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30 de julio de 2021

Carlos Monzón

Carlos Monzón
Sábado 30 de julio de 1977.

Habían pasado algunos minutos desde el final de la pelea y el dramatismo continuaba en el Estadio Louis II de Mónaco, en el número 7 de la Avenue des Castelans, en la comuna de Fointvieille.

En ese escenario ya acostumbrado Carlos Monzón acababa de vencer por segunda vez al colombiano Rodrigo Valdés, y si era el adiós, como él estaba seguro que era, lograba retirarse de algún modo invicto. Invicto como campeón.

Tres derrotas muchos años atrás sólo eran una anécdota, y además habían sido vengadas.

Catorce defensas exitosas. Es récord. Ya está, no se lo quita nadie.

Del ring instalado en el centro de la cancha de fútbol, en el estadio monegasco construido en 1939, al camarín de Monzón, mediaban sesenta metros, que fueron recorridos como exhalación por el grupo del campeón nomás terminado todo en el cuadrilátero incluyendo los saltos y los abrazos inmediatos al anuncio del ganador.

Al cuartucho que era ese camarín entraron los que pudieron, y una que pudo fue la Condesa Branca, del Fernet muy afamado, el de la receta secreta, inveterados patrocinadores del santafesino.

Yo llegué antes que nadie al vestidor gracias a que el promotor italiano Rodolfo Sabbatini me había dado una acreditación para un lugar infame, muy lejos de las luces del ring y muy cerca de las duchas. Era yo un jovencito y mi peso como periodista, aunque fuera de Santa Fe, la tierra del campeón, era irrelevante, y a Sabbatini la gente irrelevante no le interesaba.

Ahí aparecieron, en ese pequeño hoyo caótico y tumultuoso, el inolvidable Ernesto Misray, de la revista Goles, y Cacho Fontana. No sé cómo llegaron ellos. No recuerdo a nadie más del grupo argentino. Los periodistas compatriotas no tuvieron acceso porque una vez que entró Monzón el lugar se cerró con el hermetismo de un búnker de guerra.

Monzón desnudo, sudoroso, sofocado a perpetuidad, boca arriba, echado todo lo largo de su humanidad en una camilla de madera, dura, más indicada para recibir masajes que para el descanso de un guerrero, lloraba sin control y le decía una y otra vez a su hijo “no vuelvo a pelear, Abel, no vuelvo a pelear”.

En un silencio imperfecto, y perplejos, atestiguábamos la Condesa Branca y los demás. El aire era denso y asfixiante, el momento una puesta teatral irrepetible. La podría haber pintado El Greco que pintó hombres desnudos en El Tormento del Laocoonte.

“No vuelvo a pelear, hijo, Abel, no vuelvo a pelear…”

Y el llanto de la emoción crispada, el asombro de haber sobrenadado una vez más el sacrificio del ring.

Era la cima de la curva de la vida para un sobreviviente. El triunfo a su manera, seco y rabioso, sin diplomacia y sin garbo, despiadado. Había nacido en la periferia del mundo, en esos arrabales que paren a los marginados de la sociedad, había sido un condenado al desamor de los hombres, e inopinadamente, por sus méritos y atributos, trascendido en lo suyo hasta convertirse en el mejor.

“No vuelvo a pelear… no vuelvo a pelear…”

A los 35 años, que cumpliría una semana más tarde, ya no es lo mismo… el cuero duele donde antes no dolía.
La curva comenzaba a recorrer su descenso ahora. La curva que un día, como a todos, lo convertirá en polvo y lo desaparecerá de la memoria de la humanidad. Los hombres somos olvido, y de olvidar nos encargamos siempre.


Pero fatalmente hubo un antes y hubo un después.

Carlos Monzón había nacido hacía 35 años en la alcantarilla. No hay abogados ni médicos ni arquitectos boxeadores. Es una tarea reservada a los desheredados de la sociedad, a los que no encuentran ninguna puerta abierta, a los que no hallan atajos para evadir el dolor del vivir. El que fue a la escuela no es un cliente del ring. El boxeador es el único hombre al que le pegan mientras trabaja.

Nadie está más solo. Nadie.

Trepó hasta el cielo, acarició el infinito, porque a diferencia de otros pibes compañeros de su primera infancia en San Javier o en Barranquitas Oeste, a él lo aguardaba un trueque gigantesco del destino, un cuento de hadas, un milagro difícil de creer.

Algunos boxeadores son deportistas y otros son personajes. Marvin Hagler y Archie Moore fueron guerreros solemnes, implacables, pero nunca crearon un alter ego que los representara allende el cuadrilátero. Sólo unos pocos logran ese arrebato triunfal que reúne al gran peleador con una personalidad que permea en el ánimo de la gente: Jack Dempsey, Muhammad Ali, Roberto Durán, Julio César Chávez, Mike Tyson, Manny Pacquiao, Carlos Monzón fueron de esos. Deportistas y tipos seductores, militantes del deporte pero también de la mundana vida.


El día de 1970 cuando en Roma el réferi alemán Rudolf Drust le levantó el brazo triunfador contra Nino Benvenuti, estaba marcando un hito en su vida, seguramente el más importante porque se convertía en campeón del mundo, pero nadie imaginaba que su historia de peleador estaría entrelazada perenne con su historia personal, y su historia personal sería conmoción, vesania e incesante agonía.

Monzón fue un hombre sin brújula.

Monzón fue un hombre sin paz.

¿Sería acaso un pacto entre Dios y el diablo compartiendo una criatura? ¿O de qué modo pueden entenderse estas vidas ora sacudidas por el más cruel destino, ora adornadas con placeres, dinero, popularidad, euforia, desenfreno? Quizá porque los humanos acabamos muriendo siempre en el escalón social en que nacimos, nos deslumbran tanto los cuentos de los pocos que habiendo sido lumpen se convierten en estrellas de su propio firmamento.

Monzón fue al boxeo argentino lo que Gardel fue al tango, y lo que Borges fue a la literatura, y lo que Maradona fue al fútbol.

Monzón fue la carne y la entraña de un campeón sin límites y exhibió que sobre un ring de boxeo para un argentino también todo es posible. Fue lo que fue sin proponérselo.

No programó ni lo bueno ni lo malo porque esos protocolos no formaban parte de su esencia agreste y hostil.


Hay siempre mucho para decir sobre una vida así de errática e intensa. Dejo aquí sólo unas pinceladas de memorias de veinte años compartidos con el mayor pugilista de Sudamérica.

Me gustaría señalar, eso sí, por si no queda claro en otras líneas, que Carlos Monzón fue el más utilitario de los boxeadores, entendiéndose con esto que no desperdiciaba nada. De haber sido cocinero hubiera aprovechado las cáscaras de huevo. No tiraba un solo golpe que no llegara a destino, estaba en la distancia siempre correcta. La famosa distancia para pelear que es un concepto caro a la ortodoxia del boxeo. Monzón se orientaba con un radar infalible. Véalo usted en cualquier video y hecha esta advertencia quedará sorprendido. ¡Carajo! fallaban golpes Robinson y Willie Pep, pero Monzón no fallaba jamás.

Esa fue quizá su característica personal exclusiva, y compartió otras con otros. La disciplina y preparación de Marvin Hagler, el desmadre y la temeridad de Stanley Ketchel, la determinación de Bernard Hopkins, la durabilidad de Harry Greb, el valor de Jake LaMotta, la perspicacia de Charley Burley y la dureza de Mickey Walker, por citar a algunos pesos mediano inmortales, como él.

En agosto de 1979 asistió a una despedida que me hicieron en Santa Fe -porque yo venía a vivir a México- en el célebre ‘Quincho de Chiquito’, el comedor de pescado que era la casa de la gente del boxeo. Lo acompañaba su flamante pareja, Alicia Muñiz, la uruguaya a la que los amigos conocimos esa noche. Después sería su esposa y madre de Maximiliano. El 14 de febrero de 1988 ella murió en Mar del Plata. En una riña de una madrugada de alcohol y locura, cayó desde el balcón de un primer piso. Monzón fue acusado de homicidio y encerrado en la cárcel de Batán, cerca del lugar de los hechos.

Lo visité pronto en Batán, y no le pregunté nada, porque las noticias decían que él no hablaba con nadie de lo sucedido. Nunca sabré por qué, sentados solos los dos en un banco color naranja del ancho pasillo que mentía espacios que no eran, me contó todo con una minuciosidad que habría envidiado el juez de la causa. Se mantuvo en que su intención no había sido matar, que tuvieron una pelea como cualquier pareja y que accidentalmente ella cayó para morir.

Tenía una tristeza infinita y el rostro lóbrego y final.

En 1995, tres días antes de su muerte, comí con él en la cárcel, de la que le faltaban pocos meses para salir. Fue conmigo el periodista Ricardo Porta, quien llamó por teléfono a la radio LT 9 y juntos le hicimos la última entrevista de su vida. No se grabó, se perdió. Cuando Monzón murió se pidió por ese documento a los oyentes, pero nadie lo tuvo.

Tres días después de ese encuentro en la ardiente Santa Fe de aquel enero de 1995, yo regresaba a México. Fui a Ezeiza para viajar y lo hice con Amilcar Brusa, quien a su vez volaba a Colombia, donde residía. Al llegar a mi casa en el Distrito Federal oí desde afuera que sonaba el teléfono. Abrí presuroso y atendí. Era alguien de la agencia Télam para preguntarme qué opinaba sobre la muerte de Carlos Monzón. Así me enteré.

Llamé a Brusa a Colombia, y no tuve respuesta durante más de dos horas interminables, hasta que por fin.

- Brusa, malas noticias, le hablo para decirle que murió Monzón.
- ¡Se pegó un tiro! me contestó Amilcar, en un desgarrado grito de sorpresa…
- No, Brusa, se mató en un accidente…


Ser boxeador no es un destino, es una fatalidad. No se busca ni se estudia, simplemente se abraza si la vida aprieta. Se procura torcer el sino a puñetazos cuando de otro modo no se puede. La mayoría de las veces, como en cualquier lotería, se fracasa, o se obtiene un pequeño éxito. Otras ocasiones, pocas, el triunfo es total, desmedido. Por algunos años fue el caso de Carlos Monzón, que se subió a un cohete espacial para recorrer su existencia. No supo qué hacer con el éxito. Con frecuencia sintió que todo lo que le pasaba era un tormento, y los momentos felices no fueron de goce sino sólo una revancha.

Mil veces deseó dar por soñado todo lo vivido.

¿Por qué acabó así una historia que tenía todo para terminar mejor? Será porque empezó tan mal, quizá. O por la fidelidad a ese credo idiota y suicida de vivir pensando 'La Ley soy Yo.´

Monzón siempre estuvo solo, por su actitud inhóspita, por su guisa inconquistable, porque le era más fácil recibir golpes que recibir amor.

"Monzón lo que quiere lo toma, -escribió el periodista Ernesto Cherquis Bialo- no sabe que debemos pedir lo que no nos pertenece."

Estuvo solo cuando nació y cuando creció, cuando luchó y cuando triunfó. En París, en Buenos Aires y en Nueva York. No hay aplausos ni multitudes que llenen el vacío cuando muerde por dentro, cuando desgarra la carne hace siglos.

Tarde o temprano, a alguna hora de algún día se le debe haber cruzado un espejo, y entonces fue imposible mentirse y escapar. Poner una mortaja de olvido a tantos fantasmas acechantes.

El niño aquel que nació en San Javier en 1942 eligió vivir esa vida. O quizá no fue así y la vida lo eligió a él. Viajar al cielo sin abandonar el infierno. Sufrir buscando no sufrir. Perdurar como una cádava sin entender su tragedia personal.

Todo fue vertiginoso y abrupto. Un grito. Un estallido. Un irrespirable torbellino.

Hace cuarenta y siete años el mundo le quedaba chico. Hace veintidós años se fue al silencio de la nada. Siguió el derrotero inexorable del paso de los hombres por este mundo. Y poco a poco comenzó a dejar de ser.

7 de noviembre de 2015

Carlos Monzón, a 45 años del título

Hace 45 años el mejor de los boxeadores argentinos se convertía en campeón del mundo. Carlos Monzón hacía añicos los pronósticos noqueando en Roma al ídolo local Nino Benvenuti. Iniciaba el camino a la leyenda.

Para mí Monzón es el cuarto mediano de la historia, detrás de Harry Greb, Ray Robinson y Mickey Walker. Para el historiador mexicano Víctor Cota es el séptimo, siguiendo a Robinson, Leonard, Greb, Walker, Ketchel y Cerdán.

Para el profesor Marty Mulcahey Carlos Monzón es el mejor peso mediano que se haya visto jamás, "con la derecha más inteligente de la historia del pugilismo". Ángelo Dundee me decía con frecuencia que su debilidad por Monzón la explicaba porque Monzón era un peleador completo, que tenía todo y todo lo hacía bien. Sin embargo Ángelo, el gran gurú del boxeo en los últimos mil años, decía "pero el mejor peso medio de todos los tiempos fue Charley Burley".

En cuanto a Burley, estoy de acuerdo con que fue algo especial (vean el lugar que ocupa en mi libro de historia del boxeo), pero sólo los que nos hemos metido hasta el fondo en los intersticios de la historia sabemos quién fue. Si cualquiera lo menciona en una mesa de amigos se le van a reír. El aficionado común piensa 'a ese wey no lo conozco pero Hagler era mejor'. Aquí lo insólito es que lo dijo Dundee, y por eso se los doy a conocer.

Con Bert Sugar Randolph nunca me puse de acuerdo del todo sobre los méritos de Monzón, aunque para mí Bert es el dios de los historiadores de boxeo.

Como pueden ver en materia de opiniones hay muchas, demasiadas.

En cualquier caso Carlos Monzón está contenido en el puñado de los mejores peleadores de latinoamérica: Roberto Durán, Julio César Chávez, Alexis Argüello, Rubén Olivares, Wilfredo Gómez y Pascual Pérez lo acompañan. Hay otros inmortales, pero de este nivel de elegidos del cielo, sólo los mencionados.

Monzón fue mi amigo y ahora, en este aniversario, no se me ocurre nada novedoso para decir sobre él. Todo parece dicho. Diré que nunca conocí a un deportista con tanta aversión a la derrota. No hubo otro capaz de sobreponerse así a la adversidad. Capaz de resistir tanto para no perder, a nada, que hoy me pregunto cómo es que no volvió de la muerte.

7 de noviembre de 2012

Hace 42 años, Carlos Monzón se convirtió en campeón

Hoy, cuando escribo, 7 de noviembre, hace 42 años de la coronación de Carlos Monzón como campeón mundial de peso mediano. En el 'Palazzetto dello Sport', de Roma, remontando todos los pronósticos en contra, ganó por nocaut en el duodécimo round a Nino Benvenuti.

De ese título hizo 14 defensas exitosas y se fue al retiro sin perder como campeón. En los siete años que se mantuvo en la cumbre el púgil argentino se convirtió en un ídolo del boxeo mundial, y dejó un legado casi incomparable. Su vida fue tan convulsa como las entrañas de un volcán. Había nacido en 1942. Vivió poco más de 52 años. El 8 de enero de 1995, en un domingo de libertad a prueba en su condena por homicidio, murió en un accidente automovilístico cuando regresaba a prisión. Esta es su historia.

SUS COMIENZOS
Un niño extremadamente pobre nació en San Javier, en la provincia de Santa Fe, Argentina, el 7 de agosto de 1942. Era del todo inocente, como cualquiera que llega a la vida, pero el mundo ya le aseguraba una infancia paupérrima, una niñez desnutrida y una adolescencia violenta y hostil. ¡Qué principio! ¡Qué doloroso principio! Sería ésta una historia conmovedoramente perversa si no fuera tan frecuente.
Se llamaba Carlos Monzón, ese chico, y poco podía esperarse de él en esas condiciones. Sólo que a diferencia de los demás infantes del lugar y de su tiempo, a éste lo aguardaba un trueque gigantesco del destino. Un cuento de hadas, un milagro difícil de creer. Una historia que... ¡vamos!, provoca vértigo. Después del comienzo de este relato lo que viene es obra de la realidad que sabe burlarse de la imaginación.
Carlos Monzón fue campeón argentino de boxeo, fue campeón sudamericano y campeón del mundo. La estrella de toda una década. Uno de los quince o veinte mejores pugilistas de todos los tiempos. Uno de los deportistas más destacados que ha dado Argentina, y también un constante protagonista de historias, de romances, de sucesos, de accidentes, partes de un rompecabezas a veces tortuoso, a veces jadeante. Con sus días tejió una red que se fue construyendo como esas imágenes de televisión que ocasionalmente vemos en cámara acelerada.

El día en que en Roma le levantaron la mano triunfador sobre Nino Benvenuti, estaban marcando un hito en su vida, acaso el más importante, porque se convertía en campeón mundial y eso es plantar una bandera en la cumbre del camino. Pero sólo un hito. Su historia deportiva estuvo entrelazada siempre con su historia personal, y su historia personal fue conmoción y drama.
¿Sería un pacto entre Dios y el diablo compartiendo una criatura? Apenas si así pueden entenderse estas vidas ora sacudidas por la más cruel miseria, ora adornadas con placeres, dinero, euforia, popularidad. Quizá porque casi todos los humanos acabamos muriendo en el mismo escalón social, económico, en que nacimos, nos deslumbran tanto las historias de los que habiendo sido lumpen se convierten en estrellas. ¡Se necesita tanto oropel para esconder tanta tristeza!

ESPLENDOR DEL ÍDOLO
No hay exageración en decir que Monzón fue un ídolo y un galán de grandes dimensiones en Europa. El llamado Viejo Continente estaba ávido de un deportista y especialmente de un boxeador exitoso, a la manera de Marcel Cerdán años atrás, que aunque hubiera nacido afuera pudiera ser considerado casi de la casa. Monzón pareció poseer la fórmula perfecta. Era como Alain Delón y Jean Paul Belmondo pero de verdad, no un producto cinematográfico. Además, amigo de ambos. Fue Delón quien lo bautizó "El Macho" y lo llevó al cine a hacer una película que no casualmente tenía ese mismo título. Úrsula Andress lo amó primero y despertó la codicia en las demás. No fue la única, naturalmente, y todavía recuerdo cómo Amilcar Brusa, su manager, su maestro, su amigo, sacó violentamente a Natalie Delón (antigua esposa de Alain), -ella en ese momento era una estrella del celuloide-, de la habitación de Monzón porque faltaban sólo tres días para la primera pelea con Rodrigo Valdez en Montecarlo.
Fueron años en que los hechos se sucedieron vertiginosamente. En 1973 el famoso periodista francés Henry Pessar fue a vivir seis meses a la Argentina para escribir la vida de Monzón que estaba en su apogeo. El libro se llamó 'Yo, Carlos Monzón' y se publicó en francés con prólogo de Alain Delón.

Antes, mucho antes, casi un paso después de campeonar, las mujeres argentinas deliraban por el ídolo desdeñoso que casi-casi se hacía rogar para obsequiar sus favores. La número uno en materia de fama de todas esas mujeres, Susana Giménez, cayó rendida a sus pies. Juntos filmaron la película 'La Mary' (se pueden ver fragmentos en youtube) y ya no se separaron. Durante cuatro años vivieron juntos.

Como precio inevitable a pagar su hogar en la provincia de Santa Fe quedó casi olvidado. Cuando menos, olvidado de afectos, porque cuando la fama atropella no existe quien no se deslumbre con sus brillos. Monzón estaba casado con Beatriz García y era padre de tres hijos. Siguió siendo un buen padre, un buen hijo y un buen hermano. Pero no había tiempo para más.

Susana Giménez tampoco fue la única de sus mujeres, ni siquiera durante el tiempo que vivieron juntos. El 5 de octubre de 1974 Monzón peleaba con el australiano Tony Mundine en el Luna Park de Buenos Aires. En tres costados del ring había tres mujeres de distintas maneras relacionadas con el campeón. Beatriz García (su primera esposa que lo quiso siempre y jamás dejó de estar cerca), Susana Giménez, y Graciela Borges con quien nunca Monzón 'oficializó' una relación pero cuya presencia era el comentario de todo el estadio. La Borges, claro, una de las más bellas actrices de la cinematografía argentina.

GANADOR SIEMPRE
No perdió nunca, y eso en el boxeo es asunto de mucho respeto. Se trata de una hazaña que lo coloca entre los mejores de siempre en su peso, que es el peso más aristocrático del boxeo. Su nombre se ubica al lado de los nombres de Ray Robinson, de Stanley Ketchel, de Harry Greb. Es la crema y nata. Es la sangre y la entraña de la historia del boxeo. A veces uno tiene a derecho a pensar que si juntamos la historia de estos hombres con la historia de media docena de pesos completos, podríamos prescindir de todo lo demás, Todos merecen respeto, todos. Pero allí están los mastodontes y los pesos medio hirviendo las pasiones y congelando un pedazo de pasado, para siempre.
Carlos Monzón no perdió, dije, y tras la mentira ahora va la disculpa. Perdió, sí, pero perdió muy poco, y es estrictamente cierto que no perdió como campeón. Decir que perdió Monzón es como decir que una vez perdió Salvador Sánchez. Es un homenaje a la verdad histórica, pero no es contar lo que hicieron sobre el ring. Ante la oposición grande, la que cuenta, la de la hora de la verdad, no sólo no perdieron, sino que arrasaron.

Veamos los números. Monzón debutó como profesional en 1963, y entre 1963 y 1964 perdió tres peleas. Desde el 9 de octubre de 1964 y hasta el 29 de agosto de 1977 en que anunció su retiro, no perdió jamás una pelea. Ganó ochenta batallas y su ascenso siempre constante marca una de las trayectorias deportivas mejor logradas que alguien pueda narrar. Fueron casi trece años sobre el ring.

Hay que conocer los detalles de aquellos comienzos para entender por qué perdió Monzón. Hay que correr la carrera sin aliento de los desamparados para saber que hay derrotas que son victorias. Hay que escudriñar la azarosa supervivencia de los boxeadores para ponerles porqués a los por qué.
PERO AL PRINCIPIO...

Amilcar Brusa fue su manejador desde el comienzo, y un protector a toda prueba. Se trató de un maestro íntegro y de un hombre honrado. Corría 1964 cuando hubo de sacar a Monzón de Santa Fe casi de emergencia. Brusa hizo un pedido de clemencia al jefe de la policía, con la que Monzón tenía sus primeros problemas, y para evitar males mayores se decidió que la presencia de Carlos era necesaria... ¡muy lejos! Fueron a Brasil a esperar que la policía se olvidara de las deudas urgentes, y en esos meses oscuros y angustiantes Monzón hizo la peor de sus peleas. Perdió una decisión en 8 rounds con Felipe Cambeiro, y esa noche cayó tres veces a la lona. Vale la pena tenerlo presente para recordar que Monzón cayó en el ring sólo cuatro veces en su larga trayectoria. Estas tres veces contra Cambeiro y una cuarta vez trece años después, frente a Rodrigo Valdez, en la que fue la última pelea de su vida.

De los tres rivales que lo vencieron (Cambeiro, Alberto Massi y Antonio Aguilar) se cobró venganza. Cuando Monzón superó sus limitaciones físicas, ya no perdió. Pero aquella época desgraciada dejó su huella para siempre. Monzón nunca fue un hombre atlético. Llegó a ser muy fuerte, pero siempre flaco, esmirriado, con la evidente huella de haber sido un desnutrido. De otro modo hubiera sido quizá peso completo. Era tres centímetros más alto que Mike Tyson.

MONZÓN PROTAGONISTA
No es todo lo que se puede contar. ¿Cómo contar pormenorizadamente todo? Que filmó ocho películas y participó en telenovelas. Que fue elegido el mejor deportista del año no una sino varias veces, igual en Argentina que en toda América y en Europa. Que tuvo una docena de carros Mercedes Benz y que a todos sin excepción los partió en dos en accidentes de los que escapó milagrosamente ileso. Que tuvo premios insólitos como por ejemplo el de 'el hombre mejor vestido del año' que le entregó una revista femenina. Que fue dueño de un restaurante en Punta del Este, Uruguay. Que en 1982 estuvo preso un mes por posesión ilegal de un arma de guerra (un fusil del ejército que alguien le regaló). Que aprobó la publicación de un libro sobre su vida al periodista argentino Ernesto Cherquis Bialo y que luego negó todo lo narrado cuando se enojó con el escritor. Que perdió una demanda por eso. Que fue importador de carros y de motos y construyó un edificio (el 'Carlos I') en Santa Fe quince años después de haber sido bolero, voceador y albañil en el mismo sitio.

No es todo lo que se puede contar. No. El día que iba a pelear contra Tony Mundine -rival dificilísimo, como casi todos los que tuvo, aunque después de pelear con él varios hayan optado por el retiro--comimos en un restaurante frente al Luna Park. A las 12:30 se levantó de la mesa y dijo: "me voy a dormir la siesta". A las 15:30 lo fuimos a buscar porque por reglamento a las 16:00 debía estar en el estadio. Lo encontramos profundamente dormido, tres horas antes de pelear por el campeonato del mundo.
Ganó bolsas variables, sumando algo más de dos millones de dólares. Después que se retiró vino el dinero grande al boxeo. En su última pelea llevaba la mejor bolsa de su carrera. Quinientos mil dólares contra el colombiano Rodrigo Valdez. Pero le pareció poco y como no habría otra oportunidad apostó la totalidad de la bolsa a su favor. Peleó a todo o nada, y ganó un millón al duplicarla.

En 1983 lo encontré en Nueva York para la fiesta por el veinte aniversario del Consejo Mundial de Boxeo. Me confesó que tenía un millón de dólares en bancos. Siete mil dólares mensuales de intereses, de los cuales gastaba sólo tres mil.

AL FINAL
En agosto de 1979 fue a una despedida que me hicieron en Santa Fe porque yo venía a vivir a México. Lo acompañaba su flamante pareja, Alicia Muñiz, la uruguaya a la que los amigos conocimos esa noche. Después sería su esposa, y madre de Maximiliano. El 14 de febrero de 1988 ella murió en Mar del Plata en confusas circunstancias pero sin duda en una riña de una madrugada de locura y alcohol, cayó desde un balcón de primer piso. Monzón fue acusado de homicidio y encerrado en la cárcel de Batán, cercana al lugar de los hechos.

Lo visité pronto en Batán y no le pregunté nada, porque las noticias decían que él no hablaba con nadie de lo sucedido. Nunca sabré por qué me contó todo con una minuciosidad que hubiera deseado el juez de la causa. Se mantuvo en que su intención no era matarla, que tuvieron una pelea como cualquier pareja y que accidentalmente ella cayó para morir.

En 1995, tres días antes de su muerte, comí con él en la cárcel, de la que le faltaban pocos meses para salir. Fue conmigo el periodista Ricardo Porta, quien llamó a la radio LT 9 y juntos le hicimos la última entrevista de su vida. No se grabó, se perdió. Cuando Monzón murió se pidió por ese documento a los oyentes, nadie lo tuvo.

Ser boxeador no es un destino, es una fatalidad. No se busca ni se estudia, simplemente se abraza si es necesario. Se procura torcer el sino a puñetazos cuando de otro modo no se puede. La mayoría de las veces, como en cualquier lotería, se fracasa, o se obtiene un pequeño éxito. Otras veces, pocas, el triunfo es total, desmedido. Por algunos años fue el caso de Monzón, que se subió a un cohete espacial para recorrer su existencia. Voló a velocidad descontrolada. Con frecuencia sintió que todo lo que le pasaba era un tormento, deseó dar por soñado todo lo vivido.

El niño aquel que nació en San Javier en 1942 eligió vivir esta vida, la de este relato. O la vida lo eligió a él, difícil precisarlo. Todo fue vertiginoso y abrupto. Un grito. Una estampida. Hace 42 años, hoy, tocaba el cielo, y desde entonces siguió el derrotero fatal del paso por este mundo, poco a poco comenzó a dejar de ser.