28 de junio de 2015

Ganó bien Bradley a pesar del desconcierto al final

Estuvo bien.

La Comisión de Boxeo de California usó un razonamiento correcto y solucionó el desaguisado del modo menos cruento.

El réferi Pat Russell se confundió al oír la advertencia de diez segundos creyendo que era la campanada final de la pelea y detuvo las acciones con tan mala suerte que fue en el único momento que Jessie Vargas había lastimado a Timothy Bradley, en el StubHub Center de Carson.

Ahora y dentro de cien años el boxeo seguirá presentando situaciones inéditas que deberán resolverse utilizando un criterio adecuado e inteligencia.

Aclaremos que el campeón de peso welter de la OMB, que certificaba la pelea, es Floyd Mayweather, por lo que le recomiendo, estimado lector, que prescinda usted del pretendido título que, una vez más, como todos los días, intentan vendernos irresponsables lenguaraces del micrófono y escritores livianos de discernimiento. Los promotores, los comisionados, los organismos del boxeo y algunos embusteros llamados especialistas nos meten a la fuerza títulos bastardos como espejitos para los indios. Sería hora de mandarlos al carajo, en vez de alimentar su impostura.

En el escándalo del final de la pelea no hubo ni por un momento la intención de Russell de declarar ganador a Jessie Vargas, por lo que no cabe analizar si a éste lo despojaron de algo que le pertenecía.

Sin embargo, la situación podría haber sido de una complejidad enorme de no mediar que Timothy Bradley estaba ganando por un amplio margen.

¿Qué habría pasado, amigos, en una pelea pareja en la que ese round final pudiera haber definido el resultado? La protesta de Jessie Vargas que en este caso no tuvo la simpatía de nadie porque había perdido de calle, tendría un fundamento deportivo y legal irrebatible. Para empezar la Comisión de Boxeo tendría que haber desalojado el ring y hecho disputar los 9 o 10 segundos faltantes.

La pelea fue pobre, la actuación de Bradley estuvo condicionada por la indolencia boxística de Vargas que más que a ganar se dedicó a durar, y al final ese final. Vargas no se entregó a pelear, no quiso la guerra, y Bradley solo no pudo. Vimos un mal Vargas y el peor Bradley que podamos recordar.

Todo sería apagar las luces y olvidar una noche mediocre, pero la remató Jessie Vargas con sus comentarios desatinados, por no decir malolientes. Que debió ganar, que va a pedir que declaren 'no contest'.

Tiempos de miseria moral.

La premisa es ganar, cuando debería ser ganar con honestidad. Siempre ha habido esta humana mezquindad en el deporte, pero corresponde el contrapeso de las autoridades para poner un freno cada vez más ausente. Desde Mike Tyson que mutiló a Evander Holyfield y siguió con su carrera de boxeador en lugar de ir a la cárcel, no hemos parado. Hace unos días en el futbol un individuo de la selección de Chile hundió un dedo en el trasero de un contrario haciéndolo expulsar y no tengo noticias de que esté fuera del futbol.

El deporte es otra cosa. O debería serlo.

Ojalá que alguien le diga a Jessie Vargas que perdió la pelea con justicia en la noche de Carson, que el boxeo necesita con urgencia individuos que tengan imperiosos deseos de ganar pero sin intentar cambiar un fracaso por una victoria con trampa. Que alguien le diga a Vargas que un gran campeón es alguien de una vida sin manchas, de una voluntad a toda prueba, de días de esfuerzos extenuantes, de victorias deportivas legítimas y de una seriedad profesional irreprochable.

Ganar es una consigna universal, que mueve a los individuos. Hay, sin embargo, una virtud, aunque cada vez parezca más escasa, capaz de convertir a un hombre en un vencedor, si es que la justicia no se ha desvanecido: la del honor.

4 de mayo de 2015

Ganó Floyd Mayweather y el desencanto se apoderó de todos

Parece desencanto, pero es la verdad revelada. Un malestar impreciso, un sueño no cumplido.

El mundo quería que ganara Manny Pacquiao y Manny Pacquiao perdió. Solo, escaso, una sombra de lo que había sido en noches felices, gestor de un esfuerzo absurdo y sin destino, perdió. Floyd Mayweather se quedó con una victoria merecida, aunque renovó la indignación de la gente por su soberbia insoportable y su valemadrismo, por su tacañería, por su decisión inquebrantable de no ir jamás a la guerra. Pelear sí, a su manera; morir en batalla, jamás.

La pelea no fue buena y no fue mala. Fue común, y no pudo satisfacer las expectativas desmesuradas que había creado.

El que paga mucho quiere mucho. Si usted compra una bicicleta, pongamos por ejemplo, en $ 3,000, y con ella pasea hasta la glorieta de la esquina, se divierte y hace ejercicio, la compra ha sido satisfactoria, quizá esté feliz con lo adquirido, pero si por la bici paga un millón apenas quedará satisfecho si con ella puede llegar a la luna.

La pelea del sábado fue mejor que las de Floyd Mayweather con el Canelo Álvarez, o Manny Pacquiao con Brandon Ríos, pero éstas no prometieron ni costaron tanto, ni un motor publicitario sin precedentes intentó convencer al mundo de que se trataría de una conflagración épica y legendaria.

Ganó el malo, y un tumultuoso coro de desencanto recorre aún una geografía inimaginable. El deporte tiene que hacer justicia para que actúe como un bálsamo bendito, si no es un salto al vacío que suma a nuestras congojas en lugar de endulzarnos la vida.

Finalizada una pelea, resueltos los interrogantes, nadie se acuerda de lo que se dijo antes, y por previsible que haya sido el trámite de lo sucedido, la rebelión de las masas es un estallido: ganó Mayweather pero muchos querían que ganara Pacquiao, y vieron ganar a Pacquiao.

No hubo dudas entre los entendidos: ganó Floyd. Dos o cuatro puntos, da igual. No hay polémica, hay un desmadre entre los aficionados belicosos que juzgan con con el corazón.

Manny Pacquiao muestra síntomas de decadencia, por primera vez. Ejercitó durante 9 o 10 minutos una estrategia bien elaborada. Los rounds 2, 3 y 4. Fuera de eso algunos chispazos aislados en otros pasajes. No tuvo reservas para más. Sin piernas, ni aire, ni inspiración divina, tampoco mostró gran voluntad.

A los boxeadores, a los hombres, se les perdona perder, pero no se les perdona que no dejen todo lo que tienen para evitar el fracaso. Fue una noche infeliz para el filipino a quien la juventud comienza a abandonarlo.

Miles de aficionados preguntan: "¿Por qué gana Floyd Mayweather si no pelea, sólo corre?" Los dos presupuestos son erróneos. Su boxeo no gusta, pero no es correcto decir que no pelea. Lo hace a su modo, con sus códigos inalterables, con su indiferencia a las quejas del espectador. Contragolpea, marca, responde, engaña, enloquece, y eso cuenta. Jamás he dicho que corre, porque afirmarlo confunde. No aplica el término aunque gente respetable como Roberto Durán me ha dicho que estoy equivocado. Trasladarse en piernas con maestría y velocidad inigualables no es correr, es poner en acción engranajes para que funcione lo que él es: una máquina de pelea indescifrable y eficaz. No sirve para encantar, pero sirve para ganar.

Si a la manera de Floyd Mayweather no se pudiera ganar en el boxeo, no habría en la historia Willie Pep, o Nicolino Locche, o Young Griffo, o Wilfredo Benítez, o Packey McFarland, o Benny Leonard, o Miguel Canto, que siguen siendo faros encendidos, defensores célebres, a ultranza.

Yo he sido el más crítico de Floyd, especialmente cuando voces inocentes o irresponsables han sugerido que puede ser el mejor de la historia, y seguiré siéndolo si tengo que recordar una vez y otra vez que en 48 peleas no ha pasado por una guerra, que rehuye el sacrificio.

Mayweather no es un boxeador de crisis, o no lo sabemos. Tiene la virtud de que no le pegan, con lo que ignoramos qué sucedería si lo golpearan con contundencia. Eso es a su favor, y no en su contra, pero un boxeador que no ha sufrido no está terminado de evaluar. Es irracional todavía creer que pudiera haberle ganado a Henry Armstrong (en ligero), o a Ray Leonard (en welter), o a Durán (en ligero), o a Robinson (en welter).

No habrá una segunda pelea entre ellos, porque en principio carece de interés, y aunque el interés pudiera crearse artificialmente (especialidad de los promotores), no habría forma de pagarles otra vez estas cantidades absurdas, y no pelearían por menos.

Pase lo que pase es el fin de una época. Pacquiao se fue o se está yendo. Si sigue, ¿qué podría buscar? Muy poca cosa y este es un deporte del que hay que retirarse cuando ya no se puede aportar nada a los activos. Es un héroe del ring y un héroe de la vida. Su condición de triunfador es inconmensurable si pensamos de qué pobrezas viene y qué privilegios ha alcanzado.

Floyd Mayweather es algo difícil de descifrar. Cuando otros piensan en la gloria él piensa en el dinero, su esencia, su Dios. Seguirá en el boxeo muy poco más. Si no pudo vencerlo Manny no puede hacerlo nadie.

El último duelo grande de este tiempo ha terminado, y las tensiones se relajan. El boxeo mira de reojo al futuro porque se va quedando sin propuestas seductoras.

El paso del tiempo nos dirá si Pacquiao se confirma como el más grande filipino de todos los tiempos o habrá que volver a revivir las glorias de aquel portento llamado Flash Elorde.

Habrá otros días y habrá otros hombres en el ring, dispuestos a procurar la gloria inmarcesible que entregan las multitudes de tiempo en tiempo.

Lo que acabamos de ver cierra la narración de una etapa del boxeo moderno, con un capítulo final sin lustre, que se lleva con nosotros emociones murientes a un sitio sin retorno. Damos vuelta la página con la sensación angustiosa de que las luces mortecinas de un ring imaginario y difuso se van apagando lentamente hasta desaparecer.

15 de febrero de 2015

El Tornado Sánchez se graduó

Le bastaron veintiocho minutos al Tornado Sánchez para convertirse en la figura beligerante que ahora es en el presente del boxeo mexicano, que antes de la pelea no era.

No había tenido un rival de la trayectoria y calidad del Topo Rosas, habitualmente una amenaza para cualquiera en las divisiones de las 115 o 118 libras, al que desapareció del ring en la noche de sábado en Hermosillo.

El ring y el hombre, escenario y protagonista de una velada amable para el boxeo mexicano que agrega a su tropa un soldado valioso y sorprendente.

La confirmación de las bondades del Tornado como boxeador de futuro, de éxito cuantioso si hace las cosas bien, causa a los observadores tanta algazara como causan tristeza los intentos fallidos de otros peleadores que tropiezan y van quedando en el camino.

David Sánchez encaró la pelea de anoche con autoridad, parado en el ring con el carácter de un campeón, y con un boxeo renovado y limpio, exultante de vigor y de eficacia que desde el minuto uno dejó sin argumentos al Topo Rosas.

Lo mejor es su talega llena de cosas nuevas. ¡Cuánta sorpresa en el ring! No habíamos visto nunca en su repertorio esa combinación de dos golpes abiertos al cuerpo para controlar al enemigo con la que inició la refriega. Pa-pa, pa-pa, pa-pa se estrellaban sonoros los guantes en el cuerpo de Rosas y el público preguntándose: ¿de dónde habrá sacado esto el Tornado?

Luego el cambio de guardia a zurdo, para meter el gancho. Magistral.

Se ve a un kilómetro el conocimiento de los kochules, y su influencia provechosa, el trabajo de Eduardo Montiel y en general de todos ellos, que siguen haciendo una buena labor cada vez más notoria con sus dirigidos.

La pelea que habíamos previsto que sería pareja, no lo fue. El Tornado rindió mucho más de lo esperado y el Topo rindió menos.

David, nacido en Hermosillo, crece como realidad y como promesa, porque será mejor que lo que es hoy, a sus flamantes 24 años. En una gestión brevísima, lo que va de dos peleas atrás a ésta, ha mostrado una mejoría sustancial, por lo que no hay razones para pensar que no podrá seguir creciendo.

Cierto es también que conviene ser prudentes en esta explosión de alegría que nos provoca, porque la pelea de ayer fluyó sin riesgos ni contratiempos, y eso le permitió lucirse como un consagrado. Pero habrá otras noches y otros rivales, algunos más peligrosos y amenazantes. Pegando todos somos campeones, el asunto será ver qué pasa cuando le peguen a Sánchez.

Recuerdo el golpe que le aplicó Tapales, en aquella pelea de hace dos años, con un bárbaro volado de derecha que al Tornado se le depositó en la sien. Pudo ser de efectos catastróficos, pero no lo fue. David soportó bien el momento adverso. Sin embargo no hay en sus treinta y una peleas otro punto de referencia para estar seguros de que aguanta lo que tiene que aguantar un prodigio del ring. Él me dijo después de la pelea que el mayor pegador conocido entre su colección de enemigos fue Marco Demecillo, el filipino con el que libró una buena batalla en la misma Hermosillo en enero del año pasado. La información es buena y es bueno saberlo, pero él debe recordar que lo que viene es más duro y cruel.

Lo de esta pelea fue una cacería, no fue una guerra, y hemos dicho hasta el infinito que son las guerras las que dicen todo sobre un boxeador. Las cacerías, cuidado, pueden engañar.

El réferi, Manuel Rodríguez, de Colombia, tardó en parar la pelea, y la indiferencia de la esquina del Topo, al que golpearon en exceso, rayó la ignominia. Esto puso sobre el final una cuota innecesaria de zozobra al espectáculo, que el Tornado Sánchez se llevó con calificaciones sobresalientes. Se graduó.

25 de enero de 2015

El zurdo Ramírez, ¿bien o mal? Un poco bien, un poco mal

Pocas de las nuevas figuras del boxeo mexicano tienen tanto potencial como el zurdo Gilberto Ramírez, que asumió ayer una dura prueba peleando con el ruso Maxim Vlasov, al que derrotó por puntos.

Hoy domingo debe hacer dos cosas: festejar y preocuparse. Festejar porque la victoria vale mucho en plata y en tiempo invertido. En transpiración y en dolor, digamos. Le permite continuar una carrera que con 31 triunfos no muestra fisuras en resultados conseguidos y le hace guiños de éxito y fortuna en un horizonte cada vez más cercano. Preocuparse, porque nunca antes habían quedado al descubierto tantas claudicaciones en su accionar.

El Zurdo que conocíamos era el que desolaba el terreno y lo hacía campo yermo frente a sí, desapareciendo del ring a sus rivales, a Junior Talipeau, a Don Mouton, a Juan Monterrosa, a Giovanni Lorenzo. Era el de una oposición ayudadora que le generaba confianza y le facilitaba el camino. Cuando un boxeador le pega a uno, a cinco, a diez rivales y todos se caen con facilidad puede llegar a creerse Supermán y convencerse de que nadie que se le pare enfrente tendrá un destino diferente.

Es desde este mirador saludable que haya llegado un compromiso mayor y lo haya hecho esforzarse. El ruso Vlasov apenas ganó dos rounds en mi opinión, y tres en la de dos de los jueces de la pelea. No hay polémica acerca de la legitimidad de la victoria del sinaloense, sino inquietud por una incapacidad primigenia para defenderse en un hombre que debe prepararse para alejar los golpes enemigos y, en cambio, los atrae.

¿Qué tan grave es lo que sucedió con su desempeño anoche?

No muy grave, excepto que él o sus manejadores creyeran que está para pelear títulos mundiales. Hay poca oposición y escasos peleadores en su peso y alrededores, como lo confirma el hecho de que el CMB lo ubique número 2 del mundo en su lista de los supermedianos.

Si eso del ranking en número 2 está bien o está mal no es el tema de este comentario, pero sí lo es que no haya muchos mejores aspirantes a la vista cuando él es poco menos que un principiante. En 31 peleas tiene un promedio de 3 rounds peleados por pelea, y por primera vez anoche vio oposición de riesgo.

Parece un destino fatal el de los boxeadores mexicanos que aprenden a atacar y no aprenden a defenderse, salvo excepciones. A Gilberto Ramírez en su carrera fácil y cuidada, hasta ahora, no le habían pegado casi nada, y anoche le pegaron mucho. Hay una falla mecánica en su accionar, consistente en que pelea con las manos, y olvida ayudarse con las piernas. Parado en el centro del ring queda a merced de lo que le tiran de enfrente porque es inhábil para moverse hacia atrás.

La defensa de un boxeador se ejerce con las piernas, con la cintura, con el cuello, y con los bloqueos de manos y de brazos. Floyd Mayweather revivió el recurso olvidado de pelear muy perfilado y con el hombro por delante. El Zurdo Ramírez en esta materia está aplazado, y esto explica por qué es preocupante el balance que deja lo de anoche. Si no le enseñan a defenderse, el futuro se achica.

Desde que Gene Tunney le ganó a Jack Dempsey, las dos veces que pelearon, en 1926 y 1927, los maestros más eminentes del boxeo explicaron por años que aprender a defenderse es más fácil que aprender a atacar, que el que ataca se cansa diez veces más que el que se protege, y otras consideraciones, pero esos maestros no eran mexicanos, claro. Aquí las cosas se hacen de otra manera. "Yo no sé por qué estos cabrones no se defienden. Yo les enseño, pero no aprenden", dijo Nacho Beristáin sobre esta condición peculiar de nuestros peleadores.

En la transmisión de ayer rozamos la comparación de las habilidades de Ramírez con las de Julio César Chávez Jr., un tema que me hubiera gustado desarrollar un poco más, por el interés que despierta en los aficionados. ¿Quién es mejor de estos dos? En lo que a mí respecta Chávez me parece hoy más que Ramírez. Un Chávez en buenas condiciones, se entiende, sin tomarse ningún tecito como el que tomó antes de pelear con Maravilla Martínez y le hizo perder la pelea, le gana a este Ramírez. Ahora, que el Zurdo puede mejorar y llegar mucho más lejos, es también cierto y depende de él.

Que Maxim Vlasov lo haya exhibido en sus debilidades no debe crear desesperación en su equipo. Es motivo de reflexión y acción. A los 23 años de edad, que ya quisiéramos muchos, hay tiempo para todo en esta vida.

En estos días, particularmente, oí varios comentarios asociando los nombres de los nuevos peleadores que van bien y son promesas sólidas de futuro, Óscar Valdez, Chon Zepeda, el Zurdo Ramírez, a campeonatos del mundo. Vayamos paso a paso. Ir demasiado aprisa impide consolidar los objetivos parciales que son los cimientos del éxito total.