Está cansado de oír infamias. Burlas e insultos. Cualquiera lo estaría. Canelo vive atormentado por las críticas que recibe de un sector del público mexicano que lo rechaza y le niega jerarquía de gran peleador, y lo acosa. Canelo está harto y se le nota.
Si digo infamias es porque no se entiende el odio. A cualquiera puede no gustarle como boxeador este mexicano que en todas las listas de mejores boxeadores del momento hechas fuera de México aparece alrededor del número 5. Es decir, reconocido en el mundo y negado en casa.
Le ganó bien a Liam Smith en Arlington, en una pelea digna, e hizo un trabajo pulcro y eficaz.
¿Quién es este muchacho enigmático, serio como una estatua, impenetrable como un cadáver, boxeador esforzado con once años de carrera, con 48 peleas ganadas, capaz de meter 51 mil personas en el estadio cerrado más grande del mundo, que es el taquillero mayor de estos días y que no puede convencer del todo a sus propios paisanos?
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“El asesino del cabello del color del fuego”, dice de él el Daily Mail en Londres.
“Álvarez poderoso, preciso e inteligente”, titula el Daily Star en la capital inglesa.
“Canelo, el hombre más peligroso del boxeo”, sentencia el influyente The Guardian.
Lo pondera Los Ángeles Times.
Desde Nicaragua me dice Carlos Alfaro León, del Canal 4 de Managua: “Bien el Canelo, especialmente en la ofensiva, mejor que cuando peleó con Khan.”
En la misma Managua El Nuevo Diario publica: “A Smith podían haberle contado hasta mil.”
Desde Argentina me llega mensaje del especialista Celso Ludueña: “Me gustó mucho el Canelo.”
Le pido por mensaje a Daniel Alonso, de Lo Mejor del Boxeo en Panamá, que me diga en una línea, si vio al Canelo bien, regular o mal. Me responde: “Definitivamente, lo vi bien”.
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Le duele el alma al Canelo sabiendo que lo llaman fraudulento, mediocre y cobarde, porque, paradójicamente, ninguno de estos adjetivos provienen de aficionados o especialistas que no sean mexicanos.
Y por mexicanos –no todos, claro- está reducido a un azacán como si no fuera un campeón.
Al Canelo hay que compararlo con el Canelo. Mejor o peor que antes. Es demencial reclamarle que no tenga la precisión de Tommy Hearns, la velocidad de Sugar Ray Leonard o el boxeo eminente de Wilfredo Benítez.
Pensemos en esto: si Canelo hubiera vencido a Gennady Golovkin en su pelea anterior, esta pelea con Liam Smith no se cuestionaría. Sería una victoria notable de un campeón notable confirmando su valía ante un esforzado enemigo como el inglés que resistió, se sacrificó por el combate y peleó lo que pudo.
El problema consiste en dos supuestos que el público percibe: que evita a Golovkin y que pelea siempre con rivales físicamente más pequeños, o no elige al mejor adversario disponible.
Las dos son medias verdades. A Golovkin no lo evita. Quiere pelear con él. Pero como la pelea no se ha hecho esa cuenta pendiente con la gente no está saldada. Las peleas a veces se demoran o no se hacen nunca, y no es por miedo, sino por factores parásitos que interfieren en las negociaciones. El Ratón Macías no peleó nunca con el Toluco López aunque la pelea era obligada en los años cincuenta. Ricardo López y Chiquita González no lograron enfrentarse y Julio César Chávez y Macho Camacho se hizo seis años después de que empezó a planearse.
Lo de los rivales más pequeños es un hecho a la vista. De las últimas 27 peleas del Canelo sólo en una su rival pesó un poco más, el argentino Carlos Baldomir que por su veteranía no representaba ningún peligro.
A lo anterior hay que agregar que Saúl no ha pasado por una guerra, y no habrá nunca la consagración total para un boxeador que no haya estado en una guerra en el ring y haya salido vivo domeñando las dificultades que una guerra conlleva.
Mis argumentos quedan al escrutinio del lector, a algunos les gustarán y a otros no, dentro del marco de lo razonable, que es lo que importa. Es decir, desterremos la basura de todo lo que se le dice a Saúl: ‘tiene miedo’, ‘es un fraude’, ´no le ganó a nadie’, ‘nos da vergüenza’, ´le arreglan las peleas’, ‘tiene que cambiar de entrenaodres’, ‘lo infló Televisa y ahora TVAzteca’, ‘es del montón’, ‘un circo barato’. Esto no, no puede participar de un debate serio. La caterva de estúpidos que jode en redes sociales apesta.
En cualquier caso la presión de estos días para Saúl se manifiesta de todas las formas posibles. Si en algunos meses enfrenta a Golovkin –cosa que inexorablemente debe suceder- y pierde, será un deportista millonario y resentido porque sus detractores vociferarán que todo lo que habían señalado es verdad.
Sólo le queda ganar, y el desafío es monstruoso porque el GGG de estos días parece indestructible.
A Álvarez le han creado problemas los rivales hábiles y elusivos, con vastos recursos boxísticos, como Floyd Mayweather y Miguel Ángel Cotto. Cuando se trata de músculo contra músculo el de Guadalajara suele llevar ventaja, porque es de acero. Golovkin va a romper esta costumbre porque es de confrontación y con el mexicano van a protagonizar un choque de trenes.
Saúl ha mejorado relativamente su defensa en las peleas recientes. Bloquea, acompaña los golpes que se pueden acompañar para minimizarlos, desplaza los pies mientras se cubre con los brazos cerrados. Pero contra Liam Smith tuvo pasajes adversos al quedarse en las cuerdas. Mis compañeros de transmisión, Julio César Chávez y Marco Antonio Barrera, ponderaron –y yo mismo lo hice- cómo se quitaba golpes en las acometidas del inglés, pero como en televisión nunca hay tiempo para nada, no me fue posible precisar: se quitaba tres golpes, pero otros tres no se los quitaba.
Le fue bien porque Smith no es Gennady Golovkin. A esto francamente no le veo una solución porque enmendarlo requiere mucho trabajo, y la pelea con el kasajo no ha de estirarse tanto en el tiempo. Ese viaje a las cuerdas, si Saúl lo hace contra GGG, será un suicidio inevitable por torpeza cometida.
Se acusa a Canelo, en fin, de ser portador de un éxito grande conseguido con peleas chicas, y el murmullo incesante de los murmuradores lo ha convertido ya en el más controvertido de los 153 campeones mundiales que ha tenido el pugilismo mexicano.
Se lo acusa de disfrutar un éxito conseguido artificialmente.
Es injusto, porque para subirse cincuenta veces al ring, para ser campeón varias veces y cuanto hay, se requiere tener las agallas de un trapecista que trabaja sin red de protección, pero por aquello de que al público hay que darle lo que pide, el Canelo debería hacer algo a propósito.
¿Podemos ver otro Canelo? Eso es una quimera. A los 26 años, con 50 peleas, este es el mejor Canelo posible. Ya no mejorará en recursos boxísticos. Si le va bien podremos ver chispazos de algún recurso nuevo, que depende más del estilo del adversario de turno que de él. Y cambiará lo que cambia el paso del tiempo porque la gente y las cosas y el mundo cambian. Lo dijo Heráclito hace 2,500 años: “no volveremos a ver el mismo río…”
La pelea con Gennady Golovkin es posible, aunque de negociaciones ripiosas, porque por cada Pago por Ver que vende GGG el Canelo vende cuatro. Saúl tiene que ganar en proporción 80-20, a menos que sacrifique algo para facilitar los trámites de la pelea que es peligrosa pero que puede obsequiarle la gloria.
Se acerca la hora de enfrentarse a su destino. Ignorando el miedo antes y los lamentos después.
19 de septiembre de 2016
13 de junio de 2016
Lomachenko tiene 13 peleas, WSB son peleas profesionales
En noviembre de 2003, cuando la AIBA comenzó con su moderna profanación de la actividad, el boxeo no necesitaba esta estupidez, ya había suficiente desorden en el patio de la casa como para soportar este ataque externo, este pogromo infame de dimensiones insospechadas.
Peleas de 5 rounds, de 3 minutos cada uno.
Dijo la AIBA: "Promovemos peleas a 5 rounds de 3 minutos, profesionales o semiprofesionales, pero no valen, no cuentan, no las anoten en los récords".
Se han dicho disparates en el boxeo, amigos, pero en 250 años, desde James Figgs, ninguno como éste. Dígale usted a su esposa que va a salir a cenar con una amiga pero que no se fije, porque "no vale, no cuenta", y verá cómo le va.
La aparición de este tercer formato del boxeo, que antes era sólo amateur o profesional, no sólo abonó a la confusión de los aficionados, sino que dio nacimiento a varias teorías sobre dónde enrolar estas nuevas peleas, la escandalosa befa de la AIBA.
Poco después del ingreso al profesionalismo de Vasily Lomachenko, quien dejaba atrás un rimbombante récord amateur de 396-1, Bob Arum anunció que su nuevo pupilo pelearía un campeonato del mundo en su segunda pelea rentada, y que ganando rompería el récord del tailandés Seanseak Muangsurín, campeón en su tercera pelea cuando venció a Pedro Perico Fernández en Bangkok en 1975.
Lomachenko perdió con Orlando Salido y la polémica se calmó.
La empresa FighFax, que es la recopiladora de récords por excelencia, oficial, cuyos registros están obligadas a observar por ley las comisiones de boxeo en los Estados Unidos y que siguen centenares de otras comisiones del mundo, ha sido inflexible y reporta desde el primer día las seis peleas WSB de Vasily Lomachenko, en las que entre el 11 de enero y el 10 de mayo de 2013 ganó siempre por puntos a Charly Suarez, Albert Selimov, Domenico Valentino, Samat Bashenov y dos vecesa Samuel Maxwell.
Sigue siendo un criterio universal que una pelea deja de ser amateur si es a más de cuatro rounds y/o de rounds de más de dos minutos de duración. Hay otros detalles como los cabezales, que en el boxeo que se llama 'amateur de élite' ya no se usan, y los guantes, pero digamos que las dos condiciones primeras son definitivas.
La mayoría de los expertos del mundo, a quienes conozco personalmente en muchos casos, no llevan ellos mismos récords de boxeadores, lo que sustituyen consultando la página de BoxRec, que es gratuita y es la página del pueblo, digamos, por su accesibilidad. Buena para la talacha cotidiana pero severamente cuestionada en muchas ocasiones si se trata de profundizar en ella para asuntos históricos poco claros.
En 2010, además, fue un escándalo mundial la inclusión masiva de récords falsos de boxeadores brasileños.
BoxRec no agrega a sus récords las peleas WSB, algunos dicen que porque no las tienen (es posible, conseguir todos los resultados amateurs es una tarea casi imposible) y otros dicen que por un acuerdo con uno o más organismos del profesionalismo. Esto es imposible de probar.
Lo anterior ha puesto a la comunidad boxística el dilema de decidir a quién le hace caso o qué bandera levanta.
Con argumentos débiles, en mi opinión, algunos entendidos dijeron que Lomachenko iría a pelear con Salido en su segunda pelea, porque las otras seis que estaban en el limbo eran a 5 rounds, lo cual se salía del paradigma costumbrista de 4, 6, 8, 10 ó 12 rounds del profesionalismo.
La AIBA argumentó que 5 rounds son buenos para evitar empates, un buen razonamiento, incontestable.
Un pequeño paso adelante de la AIBA en su guerra con las cuatro organizaciones profesionales, que en su proverbial ineficacia, no han podido superar en un siglo la obsolescencia de las peleas a números de rounds pares.
A lo anterior hay que agregar, porque según mis informantes fue un argumento de peso al reglamentar, cinco peleas de 5 rounds caben a la perfección en un formato de televisión para transmisiones de dos horas y media, que en muchos países del mundo es bien aceptado y requerido.
Los aficionados y especialistas van a continuar divididos. HBO eligió presentar los dos récords de un mismo boxeador en una transmisión, y desistió pronto de la idea porque no recibió ningún elogio por ello, y sí miles de preguntas de un público desorientado por una nueva torpeza: boxeadores que ahora tienen dos récords... "elija usted cuál le gusta más".
Lomachenko es Lomachenko, el mismo individuo se presente con uno u otro récord, pero si a los efectos de reconocer su pasado esto no es tan importante, sí lo es mirando la guerra desatada entre los organismos profesionales y la AIBA, y las transformaciones que continuarán para definir quién se queda con qué porción más grande o más sustanciosa del pastel.
Steve Farhood, el prestigioso analista de Showtime dijo: "Si el trabajo de FightFax es bueno, como sabemos que es, no podemos respetarlo cuando nos conviene y otras veces no. Los promotores, los publicistas y los periodistas que se resisten a reconocer las peleas WSB como profesionales, están equivocados".
El escritor e historiador Lee Groves, también elector del Salón de la Fama, hizo recientemente un estudio profundo de este tema en The Ring Magazine y concluyó: "si parecen peleas profesionales, si se conducen como peleas profesionales, si los protagonistas son pagados como profesionales, entonces son peleas profesionales. Punto".
Peleas de 5 rounds, de 3 minutos cada uno.
Dijo la AIBA: "Promovemos peleas a 5 rounds de 3 minutos, profesionales o semiprofesionales, pero no valen, no cuentan, no las anoten en los récords".
Se han dicho disparates en el boxeo, amigos, pero en 250 años, desde James Figgs, ninguno como éste. Dígale usted a su esposa que va a salir a cenar con una amiga pero que no se fije, porque "no vale, no cuenta", y verá cómo le va.
La aparición de este tercer formato del boxeo, que antes era sólo amateur o profesional, no sólo abonó a la confusión de los aficionados, sino que dio nacimiento a varias teorías sobre dónde enrolar estas nuevas peleas, la escandalosa befa de la AIBA.
Poco después del ingreso al profesionalismo de Vasily Lomachenko, quien dejaba atrás un rimbombante récord amateur de 396-1, Bob Arum anunció que su nuevo pupilo pelearía un campeonato del mundo en su segunda pelea rentada, y que ganando rompería el récord del tailandés Seanseak Muangsurín, campeón en su tercera pelea cuando venció a Pedro Perico Fernández en Bangkok en 1975.
Lomachenko perdió con Orlando Salido y la polémica se calmó.
La empresa FighFax, que es la recopiladora de récords por excelencia, oficial, cuyos registros están obligadas a observar por ley las comisiones de boxeo en los Estados Unidos y que siguen centenares de otras comisiones del mundo, ha sido inflexible y reporta desde el primer día las seis peleas WSB de Vasily Lomachenko, en las que entre el 11 de enero y el 10 de mayo de 2013 ganó siempre por puntos a Charly Suarez, Albert Selimov, Domenico Valentino, Samat Bashenov y dos vecesa Samuel Maxwell.
Sigue siendo un criterio universal que una pelea deja de ser amateur si es a más de cuatro rounds y/o de rounds de más de dos minutos de duración. Hay otros detalles como los cabezales, que en el boxeo que se llama 'amateur de élite' ya no se usan, y los guantes, pero digamos que las dos condiciones primeras son definitivas.
La mayoría de los expertos del mundo, a quienes conozco personalmente en muchos casos, no llevan ellos mismos récords de boxeadores, lo que sustituyen consultando la página de BoxRec, que es gratuita y es la página del pueblo, digamos, por su accesibilidad. Buena para la talacha cotidiana pero severamente cuestionada en muchas ocasiones si se trata de profundizar en ella para asuntos históricos poco claros.
En 2010, además, fue un escándalo mundial la inclusión masiva de récords falsos de boxeadores brasileños.
BoxRec no agrega a sus récords las peleas WSB, algunos dicen que porque no las tienen (es posible, conseguir todos los resultados amateurs es una tarea casi imposible) y otros dicen que por un acuerdo con uno o más organismos del profesionalismo. Esto es imposible de probar.
Lo anterior ha puesto a la comunidad boxística el dilema de decidir a quién le hace caso o qué bandera levanta.
Con argumentos débiles, en mi opinión, algunos entendidos dijeron que Lomachenko iría a pelear con Salido en su segunda pelea, porque las otras seis que estaban en el limbo eran a 5 rounds, lo cual se salía del paradigma costumbrista de 4, 6, 8, 10 ó 12 rounds del profesionalismo.
La AIBA argumentó que 5 rounds son buenos para evitar empates, un buen razonamiento, incontestable.
Un pequeño paso adelante de la AIBA en su guerra con las cuatro organizaciones profesionales, que en su proverbial ineficacia, no han podido superar en un siglo la obsolescencia de las peleas a números de rounds pares.
A lo anterior hay que agregar, porque según mis informantes fue un argumento de peso al reglamentar, cinco peleas de 5 rounds caben a la perfección en un formato de televisión para transmisiones de dos horas y media, que en muchos países del mundo es bien aceptado y requerido.
Los aficionados y especialistas van a continuar divididos. HBO eligió presentar los dos récords de un mismo boxeador en una transmisión, y desistió pronto de la idea porque no recibió ningún elogio por ello, y sí miles de preguntas de un público desorientado por una nueva torpeza: boxeadores que ahora tienen dos récords... "elija usted cuál le gusta más".
Lomachenko es Lomachenko, el mismo individuo se presente con uno u otro récord, pero si a los efectos de reconocer su pasado esto no es tan importante, sí lo es mirando la guerra desatada entre los organismos profesionales y la AIBA, y las transformaciones que continuarán para definir quién se queda con qué porción más grande o más sustanciosa del pastel.
Steve Farhood, el prestigioso analista de Showtime dijo: "Si el trabajo de FightFax es bueno, como sabemos que es, no podemos respetarlo cuando nos conviene y otras veces no. Los promotores, los publicistas y los periodistas que se resisten a reconocer las peleas WSB como profesionales, están equivocados".
El escritor e historiador Lee Groves, también elector del Salón de la Fama, hizo recientemente un estudio profundo de este tema en The Ring Magazine y concluyó: "si parecen peleas profesionales, si se conducen como peleas profesionales, si los protagonistas son pagados como profesionales, entonces son peleas profesionales. Punto".
4 de junio de 2016
En la muerte de Muhammad Ali
La muerte no perdona, ni siquiera a los que a veces, por diferentes razones, por amor, por idolatría, por fanatismo o por desvarío, creemos que debería perdonar, haciendo una excepción. No perdona ni aun a los que parecen inmortales.
Muhammad Ali ha muerto y ha llenado con su nombre otra vez las páginas de todos los diarios del mundo.
Los hombres que dejan huella son otros hombres.
Es la última vez. El último movimiento de ajedrez de un ser excepcional. Nunca más veremos un mismo día este espasmo colectivo, esta tempestad planetaria, la reacción masiva y febril por la acción de un personaje.
Sólo fue morirse. No hubo una victoria deportiva ni el momento es de festejos. Sólo fue su dejarse ir a la nada porque el último camino es apenas de un sentido.
Debía ser de otra manera, si pudiéramos escoger entre los designios del Creador, si accediéramos a un menú a escudriñar los entresijos de la vida y del morir.
¿Cómo? ¿Cómo este hombre otrora gigantesco y poderoso, invencible, colosal, se convirtió en un depósito tan ínfimo de vida? Querido, admirado, respetado por todos. Inteligente y austero, digno hasta lo inconcebible. Aquellas manos amenazantes y peligrosas, armas mortales de ayer, se convirtieron en un soplo de tremor suplicante, aquellas piernas de agilidad invisible tornaron a no caminar, su boca bocinglera que en millones de fotografías jamás vimos cerrada, se apagó como muere un relámpago en la inmensidad de la noche, para siempre, acompañante triste de una mirada extraviada y taciturna.
El almanaque de sus días postreros fue sin emociones. La vida un día sonríe y otro día duele al por mayor.
Metáfora de existir. Los hombres buenos también mueren. Serenamente, perplejidad en los ojos, bruma en el pensamiento, viajero inmóvil y sin memoria, vacío de todo, Muhammad Ali se marchó a lo desconocido para nunca volver.
Si el destino de los hombres viene escrito, ya estaba que iba a ser un mensajero mayor aquel muchacho insignificante de la infancia en Kentucky, que había nacido en Louisville en 1942. Que era negro y que era pobre, descendiente de esclavos, las características salientes de su realidad, con las que se podía aspirar a poco y en ningún caso a conquistar nada más que el espacio donde estaba parado. No le pertenecía ni el aire que respiraba. Cargaba el nombre de la esclavitud -Clay-, que era el nombre en la familia desde el siglo XIX, cuando la trata de seres humanos le hizo a los Estados Unidos una herida imposible de cerrar.
Hace 227 años Louisville esá a la orilla izquierda del río Ohio, como homenaje perenne al rey Luis XVI de Francia. Hace 47 años que su hijo Cassius Clay, después Muhammad Ali, la puso en el mapa de manera más notoria, para siempre.
Clay fue el primogénito de Cassius Marcellus III y Odessa Grady Clay. Nació en el Hospital General el 17 de enero de 1942 a las 6:35 de la tarde. Pesó 2 kilos 940 gramos. Creció protegido por su amante madre sin conocer nunca la pobreza desesperante. Su padre fue un hombre indiferente y parlanchín. Ali diría un día: "yo hablo mucho pero él hablaba más". La carta de presentación preferida por Clay padre era decir: "jamás he estado sin trabajo por un día en mi vida, y nunca he trabajado para nadie, excepto para mi".
La vida de Clay no fue digna de nada para contar hasta los 12 años, cuando tomó contacto con el boxeo. A los 14 años ganó su primer título en Guantes de Oro y confirmó sus cualidades. Había un largo camino por recorrer, pero también muchos títulos que recogió hasta que Roma le dio en 1960 la medalla dorada de los Juegos Olímpicos y su más caro sueño de juventud. Un trampolín que pone en órbita a cualquiera. Clay sabía que todo lo que antes había sido incierto en su existencia ahora tenía formas y agarraderas. Estaba tomando la conducción de su destino. Sabía lo que quería y lo manejaría como un secreto de estado, sin permitirse ninguna flaqueza. O acaso una sola, cuando con lágrimas en los ojos en una noche de extraña melancolía arrojó su medalla de oro al río Hudson. Lo impulsaba un odio de siglos, un sentimiento incontrolable de vindicación y revancha, la determinación de empezar de nuevo y la certeza sin par de que recorrería todo el camino. El camino que delante y sin final se hacía cuesta escarpada y amenazante.
Antes de sumar veinte peleas profesionales fue campeón mundial, venciendo a Sonny Liston en una pelea en la que nadie le daba oportunidad de victoria.
Las luces del boxeo se encendieron y dieron fulgor a sus triunfos más resonantes. En el camino quedaron Joe Frazier, Floyd Patterson, Karl Mildenberger, Ernie Terrell, Zora Folley, Oscar Bonavena, Jimmy Ellis, Ken Norton, Earnie Shavers, George Foreman, y más.
El camino fue de espinas, entre otras cosas porque tenía 25 años y estaba en su mejor momento cuando el gobierno de su país le retiró la licencia de boxeador por negarse a ir a la guerra de Vietnam. "No iré a la guerra, no mataré vietnamitas, esa gente no me ha hecho nada y no son ellos lo que me llaman negro en forma despectiva", explicó.
Ali transformó el boxeo mostrando que un boxeador puede ser mucho más que músculo en conflicto, que un hombre con principios en cualquier lugar se expresa y que hay batallas que se luchan toda la vida, más allá de los tres minutos de un round.
Ali transformó el deporte al confirmar que aun el boxeo, violento y muchas veces censurable, es un lugar para muchos único donde encajar y una herramienta para que vivan una vida los desheredados de la tierra.
Le di mi simpatía hace muchos años, cuando supe que detrás del nombre de Ali y de Ali boxeador se escondía un hombre valiente que pretendía ser apóstol de su época. Se disfrazó de payaso para llamar la atención y después recorrió cada uno de sus días como un ejemplo vivo, como una leyenda inconmensurable del deporte. El payaso se transformó en paradigma.
Le di mi corazón cuando advertí que detrás de la mística religiosa no había ninguna segunda intención de su parte, sino un verdadero deseo de servir, de transmitir su fe, de ayudar aun en terrenos que no le eran propios.
No exagero un ápice cuando digo que Ali fue un hombre profundamente bondadoso. Jamás protagonizó un momento ominoso fuera del ring. Tuvo la paz de un santo. Ayudó siempre a quien tuvo cerca y dio hasta su alma a muchos que abusaron de su generosidad aprovechándose de que fuera del ring Ali fue siempre inofensivo.
Hace cincuenta años era el rey del mundo. Las siguientes décadas fue el hombre más reconocible del planeta. Fue el prototipo del éxito y no lo usó, cambiándolo por una vida austera y de servicio.
En este momento de la humanidad, cuando a veces el ánimo decae porque sólo vemos hombres avariciosos y espíritus devastados, cuando no hay luz por delante, la presencia de Ali vivo era un faro resplandeciente, una cádava que ardía inmarcesible, el hombre bueno que no encontraba Diógenes de Sinope.
Aprendamos de su ejemplo: hacer maravillosamente bien lo que nos toca, vivir sin estridencias, amar a los demás, servir sin condiciones.
Doblan las campanas por el que ha partido.
Muhammad Ali ha muerto y ha llenado con su nombre otra vez las páginas de todos los diarios del mundo.
Los hombres que dejan huella son otros hombres.
Es la última vez. El último movimiento de ajedrez de un ser excepcional. Nunca más veremos un mismo día este espasmo colectivo, esta tempestad planetaria, la reacción masiva y febril por la acción de un personaje.
Sólo fue morirse. No hubo una victoria deportiva ni el momento es de festejos. Sólo fue su dejarse ir a la nada porque el último camino es apenas de un sentido.
Debía ser de otra manera, si pudiéramos escoger entre los designios del Creador, si accediéramos a un menú a escudriñar los entresijos de la vida y del morir.
¿Cómo? ¿Cómo este hombre otrora gigantesco y poderoso, invencible, colosal, se convirtió en un depósito tan ínfimo de vida? Querido, admirado, respetado por todos. Inteligente y austero, digno hasta lo inconcebible. Aquellas manos amenazantes y peligrosas, armas mortales de ayer, se convirtieron en un soplo de tremor suplicante, aquellas piernas de agilidad invisible tornaron a no caminar, su boca bocinglera que en millones de fotografías jamás vimos cerrada, se apagó como muere un relámpago en la inmensidad de la noche, para siempre, acompañante triste de una mirada extraviada y taciturna.
El almanaque de sus días postreros fue sin emociones. La vida un día sonríe y otro día duele al por mayor.
Metáfora de existir. Los hombres buenos también mueren. Serenamente, perplejidad en los ojos, bruma en el pensamiento, viajero inmóvil y sin memoria, vacío de todo, Muhammad Ali se marchó a lo desconocido para nunca volver.
Si el destino de los hombres viene escrito, ya estaba que iba a ser un mensajero mayor aquel muchacho insignificante de la infancia en Kentucky, que había nacido en Louisville en 1942. Que era negro y que era pobre, descendiente de esclavos, las características salientes de su realidad, con las que se podía aspirar a poco y en ningún caso a conquistar nada más que el espacio donde estaba parado. No le pertenecía ni el aire que respiraba. Cargaba el nombre de la esclavitud -Clay-, que era el nombre en la familia desde el siglo XIX, cuando la trata de seres humanos le hizo a los Estados Unidos una herida imposible de cerrar.
Hace 227 años Louisville esá a la orilla izquierda del río Ohio, como homenaje perenne al rey Luis XVI de Francia. Hace 47 años que su hijo Cassius Clay, después Muhammad Ali, la puso en el mapa de manera más notoria, para siempre.
Clay fue el primogénito de Cassius Marcellus III y Odessa Grady Clay. Nació en el Hospital General el 17 de enero de 1942 a las 6:35 de la tarde. Pesó 2 kilos 940 gramos. Creció protegido por su amante madre sin conocer nunca la pobreza desesperante. Su padre fue un hombre indiferente y parlanchín. Ali diría un día: "yo hablo mucho pero él hablaba más". La carta de presentación preferida por Clay padre era decir: "jamás he estado sin trabajo por un día en mi vida, y nunca he trabajado para nadie, excepto para mi".
La vida de Clay no fue digna de nada para contar hasta los 12 años, cuando tomó contacto con el boxeo. A los 14 años ganó su primer título en Guantes de Oro y confirmó sus cualidades. Había un largo camino por recorrer, pero también muchos títulos que recogió hasta que Roma le dio en 1960 la medalla dorada de los Juegos Olímpicos y su más caro sueño de juventud. Un trampolín que pone en órbita a cualquiera. Clay sabía que todo lo que antes había sido incierto en su existencia ahora tenía formas y agarraderas. Estaba tomando la conducción de su destino. Sabía lo que quería y lo manejaría como un secreto de estado, sin permitirse ninguna flaqueza. O acaso una sola, cuando con lágrimas en los ojos en una noche de extraña melancolía arrojó su medalla de oro al río Hudson. Lo impulsaba un odio de siglos, un sentimiento incontrolable de vindicación y revancha, la determinación de empezar de nuevo y la certeza sin par de que recorrería todo el camino. El camino que delante y sin final se hacía cuesta escarpada y amenazante.
Antes de sumar veinte peleas profesionales fue campeón mundial, venciendo a Sonny Liston en una pelea en la que nadie le daba oportunidad de victoria.
Las luces del boxeo se encendieron y dieron fulgor a sus triunfos más resonantes. En el camino quedaron Joe Frazier, Floyd Patterson, Karl Mildenberger, Ernie Terrell, Zora Folley, Oscar Bonavena, Jimmy Ellis, Ken Norton, Earnie Shavers, George Foreman, y más.
El camino fue de espinas, entre otras cosas porque tenía 25 años y estaba en su mejor momento cuando el gobierno de su país le retiró la licencia de boxeador por negarse a ir a la guerra de Vietnam. "No iré a la guerra, no mataré vietnamitas, esa gente no me ha hecho nada y no son ellos lo que me llaman negro en forma despectiva", explicó.
Ali transformó el boxeo mostrando que un boxeador puede ser mucho más que músculo en conflicto, que un hombre con principios en cualquier lugar se expresa y que hay batallas que se luchan toda la vida, más allá de los tres minutos de un round.
Ali transformó el deporte al confirmar que aun el boxeo, violento y muchas veces censurable, es un lugar para muchos único donde encajar y una herramienta para que vivan una vida los desheredados de la tierra.
Le di mi simpatía hace muchos años, cuando supe que detrás del nombre de Ali y de Ali boxeador se escondía un hombre valiente que pretendía ser apóstol de su época. Se disfrazó de payaso para llamar la atención y después recorrió cada uno de sus días como un ejemplo vivo, como una leyenda inconmensurable del deporte. El payaso se transformó en paradigma.
Le di mi corazón cuando advertí que detrás de la mística religiosa no había ninguna segunda intención de su parte, sino un verdadero deseo de servir, de transmitir su fe, de ayudar aun en terrenos que no le eran propios.
No exagero un ápice cuando digo que Ali fue un hombre profundamente bondadoso. Jamás protagonizó un momento ominoso fuera del ring. Tuvo la paz de un santo. Ayudó siempre a quien tuvo cerca y dio hasta su alma a muchos que abusaron de su generosidad aprovechándose de que fuera del ring Ali fue siempre inofensivo.
Hace cincuenta años era el rey del mundo. Las siguientes décadas fue el hombre más reconocible del planeta. Fue el prototipo del éxito y no lo usó, cambiándolo por una vida austera y de servicio.
En este momento de la humanidad, cuando a veces el ánimo decae porque sólo vemos hombres avariciosos y espíritus devastados, cuando no hay luz por delante, la presencia de Ali vivo era un faro resplandeciente, una cádava que ardía inmarcesible, el hombre bueno que no encontraba Diógenes de Sinope.
Aprendamos de su ejemplo: hacer maravillosamente bien lo que nos toca, vivir sin estridencias, amar a los demás, servir sin condiciones.
Doblan las campanas por el que ha partido.
9 de mayo de 2016
Canelo y su derecha asesina
Sólo doce minutos después de haber sido declarado ganador sobre Amir Khan, sentado a la mesa de transmisión de TV Azteca para una entrevista, escoltado por Marco Antonio Barrera a su derecha y por Julio César Chávez a su izquierda, el Canelo Álvarez era inocultablemente el hombre más feliz de la tierra.
La sonrisa en su semblante, otras veces severo, era tallada por la alegría, y su dentadura casi desconocida en su solemnidad cotidiana, cobraba la dimensión panfletaria de una proclama al infinito. Era una revancha que le regalaba el destino. La victoria era un valor supremo.
No son de alcohol los vapores que más embriagan. El grito del triunfo es ensordecedor, y él acababa de noquear, casi matar, al inglés Amir Khan que estaba siendo amarrado a una camilla para viajar a un hospital.
La derecha con que Saúl terminó la pelea es para la historia, y no pocos recordaron la de Juan Manuel Márquez que cambió el curso del boxeo cuando se estrelló en la mandíbula de Manny Pacquiao, en aquella otra noche inolvidable. Como la de Márquez, la ejecución de Canelo compite para los finales más brutales de un combate. ¿Se acuerdan? Los nocauts de Rocky Marciano a Walcott, de Mike Weaver a John Tate, de Gerry Cooney a Ken Norton, de Bob Foster a Dick Tiger...
Tanto éxito marea a cualquier hombre, y algunos no sobreviven. Debe ser bastante bueno no volverse loco, no perderse en el laberinto de la soledad, no creerse divino, o perfecto, o angelical. Cuando alguien es tan afortunado ni procesarlo puede. La fama, los millones, la adoración de los aficionados de todos lados.
La noticia de la victoria del rojo peleador mexicano corría ya por el entramado de las redes y se instalaba en medios tan distantes como el Bangkok Post, de Tailandia; era video disponible en el Blikk de Budapest y ocupaba un buen sitio en la portada de The Nation, de Pakistán. Es muy bajo el porcentaje de los hombres que conquistan tanto, que florecen en tantas latitudes al mismo tiempo.
Con lo que ganó el Canelo sólo en esta pelea se pueden comprar 200 casas, o 2,500 automóviles, o una isla en Grecia, o un yate de lujo para 50 personas.
Cualquiera siente que el mundo le queda chico, cualquiera se cree inmortal. Exultante y eufórico, Saúl I de México, un Alejandro Magno moderno, impartía directrices "para los que a mis espaldas hablan de mí y dicen otra cosa", "para los que deben reconocer mi trabajo porque bastante me he esforzado", "para los que no entienden que no le temo a nadie", "los títulos no valen nada".
Nunca una pelea respondió con mayor precisión a los cálculos previos. Amir Khan a la delantera al comienzo, Canelo expectante como son de costumbre sus inicios, activa la velocidad relampagueante del inglés, y la sempiterna amenaza de un golpe letal firmado por el único que lo podía dar. Lo más difícil para Álvarez fue, sin embargo, cumplir el cometido de hacerlo tan bien que satisficiera --misión imposible-- a sus detractores. Si noqueaba no valía porque era a un enemigo más chico, si no noqueaba, peor. Otra vez la monserga, la cantilena: él bulto', 'el inflado', 'el invento de la TV', 'el que ustedes criticaban cuando estaba en Televisa y ahora endiosan'.
¿Cómo lo hizo el Canelo?
Recuerdo el relato de un amigo que estaba en la escuela preparatoria y cuando el maestro le pidió que hablara de Benito Juárez preguntó: ¿hablo a favor o en contra?
A mí ahora me sucede. Puedo defender la actuación del Canelo que de 49 es a mi entender la más importante, porque la peculiaridad del golpe letal con que ejecutó a Amir Khan diluye el hándicap del derrotado; cualquiera, del tamaño que sea, hubiera caído.
Puedo censurar lo que censuran todos, que Canelo no haya peleado en años con alguien ni siquiera cien gramos más pesado, excepto Manuel Baldomir que era una sombra cuando se enfrentaron. Esta omisión en su carrera resulta insoportable. Que él se haga cargo de este rezago deportivo que tiene que enmendar. Más que por nosotros debe hacerlo por él.
Ya no voy a explicar, porque lo hice en mi comentario previo, la necesidad que tiene de protagonizar una guerra en el ring.
Lo están entendiendo, parece, porque Canelo dejó claro en la entrevista que le hicimos después de ganar, que le molestan las críticas, y la mayor de las críticas es esa, que pelea con más chicos. Oscar de la Hoya, que miraba para otro lado cuando oía mencionar a Gennady Golovkin, tuvo que aceptarlo, y dijo 'sí, vamos a pelearlo en la siguiente'.
El Canelo boxeador, parco, austero, poderoso, fue el de siempre, y el que siempre será, con pequeños ajustes posibles que ojalá le permitan mejorar. Canelo ha madurado en las más recientes peleas. Ahora fue escaso en combinaciones de golpes porque Amir Khan estaba geográficamente lejos, pero las ha ensayado bien antes, en las peleas con Cotto y con Kirkland. Se defiende más y entrena mejor. Recibe bien fuego enemigo y no se cae.
Rocky Marciano tenía el problema de una cintura poco flexible, como tiene el Canelo, pero Marciano era una locomotora en su traslación hacia el frente, cosa que no ha logrado el mexicano. Cierto que Marciano no tuvo ni un solo rival que huyera con las piernas, como Khan, como Cotto, como Mayweather, los que exhibieron esa insuficiencia de Saúl, pero no es obstáculo para señalar como lamentable que un tipo con semejante poder físico sea tardo y perezoso para profundizar sus ataques.
Canelo fue el de siempre entre otras cosas porque un golpe salvador le dio una victoria rotunda, tan contundente que a sus detractores los dejó con más rabia que argumentos. Sabíamos muchas cosas antes de la pelea y muchas se confirmaron como verdades. Sabíamos que difícilmente Amir Khan, a pesar de poseer dos manos que son de las más veloces del boxeo, podía mantener una pelea perfecta a lo largo de doce rounds, para ganar. Ya en el segundo round vimos que no pudo repetir las excelencias del primero.
En el sexto capítulo crecía de a poco Canelo y él contraía sus propuestas. Dos semanas antes de la contienda el inglés había dicho: 'Un mínimo error de mi parte me puede sacar de la pelea'. El error lo cometió en el sexto round y su destino fue inexorable. Faltaba medio minuto de la vuelta cuando Khan tiró dos jabs que quedaron en el aire, y recogió muy bajo su brazo izquierdo. Canelo que estaba parado en el lugar exacto para contragolpear fintó con una izquierda y abrió el camino a la derecha más brutal de su vida para sepultar a Khan en la lona y obligarlo a morder el polvo del desierto de Mojave.
Álvarez tiene muchos triunfos y le falta la gloria. Sabemos que eso le importa, porque se le nota y porque nos lo ha dicho. Tendrá que trabajar para conseguirlo, con peleas de jerarquía. No basta con que haya dicho que va a pelear con Gennady Golovkin. Decirlo es una cosa, pero la negociación va a ser difícil. Los dos quieren un porcentaje de ingresos que para el otro es inaceptable. Los dos ponen su ego por delante. Van a discutir el peso. Lo que haga cada uno el resto del año tiene que decidirse en mayo, no más tarde, y lo que tienen que acordar no son asuntos que se acuerdan en un rato.
Canelo es competitivo contra Gennady Golovkin, mientras no se demuestre lo contrario, pero es cierto que en la percepción de los observadores el kasajo está evaluado como mejor en la comparación entrambos.
En la caótica repartición de títulos de estos tiempos de vergüenza para el boxeo, al Canelo le tocó ser el campeón, y a GGG, el evaluado mejor, el interino. Lo de interino es una imbecilidad, o un robo con impunidad que siguen haciendo las organizaciones del boxeo. Llegará el día cuando se verá el daño que este disparate ha causado a nuestro deporte, cuando ubicar a estos hombres en la historia sea un acertijo imposible de resolver. Imaginen a uno diciendo 'Yo era el mejor', para que le respondan 'No, el campeón era el Canelo', y al otro diciendo 'Yo era el campeón', para que le contesten 'Pero el mejor era Golovkin'.
Quiero dejar claro en el final que aunque los pesos pactados me parecen en general una buena herramienta del boxeo, Canelo tiene en esta hora dos compromisos ineludibles: pelear con GGG y pelear en 160 libras. Eso abortaría dudas que subsisten, si logra ganar, o si pierde combatiendo con dignidad.
Canelo está a la mitad de todo. Debe encarar con determinación la segunda mitad para ser el que quiere ser.
La sonrisa en su semblante, otras veces severo, era tallada por la alegría, y su dentadura casi desconocida en su solemnidad cotidiana, cobraba la dimensión panfletaria de una proclama al infinito. Era una revancha que le regalaba el destino. La victoria era un valor supremo.
No son de alcohol los vapores que más embriagan. El grito del triunfo es ensordecedor, y él acababa de noquear, casi matar, al inglés Amir Khan que estaba siendo amarrado a una camilla para viajar a un hospital.
La derecha con que Saúl terminó la pelea es para la historia, y no pocos recordaron la de Juan Manuel Márquez que cambió el curso del boxeo cuando se estrelló en la mandíbula de Manny Pacquiao, en aquella otra noche inolvidable. Como la de Márquez, la ejecución de Canelo compite para los finales más brutales de un combate. ¿Se acuerdan? Los nocauts de Rocky Marciano a Walcott, de Mike Weaver a John Tate, de Gerry Cooney a Ken Norton, de Bob Foster a Dick Tiger...
Tanto éxito marea a cualquier hombre, y algunos no sobreviven. Debe ser bastante bueno no volverse loco, no perderse en el laberinto de la soledad, no creerse divino, o perfecto, o angelical. Cuando alguien es tan afortunado ni procesarlo puede. La fama, los millones, la adoración de los aficionados de todos lados.
La noticia de la victoria del rojo peleador mexicano corría ya por el entramado de las redes y se instalaba en medios tan distantes como el Bangkok Post, de Tailandia; era video disponible en el Blikk de Budapest y ocupaba un buen sitio en la portada de The Nation, de Pakistán. Es muy bajo el porcentaje de los hombres que conquistan tanto, que florecen en tantas latitudes al mismo tiempo.
Con lo que ganó el Canelo sólo en esta pelea se pueden comprar 200 casas, o 2,500 automóviles, o una isla en Grecia, o un yate de lujo para 50 personas.
Cualquiera siente que el mundo le queda chico, cualquiera se cree inmortal. Exultante y eufórico, Saúl I de México, un Alejandro Magno moderno, impartía directrices "para los que a mis espaldas hablan de mí y dicen otra cosa", "para los que deben reconocer mi trabajo porque bastante me he esforzado", "para los que no entienden que no le temo a nadie", "los títulos no valen nada".
Nunca una pelea respondió con mayor precisión a los cálculos previos. Amir Khan a la delantera al comienzo, Canelo expectante como son de costumbre sus inicios, activa la velocidad relampagueante del inglés, y la sempiterna amenaza de un golpe letal firmado por el único que lo podía dar. Lo más difícil para Álvarez fue, sin embargo, cumplir el cometido de hacerlo tan bien que satisficiera --misión imposible-- a sus detractores. Si noqueaba no valía porque era a un enemigo más chico, si no noqueaba, peor. Otra vez la monserga, la cantilena: él bulto', 'el inflado', 'el invento de la TV', 'el que ustedes criticaban cuando estaba en Televisa y ahora endiosan'.
¿Cómo lo hizo el Canelo?
Recuerdo el relato de un amigo que estaba en la escuela preparatoria y cuando el maestro le pidió que hablara de Benito Juárez preguntó: ¿hablo a favor o en contra?
A mí ahora me sucede. Puedo defender la actuación del Canelo que de 49 es a mi entender la más importante, porque la peculiaridad del golpe letal con que ejecutó a Amir Khan diluye el hándicap del derrotado; cualquiera, del tamaño que sea, hubiera caído.
Puedo censurar lo que censuran todos, que Canelo no haya peleado en años con alguien ni siquiera cien gramos más pesado, excepto Manuel Baldomir que era una sombra cuando se enfrentaron. Esta omisión en su carrera resulta insoportable. Que él se haga cargo de este rezago deportivo que tiene que enmendar. Más que por nosotros debe hacerlo por él.
Ya no voy a explicar, porque lo hice en mi comentario previo, la necesidad que tiene de protagonizar una guerra en el ring.
Lo están entendiendo, parece, porque Canelo dejó claro en la entrevista que le hicimos después de ganar, que le molestan las críticas, y la mayor de las críticas es esa, que pelea con más chicos. Oscar de la Hoya, que miraba para otro lado cuando oía mencionar a Gennady Golovkin, tuvo que aceptarlo, y dijo 'sí, vamos a pelearlo en la siguiente'.
El Canelo boxeador, parco, austero, poderoso, fue el de siempre, y el que siempre será, con pequeños ajustes posibles que ojalá le permitan mejorar. Canelo ha madurado en las más recientes peleas. Ahora fue escaso en combinaciones de golpes porque Amir Khan estaba geográficamente lejos, pero las ha ensayado bien antes, en las peleas con Cotto y con Kirkland. Se defiende más y entrena mejor. Recibe bien fuego enemigo y no se cae.
Rocky Marciano tenía el problema de una cintura poco flexible, como tiene el Canelo, pero Marciano era una locomotora en su traslación hacia el frente, cosa que no ha logrado el mexicano. Cierto que Marciano no tuvo ni un solo rival que huyera con las piernas, como Khan, como Cotto, como Mayweather, los que exhibieron esa insuficiencia de Saúl, pero no es obstáculo para señalar como lamentable que un tipo con semejante poder físico sea tardo y perezoso para profundizar sus ataques.
Canelo fue el de siempre entre otras cosas porque un golpe salvador le dio una victoria rotunda, tan contundente que a sus detractores los dejó con más rabia que argumentos. Sabíamos muchas cosas antes de la pelea y muchas se confirmaron como verdades. Sabíamos que difícilmente Amir Khan, a pesar de poseer dos manos que son de las más veloces del boxeo, podía mantener una pelea perfecta a lo largo de doce rounds, para ganar. Ya en el segundo round vimos que no pudo repetir las excelencias del primero.
En el sexto capítulo crecía de a poco Canelo y él contraía sus propuestas. Dos semanas antes de la contienda el inglés había dicho: 'Un mínimo error de mi parte me puede sacar de la pelea'. El error lo cometió en el sexto round y su destino fue inexorable. Faltaba medio minuto de la vuelta cuando Khan tiró dos jabs que quedaron en el aire, y recogió muy bajo su brazo izquierdo. Canelo que estaba parado en el lugar exacto para contragolpear fintó con una izquierda y abrió el camino a la derecha más brutal de su vida para sepultar a Khan en la lona y obligarlo a morder el polvo del desierto de Mojave.
Álvarez tiene muchos triunfos y le falta la gloria. Sabemos que eso le importa, porque se le nota y porque nos lo ha dicho. Tendrá que trabajar para conseguirlo, con peleas de jerarquía. No basta con que haya dicho que va a pelear con Gennady Golovkin. Decirlo es una cosa, pero la negociación va a ser difícil. Los dos quieren un porcentaje de ingresos que para el otro es inaceptable. Los dos ponen su ego por delante. Van a discutir el peso. Lo que haga cada uno el resto del año tiene que decidirse en mayo, no más tarde, y lo que tienen que acordar no son asuntos que se acuerdan en un rato.
Canelo es competitivo contra Gennady Golovkin, mientras no se demuestre lo contrario, pero es cierto que en la percepción de los observadores el kasajo está evaluado como mejor en la comparación entrambos.
En la caótica repartición de títulos de estos tiempos de vergüenza para el boxeo, al Canelo le tocó ser el campeón, y a GGG, el evaluado mejor, el interino. Lo de interino es una imbecilidad, o un robo con impunidad que siguen haciendo las organizaciones del boxeo. Llegará el día cuando se verá el daño que este disparate ha causado a nuestro deporte, cuando ubicar a estos hombres en la historia sea un acertijo imposible de resolver. Imaginen a uno diciendo 'Yo era el mejor', para que le respondan 'No, el campeón era el Canelo', y al otro diciendo 'Yo era el campeón', para que le contesten 'Pero el mejor era Golovkin'.
Quiero dejar claro en el final que aunque los pesos pactados me parecen en general una buena herramienta del boxeo, Canelo tiene en esta hora dos compromisos ineludibles: pelear con GGG y pelear en 160 libras. Eso abortaría dudas que subsisten, si logra ganar, o si pierde combatiendo con dignidad.
Canelo está a la mitad de todo. Debe encarar con determinación la segunda mitad para ser el que quiere ser.
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