pero es lo de todos los días. Una pelea te la gana un buen rincón, o te la pierde un mal juez. Y así, un acolchado muy muelle te frena a un Mayweather y un piso duro te acelera y le da firmeza para pegar al fulano que es lento.

* * * * * * *

Hablemos primero de Cotto, que nomás por aclarar no es el mejor boxeador que ha dado Puerto Rico, ni está siquiera entre los mejores cinco, pero que ha probado ser un hombre de acero y un valiente digno de cruzadas santas, que se desnuda en cada entrega, que más que matar muere cuando sube al ring. Era 2012 cuando en la pelea con Austin Trout hizo pensar a muchos que estaba terminado para esta actividad. Su edad y una producción deficiente parecían revelar el final del camino, pero llegó Freddie Roach.

Miguel Cotto podría ser la revolución más importante, o visible, o notoria, lograda por Freddie Roach en todos sus años de entrenador. Para valorar lo bien que lo presentó contra Daniel Geale en Nueva York el 6 de junio de este año --digamos que fue un Cotto de lo mejor-- hay que pensar que aquel Cotto de 2012 contra Trout había sido el peor Cotto de mucho tiempo. En el medio de estas dos peleas extremas tenemos dos peleas que no podemos tomar en cuenta. El Cotto que peleó contra Delvin Rodríguez y el que le ganó a Sergio Martínez no nos dicen nada. Cotto fue poderoso y su gancho de izquierda trabajó a impactar como en sus mejores noches, pero no había oposición.

Hemos visto demasiados Cottos diferentes a lo largo de los años. El Cotto que perdió con Margarito cambió todo y fue otro Cotto en la segunda pelea, que ganó.

¿Sabemos qué Cotto vamos a ver este sábado? ¿Un Cotto deslumbrante? Es difícil. ¿Un Cotto digno, cumplidor, suficiente? Es posible. ¿Un Cotto fracasando? Sólo si pierde por nocaut. Y perder la decisión quizá sería peor. Si el Canelo le gana a Cotto por decisión es que del combatiente de la isla ya no queda nada.

* * * * * * * *

El Canelo es más grande y más fuerte. Cotto es un hombre que inició su carrera como peso superligero. Que esté en peso medio es algo jocoso. Por eso está bien que la pelea sea en 155, peso medio, inobjetable, y un registro correcto para los dos. Sin embargo los factores a considerar, más que el peso, son las edades de los dos y la posibilidad para el mexicano de en algún lado encontrar al enemigo y hacer valer su pegada.

Yo creo que eso es todo. Porque van a tener que pelear, no lo van a evitar. También dije esto cuando Mayweather y Pacquiao, y los canallas no pelearon, pero Cotto no es Mayweather. Cotto pelea, se faja, se raja la madre. Va a boxear un poco al principio para no regalarse al Canelo, pero no lo va a ver usted corriendo para huir de la pelea.

Son dos que se paran a pelear en la media distancia. El Canelo en largo no existe y en corto se enreda consigo mismo. Cotto, si tiene piernas, podrá salir de la media y alargar los espacios para ponerse lejos de la derecha del rojo. Cotto en corta distancia aparece muy raras veces y lo hace defendiéndose, no atacando.

El Canelo es un valiente, asunto que puntualizo porque hay que considerarlo. Lo entiendo así aunque él no haya vivido todavía una gran guerra a matar o morir, esa que Cotto tuvo contra Margarito, por ejemplo. Lo dejo escrito porque no hay inmortales sin guerras en el ring, como no hay generales que pasen a la historia sin haber estado en el campo de batalla. Una victoria para el Canelo sería monumental, con guerra o sin guerra. Si la gran lucha no se presenta, sin embargo, ese frenesí de palo y palo del que uno o los dos emerjan con el rostro mirando al cielo, la tarea para el mexicano podría quedar para otro día. Hasta que el Canelo no conozca la agonía y la resurrección en el ring, no será un inmortal, con independencia de los resultados.

Los elegidos son prodigios de voluntad, y ninguno puede prescindir de demostrarlo.

¿Qué podemos esperar?

Creo que una gran pelea, ojalá que de aristas épicas. Al principio habrá boxeo pulcro y precauciones rigurosas. Cotto es candidato a ganar los primeros rounds, pero la pelea tiene que estallar. El de Puerto Rico hará bien si boxea y se protege para estar a salvo, como en la segunda contra Margarito, sin embargo va a caer en la trampa y en algún momento va a caminar hacia la derecha del Canelo.

El mexicano alcanzará a Cotto alrededor de la mitad de la pelea. Le va a pegar. Cuando fue contra Mayweather sabíamos que a Floyd no le iba a poder pegar. Ahora es diferente, tiene que encontrar al rival y conectarlo. Ahí aparecerán su fuerza y juventud a buscar sumar. Poco probable que le alcance para una decisión, de manera que sólo quedará multiplicar envíos procurando definir.

Si el Canelo pierde el boxeo mexicano entrará en un túnel obscuro, por un tiempo impredecible. Ya no tenemos boxeadores capaces de encabezar peleas de este tamaño planetario, y que tengan el poder del encanto y la seducción para ponerle al acontecimiento esta sensación de cosa grande, para la historia.

Mientras esperamos, pensemos que el boxeo lo hace otra vez. La pelea es grandilocuente. Seguirán algunos diciendo que esto es violencia. ¡En qué momento lo dicen! Cuando la violencia del boxeo es un juego inofensivo en este mundo atroz habitado por lunáticos y criminales. En Las Vegas los actores del sábado no reconocen otro límite que el cielo. Están viviendo días conspicuos y esto siempre es la gloria. Sólo el boxeo puede obrar el milagro, para darle la razón a Georges Carpentier, que estando en pleno apogeo, cuando en una entrevista uno de los más connotados representantes de la brigada antiboxeo quiso ponerlo contra las cuerdas, contestó: "lo único que no quiero es volver a las minas, donde uno envejece diez años en diez semanas, cuando no muere trágicamente".

El boxeo les da más de lo que les quita. Y a nosotros, los observadores, nos da pasión y no nos quita nada.

El sábado es gran noche de boxeo con Cotto y Canelo, y no hay indiferentes.