La mítica actriz Jeane Moreau ingresó los primeros días del año 2001 a la Academia de Bellas Artes de Francia como miembro de pleno derecho, y fue la primera mujer en conseguirlo después de que los miembros de la augusta institución habían rechazado invariablemente a las mujeres en perjuicio discriminatorio que no respetó ni siquiera a Madame Curie.
Sirva este ejemplo, entre millones de ejemplos posibles, para hacer referencia hoy al Día de la Mujer.
Moreau ingresó aquel día libre, retadora, contestataria, con la actitud que siempre la caracterizó. Altiva dijo al recibir el nombramiento: “No pienso llevar la espada de académica, prefiero un broche de Van Cleef.”
El suceso fue la primera victoria de la revolución femenina del siglo XXI, y causó conmoción en Europa y en medio mundo.
El logro de la desenfadada e inolvidable protagonista de ‘Jules et Jim’ es sólo comparable al ingreso de Marguerite Yourcenar a la Academia Francesa de Letras en 1980.
Los últimos cien años fueron y no fueron, al mismo tiempo, tiempo de la mujer. Sí porque atestiguaron un despertar del ostracismo que ya no se detendrá, que se hará grandioso hogaño y en adelante. No, porque fue una centuria de dolor y calvario, de un rezago estúpido y protervo en contra de las féminas, lapidadas por el sometimiento. Por cada mujer destacada hubo mil hombres, diez mil.
Mis mujeres del siglo XX y hasta hoy fueron (sin orden de importancia): Sofía Loren, María Callas, Ana Pavlova, Jane Adams, Jane Fonda, Sarah Bernhardt, Edith Piaf, Marie Curie, Irene Curie, Simone de Beauvoir, Oriana Fallaci, Alfonsina Storni, Golda Meir, la Madre Teresa, Indira Gandhi, La Pasionaria (Dolores Ibárruri), Nahui Olín (Carmen Mondragón), Eva Perón, Ana Frank, Brigitte Bardot, Chavela Vargas, Benazir Bhutto, Simone Weil, Alicia Moreau, Susana Rinaldi, Virginia Woolf, Anna Magnani, Greta Garbo.
También Elaine Page, Libertad Lamarque, María Elena Walsh, Gertrude Stein, Tina Modotti, Gaby Brimmer, Delmina Agustini, Jessy Norman, Karen Armstrong, Rosario Castellanos, Johanna Simon, Ella Fitzgerald, Martina Navratilova, Nadia Comaneci, Lina Wertmüller, Romy Schneider, Josephine Baker, Frances Farmer, Joan Baez, Leonora Carrington, Madonna, Juana de Ibarbourou, Chabuca Granda, Jane Champion, Yelena Isinbayeva, Coco Chanel, Ute Lemper, Marlene Dietrich, Inge de Brujin, Billie Jean King, Agatha Christie, María Zambrano, Ikram Antaki.
La lista es arbitraria. Faltan mil mujeres notables. Marilyn Monroe, Frida Khalo, María Izquierdo, Katy Jurado, María del Pilar Roldán, Elvia Carrillo Puerto, Matilde Montoya, Consuelito Velázquez, Amparo Montes, Rita Levi-Montalcini…
Jeane Moreau cumplió 73 años el 23 de enero de ese año 2001, apenas 13 días después del ingreso a la Academia. Ni su magnetismo de tiempos idos, ni sus mejores días permanecían con ella, lo que no fue obstáculo para que en la ceremonia de investidura dijera: “La idea de que la vida sea como una montaña que se sube hasta los 40 años para luego empezar el descenso se me antoja una estupidez. La vida es la escalera de los ángeles, la del sueño de Jacob. ¡Hay que subir, subir siempre, hasta el último de los días… Por mi parte, no me arrepiento de nada!”
No fue un paradigma de belleza física, aunque sí de femineidad incomparable, y sólo la llegada de Brigitte Bardot pudo desplazarla como la diva de Francia.
Pierre Cardin la presentó a sus nuevos colegas académicos aquel 10 de enero, y lo hizo de una manera que sólo ella, Jean Moreau, podía aceptar y consentir. Cardin, que adaptó especialmente para la actriz el traje verde bordado tradicional de los académicos, la recordó “en Venecia, en el hotel Danieli, en esa gran habitación en la que vivieron George Sand y Musset, y en la que nosotros hacíamos el amor, entrelazados nuestros cuerpos, calientes la sangre y la cama. No creo que haya razón más hermosa para explicarse la vida”, enfatizó el modisto.
Durante su intervención en la Academia ella prefirió recordar los alejandrinos de la ‘Ifigenia’ de Jean Racine, y los recitó. “Gracias a esa escena fui admitida en el conservatorio, en 1947, y gracias a ella hoy estoy aquí.” La actriz hizo un elogio de su madre inglesa y de su padre arruinado, de su abuelo navegante y de su abuela amiga, y se remitió a esos otros desconocidos que le permitieron ser ella. “Mi profesor de dicción, Monsieur Laurencin, y mi profesor de interpretación, Monsieur Denis d’Ines, decano de la Comédie Francaise.”
Y habló de los actores de los que aprendió y admiraba –Jean Levret, Jean Meyer, Robert Hirsch-, y con énfasis confesó que quedó deslumbrada, en 1944, cuando asistió, a escondidas, a un ensayo de Antígona de Anauilh. “Ese día –dijo, enorme declaración de principios- supe que quería estar ahí, bajo los proyectores, ser la intransigente, la rebelde que se enfrenta a los dioses, que habla por aquellos que no se atreven o que no pueden hacerlo. Esa iba a ser yo.”
Decía que la política nunca le interesó, y que la horrorizaba, pero ni ella se lo creía. En 1944, cuando la liberación de Francia, “viví una alegría loca pero no comparable con la emoción que sentí al ver a Marie Bell interpretando ‘Fedra’ en la Comédie Francaise.” Tuvo actitudes cívicas tan comprometidas como firmar la carta confesando que había abortado, delito que podía llevarla a la cárcel. “Soy una no militante militante”, aseguraba.
Jean Moreau es la ‘Eva’ de Losey, o la protagonista de ‘Los amantes’, una mujer-actriz cuyo entusiasmado orgasmo escandalizó a los espectadores del festival de Venecia, sin que le importara un rábano. “Yo estaba entonces muy enamorada de Louis Malle y él un poco menos de mí. Me escribía con Ingmar Bergman, que me parecía que era el único hombre que podía comprenderme, y él me respondía larguísimas cartas en sueco. Adónde caramba iba yo a encontrar un traductor en sueco al que pudiera confiar mi intimidad…”
Orson Wells descubrió para ‘El proceso’ y para ‘Una historia inmortal’ su voz ronca y sensual, de señora que sabía beber y fumar como un hombre, sin dejar de ser mujer.
Sigue viva Jean Moreau, y dicen que a sus 89 años a veces fuma todavía. Como nunca le ha temido a nada no le teme ni siquiera a la amenaza de reaparecer del cáncer que estuvo a punto de costarle la vida un tiempo atrás. Continúa negándose a que la llamen madame Moreau: “¿Acaso estoy casada con mi padre?”
Hizo cine hasta 2012.
Bajo la cúpula de la Academia la recibieron los tambores de la Guardia Republicana. Pero ha pasado mucho tiempo. Sigue subiendo, por la escalera de los ángeles que es la vida, mientras pueda.
“Se siembra durante años –declaró-, años que se van como inviernos. Llegas a creer que no existe la primavera y de pronto, de golpe, aparece el sol.”
Es de un tiempo de mujeres.
Soy feminista.
8 de marzo de 2017
1 de marzo de 2017
El boxeo
El boxeo es la más descarnada representación del drama de la vida. Es el hombre y su lucha, desde que nace hasta que muere. Suele no haber atajos para evadir el dolor del vivir. No es el deporte de la ternura, ya se sabe, pero lejos del ring también hay más golpes que caricias.
Confrontar, caer, levantarse, cambiar el rumbo de las cosas, ganar y perder, gozar el abyecto placer de la venganza, mentar madres, sobreponerse a la adversidad, conjurar el mal fario de un destino malhadado, matar o morir. Igual arriba del ring que abajo de él.
No se boxea para destruir al adversario, a pesar de la metáfora. Se boxea para vencer.
El pugilato ha sido vilipendiado con largueza por un ejército de intolerantes que condenan la violencia que su práctica conlleva. Son ciegos a la realidad del mundo, la utopía con la que sueñan no existe. No hay abogados ni arquitectos boxeadores, la del ring es tarea de los más desabrigados por la sociedad.
Cuatro quintas partes de la humanidad viven en condiciones deplorables. La Organización Mundial de la Salud reveló que en el mundo hay mil cuatrocientos millones de hambrientos sin esperanzas. Esto es el estadio Azteca de la Ciudad de México catorce mil veces lleno. Miles perecen de inanición cada hora. Dos mil millones de seres sobrenadan estar vivos con un dólar por día. Otros hombres, más afortunados, al mismo tiempo, impúdicamente, se empeñan en cerrar las pocas puertas que tienen abiertas los que no tienen nada. Negarles la sola oportunidad que encontraron para apostar una ficha en la ruleta de su existencia, es lisa y llanamente matarlos.
"Combata la pobreza, mate un mendigo", decía una pinta irónica en una universidad europea, exhibiendo las soluciones que algunos tienen para hacer del mundo un mundo mejor. Siempre ha habido señores de cuellos y puños almidonados, incapaces de sentir piedad, pero, eso sí, muy educados, acicalados con prurito aristocrático, que se horrorizan por la práctica del boxeo. ¿Cómo será el mundo aséptico y pudoroso que proponen? Tal vez un mundo de conmovedora armonía con gente pintando cuadros y leyendo libros, visitando museos y oyendo música siempre suave. ¡Nada de dolor! Me pregunto de qué escribirían los poetas, qué pintarían los pintores, en qué se inspirarían los músicos si en este mundo no hubiera prostitutas, borrachos, boxeadores.
El boxeo puede gustarle o no, a usted, lector. Pero nadie podrá menospreciar la calidad de artístico en lo que fue capaz de hacer --pongamos por ejemplo-- Sugar Ray Leonard sobre un ring. Boxeo aprendido en conservatorio, que se envuelve en papel de seda. Rudolph Nureyev hubiera aplaudido embelesado, viendo tal demostración de señorío, de dominio del cuerpo, un himno a la estética. Nadie le ha pedido a Julio César Chávez que cante como Beniamino Gigli, pero tampoco nadie hubiera esperado del portentoso tenor italiano que tirara un gancho con la perfección del peleador mexicano.
Algunos llaman arte a lo que ellos hacen y vulgaridades a lo que hacen los demás.
No hay exaltación del individualismo mayor que las del boxeador y del artista. Éste es un condenado a no compartir nada con nadie porque la creación sólo es posible en soledad; aquél se sublima en una forma de locura que lo hace creerse dueño del mundo.
"Cuando se es tan grande como yo, es imposible ser humilde", sentenció Muhammad Alí cuando estaba en el cenit de su gloria. "Todos queremos ir al cielo pero nadie quiere morir", dijo Joe Louis. "Mi causa soy yo", advirtió un día Joe Frazier; y el inefable Macho Camacho nos dejó conocer el más grande de sus anhelos: "¿Mi sueño? Es morir en mis propios brazos".
Cine, literatura, pintura, fotografía, teatro, música, se han enriquecido con este deporte. El arte nace casi nada del motivo inspirador y casi todo de lo que anida en el alma del artista. La sensibilidad de muchos que rozaron la monumental historia del boxeo, y la de sus hombres de calzón corto, ha producido emociones profundas.
Veamos el boxeo con un poco de indulgencia. Cuando un boxeador se abraza al rival, para no caer, es la vida lo que abraza, para no morir. Porque mayor que el temor de caer es el miedo a no levantarse. El boxeador sabe que si no se para a pelear el amor del mundo se esfuma.
El ring es el teatro y el boxeador es un actor muy escrupuloso, intérprete trágico, exégeta de la máscarada de existir.
Confrontar, caer, levantarse, cambiar el rumbo de las cosas, ganar y perder, gozar el abyecto placer de la venganza, mentar madres, sobreponerse a la adversidad, conjurar el mal fario de un destino malhadado, matar o morir. Igual arriba del ring que abajo de él.
No se boxea para destruir al adversario, a pesar de la metáfora. Se boxea para vencer.
El pugilato ha sido vilipendiado con largueza por un ejército de intolerantes que condenan la violencia que su práctica conlleva. Son ciegos a la realidad del mundo, la utopía con la que sueñan no existe. No hay abogados ni arquitectos boxeadores, la del ring es tarea de los más desabrigados por la sociedad.
Cuatro quintas partes de la humanidad viven en condiciones deplorables. La Organización Mundial de la Salud reveló que en el mundo hay mil cuatrocientos millones de hambrientos sin esperanzas. Esto es el estadio Azteca de la Ciudad de México catorce mil veces lleno. Miles perecen de inanición cada hora. Dos mil millones de seres sobrenadan estar vivos con un dólar por día. Otros hombres, más afortunados, al mismo tiempo, impúdicamente, se empeñan en cerrar las pocas puertas que tienen abiertas los que no tienen nada. Negarles la sola oportunidad que encontraron para apostar una ficha en la ruleta de su existencia, es lisa y llanamente matarlos.
"Combata la pobreza, mate un mendigo", decía una pinta irónica en una universidad europea, exhibiendo las soluciones que algunos tienen para hacer del mundo un mundo mejor. Siempre ha habido señores de cuellos y puños almidonados, incapaces de sentir piedad, pero, eso sí, muy educados, acicalados con prurito aristocrático, que se horrorizan por la práctica del boxeo. ¿Cómo será el mundo aséptico y pudoroso que proponen? Tal vez un mundo de conmovedora armonía con gente pintando cuadros y leyendo libros, visitando museos y oyendo música siempre suave. ¡Nada de dolor! Me pregunto de qué escribirían los poetas, qué pintarían los pintores, en qué se inspirarían los músicos si en este mundo no hubiera prostitutas, borrachos, boxeadores.
El boxeo puede gustarle o no, a usted, lector. Pero nadie podrá menospreciar la calidad de artístico en lo que fue capaz de hacer --pongamos por ejemplo-- Sugar Ray Leonard sobre un ring. Boxeo aprendido en conservatorio, que se envuelve en papel de seda. Rudolph Nureyev hubiera aplaudido embelesado, viendo tal demostración de señorío, de dominio del cuerpo, un himno a la estética. Nadie le ha pedido a Julio César Chávez que cante como Beniamino Gigli, pero tampoco nadie hubiera esperado del portentoso tenor italiano que tirara un gancho con la perfección del peleador mexicano.
Algunos llaman arte a lo que ellos hacen y vulgaridades a lo que hacen los demás.
No hay exaltación del individualismo mayor que las del boxeador y del artista. Éste es un condenado a no compartir nada con nadie porque la creación sólo es posible en soledad; aquél se sublima en una forma de locura que lo hace creerse dueño del mundo.
"Cuando se es tan grande como yo, es imposible ser humilde", sentenció Muhammad Alí cuando estaba en el cenit de su gloria. "Todos queremos ir al cielo pero nadie quiere morir", dijo Joe Louis. "Mi causa soy yo", advirtió un día Joe Frazier; y el inefable Macho Camacho nos dejó conocer el más grande de sus anhelos: "¿Mi sueño? Es morir en mis propios brazos".
Cine, literatura, pintura, fotografía, teatro, música, se han enriquecido con este deporte. El arte nace casi nada del motivo inspirador y casi todo de lo que anida en el alma del artista. La sensibilidad de muchos que rozaron la monumental historia del boxeo, y la de sus hombres de calzón corto, ha producido emociones profundas.
Veamos el boxeo con un poco de indulgencia. Cuando un boxeador se abraza al rival, para no caer, es la vida lo que abraza, para no morir. Porque mayor que el temor de caer es el miedo a no levantarse. El boxeador sabe que si no se para a pelear el amor del mundo se esfuma.
El ring es el teatro y el boxeador es un actor muy escrupuloso, intérprete trágico, exégeta de la máscarada de existir.
14 de enero de 2017
Canelo vs Chávez Jr
Tengo problemas para explicar las peleas donde hay diferencias de peso, porque las diferencias no me gustan y me gustan.
El boxeo es un deporte en el que pelean dos iguales, pero conceder ventajas en la balanza tiene mucho mérito.
Hubo grandes peleadores que nunca se movieron de su división, o que fracasaron al subir, como Carlos Monzón o Wilfredo Gómez, pero es admirable lo que a través de la historia consiguieron otros que con la misma estatura, los mismos huesos y la misma carne engordaron para retar a rivales más grandes. Pensemos en Bob Fitzsimmons, en Harry Greb, en Evander Holyfield, en Roberto Durán o en Henry Armstrong.
He explicado muchas veces que el ‘catchweight’ (o peso pactado) ha existido siempre y es una herramienta buena para facilitar algunos pleitos. Lo demuestra con claridad la pelea que se acaba de anunciar entre Canelo Álvarez y Julio César Chávez. No pueden pelear dentro de los límites de una categoría tradicional por la razón contundente de que no pertenecen a una misma categoría. Canelo es superwelter, Chávez es supermedio.
Sin embargo la ventaja que dará el Canelo se enmarca en el nicho respetable de otras peleas entre grandes y chicos que registra lo mejor de la historia. ¿Quién en su sano juicio puede menospreciar la hazaña de Stanley Ketchel cuando con su físico de peso medio, dando 15 kilos de ventaja, subió a pelear con el campeón de peso completo Jack Johnson y logró ponerlo en la lona?
Del Canelo se han dicho muchas cosas, buenas y malas, pero hoy toca decir que por fin aceptó a un enemigo más grande y nadie podrá señalarle que en este renglón otra vez se aprovecha. Era demasiado visible el detalle de que desde años sus rivales eran más chicos, pero Chávez es más grande.
Hace pocos días, mientras estaban en negociaciones para sellar la pelea, hice mi propia encuesta en redes sociales y hallé que las mismas personas que decían que la pelea no era posible por la diferencia de peso, decían que si pelean gana Álvarez. ¿Cómo entonces la pelea no era posible por representar demasiada ventaja para Julio.
La pelea del 6 de mayo será el acontecimiento más grande del boxeo entre dos mexicanos y dejará atrás aquella locura popular que fue el enfrentamiento entre Carlos Zárate y Alfonso Zamora en 1977.
No digo que en lo boxístico el choque pueda dar tanto como peleas memorables entre mexicanos de las que vienen a la mente las Barrera-Morales o Rafael Márquez – Israel Vázquez, pero además de ganar ambos tienen que mostrar valor indestructible, por lo que es posible esperar una guerra, la que hasta hoy ninguno de los dos ha tenido.
La mejor pelea entre dos mexicanos que recoge la historia es aquella fabulosa y tal vez inigualable entre Rafael Herrera y Rodolfo Martínez, la de Monterrey, en 1973, la segunda de las tres que sostuvieron estos gallos enormes de lo mejor de la historia del boxeo mexicano.
Sé que para algunos aficionados será una herejía que yo ponga esta pelea -la Canelo-Chávez- a la altura de otras del pasado del boxeo entre peleadores aztecas –las que mencioné y más—pero nadie podrá negar que para el 6 de mayo puede haber muertos para conseguir boletos, y el número de observadores en el mundo entero dejará atrás cualquier registro previo.
Ni va a morir el más chico ni es seguro que gane el más grande, que no se escandalicen los que a todo le encuentran un pero. Desde Chávez-Macho Camacho, hace 25 años, no hay una pelea que interese más a México.
Recuerden que siempre digo “al boxeo hay que ponerle historias”. Dos desconocidos peleando no interesan a nadie, sin importar si son buenos o malos peleadores.
Esta pelea tiene historia. Se ha calentado durante años y demasiadas veces creímos que no la veríamos nunca. Dos del mismo tamaño (hace algunos años así era) que pugnaban por el liderato en el boxeo mexicano, dos apellidos del boxeo, dos televisoras, dos cervecerías, Sinaloa y Jalisco, una familia de boxeadores, y otra familia igual.
Hoy, lejana todavía la fecha y el ring, sabemos qué Canelo vamos a ver, el de siempre, el que no comete errores; y no sabemos qué Chávez vamos a ver. Uno se prepara con fervor religioso, el otro es un desmadre con sus emociones. Canelo es confiable, Chávez se hizo imperdonable cuando tras una pelea tan importante como la de Maravilla Martínez registró trazas de marihuana en su orina.
Pero tan cierto como que Julio es variable es cierto que a Julio le sobra inteligencia, de esa inteligencia que se necesita para resolver este asunto casi de vida o muerte. Prepararse como Dios manda y construir una actitud que le permita pelear el 6 de mayo. Es su vida de deportista, es su dignidad y su orgullo, es su futuro como hombre. Ganar o perder es una consecuencia, siempre. Puede perder, pero no puede ser humillado. Él lo sabe.
El Canelo será favorito cuando las luces se apaguen y se encienda el ring.
Y el dilema de los Chávez. El Gran Campeón Mexicano me dijo hace pocos días: “Lamazón, mi hijo puede perder con cualquiera, me vale madres, pero no puede perder con este cabrón…”
El boxeo es un deporte en el que pelean dos iguales, pero conceder ventajas en la balanza tiene mucho mérito.
Hubo grandes peleadores que nunca se movieron de su división, o que fracasaron al subir, como Carlos Monzón o Wilfredo Gómez, pero es admirable lo que a través de la historia consiguieron otros que con la misma estatura, los mismos huesos y la misma carne engordaron para retar a rivales más grandes. Pensemos en Bob Fitzsimmons, en Harry Greb, en Evander Holyfield, en Roberto Durán o en Henry Armstrong.
He explicado muchas veces que el ‘catchweight’ (o peso pactado) ha existido siempre y es una herramienta buena para facilitar algunos pleitos. Lo demuestra con claridad la pelea que se acaba de anunciar entre Canelo Álvarez y Julio César Chávez. No pueden pelear dentro de los límites de una categoría tradicional por la razón contundente de que no pertenecen a una misma categoría. Canelo es superwelter, Chávez es supermedio.
Sin embargo la ventaja que dará el Canelo se enmarca en el nicho respetable de otras peleas entre grandes y chicos que registra lo mejor de la historia. ¿Quién en su sano juicio puede menospreciar la hazaña de Stanley Ketchel cuando con su físico de peso medio, dando 15 kilos de ventaja, subió a pelear con el campeón de peso completo Jack Johnson y logró ponerlo en la lona?
Del Canelo se han dicho muchas cosas, buenas y malas, pero hoy toca decir que por fin aceptó a un enemigo más grande y nadie podrá señalarle que en este renglón otra vez se aprovecha. Era demasiado visible el detalle de que desde años sus rivales eran más chicos, pero Chávez es más grande.
Hace pocos días, mientras estaban en negociaciones para sellar la pelea, hice mi propia encuesta en redes sociales y hallé que las mismas personas que decían que la pelea no era posible por la diferencia de peso, decían que si pelean gana Álvarez. ¿Cómo entonces la pelea no era posible por representar demasiada ventaja para Julio.
La pelea del 6 de mayo será el acontecimiento más grande del boxeo entre dos mexicanos y dejará atrás aquella locura popular que fue el enfrentamiento entre Carlos Zárate y Alfonso Zamora en 1977.
No digo que en lo boxístico el choque pueda dar tanto como peleas memorables entre mexicanos de las que vienen a la mente las Barrera-Morales o Rafael Márquez – Israel Vázquez, pero además de ganar ambos tienen que mostrar valor indestructible, por lo que es posible esperar una guerra, la que hasta hoy ninguno de los dos ha tenido.
La mejor pelea entre dos mexicanos que recoge la historia es aquella fabulosa y tal vez inigualable entre Rafael Herrera y Rodolfo Martínez, la de Monterrey, en 1973, la segunda de las tres que sostuvieron estos gallos enormes de lo mejor de la historia del boxeo mexicano.
Sé que para algunos aficionados será una herejía que yo ponga esta pelea -la Canelo-Chávez- a la altura de otras del pasado del boxeo entre peleadores aztecas –las que mencioné y más—pero nadie podrá negar que para el 6 de mayo puede haber muertos para conseguir boletos, y el número de observadores en el mundo entero dejará atrás cualquier registro previo.
Ni va a morir el más chico ni es seguro que gane el más grande, que no se escandalicen los que a todo le encuentran un pero. Desde Chávez-Macho Camacho, hace 25 años, no hay una pelea que interese más a México.
Recuerden que siempre digo “al boxeo hay que ponerle historias”. Dos desconocidos peleando no interesan a nadie, sin importar si son buenos o malos peleadores.
Esta pelea tiene historia. Se ha calentado durante años y demasiadas veces creímos que no la veríamos nunca. Dos del mismo tamaño (hace algunos años así era) que pugnaban por el liderato en el boxeo mexicano, dos apellidos del boxeo, dos televisoras, dos cervecerías, Sinaloa y Jalisco, una familia de boxeadores, y otra familia igual.
Hoy, lejana todavía la fecha y el ring, sabemos qué Canelo vamos a ver, el de siempre, el que no comete errores; y no sabemos qué Chávez vamos a ver. Uno se prepara con fervor religioso, el otro es un desmadre con sus emociones. Canelo es confiable, Chávez se hizo imperdonable cuando tras una pelea tan importante como la de Maravilla Martínez registró trazas de marihuana en su orina.
Pero tan cierto como que Julio es variable es cierto que a Julio le sobra inteligencia, de esa inteligencia que se necesita para resolver este asunto casi de vida o muerte. Prepararse como Dios manda y construir una actitud que le permita pelear el 6 de mayo. Es su vida de deportista, es su dignidad y su orgullo, es su futuro como hombre. Ganar o perder es una consecuencia, siempre. Puede perder, pero no puede ser humillado. Él lo sabe.
El Canelo será favorito cuando las luces se apaguen y se encienda el ring.
Y el dilema de los Chávez. El Gran Campeón Mexicano me dijo hace pocos días: “Lamazón, mi hijo puede perder con cualquiera, me vale madres, pero no puede perder con este cabrón…”
18 de diciembre de 2016
El sucio robo a Toño Morán
La pelea de ayer entre Antonio Morán y Emanuel el Pollo López, en Tuxtla Gutiérrez, no pasó por televisión, de modo que la mayoría de las personas que lean este comentario no la habrán visto. Por lo tanto no podrán imaginar nunca de qué tamaño fue la injusticia con que un fallo bestial (y que perdonen las bestias el calificativo) negó al primero de ellos una victoria que merecía ampliamente tras haber hecho una producción sobresaliente.
Yo veo boxeo hace 52 o 53 años, amigos. Diez peleas por semana y a veces muchas más, y aunque los fallos idiotas abundan, apenas puedo recordar 3 o 4 casos de herejías como la de anoche.
Morán perdió el quinto round, y ganó los otros siete.
Un juez lo dio ganador. Otros dos señores se la dieron al Pollo, casualmente chiapaneco, como ellos.
Un mar de indignación se agitó entre la gente del boxeo alrededor del ring, pero como usted adivina, no pasará nada. Tendría que tener mucha dignidad el comisionado local para reaccionar, y no lo hizo a tiempo, es decir en el momento, rechazando el insuceso.
Alguien de la promoción vino y me dijo al oído: “Es terrible la incapacidad de los jueces de aquí”. – Ah, sí, ¿incapacidad? Pero fíjate que se equivocan para favorecer al local, no al visitante, le respondí.
Así es desde que el boxeo existe: los jueces incompetentes votan por el local, por el famoso, por el compatriota, por el del promotor o por el favorito.
¿De qué infecta calaña, de qué falta de educación y sentido de la justicia serán estos mequetrefes que le quitan a un chico una victoria en una pelea que no admitía dudas?
Por ahí del segundo round, como Morán me estaba llamando la atención por su buen trabajo, me puse a observar qué pasaría con él cuando lo conectaran con solidez, cosa que me fue imposible averiguar porque en el resto de la pelea López le pegó muy poco, aunque le ganó el round número 5. No exagero un ápice si digo que en dos o tres rounds de la pelea el Pollo no le pegó un solo golpe digno de un comentario.
Estos individuos inmorales capaces de dar tan terribles decisiones, son desalmados. El que ganó y no se la dieron entrenó muchas semanas, hizo mucho y bien por su sueño de crecer como deportista y como ser humano, tiene familia, defiende un futuro, se parte el alma, trabaja mientras le pegan. Es fácil que cualquier día pierda la motivación y abandone todo acobardado por tanta vileza y crueldad.
Hace años que digo que en el boxeo juez es cualquiera. Y cuando lo digo me refiero a que se llega a juez por un compadre o un amigo. No hay escuelas y no hay exigencias. Son gente que no pasa por un filtro. Un profesionista estuvo en aulas, tuvo maestros, rindió exámenes, se formó. Un pelagatos cuate de la cantina no pasó por ningún lado, y las comisiones de boxeo le abren las puertas con trato de respetable señor juez.
Hay excepciones, y jueces honestos, por supuesto. Esos no están en cuestión.
¿Quién va a poner orden en nuestro deporte? En los organismos no se puede confiar porque hace rato andan extraviados. México carece de una federación nacional con fuerza y trabajo digno. Si estoy equivocado que me diga la Fecombox qué ha hecho y qué va a hacer para que crímenes como el de ayer en Chiapas ya no puedan ser cometidos por dos imbéciles con la más indignante impunidad.
Yo veo boxeo hace 52 o 53 años, amigos. Diez peleas por semana y a veces muchas más, y aunque los fallos idiotas abundan, apenas puedo recordar 3 o 4 casos de herejías como la de anoche.
Morán perdió el quinto round, y ganó los otros siete.
Un juez lo dio ganador. Otros dos señores se la dieron al Pollo, casualmente chiapaneco, como ellos.
Un mar de indignación se agitó entre la gente del boxeo alrededor del ring, pero como usted adivina, no pasará nada. Tendría que tener mucha dignidad el comisionado local para reaccionar, y no lo hizo a tiempo, es decir en el momento, rechazando el insuceso.
Alguien de la promoción vino y me dijo al oído: “Es terrible la incapacidad de los jueces de aquí”. – Ah, sí, ¿incapacidad? Pero fíjate que se equivocan para favorecer al local, no al visitante, le respondí.
Así es desde que el boxeo existe: los jueces incompetentes votan por el local, por el famoso, por el compatriota, por el del promotor o por el favorito.
¿De qué infecta calaña, de qué falta de educación y sentido de la justicia serán estos mequetrefes que le quitan a un chico una victoria en una pelea que no admitía dudas?
Por ahí del segundo round, como Morán me estaba llamando la atención por su buen trabajo, me puse a observar qué pasaría con él cuando lo conectaran con solidez, cosa que me fue imposible averiguar porque en el resto de la pelea López le pegó muy poco, aunque le ganó el round número 5. No exagero un ápice si digo que en dos o tres rounds de la pelea el Pollo no le pegó un solo golpe digno de un comentario.
Estos individuos inmorales capaces de dar tan terribles decisiones, son desalmados. El que ganó y no se la dieron entrenó muchas semanas, hizo mucho y bien por su sueño de crecer como deportista y como ser humano, tiene familia, defiende un futuro, se parte el alma, trabaja mientras le pegan. Es fácil que cualquier día pierda la motivación y abandone todo acobardado por tanta vileza y crueldad.
Hace años que digo que en el boxeo juez es cualquiera. Y cuando lo digo me refiero a que se llega a juez por un compadre o un amigo. No hay escuelas y no hay exigencias. Son gente que no pasa por un filtro. Un profesionista estuvo en aulas, tuvo maestros, rindió exámenes, se formó. Un pelagatos cuate de la cantina no pasó por ningún lado, y las comisiones de boxeo le abren las puertas con trato de respetable señor juez.
Hay excepciones, y jueces honestos, por supuesto. Esos no están en cuestión.
¿Quién va a poner orden en nuestro deporte? En los organismos no se puede confiar porque hace rato andan extraviados. México carece de una federación nacional con fuerza y trabajo digno. Si estoy equivocado que me diga la Fecombox qué ha hecho y qué va a hacer para que crímenes como el de ayer en Chiapas ya no puedan ser cometidos por dos imbéciles con la más indignante impunidad.
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